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  > 12 al 20 DE ABRIL - Semana Santa
       
     

No hay mayor amor

La Semana Santa es, junto con la Navidad, la mayor celebración religiosa de la grey católica. Comienza el domingo de Ramos, fiesta que conmemora la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén para la Pascua, vivado por el pueblo que agitaba ramos de olivo a manera de saludo. Termina el domingo siguiente, llamado de Resurrección o Gloria, conmemorando el día que Jesús venció a la muerte resucitando de entre los muertos. Tres palabras pueden sintetizar la Semana Santa: PASIÓN, MUERTE y RESURRECCIÓN de Cristo.

 

EL JUEVES SANTO

Es uno de los días con mayor cantidad de celebraciones litúrgicas y más religioso-populares. Por la mañana, en todas las Iglesias Catedrales, los obispos (que son, como dice el Concilio, "los principales administradores de los misterios de Dios, que regulan, promueven y custodian toda la vida litúrgica de la Iglesia que les ha sido confiada"), celebran una misa muy solemne con todos los sacerdotes ("el presbiterio" de sus respectivas diócesis) y en ella los sacerdotes con un solo corazón y una sola alma renuevan sus promesas y su obediencia al Obispo.

En esta Misa se consagran los óleos, es decir, los aceites que se emplearán luego a lo largo del año en diversos sacramentos: para el bautismo, la confirmación, la ordenación sacerdotal, la unción de los enfermos.

¿Por qué se realiza en el Jueves Santo la consagración de los óleos? Para acentuar que todos los sacramentos nos relacionan con el Misterio Pascual de Jesús y que todos los sacramentos tienen su Centro en la Eucaristía.

El Jueves Santo es casi una "profecía" de la Pascua: en la Última Cena Jesús vivió conscientemente y de manera anticipada su Pasión y Muerte, y en ese momento dejó en claro para qué iba a morir, por qué aceptaba voluntaria y libremente una muerte tan cruel. Los primeros datos fehacientes acerca de que el Jueves Santo se celebra la Misa recordando la Cena del Señor fueron ratificados por el Concilio de Cartago en el año 397 y por el legado de Egeria, una peregrina o turista que visitó Jerusalén y que dejó escrito todo lo que allí se celebraba.

Durante los primeros siglos de la era cristiana, en este día los penitentes simplemente celebraban su reconciliación para poder participar con plenitud en la Pascua.
Pero hoy en día son muchos los grandes "acontecimientos salvíficos" de la vida de Cristo Jesús que conmemoramos cada JuevesSanto:

- Su cena de despedida (la Última Cena) y su gran Oración por nosotros.

- La institución de la Eucaristía (la Santa Misa) como memorial o recuerdo suyo.

- La institución del Sacerdocio como parte esencial de su Iglesia.

- Su Testamento: el mandato de amar hasta la muerte.

- El ofrecimiento, anticipado y consciente, de su vida, de su Cuerpo y Sangre, para salvación del mundo.

- El juicio de su Pasión, la traición de Judas, el abandono de sus amigos, la oración del huerto: su noche amarga.

 


EL VIERNES SANTO

En este día la Iglesia celebra la gloriosa Pasión de Jesús, su Muerte victoriosa, y destaca como símbolo de salvación la Cruz del Señor.

El Señor es firmemente clavado en la Cruz. Había esperado muchos años y aquel día cumplía su deseo de redimir a los hombres. Lo que había sido un instrumento infame y deshonroso, se convertía en el árbol de la vida y escalera hacia la Gloria. Una honda alegría le llenaba al extender los brazos sobre la Cruz, para que supiéramos los hombres que así tendría siempre los brazos para los pecadores que se acercaran a Él: abiertos.


Liturgia y tradición de la Iglesia

Según una antiquísima tradición, la Iglesia no celebra los sacramentos en este día ni en el siguiente. El altar debe estar desnudo por completo: sin cruz, sin candelabros, sin manteles.

Ayuno y abstinencia se incluyen en este día como preceptos a obedecer, como establece el Código de Derecho Canónico (números 1251, 1252 y 1253), según el cual los días de guardar ayuno y abstinencia son el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, para todos los fieles de entre 14 y 59 años.

En la celebración particular del Viernes Santo, en que el ornamento sacerdotal para esta solemnidad es color rojo, la primera parte comprende la Liturgia de la Palabra (se lee la Pasión del Señor según el Evangelio de San Juan) y la Oración Universal.

La segunda parte es la Adoración de la Cruz: el leño del Calvario no es sólo un suplicio, sino sobre todo la cruz exaltada. El celebrante, los ministros y los fieles van a postrarse sucesivamente delante del crucifijo en señal de adoración a Cristo, triunfante por la Cruz.

La tercera parte es la Sagrada Comunión se distribuye únicamente a los fieles dentro de la celebración de la Pasión del Señor; a los enfermos, que no pueden participar en dicha celebración, se les puede llevar a cualquier hora del día.


Devoción y tradiciones populares

El Vía Crucis es una devoción propagada fundamentalmente por los franciscanos a partir de los siglos XV y XVI. Consiste en recorrer un itinerario que representa cada una de las etapas del camino realizado por Jesús desde el palacio de Pilato hasta el Calvario. Las 14 etapas se denominan estaciones, y en cada una de ellas los fieles se detienen a meditar y a rezar.

Otra devoción muy frecuente es el Sermón de las Siete Palabras, mientras que entre las tradiciones populares se encuentra la Procesión del Silencio y la compañía de la Virgen vestida de luto, pero existen muchas tradiciones populares según el lugar y la inculturación. Tal vez una de las que ha tomado más fuerza sea la representación en vivo del Vía Crucis, aunque esta tradición no sustituye la liturgia del Día, que es un mandamiento de la Iglesia.


DOMINGO DE RESURRECCIÓN: LA PASCUA

La resurrección de Cristo es el acontecimiento esencial de la fe cristiana. "Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es una mentira", dice San Pablo, pero Cristo ha resucitado.
La resurrección de Cristo significa muchas cosas y todas ellas importantes. Significa, en primer lugar, que a Cristo y su causa no los vence ya nadie; que la redención, la liberación, es un hecho indetenible, invencible. Significa, también, que ya es hora de ir resucitando esas zonas de nuestro ser que tenemos medio olvidadas, "muertas", porque lo que nos va a resucitar, a convertir en inmortales, es nuestra propia vida, no otra.

La resurrección de Jesús significa que el justo no muere por gusto, no muere porque sí; Dios se encarga de reivindicar al justo, de rehabilitarlo. Significa que la causa de la justicia está en las manos de Dios y El se encarga de sacarla adelante.

La resurrección de Cristo significa que el fin del mundo ya comenzó; que ya comenzaron a resucitar los muertos; Dios ya resucitó al primero. Contra todos esos agoreros del mal agüero, el fin del mundo no es un hecho catastrófico destructor, sino un proceso iniciado con Cristo y que sigue transformando desde dentro al mundo en un mundo como Dios lo quiere, en un mundo en el que Dios reine, es decir, en el Reino de Dios. El mismo Espíritu Santo, la misma fuerza de Dios que resucitó a Jesús, está ya en nosotros para ir formando el cuerpo de gloria.

Jesús resucita a la vida que todos tendremos al final, cuando el universo llegue a la plenitud de su evolución en Cristo. En Cristo resucitado vemos ya lo que el hombre y el universo serán al final de los tiempos. En Cristo, por su resurrección, vemos lo que es un hombre cuando en él reina Dios plenamente.

La resurrección de Cristo nos revela que Dios ha colocado la capacidad de resucitar dentro de la existencia humana. El Hijo hecho hombre, al resucitar, nos revela que Dios ha decidido permanecer hombre para siempre. La resurrección de Cristo nos revela que la naturaleza humana no está hecha para ser destruida, sino para ser resucitada, divinizada. La resurrección de Cristo nos revela que hemos de resucitar nosotros mismos, no otros, aunque no sepamos cómo, ni sepamos cuándo.

La resurrección de Cristo, según algunos evangelistas, los Santos Padres de la Iglesia y muchos teólogos, es el mismo acontecimiento teológico que la Ascensión. El final del hombre no es que se vaya algo nuestro, nuestra alma, al cielo, sino que el final es que todo lo que somos sea elevado, exaltado, resucitado, transformado, transfigurado. Jesucristo no se ha ido; está aquí; la resurrección es "hoy"

Cristo resucitó, estaba muerto y ahora vive, pero no resucita para dar una prueba de su divinidad, sino para empezar, como primogénito, la resurrección de todos los muertos. Ni Él es el único resucitado que se apareció en Jerusalén el Domingo de Resurrección, ni va a ser el único, sino que es el primero, la primicia de la cosecha. Es más, según San Pablo, ya hemos resucitado, aunque por el momento sea sólo en esperanza cierta y sin falta; con Cristo, y según San Juan, ya hemos pasado de la muerte a la vida.

Preguntémonos en este día: ¿amamos nuestra vida? Si no, para qué queremos que nos resuciten? Quien se encuentra con nosotros, ¿se encuentra con Cristo vivo, actuante, transformante? Ojalá podamos contestar que sí.

 
 
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