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De aquí, de allá

Lunes 26 de Diciembre de 2005

Feliz año

feliz-anio.jpg“El ciclo se repite”, habrá dicho alguno hace mucho, pero mucho tiempo.

Después de determinado tiempo, llegaban las lluvias. Luego, la sequía. Había un momento clave para sembrar y otro para cosechar lo sembrado. A veces hacía frío y a veces calor, y en general, cuando hacía frío, no hacía calor. Un día, los hombres se dieron cuenta de que el ciclo se repetía y decidieron comenzar a medir el tiempo. Cada pueblo, en cada rincón del mundo, fue encontrando el modo más práctico de hacerlo.

Mayas, celtas e incas miraban el cielo, contaban soles y lunas. Tanto Napoleón como el Papa Gregorio XIII y Julio César quisieron imponer, a su debido tiempo, diseños originales, exclusivos y fríamente calculados. Gregorio se impuso en la mayoría de los países occidentales.

El comienzo de un nuevo año parece ser el momento para recargar energías, para reflexionar acerca del año que pasó y celebrar el comienzo de un año nuevo. Aunque en la actualidad, globalización mediante, una inmensa cantidad de habitantes del globo elige el 1º de enero como el día oficial del comienzo del año, los distintos pueblos tienen fechas y costumbres propias.

¿Un vistazo? Brevemente, los festejos en algunos rincones y épocas:

Los Babilonios, inventores oficiales de esto de festejar el año nuevo, festejaban durante más de una semana en la época primaveral decorando los famosos jardines. En cambio, los egipcios, cuando notaban que el caudal del imponente Nilo crecía, se ponían a trabajar la tierra inmediatamente. Nada de descanso ni ocio: la época más propicia para las cosechas comenzaba y ellos, ni lentos ni perezosos, no pensaban desperdiciar un día.

Para las comunidades mapuche y quechua, cada nuevo año comienza con la caída de las hojas de los árboles que coincide con el fin del otoño y el comienzo del invierno. La naturaleza y el hombre vuelven a equilibrarse.

En Rumania, las solteras se ponen un poco ansiosas y no es para menos. La noche anterior al comienzo del año, las muchachas que quieran casarse colocan una rama de albahaca debajo de la almohada. El hombre que esa noche aparezca en sus sueños, será su futuro esposo.

Los alemanes arrancan el nuevo año patinando. Sí, patinando, porque la expresión “feliz año nuevo” traducida al alemán, significa algo así como “feliz patinada en el nuevo año”. ¿El porqué de esta curiosa expresión? La mayor parte de Alemania está cubierta de nieve en esta época, y entonces uno, como si anduviera en trineo o patines, entra en el nuevo año patinando sobre la nieve.

En Escocia se celebra encendiendo un barril de madera y dejándolo rodar por las calles. Pero apenas es medianoche, los escoceses se quedan bien quietitos en sus casas mirando la puerta. Y es que están esperando impacientes para ver quién es la primera persona en ingresar a su hogar. Los rasgos de esta persona determinan los augurios del año. ¿Y si entra una vecina medio flacucha? ¿Y si entra un señor de anteojos? ¿O un hombre con dos cabezas?

Para los romanos, el comienzo de año era estresante: el emperador, bastante caprichoso, esperaba recibir regalos de todos los habitantes. Así que todos se esmeraban para conseguir las mejores nueces y las ramas más sagradas de los árboles más sagrados. Los sacerdotes celtas eran más generosos: repartían entre los habitantes ramas de muérdago para todos.

Los países del Caribe comparten una tradición muy antigua respecto del año nuevo y los augurios. Los primeros doce días de cada nuevo año equivalen a los doce meses del año, por lo tanto, lo que suceda cada uno de esos días será una pequeña introducción de la historia. Está claro que, entonces, los caribeños ponen esmero en disfrutar de esos días y se cuidan de no tener experiencias desagradables para augurarse un año completo de felicidad.

El menú de la cena del 31 de diciembre, en Japón, es siempre el mismo: los “toshi-koshi-soba”. ¿Qué es esto? Unos fideos largos que simbolizan una larga vida. Además, los japoneses procuran quedarse despiertos para no perderse el amanecer del nuevo año.

Distintas costumbres, un mismo deseo: un nuevo año de felicidad, salud, amor y trabajo para todos, todos, toditos los habitantes de esta tierra.

Lucía Alfonso

Lunes 19 de Diciembre de 2005

Jo, jo, jo

jojojo.jpgLlegó diciembre y con él, el calor agobiante y la humedad porteña. Los negocios se llenan de adornos rojos y dorados, los balcones aparecen iluminados con lucecitas intermitentes. Se acerca Navidad y el espíritu festivo se contagia. Es tiempo de reflexión y de algunas tradiciones importadas como los pinos nevados, los Papás Noeles abrigadísimos y de barba tupida totalmente fuera de las últimas tendencias. El yinglbels yinglbels abunda en la televisión y las publicidades de shoppings que aprovechan la fecha para hacer descuentos y obsequiar el “dos por uno” tan provechoso para aquellos para los cuales la Navidad es sinónimo de regalos.

La noche del 24 muchos niños miran el cielo atentamente para ver si encuentran al Señor Noel en trineo. Otros cuestionan cómo es posible que el hombre llegue de la China hasta la Argentina en diez minutos, a lo que la mayoría de los adultos contesta irracionalmente sin responder “porque es Papá Noel” o “es que los renos vuelan muy rápido”. Todo sea por conservar la magia de esta fiesta que es una de las que cosechan más adeptos alrededor del mundo. Los festejos difieren aquí y allá: del pavo navideño al melón con jamón. De las galletitas de mazapán a la ensalada de frutas. La Nochebuena logra colapsar las líneas de celulares; las cadenas de mails pueblan la Web, los hackers amenazan con el fin del mundo para las computadoras.

¿Algunos otros clásicos de la época navideña? ¿Qu¡én arma el arbolito? O mejor dicho, ¿dónde quedó guardado el arbolito? ¿Festejamos en tu casa o en la mia? Y la eterna discusión acerca de quién tiene el reloj más precisamente calculado para marcar la hora del brindis y decidirse finalmente por llamar al 113, que tiene la “hora oficial”. ¿Cañitas voladoras, estrellitas, “chasquim¡bums”? “No, mejor no que el perro les tiene miedo.” Algunos salen a mirar los fuegos artificiales a la vereda, otros miran por televisión como se festeja en Nueva York. Pan dulce, turrones y el cascanueces. Las abuelas se abanican. Los más jóvenes ya están casi seguros del boliche al que van a ir a bailar más tarde. Los bebés se durmieron hace rato. Que si hay que comerse doce uvas o doce pasas de uvas para pedir deseos, que si Papá Noel viene antes o después de las doce. Que el helado se derrite, que un aplauso para el asador y el combo salud, trabajo y amor.

¡Epa! ¡Ya me estaba olvidando de las famosas tarjetas de Navidad! Decenas de tarjetas con motivos diferentes para los parientes que viven lejos o los amigos que siempre llaman para saludar. Esta vieja tradición, al igual que las otras, tiene su historia. ¿Desde cuándo es que se envían estos saludos en papel y brillantina adelantándose a las fiestas?

En el siglo XIX, en la ciudad de Londres, vivía un artista llamado Boerner, que se dedicaba al arte del grabado. Este tipo era muy talentoso y admirado, y además, al igual que muchos artistas, disfrutaba enormemente de la soledad. No sé si era de vago nomás, pero eso de andar visitando familiares por ahí con la excusa de las fiestas no le causaba mucha gracia. Haciendo caso omiso, sus parientes lo invitaban todos los años. Hasta el que primer día de 1812, en lugar de su ansiada visita recibieron un sobre con una imagen muy particular: sobre un papel había un dibujo caricaturizado de Boerner saliendo de su casa con el abrigo atorado en la puerta; debajo, la leyenda “esta es la razón por la que no puedo visitarlos este año”. Esta inteligente excusa se puso de moda casi medio siglo después, y es desde 1848 que se estila enviar a los seres queridos tarjetas navideñas con los mejores deseos para las fiestas de fin de año.

(Feliz Navidad, mi querido lector.)

Lucía Alfonso

Lunes 12 de Diciembre de 2005

El ceibo

ceibo.jpgAnahí era una de las más jóvenes de aquella tribu guaraní. Sus padres eran nada más y nada menos que los caciques, así que su popularidad no era poca. Pero Anahí se sentía algo acomplejada, y es que no era dueña de una belleza excepcional y sentía que no pertenecía a ningún lugar. No tenía marido, ni mucho novio. Pero Anahí, eso sí, tenía una voz maravillosa. Hasta los mismos pájaros la envidiaban. Ella, como casi cualquier adolescente, sin embargo, se lamentaba por su falta de belleza y poco veía sus virtudes y aquel talento para el canto que la distinguía entre todos. Casi no emitía palabra, más bien hacía gestos con la cabeza. Miraba siempre hacia abajo, entre la timidez y la tristeza; entre las dudas y la inseguridad. Se sentía perdida, y aunque era feliz en la tribu, tenía la sensación de que ese no era su lugar. Que había algo más. Que había un mundo por descubrir. Que su pequeña tribu le quedaba chica.

Así las cosas hasta que un día, zácate. Llegaron los españoles. Lo que sigue, es historia conocida. Destrozos, violencia y espejitos de colores. Anahí, al igual que otras muchachas guaraníes, fue llevada cautiva con un grupo de soldados. Allí permaneció largas noches, desprotegida, sin entender una palabra de lo que se decía a su alrededor, lejos de sus padres, sola y maltratada. El sufrimiento era tal, que un día, Anahí, tan introvertida y temerosa, tomó un puñal, y lo hundió sin miedo en el corazón de su carcelero. Luego empezó a correr entre los árboles. No veía, sentía miedo, pero siguió corriendo sin parar, a toda velocidad entre las hojas. Corrió durante horas durante toda la noche, hasta que cayó agotada al suelo. A la mañana siguiente, uno de los soldados la encontró y la llevó nuevamente al campamento.

Anahí fue condenada a la hoguera. La ataron a un árbol al que prendieron fuego. Anahí ardía entre las llamas, sin quejas, sin murmullos, sólo un canto suave y dulce salía de su garganta. Frente a los ojos pasmados de sus captores, el cuerpo de la jovencita desapareció, y el fuego comenzó a trepar el árbol hasta llegar a una de sus ramas, donde de repente se extinguió. En esa rama apareció una flor nunca antes vista, roja y aterciopelada.

La flor de ceibo fue adoptada como flor nacional. No por su belleza, ni su delicadeza; tampoco por su perfume, ya que no tiene. El ceibo florece sin dificultad en cualquier rincón de nuestro país, al igual que Anahí que también buscaba su lugar en el mundo.

(La foto fue tomada de este sitio.)

Lucía Alfonso

Lunes 5 de Diciembre de 2005

De amor y arquitectura

kavanagh.jpgDos familias enfrentadas. Dinero, propiedades y venganza.

La de Romeo y Julieta no es la única historia de amor donde los suegros se oponen y las suegras sufren un ataque de nervios, donde primos y hermanos ofician de traidores o de héroes por encargo. Al igual que la de Romeo y Julieta, esta historia porteña no tuvo un final feliz.

Como en una telenovela de la tarde, con galanes que hablan mientras suspiran (haciendo uso de una técnica poco práctica pero televisivamente efectiva) y heroínas inocentes de lágrima fácil, la historia de dos jóvenes enamorados quedó inmortalizada en el barrio de Retiro. Buenos Aires, con el misterio y el romanticismo en sus calles, era el escenario perfecto.

Fue a principios del siglo pasado cuando el amor llamó a la puerta de uno de los jóvenes más ricos de la ciudad. (Se escucha un toc toc.) Aunque un poco acartonado en sus modales pero con el espíritu vivo y salvaje, el joven Anchorena, de pelo moreno y un jopo algo artificial, atendió el llamado. Vivía en el actual Palacio San Martín, con escaleras de mármol y fuentes con forma de angelitos. En la vereda, jacarandás y palos borrachos de flores rosadas se disputaban el lugar y es que todos querían disfrutar de la hermosa vista desde allí, producto de la calle que baja empinada hasta Avenida Libertador.

El joven Anchorena se había enamorado y rogaba encontrarse por la calle con una de las hijas de los Kavanagh, otra de las familias ricas de la zona, lo cual era prácticamente imposible, porque las señoritas adineradas y paquetas no caminaban solas por calle. Corina Kavanagh también le había echado el ojo al muchacho de la calle Arenales, pero, como buena heroína de esta telenovela, ella, de mejillas rosadas y sonrisa poco estridente y muy estudiada, hacía como si nada. Y es que en estas historias siempre hay algún novio en el medio que dificulta un poco más el romance que espera la audiencia.

Hasta que un día, los caminos se cruzaron y cuando finalmente se miraron a los ojos, el mundo se detuvo porque en un instante los dos supieron que eran el uno para el otro. Los dos jóvenes se encontraban a escondidas en las fiestas de los ricos y poderosos y cada vez que podían se daban uno de esos besos que tan bien salen en cámara.

Por esas épocas, los Anchorena, que contaban con varios miembros en la familia y unos cuantos extras que oficiaban de servidumbre pero que nunca pronunciaban una línea, habían construido un imponente sepulcro familiar, la Basílica del Santísimo Sacramento en la calle San Martín al 1000, así que el señor Anchorena estaba algo estresado por el proyecto y su esposa se lo pasaba pidiendo que no lo molestaran.

Pero el amor es más fuerte. Entonces un día, el muchacho, sin pensarlo dos veces, confesó:

"Padre; madre, estoy enamorado."

Su mamá, que entraba en escena vestida de color crema y con una copa en la mano, abrazó a su hijo emocionada pero sin lágrimas. Su padre, en cambió le hizo esa pregunta tan temida: “¿Quién es la afortunada?”

“La señorita Kavanagh, padre, y voy a pedirle que se case conmigo.”

En ese momento subió la música de fondo, mientras la madre se desmayaba, la sirvienta limpiaba el piso de mármol, el padre fruncía el entrecejo y en primerísimo primer plano aparecía la cara del joven A respirando aceleradamente mientras una gota de sudor caía en el suelo que estaba limpiando la sirvienta.

Padre: "¡Jamás! Jamás te casarás con ella." Su vozarrón se escuchó en toda la casa y como el decorado no era del todo bueno, algún que otro jarrón se tambaleó.

El joven A quería gritarle de todo, pero a diferencia de las novelas actuales donde las discusiones se prolongan por bloques, se quedó callado, el pobre. Esas palabras bastaban para que el muchacho sintiera que el corazón se le rompía en mil pedazos.

Cuando Corina se enteró las lágrimas no alcanzaron para descargar su rabia hacia la familia Anchorena, entonces, ella, que parecía tan inocente y buenita, se transformó en pocos capítulos en la mala de la película y mandó a construir el edificio más alto de la ciudad, justo, justito en el lugar indicado, para impedir que desde el hogar de los Anchorena, pudiera verse la Basílica del Santísimo Sacramento.

Y como sucede en las novelas, hay historias que culminan y algunas, que por cuestiones de libreto y rating se esfuman. Esto mismo sucedió con la historia de estos jóvenes adinerados que bien podría haberse convertido en una telenovela. Sin embargo, y seguramente para que el furor del romance durara más de una temporada, esta historia de amor se convirtió en una de las leyendas urbanas que quedó inmortalizada en las calles de Retiro.

Lucía Alfonso

(La foto proviene de esta página de arquitectura en Buenos Aires.)


Lunes 21 de Noviembre de 2005

De chiquilín

de-chiquilin.jpgCuando era pibe, José soñaba con ser cantante de tangos. Gardel era furor, patria y un querido Buenos Aires.

La ciudad respiraba tango; y éste contribuía y le daba a Buenos Aires misterio y elegancia, y la dotaba de una seducción imperceptible. Es difícil evitar preguntarse qué ha existido antes, si el tango o Buenos Aires. El tango se transformó y trasformó a su gente. Fue la forma en que se expresaban y se pensaban las sensaciones, fue un estilo de vida.

Eran esas épocas donde la radio siempre estaba encendida, y José tomaba el café con leche con la voz del zorzal criollo de fondo. Tarareaba camino a la escuela, con los libros en los brazos y cientos de sueños en el alma. Los vecinos lo saludaban y es que Josecito, como lo llamaban en ese entonces, se paraba en una de las esquinas del barrio a repetir una y otra vez las letras de esos temas que todos deberíamos sabernos de memoria. Más de uno se detenía a escucharlo. Su voz era fenomenal. No sé si objetivamente perfecta, pero lograba transmitir el tango de una forma muy particular. De pantalones cortos y pelo engominado, Josecito y su mamá iban de compras al almacén. Don Tito siempre le regalaba chocolatines. Su abuela aseguraba a quien le preguntase, que el pequeño no tardaría en cumplir sus sueños y que en un par de años más, el mundo se deleitaría con su voz. José sonreía e imaginaba. Sus interpretaciones mejoraban día tras día. Y es que él escuchaba y absorbía el tango de la calle y de la vida, de la radio y sobre todo de Manuel, un gallego amigo de la familia, que era devoto del mate y la milonga.

Pasaron muchos años y Buenos Aires mutó, y con ella, la vida de José.

Los bares ahora son cybercafés; los teatros, locales de ropa deportiva y las pocas pensiones que quedan no son lo de antes. La vida de José se mezcló en la neblina de la ciudad, en la desocupación y se tambaleó con unos gobiernos más que con los otros. Quizás haya trabajado en una de las fábricas cercanas al Riachuelo o comprado un negocio en alguna calle del barrio que nunca dejó. (Qué habrá sido de su vida, me pregunto, seguramente, al igual que él.)

Me subí al tren una mañana demasiado temprano. Y entre la muchedumbre apretada, escuché en su voz una versión maravillosa de un tema que no recuerdo. Cuando terminó de cantar, se abrió paso sacudiendo su mano un vasito con monedas esperando una pequeña colaboración de los viajantes.

Cuando terminó de recorrer el vagón, pasó al contiguo. Y así hasta el final del largo tren. Siempre cantando la misma canción.

Con unos pocos cabellos blancos, esas arrugas suaves que trae la vejez, con la mirada un poco más triste que hace setenta años, pero con la misma voz que transmite el tango de esa forma tan particular, José seguramente se siente Gardel, y es que no existe alguien que lo haya escuchado en el tren que se atreva a contradecir que, como decían en el barrio, Josecito cada día canta mejor.

Lucía Alfonso

Lunes 14 de Noviembre de 2005

El basilisco

el-basilisco.jpg“María entró agitada a la cocina. Tenía el delantal embarrado y las botas con heno y alfalfa. No le alcanzaba el aire. Miraba a su alrededor, pero no había nadie en la cocina. Estaba aterrorizada. Aterrorizada como nunca antes. Se dio cuenta de que estaba sola. Tenía que advertirle a alguien lo que estaba pasando. Escuchaba un ruido agudo que no la dejaba pensar. La perseguían. Tenía la vista nublada. Miraba las paredes y el suelo pero tenía la vista nublada. Tomó la escoba y comenzó a moverla sin dirección a su alrededor. Gritaba tan fuerte como podía, con desesperación. Sentía miles de miradas sobre sí, miles de hormigas que caminaban por su cuerpo. No podía distinguir si estaba dormida o despierta. Las paredes se volvieron barro. El suelo, arena que se la tragaba mientras ella gritaba sin emitir ningún sonido. Los vecinos supieron lo sucedido meses después. Él había regresado.”

Ésta bien podría ser la escena de una película sobre la leyenda que voy a contarte.

Las historias sobre criaturas extrañas, seres monstruosos y animales mitológicos abundan en todas las culturas. No deja de sorprender la cantidad de bichos sueltos convertidos en leyenda. Una de las historias que más se repite en suelo latinoamericano es la del basilisco. Al igual que en todos los relatos orales, no hay una versión oficial. Los guaraníes tienen una, los mapuches otra y en Chile se escucha una nueva adaptación. Que tiene alas, que canta, que es totalmente mudo, que tiene un solo ojo, o que no tiene párpados, que tiene piel de reptil, que es colorado, verde o amarillo, que succiona la flema, que contagia la tos, que irrita la piel. No se ponen de acuerdo. Pero hay algo en lo que coinciden. Nadie (pero nadie, ¿eh?) sonríe cuando oye hablar del basilisco, lo que lo convierte en una de las criaturas más espeluznantes y temidas del bestiario universal.

Se dice que el basilisco nace del huevo de una gallina vieja. Este huevo es notablemente más pequeño que los demás. Algunas horas más tarde, se rompe el cascarón y sale un gusano colorado que se esconde en algún rincón de la casa, generalmente bajo el suelo. Cuando el gusano crece, adquiere forma de serpiente con cresta de gallo o de lagartija pequeña.

A pesar de su tamaño diminuto, este bicho es extremadamente peligroso. Es un monstruo silencioso que cuando es visto, mata con la mirada. Si alguien lo descubre arrastrándose por el suelo, inmediatamente se desencadenarán males incontrolables, como la locura y las alucinaciones.

Algunas versiones dicen que cuando se escucha el canto suave de un gallo es que el basilisco ronda por la casa y que ya poco queda por hacer. Una de las formas de ahuyentarlo es colocar espejos en todas las habitaciones. Es que cuando el basilisco se ve en el espejo, se derrite transformándose en un líquido pegajoso y verde. Pero como dicen que esto pocas veces da resultado, lo mejor es eliminar el gusano antes de que rompa el cascarón. Y si no lo descubren a tiempo, no queda otra que ser cuidadoso a la hora de echar vistazos.

Lucía Alfonso

Lunes 7 de Noviembre de 2005

Sin fronteras

medicos-sin-fronteras.jpgTsunamis, huracanes, heladas, inundaciones, sequías, epidemias que arrasan poblaciones enteras. Miseria, hambre, guerras, pobreza extrema. Campos de refugiados, masacres, tierras de nadie, bombas antipersonales, discriminación de las peores. Desesperanza, injusticia y mucho, demasiado sufrimiento.

En medio de todo eso, ellos. Seres humanos que sufren, que están solos, que han sido olvidados por los gobiernos, por otros seres humanos.

Y en medio de todo eso, también ellos. No importa si es de este o del otro lado del océano. Ni la religión, el color o las culturas disímiles. Sólo importa una profunda vocación y la certeza de que somos todos iguales y tenemos los mismos derechos, aunque la mayoría de las veces pareciera que no es así. Importan las ganas de ayudar, la conciencia y la solidaridad.

Médicos sin Fronteras (MSF) es una Organización No Gubernamental que nació en Francia a principios de los setenta, de la mano de un grupo de médicos que no quiso quedarse al margen de las terribles situaciones que se daban en el mundo. MSF no tardó en expandirse, formando una red con cientos de miles de voluntarios de todos los rincones del planeta. Tan significativa es su obra que en el año 1999 recibió el Premio Nobel de la Paz.

Hombres y mujeres de todas las edades son eslabones de esta cada vez más larga cadena, y es que día a día nuevos voluntarios se unen en una misión que pretende llevar soluciones a aquellos lugares desprotegidos. Mientras se esperan soluciones a largo plazo, los médicos sin frontera logran llevar asistencia, y aunque no pretenden revertir situaciones que requieren soluciones a largo plazo, intentan aliviar aquello que no puede esperar. Proveer de abrigo indispensable, devolver un poco de luz a las pieles que dan cuenta de una profunda deshidratación. Alcanzar un plato de comida. Suministrar medicamentos. Brindar asistencia psicológica.

Lo lograron. Empezaron por algún lado. Por el principio, por donde sea. En algún lugar del mapa, viviendo la guerra o con el agua hasta la cintura, allí están los médicos sin fronteras. No se trata de héroes (o tal vez sí), sino de hombres y mujeres que con una firme voluntad y aferrados a su vocación llevan ayuda a quienes lo han perdido todo.

Lucía Alfonso

(La imagen fue tomada de la fotogalería del sitio de Médicos sin Fronteras en francés.)


Lunes 31 de Octubre de 2005

La mujer de piedra

mujer-de-piedra.jpgMe contaron que escondida entre la vegetación de un monte, un mujer de piedra le da la espalda a la ciudad de Tarma, en Perú. Creo necesario aclarar que son pocos los que la han visto. Menos, los que conocen su origen. Yo no me pregunto si será una pieza de arte perdida en la selva o la historia de una mujer desobediente. Seguramente ya sepas con cuál me quedo.

Tarma era un pequeño poblado cuando todo esto sucedió. No eran muchas las familias que habitaban la zona y todas se conocían entre sí. Solían reunirse por las noches en una posada en medio del monte. Hablaban de dinero y lo ostentaban durante toda la noche, mientras las mujeres se envidiaban entre ellas y alardeaban acerca de sus joyas.

A pesar de que la posada estaba en un sitio alejado, una noche llegó hasta allí un anciano descanso y vestido con harapos. Rogó por un vaso de agua. Cuando se descubrió la cabeza, dejó ver su rostro despellejado y su cabellera por la cintura. Posiblemente había estado perdido en la selva durante años. Inmediatamente, todos aquellos que se encontraban en el lugar se hicieron a un lado horrorizados y sin la menor compasión lo arrojaron afuera.

El anciano se arrastró hasta una pequeña casa en las cercanías. Llamó a la puerta. Una humilde señora se asomó y no dudó en ofrecerle su hospitalidad. Invitó al anciano a pasar y le sirvió un vaso de agua. El hombre le agradeció y le aconsejó que escapara. La mujer lo miró desconfiada. Él tomó sus manos y mirándola a los ojos, le pidió firmemente que no lo ignorara. Que huyera; que tomara sus pocas pertenencias y que escapara sin mirar hacia atrás porque el pueblo sería castigado por su falta de solidaridad.

Horas después, rayos y fuertes tormentas cayeron hasta destruirlo por completo. La mujer ya estaba lo suficientemente lejos del lugar cuando giró sobre sí misma para ver los restos del pueblo. Sus pies se clavaron en la tierra, sus piernas y brazos se endurecieron. La tela de su vestido comenzó a pesarle y ella recordó, mientras daba vuelta la cabeza, que no debía mirar atrás. Allí quedó. En medio del bosque, dándole la espalda a Tarma.

Lucía Alfonso

Lunes 24 de Octubre de 2005

Instantánea

instantanea-de-aqui.jpgDebo confesar que no me acuerdo si es que alguna vez conocí a los personajes de esta historia o han sido un producto surgido durante el tiempo que paso arriba del tren. El caso es que este sencillo episodio podría ser relatado en dos líneas, sin embargo, pienso que de esa forma se pierde todo aquello que lo hace valioso.

Era viernes por la noche y ella, aplicada estudiante, estaba ansiosa. Después de una semana cargada de actividades, sólo le restaba ir a cumplir con su rutina de ejercicios y luego alquilar una película. La sola idea la hacía sonreír. Era una de sus actividades favoritas. Sacó cinco pesos para alquilar el video. Dos billetes de dos y una moneda. No sabía bien donde guardarlos, porque eso de llevar un bolso sólo para guardar el dinero le resultaba poco práctico. Así que los llevó en la mano. Tampoco era muy cómodo, a decir verdad. Estaba retrasada. Iba trotando por la vereda cuando se acordó de ella: una señora mayor que se paraba frente al bingo a pedir monedas. Ya la había visto una vez. Le había agarrado una tristeza inmensa. No podía evitar preguntarse por qué la mujer estaría tan sola. De noche. En invierno.

La vio desde lejos. Estaba ahí como la otra vez. Elegante, con zapatos de taco y cartera. Murmurando lo de siempre, supongo.

Mientras se acercaba a ella, la atacó esa vocecita que es tan difícil ignorar y que le decía que debía darle la moneda a la mujer. Pero, ¿debía darle la moneda a la mujer? Ella había planeado aquel día durante toda la semana. No era un chica egoísta, pero no. Ese día no. La próxima vez traería una moneda exclusivamente para la señora. Además, muchos otros la habrían ayudado ese día, así que un peso más no haría la diferencia. No veía la hora de entrar al videoclub.

Pasó frente a la mujer con la cabeza gacha, quizá para no ponerse en contacto con eso que tanto la entristecía. Cruzó la calle y entró al club. Completó su rutina de ejercicios de una hora. Salió. Pensó en seguir por esa vereda hasta el videoclub, así no tendría que pasar frente al bingo otra vez. Caminó una cuadra.

De repente se detuvo en seco. Dio media vuelta. Se sentía tan estúpida. Tan estúpida y egoísta. Entonces cruzó la calle con la moneda en la mano. Y a medida que avanzaba hacia la mujer, se sentía feliz de saber que estaba haciendo lo que sentía que debía hacer. Y cuando estaba a dos metros, la miró. La mujer dejó de ser una sombra. Percibió más que sus tacos y su cartera. “Tenga, señora.” “Qué Dios te bendiga, querida.” “A usted, señora; a usted.” Siguió su camino después de dejarle un apretón de manos, una sonrisa y sus cinco pesos. Sin embargo, le pareció poco.

Lucía Alfonso

Lunes 17 de Octubre de 2005

Me lo contó un pajarito II

me-lo-conto-un-pajarito-2.jpgEn esta oportunidad, querido lector, meto nuevamente la mano en la olla de las frases hechas. Es que cada dos por tres me encuentro utilizando expresiones del tiempo de Mariacastaña. ¿Seguimos? Sigamos.

Te habrás dado cuenta de que para referirnos a algunas cosas casi todos usamos palabras en inglés, no? Oquei. Decimos “oquei” (“O.K.”, en realidad) en muchísimas oportunidades. Es una forma sintética que nos permite sin gastar nada de saliva ni esfuerzo en modulación decir que está todo en orden, todo bien, todo pipí cucú. En las guerras de secesión, los soldados norteamericanos anotaban luego de cada batalla “0 killed” (“ninguna baja”) en una pizarra. Luego, como gastaban bastante tinta, lo acortaron un poco a “0k”. Después alguien habrá confundido el cero con la letra “o”.

Se dice que alguien da la nota cuando queda fuera de lugar o como se dice comúnmente, desubicado. En la jerga musical, dar (en) la nota es cuando la voz alcanza el tono adecuado o preciso. Por el contrario, cuando alguien desafina, se dice que “da la nota discordante”. A la frase “dar la nota discordante”, le sacaron la última palabra, es decir el “discordante”, es decir que solamente quedó “dar la nota”, es decir que en realidad, la frase que tenia un significado positivo se volvió negativa por esas curiosidades que tiene el lenguaje oral.

Es tiempo de autocrítica y sinceridad. ¿Has estado alguna vez en babia? Decís que sí, pero yo lo dudo. ¿Por qué? Porque en la Edad Media, Babia era una región paradisíaca de la comarca de León, donde iban a descansar los reyes y los príncipes. Era un lugar tan hermoso que uno quedaba como obnubilado, hipnotizado, maravillado, como en las nubes. Similar a cuando uno se distrae y deja de prestar atención.

Cuando se había puesto de moda aquello de ir en busca de nuevas tierras, y a más de uno le obsesionaba llegar al borde de la Tierra (que era cuadrada, claro), se reclutaban marinos sin tener en cuenta si sabían nadar o no. Había una gran demanda así que no se ponían muy exquisitos con las búsquedas. En una oportunidad, uno de los capitanes del barco ordenó a todos sus marineros que raparan sus cabezas (por cuestiones de higiene o de moda, vaya uno a saber...). Los marineros armaron un revuelo terrible. Y no es que les gustara el look pelilargo, sino que más de uno, cuando había caído al agua, se había salvado cuando era agarrado de los pelos por uno de sus compañeros. Sí, se salvaban por un pelito.

Lucía Alfonso

Lunes 10 de Octubre de 2005

Los Libros Libres

libros-libres.jpgHabrán notado que los seres humanos nos dividimos en dos grupos: están los que siempre encuentran cosas en la calle (por ejemplo, dinero o broches para el pelo) y aquellos que las pierden. Está claro que no existe el uno sin el otro. Pertenezco al segundo grupo. Soy de las que se olvidan objetos por la ciudad. Eso sí, exclusivamente paraguas. No debe ser casualidad. Nunca me acostumbré a usarlos. Me resultan incómodos y además siempre disfruté mojarme con la lluvia mientras camino por la calle. Pero cuando uno crece un poco, algunas cosas cambian. Y así como ya no estoy tan entusiasmada con la idea de zambullirme de cabeza en el mar cuando estoy en la playa, llegar empapada al trabajo también dejó de parecerme divertido, porque, créanme, no a todos los jefes se les escapa una sonrisa al verme llegar en ese estado. Yo diría que todo lo contrario. Pero no es momento de reflexionar acerca del por qué de mi olvido casi compulsivo de paraguas y de mi debilidad por las lluvias de primavera. Es momento de hablar de objetos olvidados intencionalmente.

Sucedió en Buenos Aires por primera vez hace algunas semanas. En México D.F., los días siete de cada mes. El Libro Libre es un movimiento apoyado por lectores, autores y editoriales que pretende incentivar la lectura, las reflexiones literarias y el análisis grupal de las más variadas obras. ¿En qué consiste? Sencillísimo.

Todo aquel que desee formar parte de este movimiento sólo tiene que olvidar intencionalmente en algún lugar de la ciudad (por ejemplo, el subte, el tren o alguna mesa de un bar) un libro que simplemente haya disfrutado o que, por equis motivo, tenga un valor especial para él. Aquel que pase por allí lo encontrará y puede llevárselo a casa, pero una vez que termine de leerlo, debe olvidarlo nuevamente en otro lugar. ¡Momento! ¿Cómo saber si el libro es efectivamente un libro libre y no pertenece al muchacho que fue a pagar su café y lo dejó en el banco de la facultad? El dueño del libro libre debe escribir en la primer hoja por qué decidió desprenderse de él y, si quiere, dejar su dirección de e-mail para contactarse con aquellos que sucesivamente lo vayan encontrando por el camino, y es que después de leerlo, el libro debe volver a quedar esperando a un nuevo lector en otro lugar de la ciudad. Poco a poco, se irá constituyendo una red de lectores que enriquecerán su propia lectura al ponerse en contacto, si lo desean, con todos los otros que han tenido la suerte de encontrarlo. Imaginen la emoción de descubrir en el asiento de al lado una edición de Rayuela, El Quijote, un antiquísimo clásico de Lorca, poemas de Benedetti. Regalar y recibir la posibilidad de leer algo que quizá nunca hubiéramos elegido, pero que de repente tenemos en nuestras manos.

No sólo me pareció una idea muy original sino que, además, me hará sentir más tranquila con respecto a pertenecer al segundo grupo del que hablé antes. La próxima vez dejo el paraguas en casa y me llevo Como agua para chocolate en el bolso. Si llueve, tendré que aprender a caminar estratégicamente bajo los balcones de Buenos Aires.

Lucía Alfonso

Lunes 26 de Septiembre de 2005

Donde hubo fuego

donde-hubo-fuego.jpgEl amor es un motor fundamental de los hombres. Dudo que alguien lo discuta; dudo que alguien discrepe. Y ojo que no lo digo yo, ¿eh? Lo han dicho distintos pensadores, poetas, cantores, historiadores, soldados, matemáticos, físicos y los más variados personajes a lo largo de la historia de la humanidad. Tan importante y tan fuerte puede ser, que una vez más, el amor entre dos personas dio origen, según la mitología azteca, a una de las maravillas naturales del estado de Puebla. ¿La historia? Aquí va.

Popocatépetl era un valiente guerrero que estaba enamorado de Iztaccíhuatl, una hermosa doncella. Bajo las órdenes del padre de la joven, Popocatépetl fue enviado a la guerra en Oaxaca. Este le prometió que si regresaba con vida, se casaría con su hija. Las posibilidades, claro, eran pocas. Sin embargo, aferrado a la esperanza de un futuro junto a su amada, el guerrero partió. Popocatépelt luchó con todas sus fuerzas contra los enemigos. Sólo pensaba regresar y casarse con Iztaccíhuatl.

Mientras tanto, por aquellos recurrentes malos entendidos del boca a boca, la jovencita recibió la noticia que más temía: Popocatépetl había fallecido en la batalla. Un vacío inigualable colmó su corazón, tanto, que a los pocos días, ella murió de pena. Al poco tiempo el muchacho regresó triunfante y feliz, pero al enterarse de lo que le había ocurrido a Iztaccíhuatl, se dejó morir. Los dioses se conmovieron tanto con la historia de amor de estos jóvenes, que decidieron inmortalizarlos, cubriendo sus cuerpos de nieve, y convirtiéndolos en imponentes montañas que decoraran la región.

Iztaccíhuatl se transformó en una enorme colina que conserva la forma de su cuerpo recostado que recibe el nombre de “La mujer durmiente”, mientras que Popocatépetl, es hoy un volcán activo conocido como Popo, que arroja fuego sobre la tierra, demostrándoles a los vecinos de la zona, aún siglos después, la rabia que siente por haber perdido a su amada.

Lucía Alfonso

Lunes 19 de Septiembre de 2005

Bochica, el maestro de los chibchas

bochica.jpgUna de las primeras historias que leí cuando empezaba, fue la de Bochica. Suena extraño haber comenzado mis primeras lecturas con una leyenda colombiana, pero una colorida colección de libros que me regalaron mis padres cuando me interesé por las letras y sus combinaciones, incluía su historia. En ese momento, debo confesar, me interesaba más por los dibujos y los colores que por el contenido en sí mismo. Quizá, justamente, sea por los colores (y el arco iris que aparece al final), que jamás me olvidé de esta historia.

Hace cientos de años, la numerosa comunidad aborigen de los chibchas habitaba la región de la actual Colombia. Las tierras en las que vivían eran extremadamente fértiles, por lo que los chibchas, pese a que poco se ocupaban, recibían sus innumerables beneficios y jamás les faltaba alimento. Tan sencilla resultaba la vida para los chibchas, que pronto olvidaron a sus dioses. Pasaban el día entero disfrutando del sol, descansando y dándose la buena vida. Cuando no, se enfrentaban entre ellos por cuestiones menores y poco relevantes.

Los dioses decidieron que era preciso llevar algunas enseñanzas a este pueblo. Enviaron, entonces, a Bochica, quien se transformó en un dios civilizador entre los chibchas. Bochica, cuyo nombre significa “hijo del cielo”, era un anciano de ojos azules, sonrisa simpática y mejillas rosadas. Su barba llegaba casi hasta el suelo y vestía una túnica blanca. De su mano traía una joven mujer de piel blanca.

Bochica procuró enseñar a los chibchas algunos los valores fundamentales: a no mentir, ni a robar, ni a matar, y a ser solidarios los unos con los otros. Les enseñó a labrar la tierra y a cuidarla, a construir viviendas, a tejer mantas de algodón, a fabricar ollas y utensilios de barro. En poco tiempo, los chibchas y Bochica establecieron una cálida amistad, basada en la admiración y el respeto mutuo y es que Bochica y los chibchas siempre se trataron como pares.

La mujer que apareció del brazo de Bochica no tenía ningún amor por esa comunidad, y haciendo uso de su magia, inundó el territorio, destrozando las cosechas y las casas de los chibchas. Abrumados y desconsolados, los chibchas vieron aparecer entre la bruma a Bochica, quien castigo a la mujer transformándola en lechuza. Luego abrió las rocas dando origen al salto del Tequendama. La aparición del maestro renovó en la comunidad la esperanza y, con alguna que otra ayudita de los dioses, rápidamente los chibchas vencieron las dificultades.

Una tarde, Bochica desapareció caminando sobre el arco iris, pero los chibchas jamás olvidaron sus bondades y enseñanzas.

Lucía Alfonso

Lunes 12 de Septiembre de 2005

Me lo contó un pajarito (o “Del hecho al dicho...”)

me-lo-conto-un-pajarito.jpgVarias veces me descubrí a mí misma contestando con frases hechas. Y eso que me resisto. Lo que pasa es que suenan tan bien, tan exactas, tan precisas, tan perfectas que, en lugar de hacer uso de mi creatividad y amplio vocabulario, me aprovecho un poco de la gran oferta y tomo de la olla de dichos populares el que mejor se adapta a mi objetivo. Pura practicidad, que le dicen.

Cuando alguien anda “como Pedro por su casa”, quiere decir que una persona se mueve, como quien dice, lo más “campante” por un lugar que no le pertenece. O como me dijo mi amigo que dice su abuelo Manuel, “mais vale unha feira que sete mercados”; que quiere decir algo así como que la unión hace la fuerza (es que en las ferias gallegas uno siempre encuentra de todo y todo en un mismo lugar). “Dar en el clavo”, por ejemplo, es acertar la solución de un problema complejo.

¿Por qué será que estas frases se han hecho tan famosas y tan aplicables a los más variados casos? ¿Porque aquel que la pronunció por primera vez era de esas personas que siempre tienen algo que decir en cada situación? ¿De las que describen perfectamente situaciones haciendo uso de metáforas? No. Te diré que en realidad, la mayoría de estas frases tienen un significado literal.

Así es que, ta-te-ti-suerte-para-mí mediante, tomé un par (de la gran olla, claro) para contarte su origen.

¡La semana próxima hay festejo! “¡Tiremos la casa por la ventana!” Menos mal que ya no se estila tomarse esta frase el pie de la letra, y es que en el siglo XIX, cuando alguien ganaba la lotería nacional, amigos y familiares tiraban todos los muebles y utensilios del ganador por la ventana. (Queda más que claro que al pobre suertudo no le quedaba otra que reamoblar todo y revolver el té con el dedo hasta encontrar un juego de cucharitas de plata que le gustara a su esposa.)

Los Emperadores o generales que ganaban batallas eran coronados con guirnaldas de laureles como símbolo de reconocimiento y de gloria. Por eso, cuando alguno de los galardonados, digamos, se achanchaba un poco, se decía que se dormía en los laureles. En la actualidad, la usamos en las mismas situaciones... salvo por la coqueta corona.

En las antiguas posadas, esas en las que dada la mala calidad y apariencia de la comida, los viajantes tenían dudas acerca de qué se les había servido para la cena, decían frente al plato una frase muy curiosa: “Si eres cabrito, mantente frito; si eres gato, salta del plato.” De tanto especular con la comida, que si eran croquetas de verdura o cucarachas con pan rallado, que si eran fideos o gusanitos con engrudo de colores, la frase “gato por liebre” se incorporó al lenguaje popular como sinónimo de un engaño bien encubierto.

¿Por qué será que cuando se interpreta mal alguna consigna se estila decir “se fue para el lado de los tomates”? ¿Por qué no de las frutillas? ¿O de los duraznos? Lo que pasa es que la planta de tomates es tan propensa a contraer pestes que siempre son plantadas en sectores alejados y además, como si fuera poco, el tallo de la planta crece para cualquier lado si no se le coloca un palito de madera que oficie de guía.

Cuando no se quieren dar demasiadas explicaciones acerca de por qué algún asunto no salió como estaba planeado, se utiliza la expresión “por h o por b”. ¿De donde surge? Cuando los niños aprenden a escribir y también cuando son más grandes, la letra “h” y la letra “b” son las que traen más dificultades. Por eso se estila decir que “por h o por b” alguna palabra, por ejemplo, estaba escrita incorrectamente.

“¡Viva la Pepa!”: mi favorita. Será porque mi abuela la decía o porque de chica me daba risa, o por las dos cosas. ¿Sabés el por qué de esta frase? Cuando se promulgó la Constitución de Cádiz en 1812 los ciudadanos la vitoreaban al grito de “¡Viva La Pepa!”, cuando los absolutistas lograron imponerse. Hoy, sin embargo, ha perdido todo contenido político.

Pro meu amigo Fran, con agarimo.

Lucía Alfonso


Lunes 5 de Septiembre de 2005

La flor más bella

flores-de-aqui-de-alla.jpgUn episodio que sucedió el otro día en la oficina, me da el puntapié inicial para escribir esta columna. Una de mis compañeras llegó y saludó muy educadamente. Después de besar a un muchacho en la mejilla, éste le dijo en voz alta (les aseguro que sin pretender ningún acto de galantería): “¿Por qué todas las mujeres huelen bien?” “Porque somos como flores”, le respondió ella, a mí me pareció, galanteando un poco.

¿Las mujeres somos realmente como flores? O será que en realidad... ¿es al revés?

En una aldea de la Península de Yucatán vivían dos jovencitas. Una de ella se llamaba Xtabay. Además de ser dueña de una extraordinaria belleza, sus vecinos comentaban que era una experta en enamorar hombres, que irradiaba pasión, que conquistaba a su paso a todo aquel que se le cruzaba por delante, que tenía amoríos que duraban un suspiro y que, para colmo, no sentía ni la más mínima vergüenza. Al contrario, ella estaba orgullosa de su poder de seducción.

Alguna que otra lo diría de envidiosa nomás, pero sus vecinos tenían algo de razón... a Xtabay se le iba un poco la mano. En otra casita de por ahí vivía Utz-Colel. Tan bella como Xtabay, Utz-Colel era casi su opuesto. Casi una santa. Pura, laboriosa, ordenada, limpia, bienhablada, racional, discreta. Jamás había tenido un filo. Ni siquiera alguien a quien mirar de reojo mientras caminaba por la playa. Utz-Colel era el claro ejemplo de una chica seria y respetable, y en el pueblo hablaban de ella con orgullo.

Las apariencias, se sabe, engañan. El corazón de Utz-Colel era frío y oscuro. Se burlaba de los demás y era egoísta. Pero, como dicen, “hazte fama y échate a dormir”. Nadie jamás sospechó acerca de su verdadero rostro. Sin embargo, Xtabay era sumamente bondadosa y humilde y así como repartía amor, repartía todo lo poco que tenía entre aquellos que más lo necesitaban.

De un día para el otro, la figura de Xtabay desapareció de la aldea. Los vecinos estaban seguros de que habría dejado todo siguiendo a algún amor pasajero, de los que tenía decenas. Pero no. Poco más tarde descubrieron que había muerto en la soledad de su casa y que de su cuerpo, emanaba un perfume delicioso. La enterraron sin pena alguna. De su tumba continuó brotando ese dulce aroma. A los pocos días, entre la tierra seca, nacieron unas florcitas finas y delicadas.

Años más tarde, Utz-Colel falleció. Todos lo lamentaron, la lloraron durante semanas enteras. La aldea entera se vio envuelta en una profunda congoja... y un aroma hediondo que brotaba de los restos de Utz-Colel. ¿Cómo podía ser que de ese cuerpo tan puro emergiera un olor semejante? Los vecinos se miraban asombrados (mientras se tapaban delicadamente la nariz).

Las flores que brotaron de la tumba de Xtabay reciben el nombre de Xtabentún. Con el néctar de esas pequeñas flores silvestres, que crecen solitarias en las cercas, los habitantes de la Península hacen un fino licor. Y no es necesario tomar grades cantidades, con apenas un traguito se tiene la sensación de estar embriagado por el amor de Xtabay.

Lucía Alfonso

Lunes 29 de Agosto de 2005

Una de ciudades perdidas

ciudades-perdidas.jpgEstoy segura de que alguna vez escuchaste nombrar a la Atlántida. Que si se hundió, que si unía América con Europa, que si sus habitantes eran el modelo perfecto de la civilización, que si fue sólo una bella utopía. Idas, vueltas y muchas suposiciones. Sin embargo, la mítica Atlántida no fue la única ciudad perdida.

En la época en la que los navegantes españoles pasaban más tiempo arriba de los barcos buscando nuevos mundos que en sus hogares, se corrió la bola de que existían siete ciudades misteriosas. Cuenta la historia que todo empezó en 1150 cuando los moros conquistaron la ciudad de Mérida. La población permaneció cautiva en su propio territorio y debió someterse a sus nuevos ocupantes. Pero siete pudieron escapar. Siete obispos de la ciudad huyeron llevándose consigo las reliquias y riquezas de Mérida para mantenerlas a salvo.

Poco después ya se escuchaba el rumor de la existencia de siete ciudades misteriosas, cada una fundada por uno de los obispos escapistas. Estas ciudades, decían, era verdaderos paraísos de piedras y metales preciosos. A los gobernantes y exploradores españoles se les hacía, como quien dice, agua la boca. ¿Una tierra lejana llena de riquezas?, ¿rubíes, esmeraldas y zafiros por doquier?, ¿casas de oro? Parecía que sólo era cuestión de levar anclas, tener paciencia y dejarse llevar por las aguas hasta ver las ciudades brillar.

Numerosas expediciones hacia el nuevo mundo se llevaron a cabo. Aquellos que regresaban con las manos vacías contaban, sin embargo, que distintos grupos de nativos habían confirmado su hipótesis: tales ciudades existían y eran conocidas como el reino de Cíbola y Quivira.

En una oportunidad, un fraile llamado Marcos de Niza partió nuevamente en busca de ese mundo repleto de riquezas ilimitadas en compañía de Estebanico, un esclavo. Cuanto más avanzaban, más cerca se sentían de su objetivo. Si bien algunos lugareños los alentaban en su búsqueda y les describían con lujo de detalles las casas doradas y los atuendos con piedras preciosas, otros se enfrentaron a los visitantes y les impidieron avanzar. Los que lograron sobrevivir caminaron durante días. Jamás encontraron lo que buscaban. Pero no todas eran malas noticias, ya que cuando el fraile regresó a España, dijo haber visto a lo lejos una ciudad colorida e inmensa y se lamentó por no haber podido llegar hasta allí por culpa de los nativos. Lejos de darse por vencidos, un nuevo grupo de marineros pretendió regresar al lugar del que de Niza había hablado. Armados hasta los dientes, se embarcaron hacia lo desconocido.

Aquel reino desbordante de oro jamás fue encontrado. Y si bien, quizá para sentir que no fracasaron del todo, una antigua reserva indígena en el sur de los Estados Unidos fue bautizada con el nombre de Quivira, algunos creen que cabe preguntarse sobre el verdadero origen de este mito. Entonces, Cíbola y Quivira, ¿teléfono descompuesto o realidad?

Lucía Alfonso

Lunes 22 de Agosto de 2005

Entre un mar de ondulante verdura

ondulante-verdura.jpgSi uno pregunta a algún nacido en Galicia qué es aquello que más le gusta de su patria, apuesto (imaginariamente, claro) que la respuesta será "el mar". El mar tiene una importancia fundamental en la vida, las costumbres y la cultura gallega. Quizá cueste imaginarse cómo es que el mar está tan arraigado en los recuerdos de los que dejaron aquella tierra verde.

Y es que la pesca siempre ha sido una de las principales actividades económicas de la región. Generaciones y generaciones de familias de marineros se han dedicado por siglos a adentrarse en las aguas en busca de pescado que luego se vende en toda España. No es casual, entonces, que el santuario de la Virgen del Carmen, la que cuenta con más fieles, sea justamente el mar. El santuario más amplio y que, además, llega casi a todos los rincones de Galicia.

El dieciséis de julio es la celebración del Carmen y los marineros hacen sonar las bocinas de sus embarcaciones mostrando su devoción, y la acompañan en una procesión que finaliza con una oración que recuerda a aquellas personas que las aguas se llevaron en alguna oportunidad. Tanta es la devoción por la Virgen del Carmen que todo el verano, especialmente en mes de julio, Galicia está de fiesta.

En la ciudad de A Coruña también se realiza una curiosa fiesta: la fiesta de la dorna. La dorna es una embarcación de construcción simple y austera, de origen vikingo, que las costas gallegas han heredado. Todo empezó en 1948, cuando se vendieron rifas para el sorteo de este tipo de barco. Los ganadores hicieron una gran fiesta de inauguración a la que invitaron a todos los vecinos. Pasados los años, esta celebración ocasional se volvió tradición. En la actualidad, el festejo tiene como objetivo promocionar los beneficios de la embarcación, ofrecer a trabajadores con pocos recursos un medio eficaz de trabajo y, de paso, es la excusa perfecta para seguir agradeciéndole a la Virgen todas las bondades del mar.

(La frase del título pertenece al poema “A orillas del Sar”, de Rosalía de Castro.)

Lucía Alfonso

Lunes 15 de Agosto de 2005

Diarios de ruta: parte III

cardones.jpgA más de dos mil metros sobre el nivel del mar y a algunos kilómetros de la capital de la provincia de Jujuy, está la Quebrada de Humahuaca, uno de los paisajes más bellos de nuestro país.

El recorrido es deslumbrante. Por la Quebrada corre el Río Grande, pero sólo en verano se dejan ver sus aguas: en los meses invernales se seca por completo. Los cerros de colores que rodean la Quebrada parecen pintados a mano. El sol brilla entre los amenazantes nubarrones. Qué curiosidad. Parece que nos toca una de las pocas tardes lluviosas del año.

La ruta está en perfectas condiciones y mentiría si dijera que veo el final del camino. Como si hubiese un límite exacto establecido, al cruzar vaya uno a saber qué línea imaginaria, el suelo pedregoso y seco se puebla de cardones. Es como si a partir de un pequeño punto marcado delicadamente en el mapa, el territorio completo les perteneciera. Están de pie, muy agarrados al suelo, uno al lado del otro hasta llegar al costado de la ruta. Sería un error creer que los cardones son originarios del lugar. En el principio de los tiempos, la Quebrada de Humahuaca era distinta.

A diferencia de la sequía que se distingue a simple vista, la región del Río Grande era tan fértil y próspera, que los indios humahuacas que habitaban el lugar cultivaban el maíz casi sin esfuerzos, y entre los miembros de la comunidad reinaba la más absoluta paz. El cacique, que era muy respetado y querido por la comunidad, enseñaba siempre que había que ser agradecidos. Los humahuacas cuidaban de las tierras y la armonía del grupo y organizaban numerosas fiestas en honor a los dioses que habían sido tan generosos. Sus vecinos, los calchaquíes y diaguitas, envidiaban aqellas tierras verdes y fructíferas. No soportaban la felicidad de los humahuacas, a tan sólo algunos kilómetros de su territorio. Un día finalmente se decidieron y, cegados por los celos, enviaron a Zumac, la joven más hermosa del grupo, a la fiesta humahuaqueña. Como estaba planeado, el jefe de la comunidad humahuaca no pudo resistirse a los encantos de Zumac y se enamoró perdidamente de ella. Distraído, no advirtió que los traidores descendían por los cerros. El festejo terminó y el valle quedó en el más absoluto silencio. Hasta que, sorpresivamente, calchaquíes y diaguitas bajaron de las laderas y sin piedad mataron a cada uno de los humahuacas. El jefe de la comunidad, antes de morir en manos de sus vecinos, los maldijó a causa de su crueldad y gritó a los cielos que jamás serían dueños de esas tierras, de las que habían querido apoderarse a través de la violencia y la muerte.

Después de la terrible matanza, el valle quedó nuevamente en silencio. Los humahuacas habían desaparecido para siempre y los diaguitas y calchaquíes soñaban ya con el maíz en abundancia. Pero cuando amaneció, la tierra apareció cubierta de arenas estériles y rocas. Poco a poco, a medida que eran acariciados por el sol, los cuerpos sin vida de los humahuacas se convirtieron en cardones con espinas gruesas que poblaron la inmensidad de la Quebrada.

Así, firmes y desafientes, los humahuacas recuperaron la tierra que por algunos minutos les fue arrebatada. Y en primavera o a veces cuando se les antoja, dejan asomar entre sus espinas algunas flores de colores. De esta forma, las almas de los humahuacas dan la bienvenida a aquellos que nos acercamos hasta allí, para conocer sus pagos y su leyenda.

Lucía Alfonso

Lunes 1 de Agosto de 2005

Desde la India, con amor

desde-india.jpgLa India es, según datos oficiales de 2004, el segundo país más poblado del mundo. Especias de colores, sitares, incienso y vacas sagradas; la India regala misterios y flores de loto.

En su extenso territorio se mezclan distintos grupos étnicos, religiones y más de cien lenguas. En sus historias milenarias se esconden (a voces) tesoros de su cultura.

En la ciudad de Agra, entre árboles prolijamente podados y fuentes de agua cristalina, se alza imponente el Taj Mahal. En 1631, a la muerte de Mumtaz Mahal, su más amada esposa, el emperador Shah Jahan ordenó construir la que resultó ser una de las más bellas obras arquitectónicas de la historia de la humanidad. Shah Jahan murió sin verla terminada. Aunque construido enteramente en mármol blanco, su color, gracias al reflejo, cambia con la luz de la luna. La leyenda (ya que no la historia) habla de artesanos y arquitectos a quienes, terminada la obra, les cortaron las manos para que no pudieran construir otro mausoleo semejante.

Bombay. Smog, ruido y Bollywood, una de las mecas del cine.

En las callejuelas superpobladas de la India, los hombres, desafiando todas las leyes del machismo, caminan de la mano. Los sadhus veneran dioses entre los cacharros de los puestos callejeros. Los saris de colores dan vida al mercado.

A Varanasi, la ciudad sagrada, llegan un millón de peregrinos con ansias de descender las escalinatas y adentrarse en las aguas del Ganges. Este río caudaloso, donde hombres y mujeres se bañan, cepillan sus dientes y lavan su ropa, también es el camino a la eternidad. Los cuerpos cremados son arrojados al río. Dicen que aquellos que tienen la suerte de morir en la sagrada Varanasi logran terminar con el ciclo de reencarnaciones y alcanzar, por fin, el Nirvana.

Una vaca blanca y adornada con una joya bloquea el paso de las bicicletas. Sobre el techo del tren viajan algunos con destino a la próxima ciudad. Un grupo de vecinos conversa en inglés. Las sandalias de las mujeres se llenan de tierra seca. Han cesado las lluvias del monzón. Hay música a lo lejos, boda en la ciudad. La novia, escapando de sus hermanas, llega con las manos pintadas en henna a comprar una tela brillosa.

Señoras y señores, niños y muchachas, bienvenidos a la India.

Lucía Alfonso

Lunes 25 de Julio de 2005

Abracadabra

abracadabra-de-aqui-de-alla.jpgMagia: Arte de hacer cosas extraordinarias y lograr por medio de operaciones ocultas efectos en apariencia contrarios a las leyes naturales.

La magia existe desde el origen del hombre. Era la forma mediante la cual algunos elegidos se comunicaban con las fuerzas divinas. Desde los viejos chamanes hasta David Copperfield, la magia siempre ha sabido ocupar un lugar a través del tiempo. En la actualidad, el sabio Gandalf y el recauda-millones Harry Potter encabezan la lista de los más populares.

Pero ¿quién supo ser el Mago más marketinero? ¿Quién ha ocupado páginas y páginas de literatura épica? Claro, ¡el Mago Merlín! El mismo que impuso el look “pelilargo con canas”, el traje amplio y con estrellas estampadas y el sombrero en punta. Sus seguidores en el arte del Hocus Pocus imitaron su estilo. En la versión de Disney hasta aparece con bermudas y anteojos de sol, ¡qué moderno!

La cuestión, más allá de que en la película animada Merlín era un personaje encantador (en ambos sentidos de la palabra), es que parece que este mago flacucho existió de verdad.

La leyenda del Mago Merlín es una de las más arraigadas de la cultura celta y, como todos los relatos que se desdibujan con el tiempo, hay varias versiones.

Se decía que Merlín poseía un pequeño reinado en Escocia y que luego de ser derrotado en una batalla, enloqueció y se refugió en los bosques. Se comentaba que se aparecía de vez en cuando en los pueblos y deliraba en voz alta sobre máquinas voladoras.

Algunos sostenían que Merlín fue simplemente otro de los tantos alquimistas de la época y que algún escritor de la Edad Media lo convirtió en mito.

La versión más popular es la que cuenta que Merlín fue quien se encargo de la crianza y educación de Arturo, el heredero del trono inglés. El mago, que sabía del futuro y del pasado, le enseño al pequeño Arturo los valores necesarios para ser un gran monarca, fue su mano derecha y su amigo más fiel. Gracias a estos consejos, el Rey Arturo fue justo, sabio y muy amado por su pueblo.

Pasaron los años y el mago, como cualquier mortal, se enamoró. La muchacha en cuestión, a cambió de su amor y devoción, le pidió que le enseñara sus poderes. Merlín sucumbió ante la belleza de la mujer y esta lo hechizó y lo hizo caer en un profundo sueño y lo escondió en una gruta perdida en el bosque.

Cuenta la leyenda, sin embargo, que Merlín despertará cuando el pueblo necesite de su magia.

Lucía Alfonso

Lunes 18 de Julio de 2005

Click

click.jpgLa gran ciudad. Centenares de almas cruzando avenidas, viajando apretadas en los trenes y subtes, yendo de aquí para allá. Por doquier teléfonos celulares de todos los tamaños que traen quichicientas chucherías adicionales, ermitaños urbanos con los auriculares puestos, el señor X y la señora Y discutiendo en la cola del banco sin saber que están enamorados el uno del otro. No se reconocen. Y es que chatean horas y horas por las noches. Sus cyber-identidades son "Pascual32" y "*MaRiaNuChA*".

El ritmo al que evoluciona la técnica es sorprendente. Pensar que la camarita para verse a través de la web no es ninguna novedad. Ni hablar de la copiadora de CD. Eso quedó atrás. Las cosas pasan de moda bastante rápido.

Con la ayuda de la tecnología, se dice, quienes podemos darnos el lujo estamos cada vez más comunicados. La palabra es incorrecta. No estamos más comunicados sino más conectados. Lo cual no es poco, claro. Con un click entramos al Louvre en París. Con sólo levantar el teléfono, el helado llega a casa sin que hayamos movido un dedo (bueh, el que disca). Sin sacarnos el pijama y con pochoclos caseros hechos en el archiveloz microondas (¡y sin ensuciar nada!) disfrutamos de nuestra película favorita en el sillón y podemos poner pausa cuando queremos, si es que en la mitad alguien nos llama por teléfono. De todos modos, gracias al inalámbrico, podemos volver al sillón a comernos los pochoclos que quedaron. No es necesario esperar los días que demora en llegar una carta: en pocos minutos puedo recibir una tarjeta electrónica en mi casilla de e-mail. Alterno entre el videoclip de mi artista favorito, el programa de preguntas y respuestas y el partido que se está jugando en este mismo instante en Nueva Zelanda con la ayuda del zapping. Desde mi habitación puedo combatir malhechores y construir ciudades asombrosas con la ayuda del mouse y un par de teclas. ¡Y todo sin salir de casa! Es realmente impresionante.

Para algunos de nosotros, poco a poco, los lugares tradicionales de socialización (plazas, clubes, la esquina elegida del barrio) han sido reemplazados por la propia casa: un bunker con acceso al mundo exterior.

Es sabido: la tecnología ofrece múltiples bondades que sin duda deben ser aprovechadas y disfrutadas al máximo. Sin embargo, y frente a tanto aparato que facilita las cosas, hagamos un esfuerzo: no dejar nunca de mirarnos a los ojos.

Lucía Alfonso

Lunes 11 de Julio de 2005

Una curiosa historia de amor

el-centinela-1.jpgLa ciudad de Tandil, en la provincia de Buenos Aires, es conocida por sus deliciosos quesos y fiambres. Es un lugar ideal para descansar y hacer vida al aire libre. A pocos kilómetros del centro de la ciudad, se encuentra una de las mayores atracciones: una monumental roca de siete metros de alto, parada sobre una pequeña base al borde de un peñasco de piedra. La imagen es asombrosa. Parece que si uno la sopla fuerte, se va a caer. Pero no. La roca se queda ahí. Inmóvil.
¿Cómo llegó hasta allí esta curiosa piedra? Una leyenda tandilense nos da la respuesta.

En la época colonial, lo que ahora es Tandil fue habitado por diferentes grupos aborígenes. El virrey de turno, sin mucha originalidad en su gestión, quería controlar a los nativos que se resistían con ardua lucha a la dominación española. En uno de esos viajes hacia el sur de la provincia, se fundó el Fuerte Independencia. Allí residían las tropas. Una noche, dos de los soldados volvieron de madrugada y contaron embelesados que habían visto a una joven nativa que deambulaba por las sierras y que tenía el poder de desaparecer, de hacerse invisible. Dijeron que era dueña de una belleza extraordinaria. Apenas podían hablar. Estaban maravillados. Sus compañeros se reían a carcajadas, mientras bebían vino alrededor de la mesa. No les creyeron ni una palabra.

Sin embargo, tal jovencita existía. Se llamaba Amaike y era respetada por todos los miembros de la comunidad. A Amaike, no le gustaba que la vieran, es por eso que cada vez que advertía que alguien la observaba, se ocultaba entre los árboles. Tal era su belleza, que los nativos la adoraban como si fuera una diosa, y jamás intentaban acercarse a ella porque no querían molestarla. La hermosa joven era misteriosa e inalcanzable. Un día, un indio fuerte y valiente la descubrió cerca del lago y se enamoró de ella. La observaba en silencio durante horas. Amaike lo sabía, pero se dejaba mirar. Ella también se había enamorado del apuesto guerrero. Desde el mirador de una colina, éste la contemplaba en silencio todos los días y todas las noches.

el-centinela-2.jpgEn el Fuerte Independencia los dos soldados decidieron ir a buscar a la joven y demostrarle a sus compañeros que realmente existía. Se aventuraron en las sierras hasta encontrarla. Esa noche, Amaike fue capturada y llevada al Fuerte. Nunca más se la vio deambular por las sierras. La noticia de su muerte se extendió rápidamente al pueblo nativo. Sin embargo, su enamorado siguió firme de pie, al borde del mirador, esperando que Amaike regresara.

Pasaron los días y las noches. Después los meses. Los años. Y el joven, de tanto esperar inmóvil sobre el peñasco, se convirtió en piedra.

La roca recibe el nombre de El Centinela y los habitantes de Tandil sostienen que desde lo alto del mirador, observa y cuida a toda la ciudad. Sin embargo, se comenta por lo bajo que aún no ha perdido la esperanza de que su amada algún día regrese.

Lucía Alfonso (texto y fotos)

Lunes 4 de Julio de 2005

La espera

la-espera.jpgLlegó tarde y agotada haciendo ruido con sus tacos aguja. Abrió la puerta y apenas atravesó el umbral, se detuvo sorprendida. "Uy, che..." No había nadie. Todas las luces estaban encendidas. Tiró las llaves sobre la cama. Hacía calor. No había ventiladores. Era una hermosa noche de verano. La humedad de Buenos Aires se hacía sentir. Quiso escuchar los mensajes que tenía grabados en el contestador automático. Sólo había uno. "Marce, llamame cuando llegues... Tengo algo importante que contarte. Un beso." La voz de su amiga se escuchaba lejana y mal grabada. La ignoró. Abrió la heladera y sacó una botella de agua mineral. Se acostó. Miró el reloj. Eran las tres y media de la tarde. Ya más de dos horas de retraso. Encendió el televisor y cambió de canal a gran velocidad casi sin prestar atención a los programas musicales de los canales de aire que tanto le gustaban. Comenzó a hacer zapping otra vez, desde el primero hasta el último sin encontrar nada que la entretuviera. Suspiró con bronca y angustia. Tomó la última edición de la revista de moda y la hojeó. Pasaba las páginas lentamente. Intentaba controlar la impaciencia. Miró la puerta. Sabía que de nada serviría salir, que debía esperar. "Esperar sentada", dijo irónicamente en voz alta.

Recorría con la mirada la biblioteca y se aprendía de memoria el orden en el que estaban los libros. Caminó. El aire casi no corría en aquella habitación. Apagó el televisor. Pensó en pintarse las uñas de los pies, pero abandonó la idea y se tiró boca abajo sobre la cama. Se dio vuelta. Se tapó la cabeza con la sábana. A los pocos minutos se incorporó. Intentó apagar la luz. Nada. Habían pasado diez minutos más.

Hizo tamborilear los dedos sobre las rodillas durante unos segundos. Se puso de pie. Se acercó a la ventana. Se asomó. Casi no había gente. Ningún auto pasaba por su calle. Ni siquiera se escuchaba un motor. Cerró las cortinas. Suspiró nerviosa. "Dale, por favor", rogó. Tocó un ritmo musical improvisado, producto de su ansiedad, sobre la mesa. Encendió la pequeña radio. Movía el dial. Fútbol, fútbol, tango, alguien que hablaba de filosofía... Puso un disco. Fue al baño y, cansada de esperar, se quitó el maquillaje. Decidió hacer todo lo posible parta relajarse y olvidarse de la situación. Pero no pudo. Es que odiaba esperar. No había nada que hacer. La programación era aburrida. Le era imposible concentrarse y leer. Con furia pateó la mesa ratona. Empezó a respirar aceleradamente. Estaba al borde del llanto, desesperada y fuera de sí cuando de repente la habitación quedó en la oscuridad absoluta.
"¡Por fin! Ahora si voy a poder dormir."

(Así se manejaban los servicios públicos de la luz en la ciudad de Buenos Aires en el año 2050. La luz, el gas y el teléfono eran manejados desde la central. Todas las bombitas de luz se enfriaban, las canillas dejaban de gotear y las estufas de apagaban a la hora señalada. Era igual para todos. Las comidas, los insomnios y las vidas se adaptaban en todo sentido a la vaga y dictatorial organización estatal. Ese fue en día en que simplemente falló el servicio.)

Lucía Alfonso

Lunes 27 de Junio de 2005

Tengo algo que decir, pero no sé qué

tengo-algo-que-decir.jpgHoy vamos a hablar del graffiti, término que designa a las inscripciones o figuras grabadas en piedras, monumentos, edificios o medios de locomoción. ¿Arte, vandalismo, rebeldía? El graffiti supo ser, además, un particular medio revolucionario.

El arte sobre las paredes se remonta a la época de las cavernas, literalmente. En el mundo, hay varios interiores de cuevas decoradas en colores terracota para la curiosidad del turista y el regocijo del antropólogo.

Pero adelantémonos un poco en la línea de tiempo... hastaaaaaaaaa... ¡ahí! Exactamente en 1971, fue entrevistado por primera vez un tal Taki. ¿Cual era el motivo de sus quince minutos de fama? Este joven era un neoyorkino de diecisiete años que firmaba "Taki 183" (el 183, era el número de su casa), todo lugar de la ciudad por donde pasaba. Rápidamente, otros jóvenes empezaron a imitarlo, hasta que ya no era sólo Taki 183, sino que supongo habría algún "John 204" o una "Mary 35" estampada por allí. Esto no quiere decir que Taki haya sido el creador del graffiti, pero sí es un buen ejemplo de cómo, a partir de los años sesenta, poco a poco y sobre todo en los barrios marginales de Nueva York, la cultura del graffiti se fue desarrollando y expandiendo.

Las patotas utilizaban este método para marcar sus territorios, para públicar sus protestas y también para establecer un diálogo con la sociedad. El graffiti era un medio de expresión clandestina.

A finales de los sesenta, a las palabras y las frases se incorporaron imágenes de la iconografía popular, retratos de personajes de la época y de los comics.

Pero en mayo de 1968, en la ciudad de París, el graffiti adquirió una importancia fundamental. Los estudiantes que protagonizaban una serie de huelgas en varias universidades y sucesivos enfrentamientos con la policía, encontraron en la práctica del graffiti un medio para expresar su disconformidad con el modelo de cultura y de sociedad en la que vivían.

El graffiti se convirtió en un medio de expresión alternativo. ¿Qué quiere decir esto? Que a falta de periódicos, canales de televisión o emisoras de radio que les permitieran hacer oir su voz, los estudiantes pintaron los muros de París con mensajes utópicos y comprometidos con el cambio. El fenómeno, lejos de la espontaneidad y la barbarie, adquirió una nueva dimensión por su carácter intelectual.

¿Algunos graffitis de ese momento?

  • "Paren el mundo, me quiero bajar"
  • "Olviden todo lo aprendido y empiecen a soñar"
  • "Consuma más, vivirá menos"
  • "Prohibido prohibir"
... y el que lleva por título esta columna.

En la actualidad, graffitis inmensamente creativos pueden encontrarse en la ciudad de Buenos Aires, especialmente en el barrio de San Telmo.

¡Ojo! Salir de tu casa y encontrarte en la pared una insignia, un "Aguante" tal grupo musical o un intento de dibujo con aerosol, estropeando la pureza, la blancura, lo monocromático del frente de tu casa, se entiende, no tiene nada de gracioso. Es por eso que el graffiti como forma de expresión es más que interesante... pero tampoco es cuestión de expresar todas nuestras ideas sobre la pared del vecino.

(Al muro de Berlín, por ejemplo, algunos lo encontraron un lugar más que adecuado para expresarse.)

Lucía Alfonso

Lunes 20 de Junio de 2005

En voz alta, para el mundo

la-colifata.jpg"El sabio es quien quiere asomar su cabeza al cielo y el loco es quien quiere meter el cielo en su cabeza." (G. K. Chesterton)

"Quien vive sin locura, no es tan cuerdo como parece." (F. de La Rochefoucauld)

"La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma." (J. W. Von Goethe)

"Presentamos, estimada audiencia, LT 22 La Colifata, la radio de los internos del Borda. Muchas gracias..."

Así comienzan los días sábado, pasado el mediodía, las emisiones La Colifata. El estudio radial es al aire libre, en uno de los patios del Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda, en el barrio de Barracas. Su alcance es suficiente para que puedan sintonizarla todos los internos y los barrios de la zona sur de la ciudad de Buenos Aires. Cada transmisión está a cargo de los colifatos del Borda: algunos ofician de conductores, otros de locutores, de lectores de mensajes o columnistas. Algunos internos salen a la comunidad y regresan con notas periodísticas de interés general o entrevistas: los llaman "corresponsales colifatos". Otros se acercan para contar cómo es la vida en el Borda. Hay lugar para todos. Es más, cualquiera que lo desee puede acudir y participar. Alrededor del micrófono se juntan, cada sábado, casi cincuenta personas. Sólo la mitad son pacientes. Todos aplauden, se ríen, se escuchan.

La Colifata es, ante todo, un espacio abierto y su pretensión es derribar los muros. Los muros que separan a los internos de la comunidad y también las barreras que la sociedad construye frente a los locos. Los internos del Borda son personas que padecen sufrimiento mental y, consiguientemente, exclusión social. La locura conlleva mucho dolor. Pero no es desde este lugar, desde donde La Colifata busca comunicar. El dolor, dicen, lo transforman en metáfora.

Este proyecto que nació el 3 de agosto de 1991, se expandió y mucho. En la actualidad hay proyectos similares en numerosos hospitales neuropsiquiátricos en diferentes ciudades del mundo. La Colifata también tiene oyentes fieles y seguidores, amigos que mandan mensajes y felicitaciones.

La radio es la bisagra entre el adentro y el afuera. Para democratizar, para integrar, para incluir, es necesario reconocer al "otro". Escuchar su voz. Hay alguien, del otro lado del muro, que espera cada sábado, impacientemente, escuchar la voz de los colifatos.

Lucía Alfonso

Lunes 13 de Junio de 2005

Exilio liliputiense

exilio-liliputiense.jpg(La situación descripta en este texto es ficcional. Cualquier semejanza con la realidad es pura, purísima coincidencia.)

Como comenté en la presentación, la idea que propone y se propone seguir esta columna es la búsqueda de historias. Así como algunas aparecen a la vuelta de la esquina, otras lo hacen en lugares inimaginables. ¿Qué pasa cuando en tu mundo, que ya conocés de memoria... encontrás otro?

Se abre la puerta de madera que rechina...

La habitación está en silencio. Las baldosas naranjas del piso parecen mantener la temperatura de aquel microclima. Cuando la lluvia golpea fuerte sobre el techo, el sueño se interrumpe y las gotas se deslizan por el marco azul de las ventanas. Pero no está lloviendo.

Afuera sopla un viento frío. La ventana se abre hacia adentro y el viento se cuela. Desde la cama angosta se ve la luna, el techo blanco de madera, las cajas sobre el placard. Se oyen ruidos, vienen de abajo, son pasos sobre el piso que cruje. La habitación de baldosas naranjas está en silencio. Sólo, y hay que detenerse a escuchar, se oye la respiración de un hombre que duerme sobre la cama. La cabeza de costado, la boca entre abierta, los pies cruzados. El acolchado colorido está acurrucado bajo su cuerpo. La almohada no tiene su perfume. Con los ojos cerrados mira hacia a puerta. Brilla una lucecita en la habitación. Pese a que los objetos se amontonan en los rincones, sobra el espacio.

Se abre la puerta de madera que rechina...

La habitación está en silencio, pero la muchacha que entra aseguraría escuchar una suave melodía en sus oídos. Trae con ella su particular perfume y una frazada en los brazos. Lo disimula, pero puede ver cientos de duendecillos que caminan por las baldosas naranjas, transportando herramientas, libros, responsabilidades, flores e ideas. Y si se concentrara un poco más, lograría ver sus pequeñas cabañas, los caminos, y los aljibes. Imagina, sin equivocarse, a todos los otros duendes que estarán habitando en los sueños del hombre que duerme en la cama. Es él quien los ha traído consigo.

"Ahora sí tengo frío", dice sin abrir los ojos, sabiéndola presente, y siguen soñando despiertos.

Lucía Alfonso

Lunes 6 de Junio de 2005

¿El vaso medio lleno?

agua-de-aqui-de-alla.jpgEmpiezo con una adivinanza muy simple: "Quién soy, quién soy, que cuanto más lavo, más sucia estoy." ¡Adivinaste! La respuesta es "el agua". Este es el tema, claro, de la columna de hoy.

Lamento confesar que nunca he sido una ferviente defensora del medio ambiente. Mucho menos una devota seguidora de la "onda verde". Digamos que siempre respeté lo básico: papeles al tacho, desechos inorgánicos por un lado, desechos orgánicos por el otro. Sabía algunas cuestiones sobre la tala de árboles, la lluvia ácida y el smog. Casi por casualidad me acerqué a la problemática del agua. Mientras más investigaba, más me preocupaba. Comencé a tomar conciencia de la gravedad de la situación.

Los seres humanos, al igual que todas las especies de nuestro planeta, necesitamos del agua para vivir.

¿La buena noticia? El 70% de la superficie de nuestro planeta está cubierta por agua.

¿La mala? Sólo el 3% es apta para el consumo humano.

Ese 3% alcanza para abastecer a toda la población, pero el recurso lamentablemente está distribuido en forma muy irregular. Así como hay desiertos que parecen infinitos, otras zonas sufren terribles inundaciones.

Hay otros factores que agravan la situación. La tala indiscriminada de árboles, las cañerías rotas que desperdician miles y miles de litros, la constante contaminación por parte de las industrias y la falta de leyes que regulen la gestión del recurso pueden provocar que en cien años las reservas de agua se agoten. Si se acaba el agua, se extingue la vida.

En Argentina la disponibilidad de agua por persona triplica al promedio mundial. Si te pido un vaso lleno, ¿cuánto tardarías en traérmelo? Seguramente un momento. Encontrarías agua en la heladera de tu casa, abriendo en grifo, en el plato del perro, descongelando un hielo, en el lavarropas o en el inodoro (no dije que fuera para beber, ¿eh?). Creemos que el agua abunda, que es inagotable, que si abrimos la canilla va a salir infinitamente. Grave error. Las reservas se están terminando y la única solución posible es adoptar una nueva cultural del agua, donde el ahorro, el cuidado y la distribución pareja sean sus pilares principales.

¿Una buena? Nosotros podemos ayudar a cuidarla. No se trata, en principio, de cambios radicales, sino de comprender el problema y contribuir desde donde nos sea posible.

Un dato a tener en cuenta: al tomar una ducha de quince minutos se utilizan cien litros de agua. En el continente africano, cada habitante dispone sólo de cien litros semanales. Está más que claro por donde podemos empezar. ¡Manos a la obra!

Lucía Alfonso

Lunes 30 de Mayo de 2005

¡Estamos de fiesta!

fuegos-artificiales.jpgSi los seres humanos festejamos, es porque alguna fecha u ocasión nos resulta significativa. Entonces marcamos en el calendario fechas patrias, bautismos, Bar Mitzvas, el día de la primavera, el día de la Madre, del Padre, del Niño, del animal, de la secretaria (o profesión a elección) aniversarios varios, el Viernes Santo, el Año Nuevo y claro, los cumpleaños.

Y celebramos de distintas formas. Puede ser en soledad, regalándonos ese CD que tanto nos gusta; brindando con otra persona; comiendo torta de chocolate con familiares y amigos o cantando el himno nacional con escarapela en la solapa del guardapolvo. Tantas fechas importantes como formas de festejarlas.

Hoy nos ocuparemos de las fiestas populares. Para ampliar más el concepto y complicarlo un poco, podríamos decir que la fiesta popular es un "canal de comunicación con contenidos semánticos explícitos e implícitos". Es decir, que tiene un gran contenido simbólico que ayuda a que los miembros de una comunidad se unan, reafirmando los valores culturales compartidos.

He aquí, entonces, algunos ejemplos de todos los tiempos.

La celebración prehispánica más majestuosa de Latinoamérica era la Fiesta Inca de Inti Raymi o Fiesta del Sol. En la actualidad, cada 24 de junio, los habitantes de la zona, vestidos con trajes como los que usaban sus antepasados quechuas, recrean este ritual tal como se realizaba hace cientos de años. La ceremonia tiene lugar en la imponente fortaleza de Sacsayhuaman en las afueras de la ciudad peruana de Cusco. Inti, el Dios del sol, es representado en un disco de oro con rasgos humanos que se coloca sobre la puerta del templo. Cuando asoman los primeros rayos de luz solar, estos se reflejan en el disco iluminando todo a su alrededor. Entonces, el Inca pide por la fertilidad de las tierras mientras una multitud entona eufórica cantos de alabanza. Esta celebración, por su espectacular despliegue escénico, atrae a miles de turistas cada año.

Imaginate al hombre de la Edad Media. Un hombre cuyo destino estaba signado y nada puede hacer para modificarlo. Un hombre sometido a normas inflexibles y castigos brutales por desobedecer a la autoridad. El carnaval era la oportunidad para escapar de esa abrumadora cotidianeidad. Entonces la ciudad gris era invadida por enanos, gigantes, monstruos, bufones, minotauros desnudos y burros con bonete. Alboroto, libertad, carcajadas, disfraces de colores, máscaras y música. Era el único momento en que las diferencias dejaban de existir, cuando el mendigo podía convertirse en príncipe.

Otra interesante fiesta popular tiene lugar en Catalunya, España, cada 23 de abril. Y hay festejo triple: es el día del libro, de la rosa y de Sant Jordi. Es tradición que en esta fecha los hombres reciban un libro de regalo y las mujeres una rosa. Es un día en el que se estimula la lectura. Las calles estás repletas de mesas de madera donde se apilan cientos de libros a precios muy bajos para que todo aquel que lo desee se lleve a casa la edición que más le guste. Aunque simple, esta celebración reúne miles y miles de personas cada año en el centro de Barcelona.

¿De dónde es que salió aquello del día de San Valentín? ¿Invento de los maestros del delicado arte del chocolate con formita de corazón? Valentín fue un sacerdote que vivió en el siglo III. Claudio II, el emperador romano, publicó un edicto que prohibía a los soldados jóvenes contraer matrimonio, para que así, sin fuertes lazos afectivos, pudieran dedicarse a la guerra. Sin embargo, Valentín casaba en secreto a todas aquellas parejas de enamorados que quisieran que su unión fuera bendecida. Cuando el emperador se enteró, mandó a apresarlo. San Valentín fue decapitado el 14 de febrero. Y ese día cada año, un poco para recordar a este defensor del amor y otro poco porque somos mimosos, celebramos el día de los enamorados.

Al igual que en muchos países del norte europeo, Alemania festeja el 1° de mayo la llegada de la primavera. Si bien en sus orígenes esta fiesta estaba relacionada con la celebración de la naturaleza, hoy en día parece ser el momento ideal para que uno se anime a declararle su amor a esa persona que tanto ha mirado de reojo. Pero nada de cartas de amor, ni tarjetas por e-mail, ni canciones de la propia autoría. En la ciudad de Colonia, cada muchacho debe colocar en el jardín de la casa de su enamorada un pequeño árbol de mayo (o "mástil de mayo") como demostración de amor. Pero la cosa no termina ahí. El joven galán debe cuidar que ningún otro muchacho quite su árbol de allí, ya que la damisela irá al gran baile del pueblo con aquel cuyo regalo de primavera la esté esperando en el jardín al caer la noche.

Lucía Alfonso

Lunes 23 de Mayo de 2005

El caballero de los dientes de leche

ajedrez-juguete.jpgLo encontré entre torres y reyes. Era un caballero con armadura. Se movía con gran habilidad en la batalla. Serio. Cauteloso. Llevaba preciso control del tiempo. No apartaba jamás la mirada de sus rivales y tenía autocrítica respecto de las propias decisiones. Supongo que sudaba ante cada desplazamiento. Era un gran estratega.

Lo vi por segunda vez de casualidad. Noté que hablaba con un acento particular, no sabía conjugar algunos verbos, y confesó que no recordaba si "caballo" se escribía con "c". Respiraba sereno. Tenía la misma actitud arrogante, como si estuviera seguro de que el único final que podía esperarle era la victoria. Y así fue.

"Un jaque mate perfecto", dirá su profesora.

Javier apenas sabía sumar, pero era un magnífico jugador de ajedrez... a pesar de sus recién cumplidos seis años.

Concurría cada sábado a un taller para entrenarse y cuando no, jugaba con sus amigos imaginarios. "No son amigos imaginarios, son rivales de ajedrez", corregirá su papá. Él mismo supo ser un gran jugador durante su juventud y su esposa dice que es por eso que tanto Javier como sus hermanos han desarrollado una gran habilidad como ajedrecistas, destacándose en cuanta competencia participan.

Casi sin tregua, Javier arriesgaba movidas hasta vencer o vencer. Debía estar preparado para el torneo de la semana siguiente. Su mayor deseo era llegar a ser campeón argentino.

Estaba en el puesto diecinueve de un ranking de doscientos y era, claro, el más joven de su categoría. Cree que hay jugadores mejores que él y que hay rivales "tan pero tan poderosos" que son invencibles.

En su mundo hay peones y reinas; Spiderman y videojuegos, jugadas ensayadas, escuela a la mañana y los irremplazables mimos maternos.

Era otro sábado en el taller y estaba sentado de rodillas sobre la silla. Los pies, de todos modos, no le llegaban al piso.

Esa tarde, siguió entrenando hasta las seis. Repasó de memoria algunas formas de hacer jaque mate en menos de diez movidas, anotó la partida y guardó las piezas. Recién entonces se quitó la pesada armadura y sonrió mostrando sus dientes de leche.

Se fue de la clase de ajedrez de la mano de su mamá, no sin antes saludar con un beso a la profesora y darle la mano a su rival.

(A MMT y MP por las horas, horas y horas de alfiles y tablas.)

Lucía Alfonso

Lunes 16 de Mayo de 2005

¡Yo me debo casar! (o “Del insoportable peso de la soltería”)

Foto de MorgueFile.comEl matrimonio es una ceremonia importante para la mayoría de los pueblos y en cada cultura tiene su particularidad.

En la India arreglan la boda los padres de los futuros esposos, cuando estos son aún niños. Para las familias gitanas el matrimonio, más allá de la unión de dos seres, es la unión de dos linajes familiares. En el pueblo mapuche, originalmente, la edad para contraer matrimonio llegaba a los trece años. Si uno está de paseo por Zimbabwe, es muy común recibir una invitación a una boda auque sea un completo desconocido de los novios. En los cuentos de hadas los recién casados comerán perdices durante años. Antes de contraer casamiento, los aztecas consultaban al sacerdote para ver si los destinos de los enamorados eran armoniosos, y asegurarse de que el matrimonio tuviera un final feliz.

Flores, pastel con crema, el brindis, algo viejo, algo nuevo, algo prestado, algo azul, los anillos, los padrinos, los testigos, el "sí, quiero".

Es que cuando uno se enamora, casarse parece el destino ineludible y el comienzo de una vida de a dos. Y después vendrán los hijos, los nietos, los bisnietos y quién sabe.

Sí, sí, todo muy lindo pero ¿qué pasa si uno no se casa? ¿Si no ha encontrado a su alma gemela? ¿Si le tiene un poco de miedo a aquello de "hasta que la muerte nos separe"?

Parece que, en algunos lugares, ser solterón tiene su precio.

Tradicionalmente, en la ciudad de Bremen (Alemania), las mujeres que estrenan los treinta siendo aún solteras deben pulir las aldabas de la Catedral de la ciudad frente a todos los curiosos hasta que algún hombre que pasa por allí las bese en los labios. Aquel que la ha "liberado" de su tarea recibe un trago corto de alguna bebida fuerte a modo de agradecimiento y luego todos se van a festejar. Con los hombres bremenses pasa algo parecido: deben barrer las escaleras del edificio hasta recibir el beso de una vecina del lugar.

Pero al parecer, la cosa se pone fulera cuando se alcanzan los cuarenta sin alianza en el anular. Los solteros que han completado la cuarta década deben cabalgar sobre un burro... ¡pero al revés! Es decir, mirando hacia atrás y sujetándose del rabo. Obviamente, amigos y familiares participan en este particular recorrido por la ciudad.

Si bien se dice que "para el amor no hay edad", evidentemente en algunas regiones de Alemania la hay a la hora de casarse.

¿Es la mujer correcta?, ¿es el hombre correcto?, ¿y si me equivoco?, ¿tengo que abandonar el fútbol con los muchachos si ahora me caso?, ¿estoy condenada a cocinar todo el día para mi marido sin poder leer ni siquiera un libro cuando tenga ganas? Quizás sea hora de dejar de hacerse preguntas... y tomar la decisión. O seguir puliendo los picaportes, barriendo las escaleras... Quién sabe si la persona que te besa es justamente el amor de tu vida.

Lucía Alfonso

Lunes 9 de Mayo de 2005

Diarios de ruta: parte II

salta.jpgSalta, definitivamente, le hace honor a su apodo.

No sólo los paisajes son deslumbrantes. En el centro de la ciudad, en la calle Balcarce, las noches son inolvidables. Las mesas solas de un bar tientan a los visitantes. Adentro no sucede nada... aún. Pero cuando uno entra y ellos llegan, todo se transforma. Ellos son, en este caso, Fernando Juárez y Raúl Ríos, dos músicos y cantantes que harán de esta noche, una para el recuerdo. Mis padres, verdaderos fanáticos del folklore y del norte de nuestro país, ya me habían comentado de las peñas en la noche salteña. Pero en realidad nunca había logrado imaginarme correctamente cómo son.

Fernando y Raúl se presentan, ambos son de la provincia de Jujuy. Se acomodan sobre unas banquetas y prueban el sonido del micrófono.

Empanadas, tamales, el vino. Esto está a punto de empezar.

"Yo le he hecho al rancho un alero especial,
para bailar, para cantar,
para darme el gusto y allí vidalear
de navidad al carnaval...
Un hornito 'e barro, mortero y fogón,
tengo además...tengo además
a mi negra chura que sabe matear,
para qué más... para qué más...",

cantan con voz fuerte y firme y un sonido digno de los conciertos más multitudinarios que uno pueda imaginarse. Pero ahí dentro somos unos pocos. Nos miramos las caras y compartimos el momento. Raúl nos pregunta de dónde venimos.

—De Buenos Aires.

—Bienvenidos, espereamos que les guste Salta.

Llega la picada. Ellos cantan esa canción que dice que no le cantan a la luna sólo porque los alumbra, sino porque los ha acompañado durante todo el camino.

No es difícil descubrir las distintas historias en cada canción, aprender nuevas palabras y costumbres de las provincias del norte argentino. Y menos aún cuando los lugares a los que hacen referencia se han visitado.

Fernando y Raúl no sólo tienen una voz privilegiada, sino que además deslumbran con su carisma y calidez. Uno se siente como en (una nueva) casa.

Un grupo de españoles entra al bar, saluda a los músicos con una pequeña reverencia y se sienta.

Pido que canten "Al Jardín de la República": siempre la escuchaba en casete cuando era chiquita. Me imaginaba a las tucumanas galanas y a los gauchos bailando como dice la canción. Es entonces cuando Beto y Rita, los bailarines, entran en escena. Ella con su vestido con volados y flores coloradas y él con sus botas y su cinturón de cuero. Bailan gato, zamba y chacarera, una tras otra, con una sonrisa de oreja a oreja. Advierto que todos, absolutamente todos sonríen: el muchacho que maneja la consola de sonido, los camareros, el dueño del bar, los españoles, los músicos y todos los que comparten conmigo la mesa. Chiste va, chiste viene, la noche continúa con la autora de esta columna y su papá animándose con una chacarera de la mano de Beto y Rita. Y es que a nadie le importa que no supiéramos bailarla. Todos aplauden.

Se va la segunda...

"Cantemos juntos sin miedo, que estamos entre amigos", dice Raúl entre estrofa y estrofa.

Así son las noches en Salta, siempre aparecen nuevos amigos.

Lucía Alfonso (texto y foto)

Lunes 2 de Mayo de 2005

Guitarras contra el cáncer

guitarra-cancer.jpg

(por el amor que de verdad le ponés a las cosas)

Son las cinco y media. Dos guitarras suenan al unísono en el parque del Instituto Roffo. Esteban se queja: "Las cuerdas son nuevas, no están muy afinadas." "¿Practicamos algo más?", pregunta Florencia.

Florencia y Esteban tienen 18 años. Ella es estudiante de medicina y él un futuro economista. Se conocieron hace dos años en la Parroquia San Ambrosio en Belgrano, donde Flor guitarrea durante las misas. Ambos querían hacer algo para los demás. Esteban ya había visitado geriátricos donde también hizo música. "La música alegra; pensamos que era una buena idea tocar en un hospital."

Comenzamos. Una estrecha escalera de mármol lleva al primer piso del Instituto Oncológico Ángel H. Roffo. Habitaciones una al lado de la otra, pasillos angostos, bancos de madera. El silencio parece impenetrable. El Instituto fue fundado en 1922 y depende de la Universidad de Buenos Aires. Fue, en su momento, uno de los pocos centros oncológicos del mundo y el único de Latinoamérica. Hoy se atienden allí personas de toda la República Argentina. De cinco mil pacientes mensuales, la mitad no tiene obra social. Algunos hasta reciben becas de transporte para poder atenderse en el hospital. Pero sigue funcionando.

En una de las habitaciones está sentado un hombre. Su cuerpo mira hacia la puerta, pero su mirada está fija en el piso. "¿Hola, podemos cantarle algo?" Luego de un movimiento de cabeza afirmativo, los músicos entran. El paciente fue operado de la laringe y no puede hablar. Escribe en un papel que su nombre es Antonio y que está internado allí desde hace dos semanas. "Trajimos globos de colores para alegrar la habitación, está un poco oscura, ¿no te parece?", pregunta Alberto. Alberto "Tata" es amigo de Esteban y ya forma parte del grupo. De repente llega Vitelina, la mujer de Antonio y él levanta la cabeza por primera vez. El espectáculo empieza. Florencia y Esteban guitarrean una zamba. Antonio no puede contener las lágrimas. Es como si la soledad y la oscuridad hubieran de pronto desaparecido. Esteban saca de una bolsa, "la última novedad": maracas artesanales hechas con alambre y tapas de cerveza. Le entregan una al paciente y a su esposa: ellos también deben tocar. "Esto no es un concierto. El objetivo es que podamos compartir." Antonio agradece la visita con un silencioso aplauso. Vitelina debe volver a casa: allí la esperan sus hijos. "Sé fuerte, Antonio", se despide Esteban. La mirada de Antonio sigue brillando.

guitarra-cancer-2.jpg"Cuando dejamos las habitaciones nos sentimos felices y satisfechos, porque sabemos que hemos hecho algo bueno para otras personas", dice Esteban. Él lleva a cabo este proyecto por convicción religiosa: "Vengo aquí dos horas cada dos semanas. Eso no es nada para mí, pero para aquellos que están acá, es mucho. Viven una atmósfera de soledad y tristeza. Nosotros podemos ayudar a que no sea tan terrible."

La segunda visita es a la habitación 106. Marta está sentada en su cama. Su hijo Rodolfo nos da la bienvenida. Una de las enfermeras entra al cuarto. "Marta, tenés visita", dice. "La música estimula a los pacientes, eso es lo más importante. Todos esperan al grupo y se alegran siempre cuando vienen a visitarlos." Marta está bajo los efectos de calmantes y no advierte con claridad lo que pasa a su alrededor. Por eso, esta vez, la guitarreada es para Rodolfo. A veces, los parientes que están acompañando lo necesitan más que los mismos pacientes. Algunos pasan varias noches seguidas aquí. "Los seres queridos también sufren la enfermedad y necesitan algo para distraerse", dice Florencia. Rodolfo halaga a los músicos y a su trabajo. "No todo está perdido, ¿viste mamá?"

Muchos de los parientes de los internados duermen en los bancos del pasillo. Algunos no tienen ni siquiera para comprarse un sándwich para cenar. Las enfermeras, entonces, juntan las bandejas de los pacientes y lo que ha sobrado se lo dan a los familiares, cuenta una ayudante que asegura recordar miles de historias del Roffo y a cada uno de los pacientes. "Una vez estaba internado un señor que era ermitaño. No tenía amigos ni familia. Parece que en su casa no tenía televisor, porque apenas llegó aquí, se hizo amo y señor del control remoto. Todos los demás pacientes tenían que ver lo que él quería: siempre dibujos animados", relata y se ríe.

Iris y Gloria comparten una habitación. Las dos van a volver a sus casas muy pronto. Hace tiempo ya que han sido operadas y serán dadas de alta. Se muestran llenas de energía y contentas. Las dos mujeres ríen con Florencia cuando Esteban se disculpa "son nuevas las cuerdas", al errar un acorde. Nadie lo ha notado, naturalmente.

Flor hace una reflexión que, a esta altura, ya no sorprende: "Aquí recibimos mucho más de lo que damos. Uno se da cuenta de lo insignificante que es al lado de las historias de vida que nos cuentan."

guitarra-cancer-3.jpgUn hombre llama a los guitarristas con un gesto, cuando ellos salen de una de las habitaciones. Florencia y Esteban le cantan una canción. Distante y hasta molesto, él escucha. El dúo se mira un poco confundido. Los pacientes que sufren operaciones de laringe están generalmente muy malhumorados. Quizá no puedan volver a hablar en su vida. A pesar de que el hombre no levanta la mirada del piso ni muestra signo alguno de complacencia, sus pies se mueven al compás de la música. En silencio y mirando al piso, el paciente está bailando.

En el Roffo hay un hit, una canción favorita que todos piden que se cante cuando "la visita del sábado" hace su aparición.

"Hoy, aquí, tenemos que seguir, caminando en paz, esperando contra toda esperanza."

"Se llama 'Esperando contra toda esperanza', dice Florencia, haciendo evidente la intención del mensaje, y empieza otra vez a guitarrear. Esperanza es aquello que siempre y a pesar de todo, se pierde por último.

Lucía Alfonso (texto y fotos)

(Originalmente, Lucía escribió este artículo en alemán. Así lo publicó el Argentinisches Tageblatt en diciembre de 2002. La traducción y la adaptación para TamTam son de la autora.)


Lunes 25 de Abril de 2005

Diarios de ruta: parte I

ricardo-quilmes.jpgTomamos la ruta 307 unos kilómetros antes de llegar a la ciudad de San Miguel de Tucumán y recorrimos los verdes Valles Calchaquíes con el objetivo de llegar a Salta esa noche para descansar de los mil y pico de kilómetros viajados. Desviándonos de la ruta, por un camino de tierra y piedras pequeñas que hacían temblar al auto, llegamos a la antigua ciudad donde vivió la comunidad aborigen de los quilmes. Nos recibe Ricardo (foto), quien ofrece guiarnos por la ciudadela a cambio de una colaboración voluntaria.

Con voz suave y ritmo pausado, Ricardo nos explica lo que significan las construcciones en piedra que hay a nuestro alrededor. Se pueden distinguir dos fortalezas construidas sobre las crestas montañosas, cuyo objetivo, nos dice, era defenderse del ataque de las eventuales invasiones de otros pueblos. Gracias a estos fuertes, los quilmes pudieron resistir el ataque de los Incas y preservar sus costumbres e instituciones. "En lo más alto del cerro vivía el cacique, más abajo los militares y en la base las familias trabajadoras." Las casas eran subterráneas y el sistema de construcción era más o menos el siguiente: se extraía tierra, se armaba un pozo rectangular y se trababan piedras entre sí a los lados del cuadrilátero, a modo de paredes, para evitar que la estructura se desmoronara. Los techos se hacían con el cuero de los animales. Si bien un gran sector de la antigua ciudad quedó intacto, para poder entender mejor la explicación Ricardo nos guía por la zona restaurada.

Los quilmes eran un pueblo agricultor, ganadero, recolector y alfarero. Su lengua era el cacán, pero lamentablemente pocos rastros quedan de ella en la actualidad.

En la zona que fue su dominio hay además dos cementerios, canales de riego, atalayas y una represa con la que lograban abastecerse de agua. Sobre el suelo de piedra están ubicados en forma de cruz los llamados "morteros sagrados" que eran para el uso exclusivo de los chamanes. Adoraban a la serpiente, al ñandú, a los sapos y al halcón: cada cual representaba a uno de los cuatro elementos.

El recorrido ha terminado, pero Ricardo continúa. Él mismo es descendiente directo de los quilmes, y en esta parte del relato por primera vez se queda quieto. Cuando allá por el siglo XVI los colonizadores españoles descubrieron la ciudadela, pretendieron dominar a sus habitantes al igual que habían hecho con los demás pueblos nativos que encontraban en su camino. Pero la historia aquí fue diferente. Durante ciento treinta años los quilmes resistieron los atropellos y la violencia. Se defendieron con todas sus fuerzas de los colonizadores y jamás desistieron. Las tropas españolas, frente a esta situación, no tuvieron piedad: tomaron la represa y la comida. Torturaron a los hombres y a los niños; y las mujeres, detalla nuestro guía, se suicidaban desde lo alto del cerro con sus bebés en brazos antes que arrodillarse frente al enemigo.

Cuando finalmente los quilmes se rindieron, a aquellos que quedaban vivos se les impuso la pena máxima: caminar hasta Buenos Aires. De los dos mil que emprendieron el camino, sólo cuatrocientos llegaron a la ciudad. Tardaron un año y tres meses. Allí fueron trasladados hasta la actual localidad de Quilmes, lugar que así recibió su nombre. Trabajaron como esclavos y sufrieron tratos inhumanos hasta que con el pasar de los años los quilmes simplemente desaparecieron.

Se considera a las ruinas de Quilmes uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del país. Ricardo y su historia, que seguramente se repetirá cada vez que los curiosos se acerquen, son el recuerdo vivo de este pueblo valiente y luchador.


Lunes 18 de Abril de 2005

Buenos Aires tiene perfume de mujer

En qué esquina te encuentro Buenos Aires,
¿en qué esquina te encuentro?
Ya no sirve Corrientes y Esmeralda...

(Así empieza el tango "¿En qué esquina te encuentro Buenos Aires?", de Florencio Escardó y Héctor Stamponi)
manuela-pedraza.jpgYa mencionamos en TamTam que sólo un bajo porcentaje del total de las calles de la ciudad de Buenos Aires llevan nombres de mujer. Entonces, guía de bolsillo en mano, emprendí el conteo.

Repasemos: Avenida Libertador por el General San Martín, quien es considerado el padre de la patria. Rivadavia fue, entre muchas otras cosas, el primer presidente nacional de 1826 a 1827. En el microcentro, están Juan Domingo Perón, Bartolomé Mitre y Sarmiento, presidentes de nuestro país. Hoy, le llegó el turno a los minones. ¿Quiénes fueron algunas de ellas?

En Puerto Madero se miran coquetas... Alicia Moreau de Justo, médica, periodista, militante incansable del socialismo, luchadora por los derechos humanos, y Victoria Ocampo, importante escritora argentina.

Otra vecina de la zona es Azucena Villaflor, fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, movimiento creado con el objetivo de buscar y encontrar a los hijos que estaban siendo secuestrados durante la dictadura de aquel momento. Todo comenzó con una reunión informal una tarde de abril de 1977 y se convirtió en un encuentro semanal que dura hasta estos días.

Rosario Vera Peñaloza dedicó su vida a la educación y fundó el primer Jardín de Infantes. El día de su muerte, el 28 de mayo (de 1950) se conmemora en su honor "El día de la Maestra Jardinera". Encarnación Ezcurra fue la devota esposa y compañera de Juan Manuel de Rosas y desempeño un importante papel en las actividades políticas de su marido. Aimé Painé, una de las más importantes difusoras de la cultura indígena. Juana Manso, educadora y escritora, fundó bibliotecas, periódicos y escuelas. Regina Pacini de Alvear fue una soprano de origen portugués que ayudó a fundar la Casa del Teatro en Buenos Aires para artistas sin recursos; fue esposa de Marcelo T. De Alvear.

Dueña de una posición social privilegiada, Mariquita Sánchez de Thompson colaboró con los emprendimientos patrióticos, culturales y abrazó fuertemente la causa de la libertad. En su casa se interpreto por primera vez el himno nacional.

Macacha Güemes se aferró con cuerpo y alma a la lucha por la independencia. Convirtió su propia casa en un taller para la confección de la ropa de los soldados. Fue muy querida por el pueblo salteño por su generosidad e inteligencia.

Julieta Lanteri fue una de las primeras médicas recibidas en nuestro país, además de la primera mujer que voto en Sudamérica. Fundo el Partido Feminista Nacional.

Desde Núñez hasta Urquiza, Manuela Pedraza, una valiente heroína de la primera invasión inglesa, da nombre a una de las calles de la ciudad que, mediante su lucha codo a codo con los soldados, ayudó a recuperar.

Rosalía de Castro fue una poeta gallega. Madame Curie, una de las más grandes científicas de la historia, ganadora de dos Premios Nobel (en 1903 y 1911). Ambas son vecinas de la zona de Flores. Helena Larroque de Roffo dirigió un grupo de damas que, con amplio espíritu humanístico, organizó una importante actividad médico-social de apoyo y colaboración para la detección del cáncer, ayudándose con las colaboraciones de entidades y particulares.

En Villa Crespo se recuerda a Sor Juana Inés de la Cruz, poeta mexicana y la mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo XVII.

Llegando a Parque Centenario, nos encontramos a Juana de Ibarbourou, escritora uruguaya. La temática de sus obras ronda en torno a la entrega amorosa, la maternidad, la belleza física, la naturaleza. También poeta, pero en Villa Urquiza, la chilena Gabriela Mistral dio a América del Sur el primer Premio Nobel de Literatura en 1945 gracias a su extraordinario trabajo. Su colega Alfonsina Storni fue la poeta argentina más reconocida del mundo; dueña de una personalidad muy intrigante y particular, se quitó la vida ahogándose en el mar de la playa La Perla, Mar del Plata, en 1938. Otras vecinas de la zona son Elsa O`Connor y Angelina Pagano, actrices de cine.

Posiblemente la más linda de la Paternal sea Remedios de Escalada, quien se convirtió en esposa del General San Martín cuando era una adolescente. Carolina Muzzilli fue obrera y luchadora por los derechos de los niños y las mujeres. Fundó el periódico Tribuna Femenina. Se la recuerda en la zona de Liniers.

Una de las calles del barrio de Agronomía lleva el nombre de María Antonia de Paz y Figueroa, una religiosa nacida en una familia de conquistadores y gobernantes españoles que tras la expulsión de los jesuitas, intentó continuar con su tarea. Eva Perón, amada u odiada, fue el símbolo tangible del peronismo de una época. Realizó una serie de tareas sociales destinadas a ayudar a los trabajadores y a los desamparados. Valiéndose de donaciones, utilizó los recursos para establecer cientos de hospitales, escuelas, orfanatos, casas para personas de edad, hogares para ancianos y madres solteras. La ex Avenida del Trabajo, en Parque Chacabuco, cambió su nombre por el de esta mujer.

(Se siente el perfume...)

Nunca está de más conocer un poco mejor dónde uno está parado.

Lucía Alfonso

Lunes 11 de Abril de 2005

Había una vez...

Jacob y Wilhelm Grimm... muchísimos cuentos dando vueltas de aquí para allá. Flotando en el aire de las aldeas y las ciudades, en el recuerdo de aquellos que una vez fueron niños. Pero claro, tanta princesa y tanta bruja suelta corrían el riesgo de ser olvidadas, convertirse en simples mitos y perder todo su valor.

Hubo hace mucho tiempo un par de hermanos que se dedicaron, entre otras cosas, a solucionar este problemita. A caminar por los pueblos y los bosques, a preguntar, a escuchar y a recopilar historias. Estoy hablando de los Hermanos Grimm: Jacob y Wilhelm, de origen alemán, a quienes se atribuye la autoría de muchos cuentos infantiles clásicos de la historia occidental. El lugar exacto de nacimiento de estos cuentos es incierto. A decir verdad, su origen está en el pueblo, en lo que en alemán se llama “Volk” (de allí viene la palabra folklore, que significa “la sabiduría del pueblo” o “sabiduría popular”). Los cuentos de los hermanos Grimm se trasmitían de generación en generación, de padres a hijos, de leñadores a pastores, de artesanos a niños; los míticos hermanos sólo se dedicaron a recopilarlos y a escribirlos, para evitar que se deformaran, se perdieran o se olvidaran, como suele ocurrir con las leyendas de la tradición oral.

¿Algunos de ellos?

Estas historias logran estimular la imaginación. Transcurren en reinos lejanos con princesas inocentes, en los talleres de los artesanos de los pueblos fantasma a la orilla del río, en bosques frondosos donde los zorros, los cerdos, los lobos y hasta las galletitas son seres parlantes. Imaginemos la niebla, el crujir de las ramas, los ruidos de las aves, la luz a lo lejos...

Una de las tantísimas cosas que hacen lindos a los cuentos infantiles es que enseñan a los niños (¡y a los adultos también!) algunas lecciones que nunca están de más y que tienen que ver con la moral, la ética, el trabajo, el cuidado de uno mismo, que lo importante no son las apariencias, que se cosecha lo que se siembra. Y a medida que uno crece, seguramente encontrará nuevos significados y un valor diferente.

Aunque en la actualidad la práctica de contar historias está un poco dejada de lado, es importante no perder la costumbre y, si ya es tarde, retomarla.

Lucía Alfonso

Lunes 4 de Abril de 2005

Comunicarse, (aquí y) allá

silbogomero.jpg¿Cuantas formas de comunicarse existen? Repasemos: hablando, por carta, por email, con gestos y ademanes (lo que se llama "lenguaje no verbal"). También comunicando sin querer comunicar: por ejemplo, si cuando alguien está nervioso frente a un examen comienzan a sudarle las manos y el rostro, esta persona está "comunicando" que está nerviosa. Seguramente se te pueden ocurrir otras, ya que hay muchísimas maneras de hacerlo (y con el desarrollo de la tecnología, cada vez más).

También, ampliando un poco el panorama, cada pueblo o cada cultura puede tener una forma particular. Dibujos, leyendas, cantos, ¿señales de humo, quizás?

Pero hay un medio de comunicación que, particularmente, me llamó la atención. El silbo gomero. "¿Qué es esto?", te preguntarás al igual que yo cuando empecé a investigar un poquito.

En la isla canaria de La Gomera hay una curiosa práctica entre los nativos, que data de vaya uno a saber cuándo. Debido al terreno accidentado de la isla, la comunicación entre los pastores se hacía muy difícil y cuando había que decirse algo urgente la cosa se ponía complicada. Pero ellos lograron resolverlo. ¿Cómo? Silbando...

El silbo (silbido) gomero es un sistema de signos silbados que sustituye al lenguaje hablado. Tiene vocales y consonantes, lo que permite además... ¡hablar inglés! En esto reside su singularidad. Cobran importancia el ritmo, la línea melódica, la duración del silbo y las pausas.

Dicen que los días sin viento, sobre las cimas más altas, puede oírse el silbido a cuatro kilómetros a la redonda. Si las distancias son muy grandes, el mensaje, al igual que en el teléfono descompuesto (bueno, esperemos que el contenido no se deforme) es trasmitido de un pastor al siguiente, hasta llegar al otro extremo de la cadena.

Esta forma de comunicarse es tan particular que la dirección de Patrimonio Histórico del Gobierno de Canarias quiere lograr que la UNESCO declare al silbo gomero "Obra Maestra del Patrimonio Inmaterial y Oral del a Humanidad".

Difícil imaginarse que se pueda mantener una conversación a través de silbidos, ¿no? La realidad es que en esa pequeña isla este tipo de lenguaje se ha trasmitido de padres a hijos al mismo tiempo que se les enseñaba a hablar.

Hoy en día el silbo gomero se enseña obligatoriamente en las escuelas y aunque quedan muy pocos silbadores, el gobierno de Canarias busca preservar este tesoro teniendo en cuenta no sólo su valor social y antropológico, sino también su naturaleza lingüística.

En esta página, podés (con un click) escuchar una demostración de silbo.

La foto es de este sitio, donde se explica de qué manera el cerebro reconoce al silbo gomero como un lenguaje hablado más.

Lucía Alfonso

(N. del E.: Tardamos, pero finalmente pusimos una foto de Lucía en su página de presentación.)


Lunes 28 de Marzo de 2005

Conxuro da queimada

BrujaAl noroeste de España se encuentra la región llamada Galicia. Tal vez tus abuelos o bisabuelos nacieron allí. Y tal vez te contaron sobre esos campos verdes, el mar plateado, el sol que nunca deja de brillar.

Galicia es, francamente, un lugar muy bello, cálido en verano, lleno de historia... y de historias. Es, además, una tierra de mitos, muertos que deambulan, brujas y leyendas.

En la ciudad de Santiago de Compostela hay un monte alejado del centro. Allí me dirigí una noche con un grupo de compañeros de viaje; nuestros guías nos tenían una sorpresa. Caminábamos todos juntos al borde de la ruta sin saber a dónde nos llevaban. Estábamos cansados de ir cuesta arriba. La oscuridad era casi total. (Un poco de miedo, la verdad, daba.)

De repente, los guías eligieron el lugar ideal para sentarnos en ronda y abrieron la mochila que traían. Granos de café, un recipiente de barro, una botella y un limón. Nos explicaron que lo próximo a hacer era una queimada.

La queimada es una bebida tradicional gallega a base de aguardiente y azúcar a la que se prende fuego antes de beber. Su origen se pierde en la historia. Beberla es un verdadero ritual para compartir entre varios. Durante la guerra civil española, por ejemplo, se la bebía en los campamentos de los soldados gallegos que extrañaban su tierra.

Pero lo verdaderamente especial sobre esta receta, es que, mientras se la prepara se recita un conjuro muy particular... ¿Para qué? Para hacer desaparecer todos los males del alma... y espantar a las brujas.

En esta tradición hay mucho de pagano y de misterioso. Todos sentados en la oscuridad, formando un círculo alrededor del caldero, revolviendo el brebaje.

Después de oír esta historia, uno de nosotros, ensayando su gallego, dijo: “Mouchos, coruxas, sapos e bruxas, demos, trasnos e dianhos...” Los demás, escuchamos el conjuro hasta el final y observamos cómo el líquido del recipiente ardía en llamas.

Bebimos la queimada en silencio, respetuosos y un poco asustados. Es que en Galicia, aunque algunos tengas sus dudas sobre las brujas... “habelas, hailas”.

Lucía Alfonso

Presentación

Foto de MorgueFile.com(Hoy empieza en TamTam esta nueva columna semanal. Aquí, la presentación escrita por la autora.)

Me encanta conocer personas, lugares nuevos, paisajes, culturas, leyendas, e imaginarme qué pudo haber sucedido allí. Resulta que si uno se pone a observar, pueden aparecer muchas historias a su alrededor: simples, cortas, emocionantes o no, pero el desafío, muchas veces, es hacer de una anécdota una historia que contarle a otro. Y de eso se trata esta columna.

En el barrio, la escuela, a la orilla del río, en la plaza, en el supermercado, en la pizzería, en un globo aerostático, en la mirada de otro, a la vuelta de la esquina, en otra ciudad, en el campo, en otra dimensión, en la mesita de luz, en la alacena, en un libro de recetas de cocina, en la voz de un amigo, en los recuerdos, en el diario, en bosque encantado o en el jardín de tu casa. En una canción, en la arena, en las sombras misteriosas que se forman en la oscuridad, en la web, en un cajón, en tu imaginación, en el diccionario, en la cueva del Ratón Pérez, en la peluquería, en una película, en un cuadro, en la televisión, en una línea.

(Te propongo que investigues ahí donde creés que no vas a descubrir nada... y cuando encuentres, me contás.)