Empezaron uniéndose poco a poco y a causa de una injusticia que venía desde hacía mucho tiempo. Fueron todas pequeñas personas con aliento para tratar de cambiar las cosas, con fuerza para hacerlo. Cada una de ellas se personificaba con una idea distinta pero respetada por todos sus compañeros.
Desde que decidieron juntarse en una magia de discursos simples, un viento con ganas de llenar de aire todos los espacios de su propio país, reforzaron la caricia. Eran muy pocos, cada semilla que cayera de algún abedul significaba una esperanza más, un nuevo integrante para su grupo de amor por el cambio, por uno mejor. Los llamaban, porque su esfuerzo era innombrable, Maenpuis.
Del otro lado del precipicio estaban los Polikicitos, una cantidad innumerable de mafiosos y terribles monstruos o criaturas despiadadas del miedo, tenían una voz oscura, una mente brillantemente perversa e imposible de curar con un por favor. Todos sus hogares eran enormes mansiones malvadas, con ritos sagrados de un espíritu todavía no conocido por los Maenpuis.
Había algo más en el medio del abismo y el suelo, en esa línea fina de indiscreción, había gente que no creía en nada y no podía soportar ser los del medio, ser los últimos que nunca tenían semillas, nunca tenían mansiones ni almas envueltas en pan, nunca nada del abismo ni del suelo.
La esfera de cambios estaba compuesta por estos integrantes. Siempre había malos y buenos en los cuentos. Acá, en este circulo universal, había honestos y otros a quienes su ambición no dejaba intentar tener esa facultad.
Con el pasar de los años, los Maenpuis habían logrado crecer, fortificarse, y empezar a ser una comunidad que no planeaba ninguno de sus ataques de ternura a los malvados villanos que despedían ladrones de sus grandes casas.
Cuando llegó la hora de organizar la esfera azul, hubo que votar, hubo que decidir qué era lo mejor y para algunos casos lo más conveniente. Ahí, en esa hora perturbadora comenzó el hecho, empezó el triunfo para un pueblo cuyo corazón no latía en nada, en ninguna situación, a los malvados no les importaba con su mano negra desaparecer personas, desaparecer comida y desaparecer amor por todos lados.
Aún así nadie estaba muy vencido.
Los Maenpuis realizaron una marcha, un tornado con su viento de solidaridad para todos, para un pueblo entero que pedía a gritos una salvación y un trabajo que les permitiera no convertirse en Polikicito, que indudablemente sería enviado al gran espíritu.
Los del medio no sabían como hacer para tomarse de los brazos con los marchantes, fue una acción de canto hacia la justicia única que habían perdido desde el principio del cuento. Hasta los príncipes y las brujas estaban huyendo de la bola de agua, y se iban hacia otro planeta, hacia un lugar que los dejasen ser personajes de historias con finales felices. Sí, Belsefa con sus hechizos tenía lista su escoba para salir para siempre del mundo que no pertenecía más al autor.
Polikicitos por todas partes, armas de fuego, y diablos deambulando por las calles, el cordón de lucha no pensaba parar sin conseguir una mesa llena de verdades de no-demagogia. No necesitaban pegamento para aguantar el dolor y seguir cantando, en un caminar sin suspiros sin llantos, sólo con canciones de nácar que envolvían niñitos con pan duro y leche fría.
En medio de esto caía una especie de polvito cósmico que resaltaba en el cielo todos los signos y formas estelares, hasta formar pulóveres de galaxias y rezos solares. Un granito de polvo. Símbolo de la fruta madura en el bosque, de un estallido que no supo estallar, de un cielo sin banderas celestes y blancas.
La guerra se inició con muchas balas de dinero robadas, que al ser tiradas en un exterior esclavo, dejaban a todas las personas, menos sus dueños estremecedores, con una actitud de cansancio, de no poder más, y resignarse.
La esfera estaba siendo dominada por un par de malhechores que mataban corazones y caramelos enseñados en pizarrones blancos de lágrimas.
Yo presenciaba el terrorismo, no estaba al margen, la creación de mi ilusión en una noche de ramas verdes despertó juventud. Jóvenes de antes y pasados al futuro, a las computadoras con e-mails.
La discusión de combates se encerraba cada vez en una novela distinta, los Maenpuis se construyeron alas. Éstas no podían ser perforadas y eran invisibles a los ojos de los Polikicitos. La marcha no había sido derrotada, tenían un vuelo alto para despegar brisas fuertes. Ahora no era un canto, era una murga con malabares de paciencia, lanzallamas de resistencia, orquesta con aguante y bailarines que ocupaban todos los rincones de las avenidas.
Bombas de muertes, bombas de música, lucha, luchando, luchaban los Maenpuis, sólo la muerte podría detenerlos.
Duendes por todas partes, regreso de los príncipes, Belsefa con nuevas pociones, más pasión entre las parejas, concluyó por despegar un tiro al blanco a los que pedían más dinero en sus mansiones. Las oposiciones se arrodillaban sin más te quieros, sin más bastas.
Algo ocurrió de pronto, allá en medio de todos los negocios de redoblantes, y negocios de platas y oros, dos torres fueron derrumbadas por el gran espíritu. Se fueron terminando de caer de a poco, en ese instante en el que todo quedó petrificado, donde la marcha no sonaba con más ritmo, donde a los Polikicitos les inundaba un miedo nuevo. La hoja no cayó en otoño, la torre despacito fue
empujando al dominó de ladrillos para abajo, aplastando miles de Maenpuis, miles de Polikicitos, miles y miles de pedazos que ya no estaban vivos. La torre que estaba a su lado, derrumbó los demás granitos de esencia roja que quedaban deambulando, aplastó todos los finales posibles.
Nadie se había dado cuenta que la escena paralizada degradó el robo de corazones. Nadie ganaba, nadie perdía.
Los Maenpuis se elevaron hacia el tronco más alto con un último acorde de lo pagado. Las semillas estaban a punto, la cosecha estaba brotando encima de las mansiones adineradas, la cosecha estaba a punto. Sólo el lector habría desparramado el fruto de un fin
Mariana Avalos