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Crónicas fantásticas (2006)
Viernes 29 de Diciembre de 2006
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Hace años, pero muchos años, que amenazo con hacerme un tatuaje. Una amenaza extraña, teniendo en cuenta que proviene de alguien que no se hizo siquiera los normales agujeritos en las orejas (bueno, las verdad es que, con tanto piercing dando vuelta, soy bastante original, ¿no?).
No se si alguna vez voy a cumplir con esa amenaza. Pero hay gente que no se queda en el anuncio, y adelante va, a enfrentar con dientes apretados el "rrrrrrrrrrr" de esa cosa que suena como un torno de dentista pero que, esgrimida por un artista, es tan dúctil como un plumín, una fibra o un pincel.
Duele un poco más que una pintura, parece. Las descripciones van desde "casi casi como depilarse" (proviene, por supuesto, de las damas) hasta "es como si te clavaran una hojita de afeitar y después dibujaran en la piel con ella". Y los primeros días, "arde como si hubieras tomado sol sin protector de once de la mañana a tres de la tarde".
Llevar una obra de arte sobre la piel cuesta. Gotitas de sangre empañan el trabajo mientras está en progreso, y acompañan la primera hora o un poco más, después del punto final. Luego, lavados cuidadosos, crema protectora, y un comportamiento vampiresco huyendo de sol durante algunas semanas, hasta que todo cicatrice como corresponda. Y solo después, a mostrarle el resultado al mundo.
Una mirada sobre los catálogos de cualquier tatuador demuestra que la fantasía es la gran elegida. Por supuesto hay frases, nombres, diseños tribales (de tribus de todo el mundo), fotos de seres queridos, o de famosos; pero los dragones y unicornios, ángeles y demonios, duendes y hadas llenan carpeta tras carpeta. Algunos diseños son muy específicos.
La elegante grafía élfica que rodea el anillo único de Tolkien también aparece en brazos y tobillos, e incluso en alguna que otra cintura. Otros tatuajes tolkienianos incluyen en esa misma caligrafía palabras o frases importantes para quienes lo lucen, la runa que representa al autor, o imágenes creadas por él, por otros ilustradores, o bien de las películas basadas en su obra.
Los fans de StarWars oscilan entre discretos símbolos del Imperio o de la Alianza Rebelde, hasta escenas completas de batallas, naves espaciales y cosas tan encantadoras y extrañas como una Hello Kitty disfrazada de Stormtrooper.
Para los lectores de las aventuras de Harry Potter, también hay opciones. Algunas de ellas: el protagonista en varias versiones, una snitch o diseños originales.
Otros fans que suelen expresarse desde la piel son los de El extraño mundo de Jack, El principito, los comics y el manga y muchos más.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 22 de Diciembre de 2006
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Les cuento algo: cuando alguna persona cuyos gustos literarios respeto y a los que por lo general adhiero, me recomienda un autor y lo primero que leo no me gusta, sigo leyendo. Sigo leyendo su obra, a ver si de pronto descubro qué es lo que que estaba escondido, cuál es ese secreto que no se dejó develar aún.
Con Ursula K. Le Guin, esa fue la historia. Mucha gente que me ha recomendados cosas que me gustaron mucho, pero mucho mucho, o que sé que gusta de las mismas lecturas que yo, me decía que yo debería adorar su obra. Pero no. Algo no "funcionaba". Y lo que había leído de Ursula K. Le Guin, hasta hace unos días, no me gustaba. Había leído la primera de sus famosas Historias de Terramar, El nombre del mundo es bosque, y mucho más, en cuento y novela, de ciencia ficción.
Y no me había gustado. Algunas cosas me parecían demasiado ecológicas, y casi panfletarias, como si quisiera meter en mi cabeza ideas, sin importar si yo quería o no aceptarlas. En otros casos, me daba la sensación de que la autora no amaba a sus personajes lo suficiente. Como si no le importara en realidad su destino, sino sólo despachar la historia, y nada más. Muy fría.
Pero, pero. Las tumbas de Atuan y La costa más lejana cambiaron mi opinión. Ojo. Releí Un mago de Terramar y sigue sin convencerme. Me encanta la idea de que la magia cueste, de que nada sea gratis en la vida y el trabajo de los hechiceros. Aún, sin embargo, sigo encontrando esa frialdad. No sé cómo explicarlo. Pero esas otras dos novelas son joyas que me dieron ganas, muchísimas, de seguir adelante y leer mucho más.
Al primero lo empecé a leer apenas subí al colectivo, en un viaje de una hora y pico. Me pasé. Fue unas pocas cuadras, pero es que tenía que saber si ese personaje que había aparecido era quien yo creía que era. Y al segundo en una sola sentada, en una sola noche. Son cortos, es cierto, pero son apasionantes.
¿De qué se trata? Magos, príncipes, sacerdotisas. Dragones. Oscuros laberintos. Rituales a los que ya se olvidó el sentido. Profecías inmemoriales. Canciones que son memoria e inspiración. Joyas sagradas.
Y nombres. Nombres y palabras. Que son todo.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 15 de Diciembre de 2006
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Otra columna inspirada por Radio Númenor. Aunque no tiene nada que ver con Radio Númenor. (¿Se nota que me gusta mucho Radio Númenor?)
Resulta que estaba escuchando Radio Númenor (ya sé, ya sé, una más y es Spam) y uno de los temas que pasaban me hizo pensar "esto parece la banda de sonido de una peli de fantasía". Hasta me puse a imaginar una carga de caballería, bellos caballos blancos, con largas crines, montados por guerreros lanzándose hacia una muerte segura.
"¡Ajá!", me dije, buen tema para un artículo. No, no la gran cantidad de escenas con guerreros lanzándose a una muerte segura que aparecen en las películas fantásticas (a veces un solo guerrero, a veces unos centenares, y la verdad es que nunca la muerte es tan segura como parecía, o lo es para todos menos para el protagonista, que siempre zafa; pero volvamos, que ya estoy divagando demasiado), sino a eso que se llama "banda de sonido original".
En una película, el sonido (los diálogos, los ruidos, los silencios) es tan importante como lo visual. Y la música, que es lo que obtenemos si compramos un CD que lleve el nombre de la película y esas cuatro palabras en la tapa, es un ingrediente clave. A veces, nos indica si debemos emocionarnos y sonreir o llorar(o las dos cosas), si tenemos permiso para respirar tranquilos, o si tenemos que prepararnos para una sorpresa desagradable. A veces exageran tanto con su guía que se vuelven cansadoras, pero por lo general, las apreciamos.
El "tana tana tana-nana tana-nana-nananaaaaaa" (pongan un poco de esfuerzo) de Tiburón anticipa la llegada del monstruoso animal. O nos hace creer que va a aparecer, para después dejarnos con las ganas.. Cada vez que el anillo único se muestra en cualquiera de las tres entregas de El señor de los anillos, una melodía nos recuerda su poder. Los violines enloquecidos de la escena de la bañera de Psicosis le ponen los pelos de punta a cualquiera.
Los compositores de música para películas tienen un gran peso sobre sus espaldas. Su trabajo puede mejorar o desmerecer una obra en la que cientos o miles de personas invirtieron semanas y semanas de trabajo. A veces, tienen que agregar la música hacia el final, una vez que la película está ya casi editada por completo. Otras veces, trabajan al mismo tiempo que los demás, componiendo para escenas que nunca verán la luz (bueno, al menos no hasta que no salga un DVD de edición especial, corte del director, o versión extendida).
Pero la música que crean es también una obra independiente. No necesitamos de la película para disfrutarla (muchas veces, el CD sale a la venta antes de que se estrene la peli en los cines), y aunque puede ser que nos recuerde sus escenas si ya la vimos, podemos usarla también para disparar nuestra imaginación y crear en nuestra mente una nueva historia.
Algunos compositores parece "especialistas" en crear música para películas (mentales o reales) de fantasía, ciencia ficción o terror. Nos transportan a otros mundos o a otros tiempos, lejanos o no tanto, llenos de objetos y seres maravillosos o atemorizantes.
¿Ejemplos? John Williams, Howard Shore, Hans Zimmer, Don Davis, Danny Elfman, James Newton Howard y Basil Poledouris, son los que ahora llegan a mi mente. Pero estoy segura de que pueden encontrar más.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 8 de Diciembre de 2006
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Corría 1917. Frances Griffiths tenía diez años; su prima Elsie Wright, dieciséis. Solían pasear por las cercanías del hogar de Elsie; había un bello arroyito, y un bosque que parecía de juguete. O de cuento de hadas.
Algunos cronistas relatan que fue solo una vez, una tarde en la que Elsie se había caído al agua o en la que las chicas habían regresado casi al anochecer y necesitaban una excusa; otros, que las damitas siempre volvían de sus excursiones contando encuentros con hadas y otros seres fantásticos. Pero lo importante es que un día, Elsie le pidió prestada al padre la cámara de fotos, para demostrarle que lo de las hadas era real.
La cámara que tenía la familia Wright era de las que se conocen como "de placas". En vez de usar un rollo o una tarjeta de memoria (je), como las que usamos ahora, esas cámaras se cargaban con un paquete de placas, especie de finas "tostaditas" o delicados "sánguches" de cristal, untados con la emulsión que reaccionaba ante la luz. Por lo general, el mismo fotógrafo tenía que armar las placas, y por eso casi todos tenían un laboratorio propio en su casa.
El día en el que Elsie y Frances salieron a su fantástico safari fotográfico, solo había una placa sin usar. Y al revelarla, el padre encontró una foto milagrosa. En ella se veía a la pequeña Frances mirando soñadora hacia la cámara, y cuatro hadas bailando frente a ella.
Los Wright y la madre de la chiquita sonrieron al verla: Elsie era estudiante de artes plásticas, y para colmo sabía bastante de fotografía (había trabajado como ayudanta en una casa que se dedicaba a realizar postales para los deudos de los caídos en la Primera Guerra Mundial). Pero las dos mujeres un poco dudaron... ¿Era la fotos un engaño de las artistas de la casa? ¿O era real?
En al menos una carta que Frances mandó, junto con una copia de la foto, a una de sus amiguitas (en esos tiempos, la gente se la pasaba escribiendo cartas y enviando fotografías), menciona sus aventuras con las hadas, y el momento de la fotografía, como si fueran hechos reales. Aunque, quizás, quería hacerse la importante frente a su amiga, quién sabe.
Un tiempo después, cuando las chicas lograron una nueva foto misteriosa, con la mayor y un extraño gnomo como protagonistas, don Wright se hartó y les prohibió seguir usando su cámara para esas pavadas.
Cuando un par de años después la señora Wright participó de una charla sobre seres feéricos en la Sociedad Teosófica de su ciudad, mencionó las fotografías y, de ahí en más, todo fue una bola de nieve que llegó hasta Sir Arthur Conan Doyle. El escritor estaba preparando un artículo sobre las hadas, y les pidió las fotos. El creía fervientemente en las hadas, los espíritus, los fantasmas, el más allá y todo lo demás, y las fotos le parecían importantísimas. Pero antes, quería constatar su veracidad.
Para eso, un investigador llamado Edward Gardner, amigo del autor de Sherlock Holmes, contrató a un experto para que generara nuevos negativos e impresiones de mejor calidad que las que había logrado el padre de Elsie. Las presentó a los expertos de Kodak, quienes dijeron que no había trucos en las imágenes: eran simples fotografías sin composiciones raras ni retoques. Pero eso no era suficiente para Gardner ni para Conan Doyle: compraron dos cámaras, algunos paquetes de placas y se los dieron a las chicas, para que consiguieran nuevas fotografías de las haditas de la cañada de Cottingley. Las placas estaban marcadas y la emulsión, de un tipo especial, impedía o al menos dificultaba en forma extrema cualquier tipo de modificación.
Del experimento, luego de varias semanas, surgieron tres fotos más: una en la que una Frances algo fuera de foco observa un hada en vuelo, una en la que un hada un tanto distinta a las demás ofrece un ramo a Elsie y la más extraña, en la que varias hadas toman sol entre los arbustos.
Cuando Conan Doyle publicó un par de artículos con las fotos, el mundo se dividió. Por un lado, quienes creían que al fin había aparecido la prueba inequívoca de la existencia de las hadas. Por otro, quienes pensaban que Conan Doyle, Garden y sus seguidores formaban un fragante ramillete de crédulos.
¿Quién tenía razón?
Muchos años después, las chicas, ya no tan chicas (tenían 75 y 81 años) confesaron: las criaturas de las fotos no eran más que recortes de papel. Habían sido dibujadas y pintadas por Elsie, copiadas en parte de un libro de estampas que alguna de las dos había recibido como regalo. Por eso los expertos de Kodak no habían encontrado truco alguno.
Cada hada o gnomo había sido pegado sobre cartón, y para lograr la sensación de movimiento y los vuelos, habían usado una de las primeras encarnaciones de la cinta adhesiva, que se usaba para vendajes, y también esos largos alfileres que las mujeres de la época usaban para asegurar los sombreros.
Las fotos, entonces, eran mentira. Sin embargo, tanto Elsie como Frances afirmaron siempre que las hadas eran reales.
Que habían jugado con ellas varias veces. Que habían intentado fotografiarlas pero que, como era imposible que se quedaran quietas, para poder demostrar a sus padres sus encuentros, no habían podido hacer más que falsear las imágenes.
Y que así, sin querer, pasaron a la historia.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 1 de Diciembre de 2006
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Hay series de televisión que, a pesar de durar poco en las pantallas, quedan en la memoria de sus espectadores. La serie de la que voy a hablar hoy quedó grabada en muchos chicos (bueno, ya no tanto) criados en los años 80, a pesar de que solo contó con veinte episodios.
Viajeros era una serie extraña. Era rara en su época, y creo que lo sería aún más en la actualidad. Tenía dos protagonistas muy desparejos. El primer protagonista era buen mozo, algo musculoso, muy valiente pero un poco cabeza hueca. Tenía lindos ojos y un chaleco de cuero. Y el nombre era muy raro, demasiado como para recordarlo. Hace poco descubrí que se llamaba Phineas Bogg, un nombre inspirado, sin lugar a dudas, en el de Phileas Fogg, el aventurero de La vuelta al mundo en 80 días.
Pero aunque olvidara su nombre, nunca dejé de recordar su omni. Era una especie de reloj de bolsillo hiperdesarrollado, que parecía de oro o de bronce, con un globo terráqueo en el centro y algunos cuadrantes giratorios. El "relojito" le servía al muchacho de la ropa de cuero para viajar en el tiempo y el espacio, a lo largo de toda la geografía de la Tierra, y en cierto rango de su línea histórica. El omni tenía dos lucecitas: una roja y una verde. Phineas recorría distintas épocas "desfaciendo entuertos" que descubría porque cada vez que llegaba a un punto del tiempo en el que había algo mal, la luz roja era la que se iluminaba. Con la ayuda de un "manual" que le servía para saber qué era lo que estaba fallando, saltaba de acá para allá intentando soluciones y volviendo para ver si la luz verde (la de todo bien) se encendía en su lugar.
Claro que... justo en el primer capítulo de la serie (¡je!) se rompió el aparato, que tuvo una falla extraña y lo hizo ir a parar a una época para la que no estaba preparado: 1982. Allí se encontró con el otro protagonista. Era un chico huérfano, Jeffrey, con cabello abundante y negro, y una remera rayada en blanco y rojo muy llamativa. Muy inteligente, y bastante orgulloso de serlo, sabía montonazo de historia. ¡Por suerte!
Porque resulta que el perrito del chico, al ver caer de la nada un tipo raro, atacó al viajero, arrancándole de las manos el dichoso manual de historia. Jeffrey intentó sacárselo, y se cayó por la ventana: para salvarlo, el hombre del nombre raro no pudo hacer más que transportarlo junto con él a otra época... sin el libro, y sin manera de devolverlo a su propio tiempo.
De ahí en más, y por el poco tiempo que duró la serie (durante algunos meses de 1983 y 83, en Estados Unidos; en Argentina la repitieron varias veces algunos años más tarde), Phineas intentaría seguir con su trabajo de arreglador de historia, ayudado por los conocimientos de Jeffrey y también un poco por sus propios encantos con las mujeres. Entre las personas famosas y situaciones importantes con los que se cruzaron estaban Harry Houdini, el hundimiento del Titanic, Cleopatra, la invención del teléfono, varios presidentes norteamericanos, y mucho más.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 24 de Noviembre de 2006
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Muchas series de televisión desaparecen del aire porque su protagonista se cansa de hacer siempre el mismo papel, o porque pide demasiada plata para renovar el contrato, o porque, por desgracia, pierde la vida o una enfermedad le impide continuar. A los creadores se les hace cuesta arriba explicar su ausencia, a veces intentan continuar por un tiempo con otros protagonistas, con mayor o menor éxito. Pero la historia que cuenta la serie siempre cambia. Por más que lleve el mismo nombre, ya no es la misma.
Los productores de "Doctor Who" (Doctor Quién) hallaron la respuesta a ese dilema, y por eso la serie sobrevivió en Inglaterra, su tierra natal, desde 1963 hasta 1989. Sí, leyeron bien. No, no le erré al teclado (aunque sí, tienen razón, suelo hacerlo).
1-9-6-3.
1-9-8-9.
Ventiséis temporadas ininterrumpidas. Unos años después de su final, una película para televisión. Un poco después, una serie de parodias a beneficio. También algunas producciones de fans, algunos muy perseverantes. Y por si esto fuera poco, casi cuarenta y dos años después de su primer programa, dieciséis desde su final, la serie volvió al aire. Sí. Sigue vivita y coleando.
¿Cuál fue la solución que encontraron esos avispados productores? Antes que nada, hicieron una serie de ciencia ficción. Eso les dió cierta libertad... que aprovecharon para elegir un personaje protagonista que no solo es inteligentísimo y puede viajar por el tiempo, sino que tiene la capacidad de regenerarse y tomar una nueva forma cada vez que siente cercana la muerte.
Así, diez "Doctores" se fueron sucediendo (y, dado el éxito de las nuevas encarnaciones en el país de origen y el resto del mundo, parece que seguirán haciéndolo). Tras cada regeneración, el Doctor cambia no solo de aspecto físico, sino un poco también de personalidad: más tranquilo, o más excéntrico, o más activo, o más serio o más payaso o más... Pero sigue visitando distintos cuándos y dóndes, enfrentándose a enemigos extraños y acompañados por amigos de todo tipo, algunos comunes y corrientes, otros cualquier cosa menos eso. Con algunas de las damas hay romances insinuados pero nunca mostrados; lo más que hemos visto fue un beso; con otras beldades, ni siquiera eso: el Doctor suele tener su curiosa mente ocupada en otras cosas.
Por la serie, que sin importar el año de producción se caracteriza por sus efectos (especiales y no tanto, de bajo o alto presupuesto pero siempre) ingeniosos, desfilan malos bellos y seductores, monstruos peludos y de hojalata, con tres ojos o ninguno, algunos sin cuerpo, otros encerrados en una armadura similar a un colador de pastas o a un rallador de queso o a un masajeador de pies, depende de cómo se miren. A todos ellos enfrenta el Doctor con su ingenio y buena voluntad, intentando siempre, y en cada caso, evitar el uso de la violencia, incluso en sus formas menos extremas. A veces utiliza armas, solo si lo obligan las circunstancias; por lo general, si la única solución parece ser "irse a las manos", intenta encontrar la respuesta con un viaje al pasado o al futuro. El medio de transporte elegido es un aparato conocido como TARDIS que debería ser tan cambiante como el Doctor pero que, por esos accidentes del destino, quedó "trabado" con la forma de una cabina telefónica de colección (de un tipo especial, que en el Londres de principios del siglo XX sólo podían usar los policías).
¿A alguno le picó la curiosidad? Por estos días, una de las versiones más nuevas pueden verse en Argentina en un canal de cable. Y si la idea es, como el Doctor, navegar un poco más por el pasado y el futuro, se puede disfrutar de algunos fragmentos de la serie, en todas sus encarnaciones, incluyendo las presentaciones de cada temporada, en ese hermoso invento que se llama YouTube.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 17 de Noviembre de 2006
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Cuando un autor nos sorprende... Bueno, es que casi siempre nos sorprende, a veces nos avisa con pequeños detalles, pequeños guiños, pero no lo notamos sino a destiempo...
Cuando un autor nos sorprende y hace que muera un personaje, nos afecta. A veces, cuando el que desaparece de la historia es un malvado, y si es un malvado muy malvado, festejamos. A veces incluso los malos son buenos, y nos lamentamos por ellos.
Pero hay personajes queribles, hermosos, de esos hechos para provocar enamoramientos y adoraciones. Esos son los protagonistas de muchas historias tristes, de lectores haciendo fuerza con los ojos brillantes y rojizos, o lagrimeando, o llorando abiertamente.
Hoy no van en encontrar enlaces escondidos entre el texto. No voy a dar nombres. Ni de personajes, ni de historias. Mucho menos, de lectores. Nadie quiere saber de antemano quién va a morir en una novela, a no ser que sea una de misterios y asesinatos y ese dato no sea más importante que lo que aparece en la contratapa. Y nadie quiere aparecer en un sitio web señalado como quien más lágrimas derramó por la muerte de un héroe. Pero muchos lo hicieron.
Una muchacha tenía una hora y media de espera, entre la salida de su trabajo y el encuentro con amigos. No quería esperar en la oficina, así que se decidió a tomar el libro que había empezado hacía unos días, una novela que formaba parte de una saga, y esperar con un café la llegada del resto del grupo. Las primeras amigas en llegar la encontraron secándose los ojos con esas servilletas finitas, de papel brilloso e inútil, tras haber gastado un paquetes de pañuelito y la única servilleta buena, la que venía envolviendo la cucharita del café. Un guerrero había redimido su error, dando la vida para salvar a los más indefensos.
Un joven perdió una clase de Lingüística porque no podía dejar de pensar en esa damita bella, con una personalidad única (o doble, pero siempre inocente), a la que había conocido niña en el primer tomo, y que acababa de perder, ya hecha mujer, en el tercero. Nada menos que a manos de quien para ella era amante, marido, amigo, y que para él era un héroe entre muchos otros, un héroe que sacrificó a la que más quería para salvarla de un sacrificio mayor. Y no le importó, al muchacho que perdió la clase, que todo el mundo lo viera llorando en el pasillo, sentado en un banco junto a la puerta del aula, mientras releía los párrafos malditos.
Un hombre lloró y lloró como nunca había llorado por un libro, cuando hacia el final de una espera de años, de capítulos y capítulos, de tomos interminables, los héroes iban cayendo uno a uno en el camino. Lloró tambien cuando, tras una vuelta de tuerca, comprendió que el que no había caído, en realidad seguiría cayendo.
Una señora, muy aseñorada, muy seria ella, lloró a mares por otra muerte, quizás en esa misma saga, quizás en otra. Una muerte inútil, inesperada, una muerte literaria como muchas otras, una de esas que hacen que el lector se pregunte "¿¡por qué!?", e imagine un viaje largo y azaroso para preguntarle al autor en qué estaba pensando.
Una chica sabía que había una muerte importante en la novela que estaba por empezar. No había podido evitar escuchar los rumores entre sus amigos, que entendían el idioma original y ya la habían leído hacía meses. Pero sí había evitado enterarse del nombre del personaje perdido, y el de su asesino (sí, sabía también que la muerte era violenta). Pero no pudo evitar los escalofríos al acercarse la escena, al ir comprendiendo de a poco que era ese, y no otro, el personaje que iba sufrir el destino predecido. Cerró el libro, y salió al balcón a tomar un poco de aire, para juntar fuerzas para el capítulo que narraba el entierro del personaje, para soportar en calma el duelo.
(Ahora noto, tras escribir estas historias de lágrimas, que las muertes más lloradas son las más sacrificadas, o las más inesperadas. Como en la vida misma, quizás, como en la vida misma.)
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 10 de Noviembre de 2006
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Resulta que yo tenía para hoy varios artículos empezados. Pensaba releerlos, elegir uno, y terminarlo para ustedes. Pero. Peeeero... Por fin logré escuchar Radio Numenor.
Hace rato que quería escuchar esta radio on-line, que está desde hace algún tiempo a disposición de quienes disfrutan la obra de J. R. R. Tolkien. Pero por la falta de actualizaciones necesarias en alguna que otra aplicación, o por un hermoso parlante de PC que insiste en captar una radio FM en vez de lo que yo quiero escuchar, mi intención había quedado relegada. Bueno, hace varias horas que la disfruto, y no puedo evitar dejar de lado los demás artículos para hablarles de esta radio.
Si nos dejamos sumergir en la fantasía, Radio Numenor es una radio que transmite desde Nueva Numenor, la misma isla en la que se sitúa la Universidad Autónoma Numenor, de donde proviene parte de su programación. La mayoría de sus oyentes son elfos y algún que otro humano más o menos célebre, aunque los trolls llaman de vez en cuando para dejar sus mensajes. Si volvemos (por un ratito, nomás) a la realidad, es un emprendimiento cultural, muy musical, muy entretenido, y muy a pulmón.
Usando el servicio de Live365, un grupo de admiradores de Tolkien, que forman parte de la ListaTolkien, la primera lista de intercambio en castellano sobre ese autor, crearon una serie de programas que se agranda día a día, gracias a que siguen sumándose colaboradores. Algunos de los ellos, además, son miembros de la Asociación Tolkien Argentina.
Al escuchar la radio se encuentra en la programación, escondido tras un aire de parodia, mucho amor por la obra del Profesor, al igual que un análisis profundo de su obra. ¿De qué otra manera se podría lograr algo como "Numenor en las ondas", por Maese Bochornil, con sus respuestas sesudas a preguntas triviales? ¿O cómo crear, si no, las publicidades de "Malboromir" o la de la clásica película "Casabrandi", que hizo famoso a Humphrey Bolger? O, más aún, ¿quién si no un verdadero Tolkiendil (amigo de Tolkien) podía armar el programa "El troll en la música", las Veladas Musicales del doctor Uzzi Tuzzi? En una emisión se puede escuchar, por ejemplo, al mismo Tolkien cantando una de sus canciones.
Otro programa musical es el de DJ Mordor, llamado "Música o algo así", en el que podemos escuchar... bueno... eso: algo parecido a música: canciones quizás un tanto extrañas (algunas creadas por los propios "radionumenoreanos", otras rarezas obtenidas quién sabe de dónde).
Y entre programa y programa, hay música "de la otra". Desde Enya hasta Blind Guardian, pasando por bandas que fueron famosas tiempo atrás como Styx y otras desconocidas, como los italianos Myrddin, cualquier tema musical, no importa el género o la época, que tenga relación con la obra de mi autor favorito puede escucharse en Radio Numenor.
Si les gusta la obra de Tolkien, los invito a dar poner la radio, e imaginar que están en plena Tierra Media. Para disfrutarla mejor, por supuesto, apaguen su palantirmóvil y sírvanse una Orco Cola.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 3 de Noviembre de 2006
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Cuando yo era chica, un amigo de la familia nos prestaba una computadora cada verano. Era un tiempo en el que no había PCs, juegos en DVD, video fotorealista, ni bandas de sonido interpretadas por orquestas sinfónicas. Era una TI99/4A, y para cargar un juego había que meter un cartucho a presión; a veces yo tenía que pedir ayuda a mi hermano o a mis padres.
En esos juegos no había personajes 3D, ni fondos que parecen cuadros, paisajes de Vermeer o edificios de Gaudí. Había cuadraditos unidos a otros cuadraditos, y gran parte del trabajo para meternos en el mundo que nos proponían los juegos estaba en nuestra propia imaginación.
Pero había mucha imaginación en los juegos en sí, en sus historias. La Commodore 64, la Atari, la TI99, la TRS, el Spectrum, y el ColecoVision; todas las compus primitivas y consolas de juego tenían (y a veces compartían) esos que ahora llamamos simuladores, pero el deporte, la aviación y los negocios no se llevan bien con los gráficos con resoluciones de, como mucho, 320 pixels de ancho (como la imagen que ven aquí al lado). Y es por eso que en la mayoría de los juegos de la época (sí, los años 80) había elementos de fantasía, y ciencia ficción.
En Microsurgeon el jugador se transformaba en un doctor metido en el cuerpo de su paciente y debía curarlo desde adentro. Entre las armas con las que contaba había aspirinas, antibióticos y hasta un láser para deshacer tumores. Yo era malísima en este juego, debo reconocer. Prefería el Alpiner, en el que había que escalar una montaña, mientras un muñeco de nieve, una cosa que quizás fuera un yeti y un pajarraco se divertían lanzando todo tipo de proyectiles.
Para un conocido, que tenía una ColecoVision, uno de los juegos más difíciles era el Defender. Era un juego que provenía de los salones de videojuegos, ya que, por dentro, la ColecoVision era bastante parecida a las enormes máquinas. Ibas en una nave que avanzaba hacia la derecha y la izquierda, y llendo de arriba abajo se esquivaban asteroides y accidentes geográficos. Por supuesto, a algunos de los obstáculos (que incluían naves enemigas y pequeños mutantes) se les podía disparar.
En Demon Attack, que solía jugarse en las Atari más viejas, unas cosas (se supone que eran demonios) bailaban sobre nuestras cabezas, mientras manejábamos un cañón que sólo podía moverse de derecha a izquierda. Había muchos juegos de este tipo, y los atacantes podían ser desde extraterrestres hasta bichos hiperdesarrollados. Simple, ¡pero divertido!
En las Commodore 64, uno de los juegos favoritos era el Ghost'n'Goblins, en el que enfrentamos monstruos de todo tipo en escenarios que hubieran sido más o menos terroríficos, si no fueran tan entretenidos.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 27 de Octubre de 2006
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Mucho tiempo atrás, les hablé acerca de los Dollar Babies. Se trata de cortometrajes realizados por estudiantes de carreras relacionadas con el cine o cineastas independientes, basados en historias de Stephen King. Por medio de un contrato especial, el autor les da los derechos necesarios, a cambio del simbólico monto de un dólar americano.
En el marco de la tercera edición de la Muestra Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata se proyectaron varios de estos cortos, y quería decir algunas palabras acerca de los que más me gustaron.
Uno que me llamó mucho la atención fue Home Delivery. Es una animación con cierto aire de animé, pero realizada en España, que narra con suspenso y mucha voz en off la historia de una pareja muy feliz en un pueblo de pescadores de una isla de Maine. El título en castellano podría ser tanto "Parto en casa" como "Servicio a domicilio".
"Minimun Overdrive" es tanto un homenaje como una parodia. "Maximun Overdrive" era el título en inglés de una película dirigida por el mismo Stephen King, que en castellano se conoció como "La rebelión de las máquinas" y estaba basada en un cuento llamado "Camiones". El cortometraje narra la misma historia: un hombre es perseguido por un vehículo asesino. Claro que en esta nueva versión, se trata de un autito manejado por radiocontrol. Mucho de lo que vemos es lo que su conductor espía desde cámaras de vigilancia. Y, ¿saben qué? El suspenso está tan bien manejado, que ocurre lo impensable: el auto de colección provoca miedo.
"Lucky Quarter", o "La moneda de la suerte", es una adaptación impecable. Las imágenes nos muestran el mundo de un pequeño casino y hotel en el que un pasajero dejó (o quizás no) como propina para una camarera su moneda de la suerte (¿o sería una moneda común y corriente?). La protagonista es tan querible como la del original, que pueden encontrar en el libro de relatos Todo es eventual.
Del mismo libro proviene el cuento Almuerzo en el café Gotham, adaptado en el cortometraje "Stephen King's Gotham Cafe", que se destaca porque el mismo Stephen King aparece, o al menos su voz, pasando por el abogado del protagonista. Lo mejor en ese cortometraje son, por un lado, el actor que representa a un maître un poco nervioso y muchos pequeños detalles, algunos muy obvios pero no por eso menos interesantes, que refieren a otras obras del autor.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 20 de Octubre de 2006
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Apenas entró en la librería, tuvo la sensación de que había algo distinto. ¿Qué sería? Trató de formar la imagen mental de las estanterías que cubrían las paredes: no, estaban igual. Miró hacia el techo: las hileras de alambre que lo surcaban de una punta a la otra estaban como siempre, y las revistas panza abajo, mostrando sus portadas protegidas con celofán, seguían allí.
¿Qué era lo diferente esta vez? Las cajas con los libros "infantiles" (Anita siempre pensaba la palabra infantil entre comillas, al menos cuando a literatura se refería) seguían en la entrada, a la derecha; las revistas de crucigramas, a la izquierda. El viejito color borravino estaba junto a las revistas de manualidades, separando con
parsimonia las de porcelana fría de las de arte country. El viejito plateado estaba ordenando las cajas de los libros más baratos, de esos a los que les falta la tapa o tienen demasiado olor a humedad. Y Ernesto, como siempre, estaba arrodillado entre dos de las estanterías bajas que inundaban el centro del local, buscando quién sabe qué.
El caballero teñido de negro alzó la cabeza, y vio los ojos a Anita encontrando los cabellos desordenados del muchacho, y en un instante dejó la parsimonia de lado, para salir disparado hacia donde estaba su amigo canoso. Lo agarró del codo como sólo las personas de edad saben agarrar, y arrancó hacia la puerta del local. Fue entonces que volvió la sensación de cambio.
—Bueno, muchacho —gritó, casi cantando, y mirando hacia donde estaba Ernesto—, cuidenos el fuerte...
Anita siguió el camino de los viejos de colores con asombro. Los vio salir del bracete, compartiendo esa sonrisa cómplice que ya les había visto compartir más de una vez. Con el asombro aún a cuestas, se acercó a su amigo. Esa sensación de que algo había cambiado se hizo más intensa: Ernesto no estaba buscando nada.
Estaba arreglando libros. Un pincelito en una mano, una tira de papel finito finito en la otra. Un frasco lleno de un engrudo grumoso se hamacaba de forma peligrosa sobre una pila de ejemplares, algunas con tapas color libro viejo, y otras que parecían a lunares. Y un montón de pedazos de papel de todas formas y tamaño se asomaba por el bolsillo de los vaqueros casi tan gastados como aquellos libros.
El pincelito con engrudo iba y venía con suavidad por uno de los dobleces de la parte escondida de una sobrecubierta envejecida. Todos los demás estaban desprolijamente emparchados, pero al menos la pobre sobrecubierta seguía siendo una, algo que, al parecer, varias en la pila tambaleante no había logrado. Anita miraba el trabajo con mucha atención, intentando que su amigo no se diera cuenta. Nunca había visto a Ernesto haciendo manualidades. Era desastroso, pero intentaba. Ella no pudo evitarlo, y se le escapó una risita.
Ernesto la miró desde el piso, y dio un salto, lleno de alegría. Acertó a detener el frasco de engrudo antes de que cayera, pero cuando quiso tirar uno de los papeles de su bolsillo al piso, cayeron todos. No le importó: puso frasco y pincel arriba de ese ramillete de tiritas. Y tomó las manos de Anita entre las suyas, y la miró a los ojos, y preguntó:
—Ahora que soy librero... ¿querés ser mi novia?
*
La colección Austral, de la editorial Espasa-Calpe fue, a decir de sus creadores, la primera colección "de bolsillo" en castellano. No sé si será cierto, pero su creación en 1937 le da muchos derechos a presumir.
A lo largo de los años, y en sucesivas ediciones y reimpresiones, la colección lanzó cientos y cientos de novelas, obras de teatro, ensayos, crónicas de viajes, y todo lo que se les pueda ocurrir.
En sus primeras décadas, cada volumen venía impreso en un papel grueso, y en letra pequeña, apretada. El papel, en ese entonces uno de los más baratos, es el que, con el paso de los años, le da a esta colección una característica que para mí es primordial: son los libros viejos con el mejor aroma del universo. Abrir uno es para mí sentir ganas de ir a un kiosko y comprar un kilo de chocolate blanco.
Sobre la tapa, de un color que posiblemente fuera el mismo que el de las hojas, apenas más oscuro en su momento, mucho más claro ahora que los encontramos en librerías de viejo, venía una sobrecubierta de un papel muy finito (tan finito y tan delicado, que hasta hace poco tiempo no había visto ninguno que la conservara).
El color del fondo, que parecía una reproducción ampliada de los puntos de impresión de quién sabe qué, cambiaba según el tema. El azul era para las novelas y cuentos en general, el rojo para los "de género", el gris para los clásicos universales, el amarillo para los "documentos del tiempo", y así.
A lo largo de los años, la sobrecubierta se transformó en una tapa en colores, y los tonos de cada color se cambiaron, y las categorías no fueron siempre las mismas, pero la colección mantuvo su formato cómodo y su precio económico. Algunas de las producciones más recientes incluyeron tomos "de recomendación escolar", en los que la novela u obra teatral eran acompañados por guías de estudio y análisis de distintos tipos.
En el año 2003, cuando el desarrollo de la colección había frenado, la editorial creó en colaboración con la Biblioteca Virtual Cervantes un portal en el que se podía leer algunos de los libros de la colección, y admirar los catálogos de sus últimos años. Y hace poco tiempo se anunció el relanzamiento de la colección, en la que, además de reimprimir parte del fondo de la colección, irán incorporando nuevos textos, incluyendo El Hobbit, de J.R.R. Tolkien.
Para terminar, no puedo evitar reproducir algunas de las frases que aparecen en la solapa de una de las sobrecubiertas:
"La colección Austral ofrece ediciones íntegras autorizadas, bellamente presentadas, muy económicas. La colección Austral publica libros para todos los lectores y un libro para el gusto de cada lector."
Marina Cuello
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Viernes 13 de Octubre de 2006
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¿Qué es un elfo? Hay una respuesta (o más) por cada pueblo y por cada autor de fantasía. Por razones misteriosas, quizás por comodidad, la palabra "elfo" se aplica a seres muy diferentes entre sí, desde los maravillosos Tuatha Dé Danann de la mitología celta hasta los changelings, extraños bebés (o viejitos arrugados, según la región) que sus congéneres cambiaban por niños humanos que crecían criados entre "parientes" muy extraños.
En la literatura fantástica, la variedad es también casi infinita.
Para Tolkien, los elfos son seres bellos y majestuosos. En la obra de Tolkien existen varios pueblos o linajes diferentes, y aunque ello influye en sus preferencias, vestidos y lenguajes, tienen muchas cosas en común. Longevos, casi inmortales, son mucho más altos que los hombres, tienen las orejas con forma de hoja, y los varones (salvo una única excepción conocida) no tienen barba. Tienen una comprensión del mundo distinta a la de los demás pueblos de la Tierra Media, y es por eso que los ven como seres mágicos.
En los libros de J. K. Rowling, los elfos que más aparecen son los domésticos. Dobby y la deprimida Winky están entre los más llamativos. Son pequeñitos, bastante feúchos, con grandes ojos y orejas, y poseen algunos poderes mágicos, que les permiten "acelerar" sus tareas, que cumplen como esclavos de los magos humanos. Cubren sus cuerpos con toallas, fundas de almohadas y otros elementos del hogar: si el mago al que sirven les diera cualquier elemento de ropa "real" (un sombrero, una camisa, una media) serían liberados, una situación considerada humillante por la mayoría de este pueblo.
Para Eoin Colfer, los elfos del universo de Artemis Fowl, como su casi protagonista Holly Canija combinan magia y tecnología. Miden alrededor de un metro de altura, suelen ser delgados y atléticos, y sus poderes mágicos son por lo general curativos o de defensa. Tienen una sociedad subterránea, que comparten con otros "seres feéricos" y es tanto o más organizada y especializada que la de los humanos.
En las novelas de Margaret Weis y Tracy Hickman que transcurren en el mundo de Krynn, y pertenecen al universo de Dungeon&Dragons, los elfos, que se dividen en varios pueblos, parecen ser más delicados que los humanos, pero las apariencias engañan. Tienen las orejas puntiagudas, y los ojos con forma de almendra, y son muy bellos ante los ojos de los hombres. Aunque son muy esbeltos y elegantes, son fuertes y resistentes, y viven varios siglos: se los considera adultos al cumplir noventa años. Dentro del mismo universo, pero en Reinos Olvidados, los drow o elfos oscuros tienen la piel negra, el cabello blanco o amarillo, y los ojos rojos (aunque unos pocos los tienen amarillos o violetas). La luz les hace daño, y suelen vivir en moradas subterráneas, pero eso no evita que sean orgullosos y a veces demasiado ambiciosos.
Estos son sólo algunos ejemplos de pueblos imaginarios que se conocen bajo el nombre de "elfos". Y son eso, sólo ejemplos para una palabra que aparece tantas veces y con usos tan distintos en la literatura fantástica, que un lector ávido tiene que hacer fuerza, cada vez que abre un libro, para no tentarse a imaginar un Legolas a la altura de las rodillas, o un Kreacher con arco y flecha.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 6 de Octubre de 2006
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Este es un artículo "tramposo". Si pasaste por aquí el 6 de octubre, no encontraste nada. Recién en abril del 2007 apareció esto. Es que estoy haciendo trampa y ubicando aquí estos artículos nuevos, así no quedan "huecos". De paso, hago estos índices que quizás sean útiles para quien esté paseando por la web y llegue a esta página gracias a algún buscador.
Hoy voy a listar todos los artículos que escribí sobre películas. La mayoría son viejas películas de esas que solo se pueden ver en los canales de cable que dejan de lado la modernidad o que usan el buen cine como relleno los fines de semana. Espero que les des una mirada, y las disfrutes igual que yo.
Marina Cuello (texto e imagen)
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Viernes 29 de Septiembre de 2006
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No es raro, para nada, que aquellas series de televisión que "tienen pasta" para convertirse en mis favoritas desaparezcan de la pantalla apenas me entusiasmo con ellas. Cuando comencé a ver Odyssey 5, por suerte, ya sabía su destino. Creada por Manny Coto en 2002, se trataba de una inteligente serie de ciencia ficción, con mucho de drama y también toques de comedia. La televisora que la pasaba decidió "de golpe y porrazo" que no quería tener más series "de género" en su grilla, y suspendió la transmisión cuando aún faltaban seis capítulos para el final de la primera temporada, sin tener en cuenta que era una de las producciones más vistas.
Como ocurrió con las series de Joss Whedon, los fans insistieron e insistieron, y aunque les costó dos años convencer a la transmisora, lograron que, en 2004, pasaran esos "capítulos perdidos", que dejaban un final casi tan abierto como el abrupto corte en el capítulo catorce. Veinte capítulos en total, y ninguna solución. Cuando, más o menos para esa época, la pasaron en nuestro país, intenté no engancharme del todo y lo logré. Pero cada tanto recuerdo su enorme potencial, y suspiro.
"Vimos destruirse la Tierra, y en un latido todas las cosas y todas las personas que conocimos desaparecieron. Éramos cinco, la tripulación del transbordador espacial Odyssey, y éramos los únicos sobrevivientes. Un ser misterioso que se llamaba a sí mismo El Buscador nos rescató y nos envió de vuelta en el tiempo. Y ahora tenemos cinco años para vivirlos otra vez, cinco años para descubrir quién o qué destruyó la Tierra, cinco años para evitar que pase otra vez..."
El viaje que realizan nuestros héroes no es físico: son sus conciencias las únicas que viajan cinco años atrás. El astronauta estrella, el más joven en la historia de la NASA, no es más que un adolescente problemático, despreocupado por sus obligaciones escolares y con amigos poco recomendables. Su padre, el capitán de la nave, tiene que poner en la balanza el deseo de cambiar el destino de su otro hijo, y la sospecha de que todo cambio en la historia puede ser fatal. El científico de a bordo (un genetista que, en uno de los tantos guiños de la serie, se apellida Mendel), tiene que decidir entre satisfacer su curiosidad científica (y ganar el orgullo de "salvar al mundo") y vivir la vida a pleno. La periodista enviada a cubrir la misión espacial, enfrenta una lucha entre mantener su fe religiosa y contemplar la posibilidad de "ayudar a Dios", salvando a su hijo de morir debido al cáncer. Y la piloto, debe enfrentar otra vez la lucha de ser una mujer en una profesión gobernada por hombres, y la decisión de retomar o no una relación abandonada con el excéntrico científico.
Interesante, ¿no? Y hay más. Como en "una de detectives", cada capítulo aparece un posible culpable, o una nueva pista, o una nueva pregunta. ¿Qué es "Leviathan", lo único que contenía la última comunicación que partió desde la Tierra antes de que desapareciera? ¿Serán los responsables de la destrucción de la Tierra esos seres que suenan tan parecidos a El Buscador? ¿Qué es el proyecto "Cielo Brillante"? ¿Qué contiene la laptop de quien murió por ayudarlos pero debería haber sobrevivido al menos varios años más? ¿Cómo surgieron los Sintéticos? ¿Qué son?
Muchas preguntas, y no todas las respuestas se encuentran escondidas entre los veinte capítulos en los que se extiende la serie. Su creador espera que la edición en DVD, lanzada hace pocos meses, tenga un éxito suficiente como para convencer a alguna productora de que vale la pena brindarles a los fans un final en forma de película de salida directa en video.
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