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El hijo rebelde de Portugal
Muy ligada a los vaivenes políticos
de Europa, la independencia de Brasil no se dio merced
a grandes contiendas ni desgastantes luchas internas,
sino que llegó más bien como consecuencia
lógica y directa de los acontecimientos de la
época.
A principios del siglo XIX, la expansión del
Imperio Francés (al mando de Napoleón)
y sus constantes enfrentamientos con Gran Bretaña
incidieron directamente sobre las colonias americanas.
En 1807, por caso, Napoleón amenazó con
invadir a Portugal si éste no le cerraba sus
puertos a Inglaterra. Por su parte, Inglaterra también
amenazó a Portugal con hundirle toda su flota
si los Braganza (la familia real portuguesa) no decidían
trasladarse interinamente al Brasil. De este modo, a
Francia le quedaría el camino libre para la invasión
y Gran Bretaña (“la Reina de los mares”)
obtendría un gran triunfo económico, pues
se beneficiaría del intercambio mercantil con
Brasil, ya que al no poder entrar en Europa por el bloqueo
que les había impuesto Napoleón en todos
los puertos, necesitaba un nuevo mercado con el que
comerciar.
Cercados entre ambas amenazas y sin margen de maniobra,
los Braganza se embarcaron hacia América. Así
fue que el 22 de enero de 1808 la familia real portuguesa
(la reina María I y su hijo Juan VI) desembarcó
en Brasil, acompañada por un nutrido contingente
de 15.000 personas entre su corte, sus funcionarios
y sus parientes. Cuando llegaron a Río de Janeiro
(capital del Virreinato desde 1763) fue la primera vez
desde el descubrimiento de América que un rey
ponía sus pies en territorio americano.
Aun cuando años después Portugal fue
liberado de la ocupación francesa, su realeza
continuó radicada en Brasil, que el 16 de diciembre
de 1815 fue convertido en reino. Tras la muerte de su
madre, Juan VI se convertiría en el rey Joao
de Portugal y Brasil.
Por su parte, en Portugal, hacia octubre de 1820 la
burguesía se rebeló en Lisboa y Oporto,
reclamando por las malas condiciones político-económicas.
Además, se formó una Junta de Gobierno
provisoria que exigía, entre otras cosas, la
vuelta a Lisboa del rey Juan VI y la restitución
de Brasil a la condición de colonia. Sin alternativa
ante el riesgo de perder su corona en Portugal, el 26
de abril de 1821 el rey regresó a Lisboa, dejando
a su hijo Pedro como regente en Brasil.
El
jefe del gobierno brasileño, José
Bonifacio de Andrada e Silva, convocó
entonces a una asamblea constituyente, incorporó
a un mayor número de brasileños a su gabinete
y propuso una monarquía independiente (que estaría
al mando del regente) que ayudara a preservar el orden
político, social y territorial.
Así fue que el 7 de septiembre de 1822, a orillas
del río Ipiranga, el regente Pedro renunció
al dominio portugués y proclamó la independencia
de Brasil. El 12 de octubre de ese año, Pedro
adoptó el título de "Emperador",
con el cual fue coronado por el obispo de Brasil, adoptando
el nombre de Pedro I; y el 1° de diciembre fue nombrado
en Río de Janeiro “Emperador Constitucional
del Brasil”.
Tenía sólo 24 años y se mantuvo
en el cargo hasta su abdicación en 1831.
De este modo, y a diferencia de las colonias hispanoamericanas,
Brasil surgía a la vida independiente como un
Imperio, sin haber tenido que pasar por desgastantes
y costosas guerras.
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