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De aquí, de allá (2006)
Lunes 25 de Diciembre de 2006
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Mi familia está reunida en casa esperando a que el asado esté listo. Mientras tanto, día de reencuentros, mis primos y hermanas se ponen al día, las abuelas comentan qué lindas están las hortensias, los adultos hacen balance, las tías, guiadas por mi madre, ayudan con las ensaladas y el cachorro hace pozos por el jardín mientras relojea la parrilla, bien custodiada por mi padre, el asador.
¿Y yo? Yo estoy frente a la computadora pensando en la columna del día de mañana. Me encanta esta fecha. Cuando era más chica esperaba a Papá Noel ansiosa, mirando el techo, el jardín, revisando habitaciones para ver si lo encontraba. Nunca lo vi. Luego, cuando ya sabía el secreto, el objetivo navideño era buscar a “Papá Noel” con mis hermanas y primos menores. Ellos eran los que miraban el techo, el jardín y las habitaciones. Yo hacía de cuenta que miraba, pero sabía perfectamente dónde estaban los regalos. Mis primos y hermanas crecieron y debieron aceptar, también, la verdad. Así que ya no hay a quien hacerle creer que el trineo llega de Nueva Zelanda a Buenos Aires en diez minutos. Las cosas cambian. La gente crece. Las Navidades son distintas.
Pero la figura de Papá Noel es sinónimo de la Navidad. Desde que somos niños nos hablan de él, no nos explican casi nada, sólo que trae regalos en trineo el veinticuatro de diciembre a la noche y que sabe esconderse muy bien. Punto. Papá Noel, sin embargo, no es un invento de las tiendas de regalos. Papá Noel realmente existió y su labor merece ser conocida.
Nicolás nació en el año 310 d.C. en el seno de una familia adinerada. El pequeño era, por sobre todas las cosas, muy generoso. Era buen amigo de sus amigos y ayudaba a la gente necesitada. Nicolás vivía para ayudar a los otros. Espiaba por las ventanas, averiguaba las necesidades de cada uno de sus vecinos, y hacía todo lo posible por conseguir los que estaba faltando, fuese un pedazo de pan o monedas de oro. Pero a Nicolás le gustaba el anonimato. Entonces, muchas veces, tiraba el alimento o el dinero envuelto en pequeños paquetes por la chimenea de los hogares para no ser descubierto. Años más tarde, Nicolás se convirtió en obispo y continuó con sus obras de bien y su solidaridad. Además, se le adjudican varios milagros que lo transformaron en santo. En poco tiempo se corrió la bola de la existencia de San Nicolás y dada su obra de bien, empezó a ser considerado el patrono de todos los niños del mundo. Muchas personas comenzaron a imitarlo y a entregar regalos a los niños en Navidad para continuar con la tradición que Nicolás les había legado.
Sin embargo, tiempo después, su figura se fue perdiendo. La Navidad estaba asociada a la entrega de regalos, pero la figura de Nicolás había desaparecido. Hasta que a mitad del siglo veinte, una conocida marca de gaseosas, intentando por todos los medios imponer su marca en el mercado, rescató al personaje de las tinieblas y promocionó sus productos apoyada en esa imagen. Tan exitosa fue la idea, que la empresa alteró un poco el verdadero rostro de Nicolás. Empezó a representarlo con mejillas rosadas, cara simpaticona, una risa estruendosa y un atuendo abrigado que combinara con los colores de la marca de gaseosas. Gracias a la magia de la televisión, la figura de Nicolás se expandió por todo el mundo hasta transformarse en todo un símbolo de la Navidad.
Chin chín y salud para vos, querido lector.
Lucía Alfonso
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Lunes 11 de Diciembre de 2006
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Esta bien podría ser una historia de telenovela. Otra más, de esas que noche tras noche o tarde tras tarde, suman puntos y puntos de rating gracias al talento actoral y un guión de primerísimo nivel.
A fuerza de una producción muy ambiciosa y una gran inversión, varios barcos provenientes (en teoría, claro) de España llegan al puerto de Buenos Aires (gracias a la amable gente del puerto que prestó la locación para hacer la toma). Un grupo es españoles llega tras un largo viaje (para lograr la sensación de que el viaje duró varios meses se recurrió a técnicas de maquillaje y extensiones en el cabello de los actores) a Corrientes. Allí, por primera vez, la cámara toma en detalle el rostro de la protagonista: la hija de un colono que venía a instalarse al Nuevo Mundo. La joven tenía la piel clara y los ojos de color azul intenso (casting de por medio).
Un grupo de jesuitas se dedicaban a enseñar la palabra de Dios y las artes de la agricultura a los guaraníes de la zona, y rápidamente, ella, que era una chica adinerada pero valiente y desafiante, también empezó a enseñar catequesis a un grupito de niños guaraníes. Un día, mientras paseaba por ahí con sus nuevos alumnos, vio a un joven apuesto, bronceado, cuyo cuerpo estaba tonificado porque trabajaba arando la tierra y cargando pesados troncos. (Esto no es ningún secreto: siempre rinde más un actor fanático del gimnasio y los anabólicos, que un flacucho talentoso para esta clase de papeles). Cuando sus miradas se cruzaron, una lluvia mesopotámica cayó sobre sus rostros, sus cabellos, sus ropas de época y algún que otro equipo de iluminación que hizo que el director de fotografía protestara y la toma tuviera que grabarse de nuevo. El muchacho también clavó sus ojos en la jovencita española, mientras trababa un poco los abdominales.
Durante varios capítulos, ambos se recordarán mutuamente, soñarán el uno con el otro, intentarán encontrarse sin éxito, derramarán lágrimas y suplicarán volver a verse.
A pedido del público, los enamorados se encontrarán cerca del río. Y está vez, tiene lugar uno de los eventos más importantes y ansiados de toda telenovela: el primer beso entre los protagonistas. Con música guaraní de fondo, los jóvenes se miran a los ojos durante treinta segundos mientras cientos de mariposas los rodean.
Como el tiempo en televisión es tirano, en ese mismo capítulo, se dicen mutuamente cosas hermosas y cursis y decidirán fugarse juntos. Ella deja sus vestidos elegantes para vivir como una aborigen, mientras que él, aunque no resigna su taparrabos y torso desnudo ni aunque hiciera cuarenta grados, será el hombre proveedor.
Todo muy lindo, hasta que el padre de ella (sí, aquel que apareció en el primer capítulo) nota que su hija ha desaparecido. La busca por todos lados, hasta que en medio de la selva encuentra una casita muy modesta pero cálida (decorada con algunos toques guaraní-minimalistas) donde la feliz pareja vivía.
Al lado del río estaba el héroe de esta historia, cargando alguna cosa pesada mientras su amada recolectaba flores por ahí. En eso, se aparece el padre con un arma de fuego y apunta al joven guaraní. (La tensión funciona en materia de rating, así que la escena continuará en el próximo capítulo).
Cuando el padre está a punto de disparar, la jovencita se interpone entre la bala y el cuerpo de su amado y cae al suelo. Sin piedad alguna, su padre, le dispara al joven, quien cae sobre ella, mientras, nuevamente, lluvia mesopotámica moja los cuerpos de los protagonistas.
Días más tarde, el padre apenado, quiere ir a ver el cuerpo de su hija, que había quedado tirado a la vera del río. Sin embargo, se encuentra con un árbol conocido como Jacarandá. Los cuerpos de los jóvenes amantes se habían trasformado: el jovencito era el árbol firme y fuerte, mientras que las hojas azules, eran los ojos de su amada que lo observaban desde alrededor.
"Dos mundos distintos, un amor más fuerte que los vientos y un par de ojos azules", dice el título de la banda sonora que, como por suerte funcionó muy bien, ya se venderá en las mejores disquerías del país.
Lucía Alfonso
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Lunes 4 de Diciembre de 2006
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Los hombres medievales eran verdaderos fanáticos de los mitos. Por eso, no dudaron en resucitar viejas historietas del Mundo Antiguo a la hora de continuar con su tradición de los relatos orales (una vez que se les acabaron los de producción nacional). Una de las criaturas favoritas de los hombres de esta época, eran las gárgolas aparecidas en Grecia. Sobre ellas, circulan dos versiones.
Bicharracos voladores, grotescos y deformados, se decía que las gárgolas eran los guardianes de los hombres en aquellos momentos donde los hombres no podían defenderse solos.
La leyenda contaba que estas criaturas dormían de día, porque de noche trabajaban. Su tarea era cuidar de los hombres mientras estos dormían, custodiando sus casas y los alrededores. Claro está que nunca nadie había visto una, pero no eran pocos los que aseguraban que las oían volar sobre los tejados. Otros, aseguraban que habían desaparecido gallinas de sus corrales y que los árboles estaban marcados con rasguños.
Las gárgolas eran, al parecer, horrendas. Tenían cara de dragón, o de león, o de perro, o de serpiente... o directamente eran una mezcla de dragón, león, perro y serpiente. Sus colmillos eran enormes, al igual que sus ojos colorados o violetas. Las garras parecían dignas de una águila, de no ser porque en lugar de plumas, estaban cubiertas por pelos gruesos y agrisados. Algunos dicen, en cambio, que las garras parecían manos de niño y que poseían la misma habilidad y suavidad que los humanos para tomar objetos. El sonido que emitían no se parecía a ninguno conocido. No era un maullido ni un ladrido... más bien parecía el grito de una persona afónica pidiendo una taza de té caliente pero sin que se le entienda una palabra. Como su quejido era constante, al igual que su actitud aterradora, se decía que las gárgolas siempre tenían la boca abierta.
Descifrar de qué animal se trataba era, francamente, imposible. Será por eso que los artistas góticos se pusieron más que creativos cuando decidieron decorar las inmensas catedrales europeas. Bicho tan horrible, seguramente espantaría a los demonios, por eso, a modo de perro guardián, muchas de ellas fueron talladas en piedra y colocadas en lo alto de los templos.
La otra versión es, sin duda, más pragmática. Las gárgolas, simplemente, eran utilizadas como desagües decorados para expulsar el agua de lluvia que entraba a los edificios. No es casualidad, claro, que la palabra gárgola, derivada del francés, signifique “garganta” o “gran escupitajo”.
Lucía Alfonso
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Lunes 13 de Noviembre de 2006
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Te propongo un ejercicio: inventate tu propia ciudad. Eso sí, nada de rascacielos de cristal, autopistas a mil metros de altura, camas elásticas en las escuelas y vacaciones todo el año. Para armar tu propia ciudad es necesario que utilices los ingredientes que te propongo. Es como la receta de la abuela: la torta más deliciosa creada con la medida justa de los ingredientes más simples.
- Elegí con delicadeza un lugar en el mapa.
- Tomá millones de litros de agua y colocalos en una superficie algo profunda, creando un mar pequeño.
- Al costado, comenzarás a construir la ciudad.
- Agregá arena a gusto.
- Añadile murallones de piedra (no temas excederte, este ingrediente le aporta firmeza a la preparación).
- Tallá, ahora, la piedra creando edificios imponentes. Sé creativo.
- -Condimentá con personajes varios.
¡Y listo!
Así de fácil creaste una ciudad a piaccere. La experiencia debe haber sido gratificante porque, claro, inventarse toda una estructura con tan pocos materiales ha debido ser todo un desafío. Confío en que lograste resolver la cuestión con creatividad y que el resultado debe ser sorprendente... y único. Una ciudad enteramentede piedra en el siglo veintiuno es toda una originalidad... o no tanto.
Escondida en medio del desierto jordano, Petra es conocida como la ciudad de piedra. Si bien Jordania es una nación cuyo origen es reciente, el territorio que ocupa es antiquisimo, además de tener una gran riqueza histórica, arqueológica y religiosa.
A la ciudad de Petra se accede atravesando un pasadizo muy fino entre dos paredes rocosas. Tanto escondite secreto, se debe a que este lugar ha servido como refugio para algunos nómades que cruzaban el desierto y estas paredes tan altas oficiaban de muro protector.
Todas las edificaciones de Petra están talladas en roca. Desde tumbas hasta un anfiteatro, cada construcción tiene detalles estratégicamente pensados. Puertas, columnas, ventanas y esculturas están prolijamente talladas en la piedra virgen y rugosa. Es contraste, realmente, impresiona y transforma a esta ciudad en un monumentos sorprendente.
El edificio más imponente, seguramente sea lo que se conoce como El Tesoro, un edificio de más de cuarenta metros de alto que data del primer siglo antes de Cristo.
Petra fue hogar de los nabateos, un pueblo de origen árabe que, influenciado por persas y griegos, diseñó la ciudad a fuerza de tallado y esculpido.
Pero no sólo hay que imaginar a los nabateos como un grupo de arquitectos dedicados y creativos. Este pueblo desarrolló toda una obra de ingeniería que logró abastecer con agua a muchas de la ciudades de la zona, lo cual es todo un mérito, dado la sequía natural del lugar.
Petra es inagotable. Cada metro recorrido tiene siglos de historia, cultura y belleza. Y además, es una clara muestra de que el hombre es capaz de creaciones magníficas y acciones nobles.
(De todos modos, no me caben dudas: la ciudad que creaste, debe ser igual o aún más maravillosa.)
Lucía Alfonso
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Lunes 23 de Octubre de 2006
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Galicia es uno de los lugares más bellos que conozco, y como buena devota de su cultura y sus paisajes, aquí te va otra historia sobre esta tierra sin límite.
¿Sin límite? Justamente, hoy te voy a contar sobre el fin del mundo que, casualmente, queda en Galicia.
En el noroeste de Galicia, España, a ciento diez kilómetros de la ciudad más importante y típica gallega, se encuentra Finis Terrae (en gallego), conocida en otras partes del mundo como Finisterre.
Sabido es que pasaron muchos siglos hasta que alguien sugirió que la Tierra era redonda y que no estaba apoyada sobre cuatro gigantescas tortugas. Pero muchos años antes de este descubrimiento, pensadores y eruditos y viajantes estaban seguros de que, por pura lógica, debía existir un lugar donde la tierra, al igual que una hoja de papel, llegara a su fin y uno... se cayera vaya a saber a dónde. Parece que un día, tropas romanas llegaron a esta costa y quedaron sumamente impresionados por este lugar, sus vientos, sus acantilados rústicos e imponentes y la belleza de la puesta del sol. Por ese entonces la búsqueda del fin del territorio desolaba a algunos, y aquellos que llegaron hasta allí, no tuvieron dudas: ese era el sitio donde terminaba el mundo. Inmediatamente, Finisterre se convirtió en un lugar rodeado de misticismo.
Resulta que la idea de que la tierra era redonda se popularizó bastante. Y gracias a los libros y a Internet, hoy sabemos que aquello de las cuatro tortugas es poco más que un disparate. El mundo no termina allí donde termina la costa gallega, y por ende, Finisterre podría ser considerado “un lugar más”. Pero no.
Y es que los gallegos, y por eso me apasiona tanto su cultura, conviven con magia, leyendas, realidad, ritos paganos y cristianos. En todo encuentran misterios y significados. Tanto es así, que en el día de hoy, Finisterre conserva la misma magia que hace cientos de años.
Las noches de tormenta, los pobladores de la zona se reúnen a rezar oraciones para espantar a las meigas. Numerosas leyendas acerca de naufragios y almas parlantes existen en la zona, y es que esta costa se registra el mayor número de naufragios en territorio de España. Desde hace cientos de años, saben los marineros acerca de las dificultades de navegar por estas aguas.
Sobre la península del Monte Facho se encuentra el faro, uno de los destinos imperdibles para los turistas, porque observar el atardecer desde ahí difícilmente sea algo que se olvide. En las zonas aledañas, hay villas pesqueras en las que sus habitantes, que viven según los caprichos del mar, se levantan bien temprano y regresan cuando la marea sube por la tarde. Las callecitas y las pequeñas casas parecen parte de un sueño y conservan el encanto de los pueblos pesqueros.
Finisterre es un lugar que no debe dejar de ser visitado por todos aquellos que viajen a Galicia. Bajo los acantilados no hay tortugas gigantes, sino un mar azul y embravecido, barcas que traen a tierra firme redes llenas de pescado y un pueblo feliz de mostrarle, a quién le interese, la belleza imponente de la costa.
Lucía Alfonso
(La imagen fue tomada de esta página.)
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Lunes 16 de Octubre de 2006
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No es novedad, pero no está de más recordarte que en nuestro país hay lugar para paisajes tan diversos como hermosos. Podés encontrar altísimos picos de nieve, playas de arenas blancas, glaciares imponentes, selvas dignas de película y desiertos áridos y ventosos.
En la provincia de Corrientes hay un lugar muy escondido y poco visitado por los turistas que es simplemente deslumbrante: los esteros del Iberá.
La particular falta de turistas se debe a que, hace algunas décadas, este territorio era considerado peligroso, sólo apto para fanáticos de la aventura o personas carentes del más mínimo sentido del peligro. Pero hubo una vez un europeo valiente que, fascinado por flora y fauna del lugar, se adentró en los pantanos. Y parece que habló tantas pero tantas maravillas de los esteros, que aquellos que tuvieron ganas de escuchar, lo escucharon. Y estas mismas personas hablaron tantas pero tantas maravillas de los esteros, que otro grupo de personas se enteró de la existencia de este paraíso correntino. Y así, a través del boca a boca, al igual que pasa con las leyendas y con los chismes, la gente se fue enterando un poco más. Sin embargo, el mito fue más fuerte.
Los esteros del Iberá son el segundo humedal más grande de Sudamérica, con una extensión de 1.300.000 hectáreas. Los humedales están formados por bañados, esteros y lagunas de agua estancada (¡pero limpia!) cuya profundidad es de entre uno y cuatro metros. El agua está cubierta por plantas acuáticas (camalotes, por ejemplo) que forman pequeñas islas flotantes. Algunas son tan firmes que se puede caminar sobre ellas.
Para disfrutar de los esteros es necesario embarcarse en una lancha que pasea a los visitantes por los canales de agua brillante (que en guaraní se dice “iberá”). Los yacarés se asolean tranquilamente cuando el bote pasa a su lado en una extraña mezcla entre exhibicionismo descarado e indiferencia. Los carpinchos caminan por la zona haciendo gala de su enorme dentadura y los pájaros sobrevuelan los botes con acrobacias varias.
Quizá aquello que más llama la atención a los bichos de ciudad, son, justamente, los bichos de los esteros: nidos de arañas gigantes, garzas, peces buenitos y pirañas que se ven a través del agua clara, cigüeñas que no llevan niños, ciervos de los pantanos, carpinchos de gran tamaño y plantas verdes de todos los verdes.
Hace cerca de cien años, el dueño de unas tierras de la zona las vendió a los colonos, quienes se instalaron ahí y dieron origen a la actual ciudad de Carlos Pellegrini. Allí viven en la actualidad seiscientas personas, de las cuales sólo doscientos son adultos. Viven de la ganadería y de los cultivos; no tienen ni gas ni luz eléctrica. Otro dato importante y curioso de la región (que ganaría, seguramente, algunos fóbicos pobladores) es que allí las parejas no se casan, sino que se juntan. No existe el casamiento.
Tiempo atrás estas tierras estaban aisladas de las ciudades de la zona y, además, rodeadas de agua. Por eso los colonos debían cruzar en una balsa a remo tirada por bueyes. En la actualidad, hay un puente que permite cruzar sin mojarse.
En los esteros del Iberá, la naturaleza se despliega en todo su esplendor. Aventurarse en los esteros es sentirse un explorador en la selva más salvaje. Y ahí no hay mito que valga. Los yacarés no muerden y los guías reman despacito para que se pueda apreciar el paisaje y el bellísimo atardecer. Ni siquiera el bicho más citadino debería perderse semejante maravilla natural.
Lucía Alfonso
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Lunes 9 de Octubre de 2006
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Llegué a Merlo, San Luis, con la idea fija. El parque nacional Sierra de las Quijadas era un objetivo "imperdible", "fantástico", "indescriptible" según todos mis allegados que no dejaron de darme consejos cuando se enteraron de mi viaje hacia el lugar del Tercer Microclima del Mundo.
Casi tres horas de viaje sobre rutas asfaltadas y caminos de ripio y un par de carteles me indicaron que estaba llegando al Parque. Me desperté definitivamente, ordene un poco mi cabellera y mi atuendo para parecer, cuanto menos, presentable; guarde mi almohadita de viaje en la mochila y fijé la vista en el camino. Minutos más tarde llegamos al tan "imperdible", "fantástico" e "indescriptible" Parque señalizado con un correcto aunque austero cartel.
Me habían llenado la cabeza. (Y eso que yo me vanaglorio de mi capacidad de pensar en forma independiente de las ultimas tendencias y del mundo en general... pero definitivamente, me había dejado influenciar al grito pelado de "¡es como un mini Gran Cañón del Colorado!". Lo único que veía era tierra seca y rojiza, poco pasto, algunos pajaritos de simpáticos colores, un guía vaqueano y otros cinco turistas que también intentaban ver la semejanza del lugar con el Gran Cañón al igual que cuando uno intenta encontrarle forma racional a las nubes.
El guía, Luis, nos hizo las únicas preguntas de rigor: "¿llevan agua?"; "¿llevan cámara de fotos?". Todos contestamos que sí, y parece que eso bastó, porque inmediatamente comenzamos a dar los primeros pasos de una caminata que duraría seis horas.
El suelo era muy árido. Los casi treinta grados centígrados se sentían pese a la falta de humedad en el aire, esa que tanto maldecimos los porteños. Era la una del mediodía y no había ni una nube.
Caminé unos metros hasta que mi corazón empezó a latir más fuerte. Comencé a descubrir aquello de lo que me habían hablado en Buenos Aires. Vi como el suelo se hundía delante de mis ojos dejando al descubierto un deslumbrante paisaje. Un paisaje como jamás había visto antes.
Un gran anfiteatro rodeado por paredes irregulares y rojizas de piedra. El viento y el agua han erosionado durante millones de años el terreno, dándole una forma particular, imprevisible y a la vez hermosamente majestuosa.
Descendí por el acantilado tomándome de aquellas cosas que podía, rocas, plantas y sobre todo haciendo equilibrio y sin quitar la vista del suelo. Si miraba hacia abajo el vértigo me invadía. Debo confesar que un par de veces me tenté, para probarme a mí misma que controlo mi temor a la altura. Bueno, la verdad es que controlarlo se hacía difícil. Llegamos al antiguo cause del río luego de bajar un kilómetro y medio. De agua, ni rastro; sólo tierra sequísima y algunas plantas espinosas.
El Parque Nacional Sierra de las Quijadas tiene una superficie ciento cincuenta mil hectáreas conformadas por una serie de formaciones rocosas con una antigüedad de ciento veinte millones de años.
La erosión talló quebradas, riscos, peñascos y valles. Al igual que en otros lugares de la provincia de San Luis, en Sierra de las Quijadas se encontraron huellas de dinosaurios y plantas petrificadas. El lema de los guías y guardaparques podría traducirse en "prohibido tocar". Dada la importancia desde el punto de vista paleontológico del lugar, pero sobre todo para protegerlo, no esta permitido llevarse ni piedras de colores, ni escribir sobre un risco ni, por supuesto, espantar animales y tirar basura. Tanto las personas que viven en las zonas aledañas al Parque, como muchos de los miembros de la Universidad de San Luis, guardaparques y turistas, cuidan el terreno y procuran que se preserve en forma natural y cuidan que, de ser posible, cada vez sea menor la cantidad de visitantes a las Sierras. ¿El motivo? Los pasos de los turistas también erosionan el suelo.
La caminata de cinco horas fue una verdadera aventura. Me sentía una arqueóloga o algo semejante adentrándome en la inmensidad del terreno virgen. Inventándome cuevas y rincones llenos de secretos; administrando el agua que llevaba en la botella para no pasar sed, disfrutando del atardecer con un poco de miedo a que oscureciese y quedarnos en medio de las piedras. (Luis, de todos modos, jamás nos abandonaría allí.) Las paredes de cientos de metros se alzaban al costado del valle y el paisaje era de una belleza sorprendente. A cada paso aparecían nuevas formas entre las rocas, vegetación distinta, huecos donde esconderse, formas extrañísimas y algún que otro animalito que se animaba a acercarse a los turistas. El calor se hacía sentir, al igual que la sed; y el sol pegaba fuerte entre las sierras. Debido a la sequía, algunas rocas que forman las paredes amenazan con desprenderse, por eso solo pudimos caminar por algunos sectores. A las cinco de la tarde emprendimos el camino de regreso escalando todos aquellos metros que habíamos descendido cinco horas antes. Poco a poco, con paciencia y descansando entre los tramos, llegamos a la cima agotados y sedientos, con la piel curtida por el sol y las piernas entumecidas de tanto caminar y sintiéndonos unos verdaderos triunfadores.
Esa tarde volví a Merlo por la misma ruta y el mismo camino de ripio, dejando atrás uno de los lugares mas bellos que he visto, y sabiendo que a pocos pasos del cartel que indica la bienvenida, aparece el maravilloso, fantástico e indescriptible paisaje de Sierra de las Quijadas.
Lucía Alfonso
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Lunes 25 de Septiembre de 2006
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Había hace muchos años una zona especialmente fértil en el actual territorio de Bolivia. Allí los hombres vivían felices y tranquilos, seguros de que jamás les faltaría alimento, sol o fuertes lluvias para saciar la sed de su tierra. Todo se encontraba en perfecto equilibrio natural.
Suele pasar que cuando las cosas funcionan bien, no hay lugar para el odio ni los rencores. La envidia, la pereza, la maldad y otras bajezas humanas no existían en este valle. El funcionamiento de la comunidad era armonioso y ordenado porque los hombres obedecían el único mandato que habían recibido de los dioses que cuidaban las montañas: no subir hasta aquellas donde ardía el Fuego Sagrado.
Cada uno de los dioses se ocupaba de algo. Algunos cuidaban de los árboles, otros del aire y otros de la tierra y todos, a su vez, obedecían a Inti, el Dios de Sol y el Dios supremo de la cultura Inca.
No subir a aquella montaña prohibida era una regla sencilla de respetar. Cuando aparecía la curiosidad, entre ellos mismos se recordaban que no valía la pena desafiar a los dioses y perder la paz y la tranquilidad de una vida en el valle.
Pero una vez más, como sucede en varias leyendas latinoamericanas, el espíritu del Mal, llámese como se llame, estaba aburrido y decidió intervenir. Bajo a la tierra y se dedicó a sembrar cizaña. Un poco por aquí y otro por allá, las palabras ofensivas y malintencionadas se expandieron por el aire puro y cálido del valle. Así comenzaron las charlas por lo bajo, los comentarios verdes de envidia, los chismes y todas aquellas alimañas verbales que tanto daño pueden causar cuando uno quiere que efectivamente causen daño. Los hombres empezaron a desafiarse entre ellos. Que aquel es más valiente que aquel otro; que aquel otro tiene miedo; que si no te animás vamos hacerte mala fama... fue así como crecía la discordia. Y en lugar de aferrarse a lo que cada uno creía y consideraba que estaba bien, eligieron salir a demostrarse unos a otros quién era el más corajudo; algo que, hablando con un poco de viveza, mucho sentido no tenía.
Un grupo de hombres comenzó una mañana a escalar la montaña donde ardía el fuego sagrado. Detrás de una colina aparecieron los dioses que cuidaban las montañas. Furiosos decidieron hacer pagar a los hombres tamaña desobediencia. Cientos de pumas salieron del medio de las rocas y en pocos minutos degustaron a los hombres uno por uno.
Inti observaba el espectáculo de odio y violencia desde el cielo azul. Parecía mentira que los habitantes del valle se hubieran dejado tentar por el demonio y que los dioses de las montañas, sus camaradas y amigos, hubieran reaccionado de una forma tan impiadosa. Inti hizo un esfuerzo, pero no puedo retener las lágrimas. Tanto pero tanto lloró Inti que en pocos minutos inundó el valle dando origen a un inmenso mar interno conocido en la actualidad como el Lago Titikaka.
Lucía Alfonso
(La imagen fue publicada por Claire Pouteau en Wikimedia Commons, bajo una licencia de Creative Commons)
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Lunes 11 de Septiembre de 2006
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Dicen los que saben, que el café hay que tomarlo como indican las letras que conforman la palabra. Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso.
El café tiene fanáticos alrededor del mundo, verdaderos expertos y analistas de su sabor, degustadores de granos y especialistas. Estudiantes que lo necesitan desesperadamente en sus noches de lectura, señoras paquetas que se juntan a tomarlo en una esquina ídem, conversadores con café de por medio y aquellos que creen que el día comienza luego de la primera taza.
Para aquel grupo selecto que sólo se limita a disfrutarlo de vez en cuando, he aquí el origen del café.
Para no desentonar con aquello en lo que varias culturas han acordado, puedo afirmar que el grano de café es originario de Etiopía. Un joven pastor llamado Kaldi caminaba junto a sus cabras todos los días. Las llevaba a pastar y luego regresaba a su hogar feliz de haber cumplido con su tarea. Las cabras se portaban maravillosamente bien. No se desordenaban, iban caminando juntas y si una se alejaba del grupo, las otras la convencían de que regresara. Todo era paz, tranquilidad y armonía en la armoniosa vida de Kaldi y sus cabritas. Un día como cualquier otro, en el que el sol brillaba fuerte, Kaldi se encontraba en medio del monte con sus, hasta entonces, apacibles animalitos cuando notó una conducta de lo más extraña.
Las cabritas trotaban enérgicamente, se empujaba unas a otras, hacían pogo (que viene a ser algo así como saltar todos apretujados de un lado para el otro y empujarse mutuamente) y se reían descontroladas. Kaldi las llamó y las reunió a su alrededor. Jamás había sucedido algo semejante, así que Kaldi se preguntó qué hacer. Recordó que en una oportunidad dos de sus cabras se habían peleado (nada importante, sólo que una se había puesto criticona) y para solucionarlo, había armado una especie de reunión grupal en la cual reflexionaron sobre el tema hasta encontrar la solución. Las llamó a su lado y todos se sentaron en el piso con las piernas cruzadas.
—¿Quieren contarme qué les está pasando?
Se produjo un gran silencio. Una de las cabras se miraba las pezuñas, otra jugueteaba con su pelo, las otras se hacían la distraídas y miraban las nubes. Hasta que una ensayó una respuesta.
—Perdonanos, Kaldi, creo que hoy nos descontrolamos un poco.
Como eran un grupo muy unido, Kaldi las perdonó y emprendieron el camino de regreso. Aunque la mayoría de ellas estaban en silencio, había dos cabritas que estaban en pleno ataque de risa, pero con el viento del monte, nadie lo notó.
El otro día empezó como de costumbre. Salieron todos rumbo al monte, pero al ratito, las cabras estaban dele que dele reírse y empujarse, corrían alrededor de Kaldi haciendo una coreografía ensayada y hasta acrobacias varias. No había dudas, algo estaba pasando. Kaldi las convocó nuevamente a la reunión.
—¿Cómo puede ser? ¿De qué se trata este comportamiento alborotado y descontrolado?
Las cabritas esta vez, ni siquiera disimulaban. Se reían sin parar con esa risa que hace que caigan lágrimas. Hasta que una, la misma de la vez anterior, confesó.
—Descubrimos unas frutas muy ricas en el arbusto de allá.
Kaldi se acercó al arbusto y tomó uno de los frutos colorados. Los metió en su boca, lo degustó lentamente y al ratito lo escupió. “Es horrible”.
Ya era de noche y aún seguían en medio del monte, por lo que Kaldi propuso pasar la noche allí. A pesar de que todos se acostaron, nadie logró conciliar el sueño. Ni siquiera el pastor. Seguro de que eran los mismos efectos que los frutos habían generado en las cabras, Kaldi se levantó, tomó un puñado de granos y los llevó al monasterio.
El Abad colocó los frutos en agua y los cocinó hasta crear una infusión. Kaldi y las cabras miraban el espectáculo muy concentrados. El Abad bebió un sorbo, lo degustó largo rato y luego exclamó: “Es horrible”. Su sabor era tan desagradable y amargo que el Abad arrojó la bebida y las frutas que sobraban al fuego. Instantes más tarde, las frutas se tostaron y un delicioso aroma se expandió por el Monasterio. Ingenioso a la hora de la cocina, el Abad ensayó una bebida a base del grano tostado dando origen al café.
Lucía Alfonso
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Lunes 4 de Septiembre de 2006
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Si de leyendas se trata, cómo olvidarme de ésta.
El mate es tan autóctono como Gardel, la Coca Sarli y el dogo argentino. Este fabuloso invento parece haber sido patentado hace muchísimo años por Paraguay, Argentina y Uruguay así que adjudicarse el descubrimiento se hace difícil.
Por eso, a la hora de hablar del origen de la yerba mate, creo que lo más justo, es referirse a la leyenda guaraní.
En medio de la selva misionera, vivía un matrimonio de ancianos con su joven hija. La niña era pura e inocente, además de ser dueña de una generosidad jamás antes vista. La familia no tenía nada. Vivían de la tierra y a duras penas podían hornear panes cuando había una temporada fructífera. A cientos de kilómetros, vivía la comunidad guaraní. Estaban organizados tanto social como económicamente y eran una tribu generosa y amable.
Un día la Luna y el Atardecer se paseaban por el cielo, cuando les pintó bajar a tierra firme. Se convirtieron en bellas mujeres y aterrizaron en territorio guaraní, sobre la tierra colorada y húmeda. Recorrieron la selva y se bañaron en el río durante un rato hasta que sintieron hambre. Caminaron por la zona hasta que en la oscuridad de la noche, divisaron dos ojos dorados. Un yaguareté, animal típico de la zona pareció también sorprenderse al ver a las dos mujeres caminando hacia él. La cena, habrá pensando, estaba servida.
La Luna y el Atardecer corrieron a toda velocidad esquivando ramas y yuyos, hasta que el felino logró arrinconarlas (cosa algo extraña si se tiene en cuenta las extensísimas dimensiones de la selva misionera, pero no es momento de cuestionar esta linda historia). Cuando el yaguareté ya, prácticamente, las había imaginado con una deliciosa manzana en la boca, cual porcino asado en Navidad, un indio salió de entre los árboles, luchó sin miedo con el animal y lo espantó.
El indio les hizo una seña a las mujeres, que lo siguieron. Cruzaron el río y se adentraron aún más en el bosque hasta llegar a una pequeña casa. Allí se encontraron una anciana y su joven hija, aquella pura joven sobre la que te conté al comienzo del relato. La mujer amasó unos pancitos y luego se los ofreció a sus visitantes. Allí el indio les contó que vivían alejados de la tribu porque querían mantener a su hija fuera de cualquier posible conflicto que hubiera. La querían, en pocas palabras, en una caja de cristal. Pero claro, esto había tenido su costo. La familia se había aislado. No tenía acceso a las cosechas de la tribu, no se acercaban a otras personas, y hasta casi habían olvidado el lenguaje.
Entonces, la Luna y el Atardecer decidieron hacerles un regalo. Plantaron unas semillas alrededor de la casa y dijeron: “De estas semillas nacerán unas plantitas con hojas redondas. Muélanlas y échenles agua. Estas hojas tienen el poder acercar a los amigos y alejar a la soledad”.
Dicho y hecho, las dos diosas subieron al cielo tan rápido como habían bajado. La familia esperó algunos días hasta que crecieron las plantas. El hombre las colocó en un recipiente, les agregó agua caliente y con un tronco ahuecado probó la deliciosa infusión. Así, de esta forma tan simple y tan mágica llegó a la tierra la yerba mate. Este ritual tan sencillo ha perdurado a través del tiempo hasta transformarse en símbolo de la amistad, la charla amena y la generosidad.
Lucía Alfonso
(La imagen fue tomada de esta página)
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Lunes 28 de Agosto de 2006
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La de hoy es una leyenda que llegó a mis oídos cuando estaba en la escuela primaria. En una de esas noches de campamento, sentados alrededor del fuego, vistiendo camperas que nos doblaban en tamaño y peso, uno de mis compañeros contó esta historia.
Claro, todos nos asustamos bastante y cuando el relato llegó a su fin, un coro desafinado de gritos de voces de todos los colores hizo que el fuego se apagara. O será que el fuego se apagó producto de un efecto especial planeado por los docentes que nos acompañaban en la estadía. Sea como fuere, creó la atmósfera necesaria, para que la leyenda quedara en mi cabeza hasta el día de hoy.
México es un país fascinante. Desde al guacamole y los totopos hasta Frida Kahlo y sus características cejas tan alejadas de lo que manda la moda y una buena depiladora. Las calles del DF están repletas de mariachis y chihuahuas. Y así como es sabido que si Adelita se fuera con otro, un grupo de mariachis la seguiría en un buque de guerra, los chihuahuas se han puesto de moda. Y para darse cuenta de esto, no hay que ser erudito, ni siquiera observador. Basta con mirar un rato televisión por cable para darse cuenta de las estrellas del show business nacional el internacional decoran sus grandes bolsos con mascotas inversamente proporcionales en tamaño. Se sabe, la moda no incomoda ni debe ser razonada, es por eso que llevar un perro en el bolso, parece ser tan natural como llevar las llaves. Pero dejaré este interesante debate para otro momento.
Totalmente influenciada por la publicidad y los canales subtitulados, una pequeña niña mejicana encontró en una esquina el chihuahua más hermoso que jamás hubiera visto. Luego de consultar con sus padres en la mitad de la calle, estos asintieron y aceptaron el pequeño canino.
Al llegar a su mejicanísimo hogar, el cachorro se convirtió en el nuevo miembro de la familia. Que cucha nueva, que alimento balanceado, que huesos para que juegue, que capita impermeable para que pasee sin mojarse.
Todo giraba alrededor del perrito. Al único que no le caía simpático, era al gato de la familia. El gato, seamos sinceros, se iba de paseo a la Plaza Garibaldi y no le importaba mucho lo que hicieran sus dueños. Pero eso sí: traer un perro era directamente una traición imperdonable.
Durante un par de meses el minino intentó adaptarse a la convivencia sin derecho a réplica. Se podría llegar a decir que habían logrado ser buenos vecinos. La familia se esforzaba por enseñarle algunos trucos al nuevo integrante del hogar, pero no parecían obtener resultados. No traía palitos del jardín, ni levantaba la pata para hacer pis, ni siquiera ladraba. Tenía algunos problemas de aprendizaje, al parecer.
Un día la niña y sus padres se fueron de compras al centro; los frijoles y el tomillo escaseaban, y sin tomillo, el guacamole no es lo mismo.
Cuando llegaron a su mejicanísimo hogar, los invadió el horror. La cocina estaba manchada con pelos de todos los colores. El cuerpo malherido y ensangrentado del gato yacía sobre los azulejos y sobre la mesada, el chihuahua parecía estar riendo a carcajadas. Su hocico se había alargado, al igual que su cola. Sus dientes habían mutado en enormes paletas frontales, su pelaje se había vuelto gris y opaco.
La niña y su familia no tardaron en darse cuenta: el tierno cachorro no era más que una monstruosa y enorme rata.
Lucía Alfonso
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Lunes 21 de Agosto de 2006
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Buenos Aires es una ciudad donde uno puede encontrar de todo.
Callejones para besarse como en las películas, puestos de diarios y graffitis. Jacarandás azulados, palos borrachos que parecen sobrios y colectivos monocromáticos. Artistas callejeros, intelectuales con un libro bajo el brazo, hombres que fuman en pipa y vendedores de flores. Vidrieras con tortas tentadoras, grandes amores y una bella vista al río.
Pero la ciudad esconde mucho más. Un extraño personaje sigue vagando por las calles de Flores. Eso, al menos, cuenta la leyenda.
A bordo de un barco llegó aquel enano, junto con sus compañeros de circo. Como los artistas circenses, el enano no le temía al desarraigo ni a la vida nómada, así que los viajes eran para él nada más que placenteros. El público aplaudía de pie cada vez que este señorito entraba en escena, pero el éxito duró poco. Un día, el dueño del circo lo encontró intentando comerse a un monito que era su partenaire en el show. El bicho estaba acomodado en el plato y el enano tenía la servilleta al cuello, cuando su jefe lo descubrió. No se sabe si porque la imagen le pareció horrible o por falta de compañerismo, porque si algo no está bien es comerse a los compañeros de trabajo, el dueño del circo lo echó, y el enano comenzó a vagar por la ciudad en busca de un nuevo hogar.
Se tomó el tren, se bajó en la calle Pedernera y encontró en una casa abandonada el sitio ideal para desempacar. Sacó del bolso su pequeña ropa, un vaso térmico, escarbadientes, un mantel cuadriculado y se dispuso a la nueva decoración de la casa, reutilizando los muebles rotos y apolillados del lugar.
El barrio conservó su habitual calma, hasta que una vecina empezó a hacer circular la versión de que los gatos estaban desapareciendo. Un grupo de señoras que se especializaba en alimentar, con dieta balanceada y todo, a los felinos del barrio, comenzó a investigar la cuestión. La Policía dispuso de un par de efectivos para acompañarlas, porque el tema cada vez se ponía más complicado. Flores estaba revolucionado. No había más mininos en la calle, ni tampoco en las ramas de los árboles maullando para ser rescatados por los Bomberos de la Zona. Según las estadísticas, Flores era el barrio menos poblado por los gatos porteños.
Un día de verano, el misterio se resolvió. Un chico curioso saltó la verja de la casa donde vivía el enano y lo vio en pleno ritual. Rodeado de huesos pequeños y pelos de todos los colores estaba el enano, sentado a la cabecera de la mesa, degustando el plato del día: un gatito gris y una ensalada mixta.
Horrorizado, el muchachito saltó la verja nuevamente y dio parte a la Policía. El enano nunca más apareció por el barrio. Sin embargo, dicen los vecinos que más de una vez lo han visto en las azoteas en busca de nuevos manjares.
Lucía Alfonso
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Lunes 7 de Agosto de 2006
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Fue un fin de semana frío. Ideal para quedarme en casa y dedicarme a uno de mis pasatiempos favoritos, en el que, mal que me pese, no logro destacarme tanto como me gustaría: la cocina.
El mundo de cacerolas, utensilios varios, latas de café y galletas dulces, sal, azúcar, los colores de la fruta y todos los aromas culinarios (con única excepción del coliflor), simplemente me fascina. Es así que me dispuse, delantal y todo, a transformarme por una noche, ama y señora de las hornallas.
Decidí el menú en función de aquellos víveres que había en casa y todo estaba alineado para que cocinara uno de mis platos favoritos, risotto. Una mezcla de arroz, verduritas rehogadas en manteca y queso que, simplemente, es para chuparse los dedos. Mientras mezclaba de memoria los correspondientes ingredientes para la sublime creación de este delicioso plato que aprendí a elaborar gracias a mi progenitora, revolvía el armario de las especias para dar con aquella que desde chica llama mi atención: el azafrán. Un polvito colorado que tiñe las comidas de un color amarillo que las vuelve el triple de tentadoras. O al menos, frente a mis ojos.
Y así como así, inmiscuida en mi tarea de chef para uno, decidí indagar un poco en la historia del azafrán.
El azafrán es esa especia que deriva de la flor homónima, que es violácea y cuyos estigmas son colorados. Moliendo estos estigmas, es que se obtiene el perfumado polvillo.
Esta especie aparece en escena dentro de la historia universal más o menos por el 2300 antes de Cristo. ¿El lugar? Una región conocida como Egito, ubicada, como dicen los manuales, entre el Tigris y el Eufrates. Pero este extraño polvo colorado no se utilizaba sólo como condimento para las comidas. En la Antigüedad se le daban algunos usos más extravagantes. Algunos lo utilizaban como medicina, otros lo consideraban tan preciado que realizaban rituales con él. Se dice que había un emperador que tomaba baños de agua azafranada, mientras que la mismísima Cleopatra pedía que sus vestidos fuesen teñidos con él. Además, se utilizaba para rellenar almohadones y como tintura capilar.
No hay duda de que en la actualidad, es España el sitio que uno automáticamente asocia con el azafrán de mayor calidad. La región de La Mancha es su principal productora. Pero el azafrán llegó a España en manos de los musulmanes que se apoderaron de la ciudad de Granada. Y es justamente del árabe de donde, traducción mediante, esta especia recibe su nombre, que, sin hilar muy fino, significa “amarillo”. El azafrán ha hechado raíces (también literalmente) es España. Los españoles agregan este colorante a muchas de sus comidas tradicionales, como ser la paella y cualquier plato con mariscos.
La región de La Mancha se especializa en el cultivo de azafrán, y su elevado valor reside en que se necesitan muchas de estas flores, para conseguir pocos gramos de la sustancia. Es por eso que su costo comercial es también altísimo y es conocido como “oro rojo”. El proceso de recolección de la flor del azafrán tampoco es algo sencillo: debe realizarse antes de que el sol pegue muy fuerte, de lo contrario, los finos estigmas se queman. El azafrán también es símbolo de abundancia y prosperidad, es por eso, que, aunque cueste unos euros más, en lugar de arroz, los manchegos arrojan azafrán a los recién casados.
Lucía Alfonso
(La imagen fue tomada de esta página)
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Lunes 31 de Julio de 2006
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Es bien sabido: con imaginación y talento, la mano del hombre es capaz de crear verdaderas maravillas arquitectónicas. Edificios sorprendentes, mausoleos ancestrales y construcciones míticas decoran el planeta tierra.
El norte de Francia alberga otra de estas construcciones que deslumbran a primera vista. Como salido de un cuento de hadas se halla el Monte Saint Michel.
Una colina se alza en medio de las aguas, y sobre ella, se encuentra una imponente pero sencilla Abadía construída en honor al Arcángel, quien también es conocido como el Jefe de la Milicia Celestial. San Miguel es considerado por el Catolicismo, nada más y nada menos, que el mismísimo vencedor de Satanás y quien logró expulsarlo definitivamente del Paraíso.
En la base del Monte se encuentran decenas de puestos que venden recuerdos y medallas del Arcángel y que recrean una pequeña aldea medieval. Si uno desea llegar hasta la Abadía, debe subir un sendero muy empinado y caminar junto a peregrinos provenientes de todos los rincones del mundo. La Abadía es bellísima y antigua, con vitreaux que decoran sus ventanas, escaleras de piedra, ventanas de estilo gótico y un imponente altar. Aún en la actualidad, el templo es habitado por monjes que pasan las horas rezando en absoluto silencio.
Cuenta la leyenda, que la región que hoy alberga al Monte, era un bosque espeso donde los creyentes buscaban paz espiritual. Era el lugar apropiado para la meditación y la oración. Un día el Arcángel San Miguel se le apareció a uno de los monjes y le pidió que construyera un santuario en su honor. Después de semejante encargo, el monje eligió el lugar indicado y construyó, con la ayuda de otros hombres, un templo en la parte más alta del bosque. Esta decisión resultó ser estratégica, ya que algunos años más tarde, la zona se vio azotada por un cataclismo que separó a esta región elevada del bosque del continente europeo. El Monte quedó en medio de las aguas.
Este fenómeno persiste aún el día de hoy, y es por eso que se han estipulado horarios en los que la marea baja y son aquellos los momentos en los que cientos de peregrinos deben cruzar y encaminarse hacia el Monte. Los aldeanos no dudan de advertir a aquel que se disponga a cruzar, que no son pocos aquellos fieles que han sido arrastrados por las aguas.
Lucía Alfonso
(La imagen fue tomada de este sitio)
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Lunes 24 de Julio de 2006
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Cuando uno no está en su ciudad, créanme, la extraña. Extraña ese no sé qué que cada ciudad tiene y que la hace única y diferente a las del resto del mundo. Cuando uno está lejos le agarra la nostalgia. Y cualquier cosa que tenga que ver con el lugar donde uno vive, lo hace sentir más cerca de su hogar. No importa si es una foto del obelisco o un imitador de Sandro en París; un fanático de Maradona en Bombay o un rico bife con papas fritas. En muchas ciudades del mundo encontramos pequeñas cosas que nos pueden hacer sentir más porteños que nunca.
La otra noche viví una sorprendente noche porteña... nada menos que en Buenos Aires.
La casualidad y no tanto, me acercó a una esquina de San Telmo, barrio del que sólo conocía la pintoresca Plaza Dorrego.
La noche era una de esas noches frías y la humedad porteña había desaparecido por completo, aunque el servicio meteorológico había arriesgado “lluvias” hacía algunas horas atrás.
Entré expectante al lugar donde iba a desarrollarse un show de tango y folklore. Sabía perfectamente con qué me iba a encontrar: un espectáculo divertido y atractivo, armado para aquellos que quisieran acercarse a la cultura porteña.
Como de costumbre, mal que me pese, llegué tarde. Más de cien personas provenientes de distintos puntos del globo me miraron entrar. El show estaba a punto de empezar, así que me ubiqué en una de las mesas que estaban pegaditas al escenario, cosa de que se me hiciera casi imposible levantarme hasta el final de la función.
La banda formada por un piano, un contrabajo, dos acordeones y dos violines saludó al público. A continuación, tres parejas de bailarines de tango hicieron su aparición. Los hombres eran verdaderos malevos, tangueros de alma, con gomina y un perfecto dominio del dos por cuatro. Las mujeres lucían sus medias de red y le ponían vida a sus vestidos entallados, y movimiento a los tacos brillosos.
Sonaron aquellos temas tan conocidos que uno siente que se los sabe de memoria, pero cuando llega la hora de cantarlos, no tiene ni la menor idea de qué dicen. O quizá, se sabe perfectamente la letra de Cambalache pero jamás se ha detenido a reflexionar, sobre el contexto en el que fue escrita.
Los bailarines se lucieron con esos pasos que deslumbran a los turistas, piernas que se mueven, y toda la sensualidad del tango que a mí, porteña, me parece algo tan natural como hablar castellano. Pero esa noche fue diferente. Observé detalladamente cada paso de baile sorprendida y desbordada po | |