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Con los brazos abiertos
La apertura hacia la llegada de habitantes de todo
el mundo fue uno de los principales argumentos que esgrimió
nuestra pujante nación en los años posteriores
a su nacimiento. Hoy, tras dos siglos de constante inmigración,
podemos afirmar con orgullo que en la Argentina conviven
en armonía las más diversas colectividades
de todo el planeta.

"Gobernar es poblar", sostuvo con firmeza
Juan Bautista Alberdi -uno de los forjadores de la Argentina
moderna- convencido de que la consolidación de
las extensas fronteras de nuestro país requería
de numerosos habitantes para los amplios espacios aún
sin poblar. Para construir una Argentina integrada al
mercado mundial se requirieron numerosas cantidades
de personas, que en su mayoría llegaban de Europa.
En sus raíces más profundas, la Argentina
que llegó a ser considerada granero del mundo
se ha nutrido del trabajo, el esfuerzo y las esperanzas
de miles de inmigrantes, provenientes de los más
recónditos y variados lugares del mundo.
No hay dudas de que la inmigración está
presente en la historia nacional casi desde los comienzos
de nuestra conformación como nación libre
e independiente, y es importante rescatar de aquella
experiencia la capacidad de construir un país
abierto al hombre de trabajo, sin importar su origen,
raza o religión.
Aunque la distancia entre aquella sociedad promisoria
que vivieron nuestros abuelos y bisabuelos y la actual
es muy grande, una fecha tan significativa como la de
hoy siempre es propicia para reafirmar la convicción
de que todos los trabajadores, inmigrantes o no, deben
gozar de los mismos derechos y obligaciones, garantizando
la igualdad de oportunidades en el marco de las normas
legales vigentes. Así lo pide S.S. Juan Pablo
II, en su encíclica Laborem Exercens: "Lo
más importante es que el hombre que trabaja fuera
del país natal, como emigrante o como trabajador
temporal, no se encuentre en desventaja respecto de
los demás trabajadores de aquella sociedad. La
emigración por motivos de trabajo no puede convertirse
de ninguna manera en ocasión de explotación
financiera o social. En lo referente a la relación
del trabajo con el trabajador inmigrado, deben valer
los mismos criterios que sirven para cualquier otro
trabajador en aquella sociedad. El valor del trabajo
debe medirse con el mismo método y no en relación
con las diversas nacionalidades, religiones o razas.
Con mayor razón, no puede ser explotada una situación
de coacción en la que se encuentra el emigrado.
Todas estas circunstancias deben ceder absolutamente,
frente al valor fundamental del trabajo, el cual está
unido con la dignidad de la persona humana."
Fiesta Nacional del Inmigrante
El 4 de septiembre de 1980 se realizó en la
ciudad de Oberá (Misiones) la primera Fiesta
del Inmigrante. Desde esa fecha se sigue celebrando
cada año la que es actualmente la Fiesta Nacional
del Inmigrante.
¿Por qué en Oberá? Ya antes de
su fundación (el 9 de Julio de 1928), esta lindísima
ciudad del centro de la provincia misionera recibió
numerosos asentamientos de inmigrantes, de las más
diversas colectividades: franceses, noruegos, alemanes
y suecos en primer lugar, seguidos por los suizos, italianos,
españoles, japoneses, brasileños, paraguayos,
polacos, rusos, ucranianos y más recientemente
árabes, entre otros. Todos ellos conviven armoniosamente
y estrechando cada vez más sus lazos, formando
una comunidad de una inmensa riqueza cultural.
Cada año, en la Fiesta Nacional del Inmigrante,
todas estas colectividades muestran lo característico
de cada una de ellas: sus casas típicas, comidas,
trajes, bailes, música, artesanías, etc.
Esto es posible gracias a la convivencia de las nacionalidades,
sustentada principalmente en un profundo respeto por
las diferencias.
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