A veces me compadezco de esta ciudad que ya siento mía, por lo lejana que está de mis bolsillos y de mi entendimiento. La ciudad y sus reveses. Verla con las manos en el piso, haciendo vertical, es un buen ejercicio de distensión y de perspectiva. Así todo adquiere el tinte grotesco que no deja de tener en lo cotidiano, pero que aparece enmascarado por la repetición. La ciudad como comediante a punto del insulto, que no es remate de algún chiste, sino insulto de rabia y de odio, de qué me hiciste flaco, por qué a mí.
Y otras veces la ráfaga de viento que arrasa con el aroma de lo sublime. Muy romántico, pero qué se le va a hacer. Buenos Aires tiene eso. Es muy trillada, se le descubren enseguida los clisés, pero esas frases recurrentes fascinan por su dejo de originalidad. ¿Será la voz de Buenos Aires? No lo sé. Tampoco me está dado saberlo, y nadie puede reprochármelo. A mí, al extranjero poco existencialista que desconfía de las grandes acciones y de la influencia del sol en el rostro. Soy más bien el penetrado por la sombra en sombra.
Un café en la esquina de la facultad, ese antro que acompaña las horas de ausencia. Siempre pido café negro, no, sin nada señora, sin leche, claro. No me gusta la leche, ni las campañas masivas para que los niños tomen leche. Me gusta el café fuerte, que no se evidencie su origen maquínico, que pueda ser bebido de a sorbos. Sin azúcar, bien fuerte. Hay un solo lugar en donde lo hacen así, y es este cafecito con nombre de filósofo (muy original) enfrente de Puán. Así se hacen soportables algunos excesos posmodernistas.
Pobre Buenos Aires. (Gracias Baudelaire.) Déjenme llorar en paz, así, sin lágrimas, frente al café. Pobrecita lo que te hacen, caminando sin saberte, sin odiarte. Esta indiferencia es como una tortura, ya lo sé, pero a vos te gustan las torturas, tenés el gusto de Sacher-Masoch. Mi Venus de las Pieles.
Yo te cuido, te hago arrorró en la víspera del sueño. Y te calmás enseguida. Un sorbito del café negro y ya estoy de nuevo en invierno. Con este calor uno se halla medio desorientado. ¡Hace un año me embobaba con los muñequitos de nieve! ¡Qué gracia! (en realidad no es tan gracioso). Ahora los casi treinta grados me confirman que algo cambió de ayer a hoy. Te encuentro más solo pibe, más enflaquecido y más pobre. En todos los sentidos. Cambiamos juntos Buenos Aires: como los hermanos y los enemigos.
Ezequiel Pérez
(Foto por Guillermo Ruiz, publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)