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Por una igualdad
real
La historia conoce numerosas atrocidades y
genocidios en nombre de una pretendida superioridad
racial. Lamentablemente, también a pequeña
escala y a veces muy cerca de nosotros escuchamos o
vemos actitudes que nacen del mismo y desacertado error:
la desigualdad. Es nuestro deber corregir esta dificultad
desde los años de la formación de los
niños.
En
1966 por medio de la resolución 2142, la Organización
de las Naciones Unidas proclamó el 21 de marzo
como "Día Internacional de la Eliminación
de la Discriminación Racial" en conmemoración
de un episodio ocurrido ese mismo día del año
1960. En aquella oportunidad, en Sharpeville (Sudáfrica),
la policía disparó contra una manifestación
pacífica que se realizaba para protestar contra
las leyes a favor del apartheid.
Al proclamar este día, la Asamblea General de
la ONU exhortó a la comunidad internacional a
que redoblara sus esfuerzos por eliminar todas las formas
de discriminación racial. Para el año
2003, el tema elegido para conmemorar la fecha es "La
potenciación de la juventud para luchar contra
el racismo", por medio del cual la ONU invita a
los niños y jóvenes a aprender y actuar
contra la discriminación racial, un problema
que en mayor o menor escala nos involucra a todos los
habitantes de la tierra.
Igualdad, justicia y dignidad
La Convención para la Eliminación de todas
las Formas de Discriminación Racial (fechada
en Nueva York el 13 de julio de 1967 y aprobada por
la República Argentina según la ley 17.722)
describe como "discriminación racial"
a "toda distinción, exclusión, restricción
o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje
u origen nacional o étnico, que tenga por objeto
o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento,
goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los
derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas
política, económica, social, cultural
o en cualquier otra esfera de la vida pública".
Asume la ONU que, si bien es cierto que en los últimos
50 años (desde la adopción en 1948 de
la Declaración Universal de los Derechos Humanos)
la comunidad internacional ha logrado grandes avances
en su lucha contra la discriminación racial,
todavía el sueño de un mundo libre de
diferenciación motivada en la diversidad racial
está a mitad de camino.
Términos atroces como "purificación
étnica" o "raza superior" siguen
resurgiendo en algunos rincones del mundo, como si fuera
de algún modo posible la ilusoria idea de un
sector de la población humana superior al resto.
Contra esta locura debemos oponer e inculcar nuestro
raciocinio, porque cuanta mayor complejidad toma la
violencia racial, mayor es el desafío para todos
nosotros, y por eso el espíritu y la convicción
que debemos transmitir es que somos todos miembros de
una misma familia humana.
La humanidad afronta hoy terribles problemas: los refugiados,
la desprotección de las minorías, el tráfico
de personas, los conflictos étnicos, la imposibilidad
de un desarrollo social para los grupos más vulnerables.
Es difícil que desde nuestra posición
podamos lograr una injerencia tal que pueda mitigar
estos males, pero hay sin embargo cuestiones a menor
escala en las que cada uno de nosotros podemos intervenir.
De hecho, el artículo 7° de la Convención
para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación
Racial (suscripta por nuestro país) dice que
"los Estados partes se comprometen a tomar medidas
inmediatas y eficaces, especialmente en las
esferas de la enseñanza, la educación,
la cultura y la información, para combatir
los prejuicios que conduzcan a la discriminación
racial y para promover la comprensión la tolerancia
y la amistad entre los diversos grupos
raciales o étnicos". Ese es nuestro desafío,
y nuestro compromiso.
En el caso de los chicos, es probable que no sea tan
notorio un acto discriminatorio con respecto a la raza
(aún no tienen muy en claro las diferentes condiciones
o características raciales), pero los educadores
(padres y maestros) debemos tener siempre en cuenta
que el ejercicio no discriminatorio, como forma de vida
que tiende al bien común, debe comenzar con la
corrección y ayuda en lo cotidiano, en todo tipo
de actos desiguales hacia todo lo que es simplemente
distinto. Por allí empieza la igualdad. El niño
que aprende a vivir en igualdad reconociendo amigos
distintos -con anteojos, demasiado altos, demasiado
gordos, rubios, morochos, en silla de ruedas, etc.-,
guardará la misma objetividad cuando tenga que
hacer algún análisis en el futuro.
Así, desde un principio, lograremos desterrar
la maligna semilla de la discriminación.
Más información:
www.un.org
www.escolares.com.ar
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