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Mitos y realidades de la “Isla del fin del mundo”
Entre tantas particularidades que se esconden en la
inmensa geografía de nuestro país, hoy
celebramos el día de una de las más interesantes,
ubicada más allá de todo, donde termina
la mismísima Tierra del Fuego. Hasta allí
llegó, por ejemplo, la mente de Julio Verne para
situar una de sus mejores novelas.
La Isla de los Estados es una reserva conformada por
un grupo de islas e islotes ubicados al este de Tierra
del Fuego, en el extremo sur de nuestro continente.
Si bien se trata de una reserva provincial, el dominio
de la isla es de la Armada Argentina.
La isla tiene una longitud aproximada de 65 kilómetros,
su parte más ancha mide 16 kilómetros
y la más estrecha unos 500 metros, y su superficie
-incluida la de las islas adyacentes: Año Nuevo
al Norte, Dampier y Menzies al Sur- es de unos 530 kilómetros
cuadrados. Tiene 300 kilómetros de costa, que
están formados por bahías y fiordos, con
acantilados que caen abruptamente sobre el mar, y también
algunas playas de canto rodado y de arena. El centro
de la isla está atravesado por dos hileras de
montañas rocosas, últimas estribaciones
de la Cordillera de los Andes, cuya altura máxima
alcanza los 823 metros.
La isla presenta algunos rasgos naturales e históricos
únicos para la Argentina, y muy particulares
para esta región del mundo. Es también
muy importante para el ecosistema de la zona, ya que
es elegida por aves y mamíferos marinos que se
concentran allí en las épocas reproductivas
de cada especie.
Su apogeo histórico se dio entre los siglos
XVII a XIX, en que era muy frecuentada por los marinos
a causa de la intensa navegación de los mares
australes, y tanto por su particular ubicación
como por las historias que los marinos inventaban en
cada viaje, tomó trascendencia mundial. Entre
otras cosas, inspiró a Julio Verne, uno de los
más grandes novelistas de la historia, a situar
allí una de sus famosas obras: “El faro
del fin del mundo”.
También
fue considerada, por su aislamiento y dificultoso acceso,
como el lugar ideal para la instalación de una
cárcel, por lo que durante algunos años
funcionó allí un presidio, que obviamente
desmotivaba a los presos que lo moraban de toda intención
de escape. El presidio funcionó allí hasta
fines de 1902. Había sido llevado desde San Juan
de Salvamento el 14 de marzo de 1899, pero se trasladó
definitivamente a Ushuaia por razones de seguridad,
de disciplina y hasta de humanidad, porque la salud
del personal y de los penados se resentía del
clima riguroso de la isla.
En la actualidad, los signos de actividad humana son
muy localizados y se remontan a principios de este siglo,
por lo que con excepción de un apostadero de
la Armada Argentina la isla es muy poco intervenida
por el hombre.
Hoy se celebra el Día Nacional de la Isla de
los Estados en honor de uno de los personajes más
curiosos de la historia argentina: Luis Piedrabuena,
que fue considerado durante muchos años prácticamente
como el "dueño" de la isla, y la custodió
hasta su muerte.
El Comandante Piedrabuena
Nació el 24 de agosto de 1833 en Carmen de Patagones.
Se casó con Julia Dufour y con ella tuvo cuatro
hijos: Luis, Ana, María Celestina y Julia Elvira.
Como hombre de familia, sufrió el alejamiento
de su hogar en cada uno de sus viajes, hasta la hora
de su muerte: 20.45 hs. del 10 de agosto de 1883. En
1998, se estableció por ley en su homenaje el
10 de agosto para el recordatorio de "su"
isla.
Patriota ferviente y marino extraordinario, fue recibido
por los presidentes Mitre, Sarmiento y Avellaneda, y
llegó a ser distinguido por la reina de Inglaterra,
el káiser de Alemania y el presidente de los
Estados Unidos.
Fue, de hecho, un gran embajador en el por entonces
"lejano" sur de nuestro país, al que
se le daban sólo instrucciones verbales y se
le pagaba con honores y concesiones. Piedrabuena fue
promotor incansable de la Patagonia austral y llamó
siempre la atención de las autoridades argentinas
con respecto a la necesidad de poblarla. Pero no pudo
ser testigo del proceso de ocupación de Santa
Cruz, que se inició dos años después
de su muerte.
El inicio de su incansable tarea como defensor de los
derechos argentinos en la Patagonia austral podría
situarse alrededor de 1859, cuando fundó un establecimiento
comercial para el trueque de mercaderías con
los indios tehuelches, en la isla Pavón (próxima
a la desembocadura del río Santa Cruz), y habilitó
además un puesto de apoyo en Puerto Cook (isla
de los Estados). Su asentamiento era el único
lugar civilizado al sur de Carmen de Patagones, y allí
izó la bandera nacional y defendió la
soberanía argentina al sur del río Santa
Cruz.
Su presencia constituyó uno de los más
poderosos argumentos esgrimidos por Argentina en la
definición del trazado de la frontera con Chile
(en 1881, tras 22 años de su permanencia en la
Patagonia austral, Argentina y Chile firmaron un tratado
de límites). En 1862, en uno de sus tantos viajes,
llegó hasta el Cabo de Hornos y dejó grabado
en un peñasco: "Aquí termina el dominio
de la República Argentina. En la Isla de los
Estados (Puerto Cook) se socorre a los náufragos.
1863. Capitán L. Piedra Buena”.
En 1864 fue nombrado Capitán Honorario de la
Marina Nacional, y en 1868, cuando el gobierno otorga
las primeras concesiones de tierra en el sur, le son
entregadas en propiedad a Piedrabuena la Isla Pavón
y la Isla de los Estados, en reconocimiento a sus méritos
marítimos, tanto humanitarios como de reafirmación
de la soberanía argentina sobre las tierras australes.
Como salvador de náufragos intervino en siete
salvamentos oficiales y muchos otros no registrados.
Socorrió a más de doscientos náufragos
desde que llegó por primera vez a la Isla de
los Estados, en agosto de 1847 a los 14 años.
Sus navegaciones por mares tempestuosos con pequeñas
naves (como el Luisito, de sólo 11 metros de
eslora) son verdaderas hazañas. Una anécdota
nos muestra su capacidad y heroísmo: El 10 de
marzo de 1873, su gran embarcación, el Espora,
estaba fondeado frente al lugar que Piedrabuena llamaba
Bahía de las Nutrias cuando un fuerte temporal
le hizo perder las anclas. Intentó varar el barco
en la playa, pero terminó dando contra las rocas
y hundiéndose. Piedrabuena y sus hombres (8 en
total) lograron llegar a la costa y durante los siguientes
3 días intentaron rescatar, sin éxito,
lo que quedaba del Espora. Entonces Piedrabuena decidió
la construcción de un nuevo buque, con los restos
del naufragio y las maderas de las que pudieron proveerse
en la isla. Contaba con elementos muy precarios: una
sierra grande, otra chica y un par de hachas de mango
corto. Debían además abastecerse de alimentos
y construir un refugio que los reparara de las inclemencias
del tiempo. El 16 de marzo se tendió la quilla
de lo que sería una nueva embarcación
más pequeña. Del Espora se utilizaron
el timón, el mástil, las bombas, las velas,
la cabuyería y muchas de las maderas, y a falta
de brea o alquitrán, se utilizó grasa
de pingüino. El día 18 el Luisito (así
bautizado en recuerdo del hijo del capitán) zarpó
hacia Punta Arenas, adonde llegó el 27 del mismo
mes.
Por hazañas como ésta, en 1878 Julio
A. Roca le otorga el grado de teniente coronel de la
Marina.
El faro del fin del mundo
El
faro de la Isla de los Estados fue inaugurado el 25
de mayo de 1884 por una Expedición de la Armada
Argentina al mando del Coronel Lasserre (la misma que
fundaría Ushuaia el 12 de octubre del mismo año).
El faro funcionaba en un edificio circular, hecho de
madera de lenga. No se trataba de un faro tradicional:
la cabina era octogonal, con dos sus lados (que daban
al mar) cubiertos de gruesos cristales, tras los cuales
se colocaban las 7 lámparas a petróleo
que lo iluminaban. En el interior haybía algunos
camarotes, unos con cuchetas para que durmieran los
marineros, y otros para depósito. Las paredes
eran de madera y el techo de zinc.
Si bien el faro tenía un alcance limitado, era
la única luz existente en esos tiempos al Sur
del Río de la Plata, en una ruta por entonces
muy transitada. Además de la señal luminosa,
se montó allí una subprefectura marítima
que debía atender el servicio del faro y socorrer
a los posibles náufragos. Fue el primer faro
de las costas australes, pero sólo brilló
durante 18 años, pues fue desafectado del servicio
en 1902.
Desde febrero de 1998, gracias al navegante francés
André Broner, está funcionando una réplica
exacta del que se ganó un lugar entre los faros
más legendarios del mundo.
Como se dijo, fue este faro el que inspiró a
Julio Verne en su famosa novela "El faro del fin
del mundo". La imaginación del escritor
sitúa su fundación por un Capitán
de la marina argentina, el 9 de diciembre de 1859, en
una bahía de la Isla de los Estados a la que
llamó d'Elgor.
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