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Junto al Hijo,
en cuerpo y alma
La Asunción de la Madre de Dios ha sido
motivo de discusión y misterio a lo largo de
varios siglos, hasta que el Papa Pío XII echó
luz al decretar como Dogma de fe la Asunción
de la Virgen.
Las últimas referencias que tenemos en la Biblia
sobre la vida de la Virgen María se encuentran
en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Nada
se sabe, por lo tanto, sobre la muerte terrenal de la
Madre de Dios. Desde tiempos muy antiguos se menciona
de diferentes maneras el paso de la Virgen María
de este mundo al Reino Celestial. En el siglo VII, el
emperador bizantino Mauricio crea una celebración
mencionando la conclusión de la vida terrena
de María. Otro tanto hace el Papa Sergio I, pero
recién en 1950 el Papa Pío XII declara
que la Virgen fue elevada al cielo en cuerpo y alma.
De esta forma, María no sólo triunfa sobre
el pecado (que nunca la contaminó), sino también
sobre la muerte, y por eso su victoria se completa mediante
la glorificación del cuerpo, con su Asunción.
Como no hay textos bíblicos que se refieran directamente
a la Asunción de la Virgen María, el dogma
ha sido más bien un tesoro que se ha transmitido
en la tradición de la Iglesia. Esta tradición
afirma que la Virgen no tuvo que morir, sino que fue
llevada al cielo. El Papa Pío XII, en su definición
del dogma, declaró que “terminado el curso
de su vida en la tierra, fue llevada al cielo con cuerpo
y alma".
La doctrina moderna y antigua sobre la Madre de Dios
se encuentra en el documento Lumen Gentium ("Luz
de las Gentes"), del Concilio Vaticano II. Para
mayor ilustración, aquí compartimos tres
citas relevantes de dicha encíclica:
"Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada
libre de toda mancha de pecado original, terminado el
curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria
del cielo y elevada al trono por el Señor como
Reina del universo, para ser conformada más plenamente
a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor
del pecado y de la muerte."
(LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción
de la Bienaventurada Virgen María por el Papa
Pío XII, en 1950).
"Colaboró de manera totalmente singular
a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente
amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres.
Por esta razón es nuestra Madre en el orden de
la gracia".
(LG 61).
"Con su Asunción a los cielos, no abandonó
su misión salvadora, sino que continúa
procurándonos con su múltiple intercesión
los dones de la salvación eterna... Por eso la
Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con
los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro,
Mediadora".
(LG 62).
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