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No hay mayor
amor
La Semana Santa es, junto con la Navidad, la
mayor celebración religiosa de la grey católica.
Comienza el domingo de Ramos, fiesta que conmemora la
entrada triunfal de Jesús a Jerusalén
para la Pascua, vivado por el pueblo que agitaba ramos
de olivo a manera de saludo. Termina el domingo siguiente,
llamado de Resurrección o Gloria, conmemorando
el día que Jesús venció a la muerte
resucitando de entre los muertos. Tres palabras pueden
sintetizar la Semana Santa: PASIÓN, MUERTE y
RESURRECCIÓN de Cristo.
EL
JUEVES SANTO
Es uno de los días con mayor cantidad de celebraciones
litúrgicas y más religioso-populares.
Por la mañana, en todas las Iglesias Catedrales,
los obispos (que son, como dice el Concilio, "los
principales administradores de los misterios de Dios,
que regulan, promueven y custodian toda la vida litúrgica
de la Iglesia que les ha sido confiada"), celebran
una misa muy solemne con todos los sacerdotes ("el
presbiterio" de sus respectivas diócesis)
y en ella los sacerdotes con un solo corazón
y una sola alma renuevan sus promesas y su obediencia
al Obispo.
En esta Misa se consagran los óleos, es decir,
los aceites que se emplearán luego a lo largo
del año en diversos sacramentos: para el bautismo,
la confirmación, la ordenación sacerdotal,
la unción de los enfermos.
¿Por qué se realiza en el Jueves Santo
la consagración de los óleos? Para acentuar
que todos los sacramentos nos relacionan con el Misterio
Pascual de Jesús y que todos los sacramentos
tienen su Centro en la Eucaristía.
El Jueves Santo es casi una "profecía"
de la Pascua: en la Última Cena Jesús
vivió conscientemente y de manera anticipada
su Pasión y Muerte, y en ese momento dejó
en claro para qué iba a morir, por qué
aceptaba voluntaria y libremente una muerte tan cruel.
Los primeros datos fehacientes acerca de que el Jueves
Santo se celebra la Misa recordando la Cena del Señor
fueron ratificados por el Concilio de Cartago en el
año 397 y por el legado de Egeria, una peregrina
o turista que visitó Jerusalén y que dejó
escrito todo lo que allí se celebraba.
Durante los primeros siglos de la era cristiana, en
este día los penitentes simplemente celebraban
su reconciliación para poder participar con plenitud
en la Pascua.
Pero hoy en día son muchos los grandes "acontecimientos
salvíficos" de la vida de Cristo Jesús
que conmemoramos cada JuevesSanto:
- Su cena de despedida (la Última Cena) y su
gran Oración por nosotros.
- La institución de la Eucaristía (la
Santa Misa) como memorial o recuerdo suyo.
- La institución del Sacerdocio como parte esencial
de su Iglesia.
- Su Testamento: el mandato de amar hasta la muerte.
- El ofrecimiento, anticipado y consciente, de su vida,
de su Cuerpo y Sangre, para salvación del mundo.
- El juicio de su Pasión, la traición
de Judas, el abandono de sus amigos, la oración
del huerto: su noche amarga.
EL
VIERNES SANTO
En este día la Iglesia celebra la gloriosa Pasión
de Jesús, su Muerte victoriosa, y destaca como
símbolo de salvación la Cruz del Señor.
El Señor es firmemente clavado en la Cruz. Había
esperado muchos años y aquel día cumplía
su deseo de redimir a los hombres. Lo que había
sido un instrumento infame y deshonroso, se convertía
en el árbol de la vida y escalera hacia la Gloria.
Una honda alegría le llenaba al extender los
brazos sobre la Cruz, para que supiéramos los
hombres que así tendría siempre los brazos
para los pecadores que se acercaran a Él: abiertos.
Liturgia y tradición de la Iglesia
Según una antiquísima tradición,
la Iglesia no celebra los sacramentos en este día
ni en el siguiente. El altar debe estar desnudo por
completo: sin cruz, sin candelabros, sin manteles.
Ayuno y abstinencia se incluyen en este día como
preceptos a obedecer, como establece el Código
de Derecho Canónico (números 1251, 1252
y 1253), según el cual los días de guardar
ayuno y abstinencia son el Miércoles de Ceniza
y el Viernes Santo, para todos los fieles de entre 14
y 59 años.
En la celebración particular del Viernes Santo,
en que el ornamento sacerdotal para esta solemnidad
es color rojo, la primera parte comprende la Liturgia
de la Palabra (se lee la Pasión del Señor
según el Evangelio de San Juan) y la Oración
Universal.
La segunda parte es la Adoración de la Cruz:
el leño del Calvario no es sólo un suplicio,
sino sobre todo la cruz exaltada. El celebrante, los
ministros y los fieles van a postrarse sucesivamente
delante del crucifijo en señal de adoración
a Cristo, triunfante por la Cruz.
La tercera parte es la Sagrada Comunión se distribuye
únicamente a los fieles dentro de la celebración
de la Pasión del Señor; a los enfermos,
que no pueden participar en dicha celebración,
se les puede llevar a cualquier hora del día.
Devoción
y tradiciones populares
El Vía Crucis es una devoción propagada
fundamentalmente por los franciscanos a partir de los
siglos XV y XVI. Consiste en recorrer un itinerario
que representa cada una de las etapas del camino realizado
por Jesús desde el palacio de Pilato hasta el
Calvario. Las 14 etapas se denominan estaciones, y en
cada una de ellas los fieles se detienen a meditar y
a rezar.
Otra devoción muy frecuente es el Sermón
de las Siete Palabras, mientras que entre las tradiciones
populares se encuentra la Procesión del Silencio
y la compañía de la Virgen vestida de
luto, pero existen muchas tradiciones populares según
el lugar y la inculturación. Tal vez una de las
que ha tomado más fuerza sea la representación
en vivo del Vía Crucis, aunque esta tradición
no sustituye la liturgia del Día, que es un mandamiento
de la Iglesia.
DOMINGO DE RESURRECCIÓN: LA PASCUA
La resurrección de Cristo es el acontecimiento
esencial de la fe cristiana. "Si Cristo no ha resucitado,
nuestra fe es una mentira", dice San Pablo, pero
Cristo ha resucitado.
La resurrección de Cristo significa muchas cosas
y todas ellas importantes. Significa, en primer lugar,
que a Cristo y su causa no los vence ya nadie; que la
redención, la liberación, es un hecho
indetenible, invencible. Significa, también,
que ya es hora de ir resucitando esas zonas de nuestro
ser que tenemos medio olvidadas, "muertas",
porque lo que nos va a resucitar, a convertir en inmortales,
es nuestra propia vida, no otra.
La resurrección de Jesús significa que
el justo no muere por gusto, no muere porque sí;
Dios se encarga de reivindicar al justo, de rehabilitarlo.
Significa que la causa de la justicia está en
las manos de Dios y El se encarga de sacarla adelante.
La resurrección de Cristo significa que el fin
del mundo ya comenzó; que ya comenzaron a resucitar
los muertos; Dios ya resucitó al primero. Contra
todos esos agoreros del mal agüero, el fin del
mundo no es un hecho catastrófico destructor,
sino un proceso iniciado con Cristo y que sigue transformando
desde dentro al mundo en un mundo como Dios lo quiere,
en un mundo en el que Dios reine, es decir, en el Reino
de Dios. El mismo Espíritu Santo, la misma fuerza
de Dios que resucitó a Jesús, está
ya en nosotros para ir formando el cuerpo de gloria.
Jesús resucita a la vida que todos tendremos
al final, cuando el universo llegue a la plenitud de
su evolución en Cristo. En Cristo resucitado
vemos ya lo que el hombre y el universo serán
al final de los tiempos. En Cristo, por su resurrección,
vemos lo que es un hombre cuando en él reina
Dios plenamente.
La resurrección de Cristo nos revela que Dios
ha colocado la capacidad de resucitar dentro de la existencia
humana. El Hijo hecho hombre, al resucitar, nos revela
que Dios ha decidido permanecer hombre para siempre.
La resurrección de Cristo nos revela que la naturaleza
humana no está hecha para ser destruida, sino
para ser resucitada, divinizada. La resurrección
de Cristo nos revela que hemos de resucitar nosotros
mismos, no otros, aunque no sepamos cómo, ni
sepamos cuándo.
La resurrección de Cristo, según algunos
evangelistas, los Santos Padres de la Iglesia y muchos
teólogos, es el mismo acontecimiento teológico
que la Ascensión. El final del hombre no es que
se vaya algo nuestro, nuestra alma, al cielo, sino que
el final es que todo lo que somos sea elevado, exaltado,
resucitado, transformado, transfigurado. Jesucristo
no se ha ido; está aquí; la resurrección
es "hoy"
Cristo resucitó, estaba muerto y ahora vive,
pero no resucita para dar una prueba de su divinidad,
sino para empezar, como primogénito, la resurrección
de todos los muertos. Ni Él es el único
resucitado que se apareció en Jerusalén
el Domingo de Resurrección, ni va a ser el único,
sino que es el primero, la primicia de la cosecha. Es
más, según San Pablo, ya hemos resucitado,
aunque por el momento sea sólo en esperanza cierta
y sin falta; con Cristo, y según San Juan, ya
hemos pasado de la muerte a la vida.
Preguntémonos en este día: ¿amamos
nuestra vida? Si no, para qué queremos que nos
resuciten? Quien se encuentra con nosotros, ¿se
encuentra con Cristo vivo, actuante, transformante?
Ojalá podamos contestar que sí.
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