(La situación descripta en este texto es ficcional. Cualquier semejanza con la realidad es pura, purísima coincidencia.)
Como comenté en la presentación, la idea que propone y se propone seguir esta columna es la búsqueda de historias. Así como algunas aparecen a la vuelta de la esquina, otras lo hacen en lugares inimaginables. ¿Qué pasa cuando en tu mundo, que ya conocés de memoria... encontrás otro?
Se abre la puerta de madera que rechina...
La habitación está en silencio. Las baldosas naranjas del piso parecen mantener la temperatura de aquel microclima. Cuando la lluvia golpea fuerte sobre el techo, el sueño se interrumpe y las gotas se deslizan por el marco azul de las ventanas. Pero no está lloviendo.
Afuera sopla un viento frío. La ventana se abre hacia adentro y el viento se cuela. Desde la cama angosta se ve la luna, el techo blanco de madera, las cajas sobre el placard. Se oyen ruidos, vienen de abajo, son pasos sobre el piso que cruje. La habitación de baldosas naranjas está en silencio. Sólo, y hay que detenerse a escuchar, se oye la respiración de un hombre que duerme sobre la cama. La cabeza de costado, la boca entre abierta, los pies cruzados. El acolchado colorido está acurrucado bajo su cuerpo. La almohada no tiene su perfume. Con los ojos cerrados mira hacia a puerta. Brilla una lucecita en la habitación. Pese a que los objetos se amontonan en los rincones, sobra el espacio.
Se abre la puerta de madera que rechina...
La habitación está en silencio, pero la muchacha que entra aseguraría escuchar una suave melodía en sus oídos. Trae con ella su particular perfume y una frazada en los brazos. Lo disimula, pero puede ver cientos de duendecillos que caminan por las baldosas naranjas, transportando herramientas, libros, responsabilidades, flores e ideas. Y si se concentrara un poco más, lograría ver sus pequeñas cabañas, los caminos, y los aljibes. Imagina, sin equivocarse, a todos los otros duendes que estarán habitando en los sueños del hombre que duerme en la cama. Es él quien los ha traído consigo.
"Ahora sí tengo frío", dice sin abrir los ojos, sabiéndola presente, y siguen soñando despiertos.
Lucía Alfonso