| |
|
|
Dialoguistas silenciosos
"La poesía no
es del que la escribe sino del que la necesita",
dice en el filme El Cartero uno de sus protagonistas.
Y en esa frase parece estar escondida sin más
vueltas la función del escritor: llevar pensamientos,
historias, fantasía, sentimientos, narraciones
o simplemente palabras con sentido a sus lectores. Es
lo que hacía por ejemplo Leopoldo Lugones, uno
de los más prestigiosos escritores de nuestro
país, a quien hoy recordamos.
El escritor es una persona con profunda
y permanente necesidad de comunicarse, aunque paradójicamente
lo haga en silencio. Y es asombrosa la riqueza que se
produce en esa especie de diálogo sin palabras
dado entre quien escribe y quien lee lo escrito. Esta
forma de comunicación posee la virtud de lo perdurable
y la riqueza de lo meditado, porque quien deja algo
escrito lo firma para siempre (no como a las palabras,
que "se las lleva el viento"), y quien lee
tiene a su vez la oportunidad de detenerse a pensar,
analizar y digerir lo leído, para luego continuar.
Y así puede volver sobre un texto cuantas veces
quiera, seguramente encontrando nuevos significados
sucesivamente. Este era, precisamente, uno de los grandes
dones del gran escritor y aviador francés Antoine
de Saint Exupery, autor de "El Principito"
y su indeleble máxima: "Lo esencial es invisible
a los ojos". Esta obra que nunca pasará
de moda posee la virtud de generar diversos sentidos
según la óptica del lector, e incluso
del mismo lector en diferentes edades. Así, por
ejemplo, la misma persona que ve en "El Principito"
un simpático cuento infantil al leerlo de niño,
podrá encontrar en él una profunda reflexión
sobre el sentido de la vida si vuelve a leerlo algunas
décadas después.
Hay al servicio de los escritores diversos géneros
literarios: novelas, cuentos, poesías (en sus
variadas formas), ensayos, artículos periodísticos,
narraciones históricas, aforismos, etc. Cada
uno frecuenta aquellos con los que siente mayor afinidad
y mejor se adaptan a su propio estilo y a lo que quiere
transmitir. Así es que Jorge Luis Borges, por
ejemplo, nunca escribió una novela. Volcaba su
imaginación en los cuentos, su pensamiento en
ensayos y su creatividad en poesías.
Leopoldo Lugones, en cuya memoria se conmemora hoy el
Día del Escritor, nos dejó una obra abundante
y multifacética, en la que recorre la mayoría
de los géneros. Fue precursor de toda una generación
de escritores argentinos y fundó la Sociedad
Argentina de Escritores.
Lugones nació precisamente un 13 de junio (1874)
en Villa María del Río Seco (Córdoba)
y falleció el 18 de febrero de 1938 en el Delta
del Paraná (Tigre, Buenos Aires). Su familia
era tradicionalmente cordobesa y en la capital provincial
cursó sus estudios superiores. Hijo de Santiago
Lugones y Custodia Argüello, era el mayor de cuatro
hermanos, y ya a los diez años se destacaba por
su memoria y su gusto por la lectura.
En su etapa universitaria en Córdoba, desarrolló
su veta literaria y de periodista. Se definió
tempranamente como anticlerical en el pensamiento libre
y hasta llegó a fundar un centro socialista,
aunque su pensamiento, siempre polémico, fue
cambiando con la edad, a tal punto que en 1924 hizo
famosa en Ayacucho la frase "ha sonado en América
la hora de la espada". Es que siempre estuvo volcado
de lleno a la discusión por el destino de un
país que él veía a la deriva y
desorientado.
En 1896 su vida dio un vuelco decisivo: se casó
con Juana González y se mudó a Buenos
Aires, donde se unió a un grupo socialista de
escritores rebeldes contra el orden social y político,
que integraban José Ingenieros, Roberto Payró,
Alberto Gerchunoff, Miguel Ugarte, Ernesto de la Cárcova.
Ganó prestigio como poeta, orador y polemista,
y comenzó a publicar en periódicos como
el socialista "La Vanguardia" (desde allí
canta a la ciencia y a la igualdad, llama a la lucha
por las ideas y hasta deja traslucir sus dolores) y
el roquista "Tribuna", y también en
"La Nación" (gracias a su amigo Rubén
Darío), donde llegó a dirigir el suplemento
literario.
En 1897 nació su único hijo y publicó
su primer libro: "Las montañas del oro"
(poesía). Fue la primera obra de su prolífico
legado, que lo convertiría en una de las figuras
centrales de la cultura argentina.
Su obra
Las primeras tres décadas del siglo XX dieron
marco a su extensa obra:
Comenzó en 1904 con el ensayo "El imperio
jesuítico", continuó con "La
guerra gaucha" (un relato histórico sobre
la epopeya de Güemes, 1905) y se sucedieron "Los
crepúsculos del jardín" (1905), "Las
fuerzas extrañas" (1906) y "Lunario
sentimental" (1909). En 1910 publicó "Piedras
liminares"; "Prometeo"; "Didáctica";
"Odas seculares" y "Las limaduras de
Hephaestos".
La década siguiente la inició con "Historia
de Sarmiento" (1911), a la que siguió "Elogio
de Ameghino"; "El ejército de la Ilíada";
"La industria de atenas"; "El payador"
(conferencias sobre "Martín Fierro"
dadas en 1916); "El libro de los paisajes";
"Las industrias de Atenas"; "Mi beligerancia"
y "La torre de Casandra".
Su último decenio como escritor comienza con
"El tamaño del espacio" (1921), obra
que precedió en los años 20 a "Las
horas doradas"; "El romancero"; "Filosofícula";
"Estudios Helénicos"; "Cuentos
fatales"; "El imperio jesuítico"
(donde muestra la activa labor de los misioneros jesuitas
en el país); "La reforma educacional";
"Nuevos estudios Helénicos"; "Poemas
solariegos"; "La patria fuerte"; "Política
revolucionaria" y "La grande Argentina",
estos 4 últimos de 1930.
En 1930 también publica "Acción",
donde reúne sus famosas conferencias en el teatro
Coliseo, en las que se refiere a temas patrióticos
y habla sobre la invariable sentencia de los pueblos.
Finalmente, su libro póstumo es "Romances
del río seco", una obra en poesía.
Más información:
www.ale.uji.es
Contenido provisto por Revista interCole
- www.revistaintercole.com.ar
Ilustración: Iván Novikov
|