—¡A jugar! —dijeron los dos al mismo tiempo...
Esperaba poder esperar algún minuto, porque todo llegaba sin que pudiera pedirlo, aunque deformado, como con incógnitas y que uno tenía que "jugar" a descubrirlas. Y era un juego prejuicioso, porque te exigía adentrarte en él, por más que vos quisieras dejarlo para más tarde... o ir a divertirte, en vez de quedarte experimentando.
Encima, había juegos que venían de a dos, te imponían jugarlos simultáneamente, ¿cómo?
Ingéniatelas, decían las instrucciones.
Uno venía caminando, otro casi corriendo antes de haber estado como una estatua todo el año.
Corazón impuesto por el hambre de corazones, ya que su postergación podía llegar a terminar en un Game Over.
Estarse arriesgando a perder tiempo en escribir, era pasar un pantano con un vestido de fiesta.
Me bailaban, me empujaban a seguir mareándome...
Basta...basta... para el juego. El alma parlanchina se quejaba:
—Claro, después andás llorando porque no tenés amor impuesto, y ahora te divertís corriéndoles carreras...
—¡Vamos a tomar café con leche! —dijo uno.
—¡Vamos a bailar! —dijo el otro.
¿Qué decidir? Decidieron bailar dentro del café con leche hasta que el timbre del final del juego sonara.
Ring, ring, imponete un amor antes de que el sonido acabe.
Mariana Avalos