El cuerpo se hace polvo, el polvo no se hace cuerpo,
Sin embargo insisto en construir un ser sin ojos que te vean,
Sin corazon que te sienta, sin manos que puedan tocarte, sin sabor que pueda llamarte en cualquier tarde, en cualquier cafe.
Sin sonidos que puedan hallarte de espaldas en cualquier subsuelo, en cualquier recodo, avenida o vereda rota.
Trescientos sesenta y cinco dias, dos inviernos, dos veranos, dos otoños deshojados y verdes, pero ninguna primavera más.
La muerte de los jazmines, hace su paso funebre y fragante,
La lluvia recolecta zaguanes vacios, y me entrega el fusil del reflejo inesperado, de tu cara en la pagina veintidós del libro que leímos.
Y ya el suspiro se hace viento, y el viento es un simple oleaje de fresias... un simple golpeteo de semillas, imitando el tintinear de una lluvia fugitiva, de besos entre puertas y escondites.
De pasos perdidos en multitudes agresivas, de monedas gastadas en limones, frutillas, caramelos, chocolates, delicias breves, así como tu fantasmagórica boca, que se esparcía por mis días, dejando espacios insalvables, dejando olvidos desolvidables.
Extrañarte no es lo raro, lo raro es mirarte y verte a vos mismo, convertido en parte inalterable de un yo un poco menos extraviable.
Y las explosiones dentro de mí destruyen campos y retoños furiosos,
Poesía nueva, es nacida entre mis pestañas, que golpetean en el aire, como un saludo, un adiós, una noche de verano.
Unos ojos que se encuentran sinceros una última vez, y se miran con un amor nuevo, nacido de los infiernos, nacido de los dolores, de los temores, de las mentiras, de los ojos de los gatos, de las tormentas de fuego, de las tardes de café, de Borges y de Cortázar.
Rosacruz
(La imagen está hecha a partir de esta foto de Cristiane Sousa en Flickr, donde aparece bajo una licencia de Creative Commons.)