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De aquí, de allá (2007)

Lunes 6 de Agosto de 2007

Los músicos de Bremen

Foto por Nancy O.Me encantan los cuentos de hadas, como bien pudiste leer en una de las primeras columnas que escribí. Creo que estas historias le gustan a casi todo el mundo simplemente porque todos podemos imaginarlas. Todos podemos imaginar un lobo vestido de abuela, un zapato de cristal que calza perfecto, una casa de chocolate y una manzana envenenada. La fórmula es simple y yo creo que esa es la garantía de su éxito y de su cosecha de adeptos en todos los rincones del globo. Cuando alguien quiere volver a disfrutar de esas historias busca en su biblioteca, en Internet, en el videoclub, algún ejemplar del cuento en algún soporte. Y así, desde lejos (o desde cerca, todo depende la distancia que dejes entre la tele, el libro, el monitor y tu nariz), se disfruta de la historia.

¿Y si uno quisiera vivir un poco más intensamente la historia y no ser un mero espectador? Vos me dirás que con un atuendo rojo, la capucha del rompevientos y una canasta ya se puede jugar a ser Caperucita. Y la verdad es que sí (ok, se necesitaría de algunos extras para el lobo, los árboles y el leñador). ¿Pero si te digo que hay una forma bastante mejor de vivir los cuentos de hadas? ¿Si te digo que en Alemania uno puede ir visitando los lugares donde efectivamente sucedieron las historias? Para empezar, la de hoy es mi historia favorita. Es mi historia favorita porque está involucrada una de mis ciudades favoritas: Bremen. La cosa fue más o menos así.

Resulta que un burro (de esos que caminan en cuatro patas) estaba a punto de jubilarse. Su amo le decía que era un completo inservible, y sin darle su cena del día, lo abandonó en medio de la montaña. Toda una vida dedicada al trabajo, toda una vida cargando leña y cemento, toda una vida al lado de un amo que, cuando ya no lo necesitó, lo abandonó. El burro, cansado y abatido, decidió que era momento de seguir su sueño. Muchos de sus amigos lo habían juzgado mal cuando lo contaba. Era cierto que nadie lo apoyaba, ni nadie creía que fuera capaz de lograrlo. Era algo complicado, quizá una fantasía sin posibilidades de concreción, pero siempre había tenido ganas de intentarlo. Y aunque ya era algo viejo, y hubiera sido más fácil quedarse paseando por el monte, sintió que era el momento: siempre había querido llegar a la cuidad de Bremen y convertirse en músico.

A pocas horas de comenzar su camino se encontró con un perro sucio y hambriento. Le preguntó qué le sucedía, y el can dijo que su dueño lo había dejado por ahí, porque ya era viejo y ya no cazaba patos como antes. El burro, cordialmente, lo invitó a sumarse a su camino hasta la ciudad de Bremen. “¿Y qué vamos a hacer ahí?", preguntó el perro. “Vamos a convertirnos en músicos.” El perro lo miró con cara de “este está loco”, pero se sumó.

Habían caminado algunos kilómetros más hacia el norte cuando se encontraron con una gata que buscaba comida en un tonel. La invitaron a sumarse al recorrido. La gata miró a la simpática dupla y dijo “miau” (y sí, ¿qué otra cosa iba a decir la gata?) Lo mismo, con un gallo cantor que había sido despedido de su trabajo como despertador de un zapatero. Los cuatro emprendieron el resto del camino hacia Bremen, la ciudad donde harían realidad sus sueños.

A pesar de que Bremen no quedaba nada cerca, el camino fue divertido y les permitió conocerse más. Hasta que se hicieron amigos.

Días más tarde y luego de mucho andar, vieron a lo lejos la ciudad y apuraron el paso. Llegaron a una casa y decidieron que debían pasar la noche allí. Pero adentro de la casa había un grupo de ladrones que utilizaba el lugar como guarida. Debían sacarlos de ahí. Fue entonces cuando armaron un plan. Decidieron asustarlos. La noche era tormentosa, llovía a cántaros y hacía frío, algo totalmente normal en la ciudad de Bremen, muy cercana a la costa.

El burro se plantó bien sobre la tierra. Sobre él, se paró el perro. Arriba de éste, el gato y sobre la cabeza del gato, el gallo. Los cuatro, formando una curiosa estructura zoológica, esperaron a que un relámpago los iluminara. Y justo en ese momento, cada uno de ellos empezó a hacer ruido. El asno a rebuznar, el perro a ladrar, el gato a maullar y el gallo a cantar. Claro, los ladrones se pegaron un julepe terrible. Lo que veía a través de la ventada era nada más y nada menos que un monstruo. Así que huyeron de la casa, dejando el botín sobre la mesa (no uno de estos, sino de estos otros). La casa estaba algo desarreglada, pero todos acordaron que debían poner manos a la obra para emprolijarla y quedarse a vivir allí. Así fue como estos cuatro personajes llegaron a la ciudad y tiempo después cumplieron su sueño: se convirtieron en músicos hechos y derechos.

Es por eso que me gusta este cuento. Porque habla del trabajo en equipo y de seguir los propios sueños, lo que a uno le dicta el corazón, aunque parezca inalcanzable.

Si uno tiene ganas, sólo tiene que visitar Bremen y empaparse de esta historia. El monumento que recuerda a los cuatro valientes te dará la bienvenida a esta maravillosa ciudad.

Lucía Alfonso

(Foto por Nancy O., publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)


Lunes 23 de Julio de 2007

Construyendo castillos

castellers.jpgNeuschwanstein, Braemar, el de Dublín, el ScotneyVersalles. Estos son sólo algunos de los miles de castillos creados por el hombre. Edificaciones donde todos los saberes que a lo arquitectónico refieren posibilitan su estructura, estabilidad y belleza.

Una de las características de los castillos es que deben poseer una torre habitable. ¿Que quiere decir esto? Que el punto más alto de la construcción pueda albergar una persona. Y que estén construidos en piedra. Claro, hay castillos de otros materiales como madera y mármol. Están los castillos de arena (exclusivos para románticos), los de chocolate (si algún maestro de la cocina se inspira adecuadamente); a mí hasta me han regalado un castillo hecho con galletitas de miel. Y también están los castillos... hechos con humanos. No, no se trata de una película de terror clase B ni nada por el estilo. Se trata más bien de una manifestación de la cultura catalana. En el siglo XVIII algunas de las pandillas de la zona se desafiaban a construir el castillo más alto de todos y permanecer quietos durante un buen rato. Esta práctica continúa vigente hasta el día de hoy. Los participantes son verdaderos especialistas que practican, se reúnen y hasta ¡organizan congresos.

Desde el mes de agosto y hasta noviembre es posible que la ciudad de Barcelona se pueble de castillos humanos. Aunque suele asociarse este tradicional evento al carnaval, parece que la costumbre de levantar castillos se está volviendo algo un poco más común (como si fuera tan fácil). Generalmente el acontecimiento se desarrolla en la Plaza Sant Jaume. Cientos de vecinos y turistas acuden al sitio para observar una nueva proeza. El meollo de la cuestión es lograr construir una torre humana de varios metros de altura .

El espectáculo comienza cuando un grupo forma un círculo y se toman los unos a los otros de los hombros, construyendo así la base. Ellos soportarán todo el peso y serán los responsables de la estabilidad del asunto. Si no se mantienen juntos, es posible que la estructura se desmorone. Sobre ellos, otro grupo de castellers le dará nuevamente altura a la estructura. Estos deben mantenerse unidos pero sin olvidar que precisan de los de abajo para sostenerse. Luego, nuevos ladrillos humanos se ubicarán sobre ellos y bajo la misma consigna. Y así, algunos pisos más. Luego, de a parejas, se van construyendo uno a uno los pisos de la torre. Finalmente y para coronar el triunfo del desafío encarado, un hábil (y valiente) niño escalará la torre hasta llegar a la cima y saludar victorioso a la multitud.

Cuando esto sucede, todos aplauden (todos, menos los de la torre, por obvias cuestiones), cantan, sacan fotos, lloran de emoción, piden autógrafos, huyen porque les da vértigo, comen paella y alguno que otro se pregunta en silencio qué pasaría si le hace cosquillas abajo del brazo a uno de los “ladrillos”. El espectáculo es sorprendente.

Los castells de Barcelona son una tradición particular, que tiene tanto de delirio como de racional. Quizá lo más importante y aquello por lo que tanto me gusta esta costumbre es porque es sumamente ilustrativa. Lo que garantiza el éxito del desafío es el trabajo en equipo, la confianza en el otro, en uno mismo y la solidaridad. Como en casi todo lo que uno emprende (aunque no se parezca mucho a construir un castillo humano.)

Lucía Alfonso

(Foto por Pedro López, publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)


Lunes 16 de Julio de 2007

El arte de (des)hacer el nudo

corbata.jpgSobre gustos no hay nada escrito, pero el arte de la elegancia, dirán los entendidos, es uno solo. Levantar el dedito pequeño cuando se toma una taza de té, colocar la servilleta sobre la falda y evitar por sobre todas las cosas el uso (aunque sea disimulado) de escarbadientes, son detalles ineludibles a la hora de una cena con la realeza, potencial jefe o conquista de turno.

Algunas prendas de vestir son sinónimo de clase y elegancia. La galera, los guantes de seda, la peineta y el miriñaque tuvieron sus épocas de gloria.

El género femenino tiende a sentirse en desventaja, producto de las múltiples artimañas que debe tener en cuenta a la hora de la producción: desde el rizador de cabello hasta el aparatito que curva las pestañas. Las quejas tienen cara de mujer, y los hombres disfrutan sin disimulo de las ventajas de su género. Todo esto, hasta que llega el momento de la corbata. Los hombres son capaces de gambetas increíbles, levantar a su dama en brazos, hacer arrancar un auto descompuesto con un solo toque... ¡hasta llorar por amor! Pero lo de la corbata... eso es otra cosa.

En el día de hoy, la columna va dedicada a todos aquellos que algún día deberán pasar por el desafiante reto de hacerse el nudo. Esto requiere de una técnica especializada que incluye habilidad con las manos y el poder mirarse al espejo y no confundir la izquierda con la derecha, el delante con el detrás, el arriba con el abajo y todas las trampas producidas por el sentido de la vista.

¡Los hombres eran tan felices antes de la corbata! A continuación, datos para saber a quién echarle la culpa.

Algunas imágenes que datan del Imperio Romano muestran a artistas y poetas con un pedazo de tela colgando del cuello. Los egipcios que tenían cientos de secretos de belleza (algunos de lo más dolorosos) también solían adornarse con un retazo de tela de color.

Pero hace no tantos años, el ejército de Croacia se enfrentó en combate con el ejército turco y utilizaron como distintivo un pañuelo de color atado al cuello. Luego de la contienda, los soldados llegaron a Francia y se pasearon por las calles así como venían. Nada de cambiarse el atuendo, ya que en aquella época, hasta las personas más ricas podían llegar a poseer, como mucho, tres vestidos diferentes. Así que con el uniforme de batalla, esta gente caminaba las calles parisinas hasta que Luis XVI los vio. Y es a él, querido lector, a quien debés el origen de semejante artilugio. Luis XVI fue el primer fashion-victim de la historia moderna. Era algo caprichoso, fanático de la estética, la moda y la distinción. Segundos tardaron sus asistentes personales en transmitir a sus asistentes personales el nuevo antojito del jefe.

En poco tiempo, la corte entera llevaba un rectangulito de tela, prolijamente doblado y anudado. Se le dio el nombre de “cravette” que quiere decir nada más y nada menos que “croata”. Poco tiempo después, la primera consonante del abecedario hizo la diferencia.

Lucía Alfonso

Lunes 2 de Julio de 2007

Siurana

Foto por Barbara Dieu, bajo una licencia de Creative CommonsEsta es otra historia de novela, o mejor dicho, una miniserie que bien podríamos ver en televisión. Pero esta vez, nada de horario de la tarde. Es para un público más adulto y menos sensible, ya que contiene escenas de violencia y efectos especiales. La historia está basada en una leyenda de la región de Catalunya.

Todo ocurre en lo alto de una zona pedregosa y empinada en el territorio de Tarragona, España (aunque se puede grabar en cualquier lugar donde haya un poquito de altura, lo importante es que la superficie sea rocosa). En el peñasco más alto hay un castillo enorme, que con sus murallas protege a toda la población musulmana que ha quedado resistiendo en España frente al avance de los cristianos: Siurana (así se llama el lugar del que hablamos y que también es el título de la novela). Este era un lugar clave, como símbolo y estratégicamente.

Los cristianos escalarán hasta la cima en diferentes capítulos y siempre se darán por rendidos antes de llegar, salvo en una oportunidad en la que el protagonista (moreno, apuesto, con barba de tres días y lookeado para la ocasión) llegará a la cima al atardecer (la iluminación natural ayuda mucho a crear el clima) pero se encontrará con las puertas del castillo... ¡cerradas! (y será uno de los momentos de mayor tensión del envío).

Gracias a la ayuda de un traidor (encarnado por un actor reconocido que hará sólo esa pequeña participación, dando a la serie prestigio internacional, con la intención de venderla en el mercado europeo), los cristianos (comandados por el buen mozo) ingresarán a la fortaleza y a fuerza de extras y dobles de riesgo, destruirán a la población en pocas tomas.

Al mismo tiempo y gracias al montaje, dentro de uno de los salones, la reina de Siurana estará de juerga con la crème de la crème de la sociedad (y ahí, la producción deberá invertir unos buenos mangos para recrear el clima de la época). De repente (escena que marcará el final de ese capítulo) una flecha romperá el vidrio de una de las ventanas y se clavará en la mesa, justo delante de donde estará sentada la protagonista. Un primer plano ilustrará que la reina ya advirtió lo que ocurre.

En el capítulo siguiente, esta escena se repetirá (para los espectadores que se la hayan perdido). Acto seguido, la reina se subirá a un caballo (meses de entrenamiento en equitación, ya que la actriz confesó a revistas del corazón que "siempre tuve terror a los caballos, pero lo tomé como un desafío actoral") y se dirigirá a un precipicio. Luego de otro primer plano de la bella protagonista, el caballo saltará al vacío. Un plano detalle mostrará el instante en el que la herradura del corcel se clava en la roca, dejando así una marca sobre el peñasco. Marca que se encuentra en lo que es conocido como “Salto de la reina mora” en Siurana, un lugar de gran atractivo para turistas y escaladores, pero que para título de novela, quedaba un poco largo.

Lucía Alfonso

(Foto por Barbara Dieu, publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)


Lunes 25 de Junio de 2007

Palabras más, palabras menos

palabramas.jpgLas palabras tienen una historia. Un origen histórico y geográfico que se ubica en algún lugar del mapa y de la línea de tiempo. Pero además hay un gran componente cultural. Porque no es lo mismo si a una palabra se la sitúa en un contexto diferente. Como mi objetivo es brindar asistencia a la comunidad, te paso algunos orígenes de algunas palabras... para que sepas (básicamente) qué es lo que estás diciendo.

¿Cómo se llama a las chicas que arman carpas frente a los hoteles internacionales cuando viene a nuestro país algún cantante bronceado y latino? La respuesta es “fans”. Esta palabra tiene su origen en “fanum” que significa “templo”. En el templo se adora a los dioses. De ahí surge la denominación para estas devotas de San Cantante Romántico.

Los primeros mercaderes y prestamistas de dinero, solían elegir las plazas públicas de la ciudad para realizar sus transacciones (cosa bastante extraña hoy en día). Cuando se quedaban sin dinero (producto, las más de las veces, de malos negocios, cuando no negocios turbios), el Estado se dirigía al banco de la plaza donde el prestamista solía sentarse y lo rompía. De ahí que cuando no se tiene un mango, se está en bancarrota.

Si sos jugador de ajedrez, o alguna vez has tenido el placer de, aunque sea, contemplar una partida, habrás visto un movimiento algo extraño: el Rey pasa al lugar de la torre y la torre al del Rey. Esta jugada se llama enroque y proviene del antiguo nombre de la torre que era Roque. (Sí, Roque, como el diariero de mi barrio).

El reproche, consiste básicamente en reclamarle a otro por algo que no ha hecho/ha hecho mal/no lo ha hecho como nosotros pretendemos. ¿De dónde viene esta palabra? De una francesa que quiere decir “hacer ver” o “hacer visible”.

El origen de la palabra recular es bastante sencilla. Quiere decir "ir hacia atrás". Podés usar tu imaginación teniendo en cuenta la distribución de las partes corporales.

No es nada lindo que la esposa de uno ande a los besos con otro. A este pobre señor se lo suele llamar cornudo. Esto se debe a que hace cientos de años, los nobles más poderosos elegían a sus amantes caprichosamente. No les importaba mucho si eran casadas o no. La cuestión es que mientras andaba a los besos y para que nadie osara interrumpirlo, el señor con título nobiliario decoraba la puerta del hogar de la dama con una imponente cornamenta de algún animal. Así de simple.

Lucía Alfonso

Lunes 18 de Junio de 2007

Música para los oídos

fonografo.jpgA la mayoría de nosotros, hijos de la Era de Internet, el mp3, la hamaca paraguaya y la maravillosa máquina de café expresso de uso hogareño, algunos inventos que han tenido como consecuencia un gran revuelo social, fortuna personal y llanto envidioso en el pasado, hoy en día pueden causarnos cualquier cosa, menos sorpresa. No es mi intención ponerme nostálgica, pero hay un autor que lo ha dicho: “ya está todo inventado”.

Siempre he creído que uno de los mejores atributos de una persona es la curiosidad. Y yo estoy orgullosa de poseerlo. Si todo ya está inventado... ¿qué tal sumergirnos en el origen de esos inventos?

Dicen que para entender el presente no hay nada mejor que estudiar la historia. Y a modo de protesta frente a las cadenas televisivas que pretenden inundar nuestras mentes con los videoclips hiperkinéticos, hoy hablaremos del primer aparato que permitió reproducir sonido grabado: el fonógrafo.

Tenemos que imaginarnos a señores de anteojos, pelos revueltos conviviendo con tuercas y tornillos (flojos), libros con diagramas y muchos pedacitos de metal. La ciencia y la técnica demostraban día a día que sobre la base de la experimentación, la habilidad y el conocimiento el hombre era capaz de grandes cosas. Los científicos e inventores buscaban y buscaban hasta dar en la tecla y desarrollar algún aparato que les diera prestigio, dinero y les permitiera distinguirse de los demás. Era prácticamente una cuestión de tiempo: el que primero lograra el objetivo se haría acreedor del gran premio, reservarse algunas líneas en las enciclopedias de años más tarde y con suerte, algún dinerito por parte del Estado. Es así que cada inventor, con sus pelos despeinados, su ayudante (que muy posiblemente robaría sus ideas y las patentaría por su lado, cosa que estaba muy de moda), su lápiz y las ratas del laboratorio se rompían la cabeza pensando en crear una nueva máquina que hiciera furor.

La inquietud por reproducir sonido desvelaba a un gran número de inventores en la soledad de sus laboratorios. Durante varios años en diferentes lugares del mundo parecía que la máquina se había inventado, pero no. Fue el famoso Edison el primero en diseñarla. Era maravillosa. ¡Podía grabar sonido y luego reproducirlo! Imagínenselo. Un verdadero milagro. (Si sos de los que también se quedaron mudos al ver las primeras fotos tomadas con cámara digital, entenderás la sensación de estos burgueses de traje.)

La cuestión es que Edison se hacía el guapo. Y habría que perdonárselo porque, después de todo, había sido el primero. Estaba chocho con el aparato y veía en el mil virtudes y cientos de usos diversos. Y los enumeró. Podía funcionar como dictador de textos, para grabar conciertos, para repasar lo estudiado, para grabar y ensayar un discurso, probar tonos de voz, grabar sonidos casuales y hasta para probarse como cantante. Era un invento insuperable, complejo, de gran utilidad para los oficinistas y hombres de negocios, era el invento del siglo, seguramente revolucionaría la industria y los negocios, ¡era perfecto!

Sin embargo, no tuvo mucho éxito.

Fue a otro inventor al que se le ocurrió que el fonógrafo podría servir, quizá (no estaba muy seguro), para algo muy poco usual, algo extraño, algo que tal vez fuera un poco tonto, que no tendría mucho sentido, que era catalogado de delirante, poco útil y al divino botón: escuchar música en el hogar.

A los pocos días de patentado este nuevo invento, el uso del reproductor de sonido se extendió a la población convirtiéndose en un mueble más dentro de la casa alrededor del cual se reunía la familia para disfrutar de algunos compases.

Lucía Alfonso

(La imagen proviene de la Wikipedia.)


Lunes 4 de Junio de 2007

Canta y no llores (porque cantando se alegran los corazones)

mariachi.jpgUna breve enumeració de tipicidades típicas siempre viene bien a modo de introducción para esta columna sobre la cultura mexicana. Sin repetir y sin soplar: guacamole, totopos, nachos, salsa picante, el ají de la mala palabra, Frida y Diego (o Diego y Frida, en el orden que se prefiera), Playa del Carmen, los chihuahua, los sombreros , Speedy González y el Chavo del 8.

Claro, además de ser esta una lista más que sintética y arbitraria, hay un elemento que falta.

¡El mariachi! Que aparte de ser un personaje muy pintoresco a la vista de quienes no estamos acostumbrados a que nos canten la de la chica que se va con otro, la historia de su origen es bastante particular y además, es el vocero de las canciones tradicionales mexicanas que esconden, a mi criterio, una gran sabiduría.

El mariachi es el músico popular de México. Sin embargo la música mexicana y los instrumentos utilizados para la misma son resultado de una mezcla agraciada de elementos de culturas muy diversas que, como en la mayoría de los países latinoamericanos, se encontraron conviviendo en el territorio, en este caso mexicano. Instrumentos españoles utilizados para la música religiosa, sumados a una influencia azteca y africana, con un agregado de acordes de polkas europeas, valses y rituales.

Se solía creer que la palabra “mariachi” venía del francés “mariage”, es decir matrimonio. Pero no. Parece que el origen de la palabra se le debe a una tribu indígena que, una vez evangelizada por los españoles, le dedicaban a la Virgen toda serie de cantos. Se ve que en las canciones la nombraban mucho, porque la palabra “mariachi” parece surgir de la combinación de “María” con otro término que significaría canción.

La actividad del mariachi era principalmente acompañar el baile en las fiestas mexicanas. Y aunque suele sostenerse que las tecnologías destruyen, también es cierto que posibilitan el acercamiento. Por obra y gracia de la televisión, la radio, Internet y Luismi es que gran parte de nosotros se ha logrado vincular, aunque sea un poco, con el maravilloso arte del mariachi.

Las canciones tradicionales mexicanas poseen gran simpleza en sus letras. Y es esa simpleza la que les permite contar historias de amor, porque aunque uno le dé muchas vueltas y las telenovelas nos hagan creer que es diferente, lo cierto es que el amor es algo simple, sentido, sutil y emocionante pero que llena de energía y felicidad, al igual que las canciones tradicionales de México.

Lucía Alfonso

(Foto publicada por Greg Robbins en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)


Lunes 21 de Mayo de 2007

Caminata con faroles

farolito.jpgLas fiestas hablan mucho de cómo es uno. Hay personas que disfrutan enormemente de llenar su casa de gente conocida o desconocida (dicen a todos sus amigos, “¡invitá a la gente que quieras!”), subir la música a todo volumen, bailar hasta el amanecer y levantarse de la cama con restos de papel picado en la cabeza. En el otro extremo están aquellos que no gustan de festejar nada de nada. Y en el medio nos ubicamos los que con una merienda con té y torta y la gente más querida al lado nuestro estamos chochos. Cada nación alrededor del mundo tiene sus propias fiestas tradicionales. Y como es un tema amplísimo y vasto, qué mejor que empezar... por algún lado.

Creo en la importancia del método. A esta altura ya se han ideado métodos para casi cualquier cosa. Métodos para hacer una tarta, métodos para mantener un escritorio ordenado, métodos de lectura y métodos de estudio (puf, de estos hay tantísimos y algunos son increíbles), entre otros. Como soy una persona simple recurriré al abecedario. Y como la primera letra es la “a” (por favor si esto se ha modificado no dudes, lector, en hacérmelo saber) me remitiré directamente a... Alemania. (Sí, claro, hay muchos otros países que comienzan con “a”, pero esto no es el tutti-frutti).

Cada once de noviembre se celebra en Alemania y países aledaños la tradicional fiesta de San Martín, pero no el San Martín que conocemos nosotros, el de la Avenida Libertador, el del caballo blanco y todo eso, sino un santo llamado Martín, una persona humilde y solidaria. La particularidad de esta celebración es que todos participan del festejo sin importar las creencias religiosas. Es una fiesta de la comunidad.

Los niños de la escuela primaria son los protagonistas. Con algunas semanas de anticipación y la ayuda de sus padres o maestros, cada niño elabora artesanalmente un farolito de papel. Puede parecer dificultoso pero la realidad es que con un buen cartón, pegamento, papel barrilete, creatividad, paciencia, precisión, dedicación y muchísima habilidad, se puede crear un farolito de colores. Lo único que falta es colocar una velita en el centro, un palo de madera para sostener el farol con una mano y listo.

Cuando comienza a anochecer todos los niños se agrupan en un punto de la ciudad y realizan una caminata por el barrio en el que viven mientras cantan canciones folclóricas. Las calles están iluminadas por las tenues luces de colores y las vocecitas infantiles recrean un espacio digno de un cuento de hadas. El espectáculo es realmente emocionante. Generalmente los adultos obsequian a los niños golosinas y chocolates cuando estos pasan por delante de sus casas.

Como siempre te recuerdo, no es mi idea cuestionar esta hermosa tradición ni mucho menos derribar mitos. Y no es que me quiera poner minuciosa, pero si hay algo en lo que soy experta es en atar cabos. Noviembre en Alemania coincide con la llegada del otoño. Con el otoño suele anochecer a horas más tempranas y las ciudades prenden todas sus luces para dejarse ver. Ahora, ¿será sólo cuestión de fiesta popular esto de los faroles o tendrá algo que ver con economizar la electricidad?

Lucía Alfonso

Lunes 14 de Mayo de 2007

Con un poco de azúcar

DADA_pan.jpgNo, ya lo sé. No es época ni nada que se le parezca. Es más, ya hace frío y todo. Pero viste que los antojos justamente son antojos por aquel elemento que los hace imprevisibles e inoportunos. Digamos que, en general, lo antojos ya no son lo que eran. Me parece que los antojos eran todo un evento hace tiempo, cuando en el barrio había sólo un pequeño almacén. Los hombres cuyas esposas estaban embarazadas salín en chancletas y batón a buscar por todos lados las ansiadas frutillas, cuando no magdalenas con dulce de leche, vainillas, mermelada de tomate o salchichas con mostaza. Todo esto, de madrugada. Era un verdadero drama porque además de pasear en paños menores por el barrio, había que despertar al almacenero. Y cuando alguien despertaba al almacenero... ¡ay, cuando alguien despertaba al almacenero! Eso sí que era un problema. ¿Por qué digo que lo de ahora no es tan grave? Gracias a los maxiquioscos, cuando no, las farmacias-supermercado que están abiertas las veinticuatro horas. Pero basta de asociar los antojos a las mujeres embarazadas porque todo el mundo tiene algún antojo de vez en cuando.

Convengamos que algunos antojos son más sencillos de saciar que otros. Daré algunos ejemplos. Manzana asada: fácil (más ahora con la existencia del microondas). Torta de chocolate con cubierta de banana con dulce de leche: difícil. Kiwi: depende la estación. Jugo de naranja: fácil. Licuado de frambuesa, grosella, arándanos y demás frutos del bosque: difícil. Pan dulce en otoño: ¡imposible!

Ese es justamente mi pequeño problemita: un terrible antojo de pan dulce en pleno mayo. Tengo dos planes. El primero es recorrerme todas las panaderías del barrio y aledaños. Averiguar donde viven los dueños. Ir hasta el hogar de los dueños. Despertarlos. Pedirles que me vendan uno. Salir corriendo a toda velocidad mientras me gritan de todo. El otro es usar esto como espacio terapéutico para calmas mis ansias. Siempre que uno intenta reflexionar debe hacerse la pregunta crucial. En este caso, ¿por qué me gusta tanto el pan dulce?

En los próximos renglones, encontrarás la respuesta.

Milán siempre fue una ciudad muy paqueta, así que los banquetes de los reyes eran la paquetería más paqueta. El rey de turno había organizado una cena para nobles y clérigos. Los platos más deliciosos se servirían durante la velada; los platos más deliciosas y extravagantes. La vajilla brillaba, la alfombra olía a pétalos de rosa, los ochocientos sirvientes apartaban sillas de la mesa, otros prendían velas, otros traían los platos y otros miraban de reojo a las condesas (alguna que otra les devolvía la mirada). El ambiente era muy cálido y agradable. Todos reían cortésmente, los sirvientes servían vino, el pollo humeaba y las papas con crema sabían muy bien. El rey estaba contentísimo con el éxito de su reunión. Pero el clima que se vivía en la cocina del palacio era muy distinto.

Caos, gritos, alguna que otra mala palabra en italiano (que suenan muy graciosas), humo, corridas y un gran problema: el postre se había quemado y el jefe de cocineros estaba furioso. Aquel postre tan elaborado, su especialidad, aquel que llevaba el ingrediente secreto. Ese, ese mismo postre se había quemado. El gran chef miraba a todos sus ayudantes decidiendo a quien echarle la culpa. Mientras algunos temblaban, otros tiraban ideas muy poco realizables en aquel momento por falta de ingredientes. Nada podía superar en sabor y extravagancia al postre del jefe de los cocineros.

Del fondo de la cocina se asomó un muchacho flaquito llamado Toni, que era aprendiz. "Podemos hacer un pan", dijo. "¿Un pan? ¿Un simple pan?", gritaba el jefe de los cocineros que tenía un carácter simpatiquísimo. "Un pan no es un postre. Un postre es algo dulce", decía este buen hombre como queriendo explicarle el abecé de la cocina al nuevo aprendiz. "Podríamos agregarle azúcar y listo, quedaría dulce", dijo el aprendiz, como si lo estuviera cargando. La cosa se estaba poniendo buena para todos los demás cocineros que miraban la discusión entre el maestro y el novato, y de paso se lavaban las manos literalmente y no tanto también. El jefe de los cocineros se puso rojo de ira y varios de sus empleados lo tuvieron que agarrar para evitar que echara al pobre Toni a patadas.

“No queda más que harina, algo de azúcar y unas nueces”, dijo uno por ahí. El jefe de los cocineros estaba desesperado, su carrera culinaria estaba terminada, así que antes que pasar vergüenza, decidió dejar al palacio y dejar a todos los que tenía a su cargo con toda la responsabilidad.

La idea de Toni era la única solución viable. Lo cierto es que un pan endulzado era poco más que una cargada. El pan era el alimento más simple y menos elaborado de aquella época. Pero con la ayuda de sus compañeros, Toni amasó un pan, le agregó algunas nueces y un poco de azúcar. Tímidamente lo llevo hacia la mesa del rey y esperó en silencio el veredicto. "Pobre Toni", pensaban los cocineros desde la cocina.

"Es el mejor postre que he comido jamás", dijo el rey. "¿Cuál es tu nombre?". "Toni", dijo el chico. El rey dio luego al pan, el nombre de pan de Toni. Como ya sabés, los misterios de la oralidad tienen un gran poder de trasformación, así que al poco tiempo el pan de Toni derivó en panettone, que es una forma algo más sofisticada de llamar al pan dulce.

Ah. ¿Por qué me gusta tanto el pan dulce? No tengo ni la menor idea.

Lucía Alfonso

Lunes 23 de Abril de 2007

Carteras y Co.

carteras.jpgTengo una manía desde hace años. Odio que revisen mi cartera. Y vale aclarar, esta fobia nada tiene que ver con el contenido (de turno) de la cartera (de turno). Aunque esté vacía, simplemente me molesta hasta la médula que alguien husmee. Esto sucede desde que iba al jardín con una bolsita cuadrillé que contenía un jugo de frutas en tetrabrick y un mini paquete de galletitas para la merienda a media mañana. ¿Vos creés que la maestra osaba siquiera acercarse a la bolsita, sólo distinguida de las demás por tener mi nombre cosido sobre ella? Claro que no. La tipa no se acercaba porque se ve que ya en los ojos veía mi ira. Y fue así que crecí.

Como para complicar la cosa, con el correr de mis años fui llenando mi placard con estos objetos que, además, me fascinan. Así que tengo varios modelos de varios colores: con cierre, sin cierre, con velcro, de cuero, de cuero que en realidad no es cuero, de cuero ecológico, de tela, tejidas por una amiga del alma y heredadas.

Ahí también hay todo un tema. No las presto. Sí, mi egoísmo se hace presente. Cualquiera que sea hermano mayor estará de acuerdo conmigo. Ocupar ese rol en la familia y permitirse ser egoísta es totalmente imposible. Porque nacemos con esto de que “hay que compartir”. En realidad, aquello de que “hay que compartir” nace cuando nace un hermano. Pero cuando se refiere a carteras es un tema delicado. Más bien, delicadísimo.

Un poco, entonces, acerca de las carteras, bolsos y bolsitas.

Los elementos para trasportar consigo otros elementos han existido desde que los nómades andaban sin rumbo claro en busca de un nuevo lugar para asentarse. Cada vez que se mudaban reconstruían su hogar en el nuevo territorio. Tiempo después notaron que era bastante más práctico mover las partes del hogar por separado y rearmarlas en el nuevo barrio.

Los romanos, que siempre tuvieron estilo y glamour, también las utilizaban para transportar algunas chucherías y además porque combinaban bárbaro con las túnicas.

En la Edad Media, los bolsos eran utilizados por los mensajeros que por esas épocas tenían muchísimo trabajo porque, claro, no había más competencia que las palomas. Las carteras y bolsos eran para unos pocos porque tampoco había qué llevar. Los reyes tenían sirvientes que cargaban con todo y los que no eran reyes, no tenían pertenencias. Pero más tarde un extraño movimiento empezó a sentirse en Europa. Habían aparecido los primeros comerciantes. Y con ellos, el afán de la acumulación y el gusto por el dinero. Una vez que el dinero empezó a circular era más que necesario algún elemento para cargarlo, pero sólo se utilizaban unas bolsitas atadas con un nudo.

Con el auge del trasporte, los viajeros también hicieron uso de los bolsos. La guerra, lamentablemente, es generadora de momentos de extrema creatividad (tanto negativa como positiva) y los bolsos con cierres y compartimientos hicieron su aparición.

Hasta ese momento las carteras eran para uso masculino porque las mujeres se quedaban en sus casas cocinando, bordando, tejiendo, mirando por la ventana aburridísimas. Hasta que un buen día decidieron salir a trabajar (no fue sólo una cuestión de elección, sino también de las circunstancias, que no voy a detallar en estas líneas). Y claro, las mujeres empezaron a hacer uso del famoso accesorio. Los pocos diseñadores que había en aquella época vieron un buen negocio y al poco tiempo había para todos los gustos.

Las carteras y los bolsos hablan mucho de uno. ¿O me vas a decir qué es lo mismo aquel que lleva la ropa hecha un bollo y aquel que ordena meticulosamente? ¿Y la que lleva pañuelos de papel y una birome en un bolso gigante es igual a la que en una riñonera intenta meter un elefante y algunas cosas más? Las carteras lejos están de ser un simple complemento para el vestuario. Pero eso, querido lector, quedará para otra entrega.

Lucía Alfonso

Lunes 16 de Abril de 2007

Escándalo en dos piezas

bikini.jpgSe vino el fresquete a Buenos Aires, justo en el momento en que parecía que el verano iba a extenderse hasta junio. Cuando se produce el cambio de estación, a uno le agarra una suerte de nostalgia climática que da cuenta de que es cierto aquello de que uno siempre anda mirando el jardín de al lado, que se quiere lo que no se tiene y de la Gata Flora y toda su parentela. En pleno enero, sentada en la pelopincho familiar, vaso de gaseosa con todos los hielos de la cubetera en mano, respirando el desagradable olor del efectivo espiral ahuyenta mosquitos, añoraba mi bufanda rosa. Mi bufanda rosa es una bufanda de esas que realmente pican y abrigan. Pero no sólo extrañaba mi bufanda, sino las botas, el chocolate con almendras, las estufas y la sopa. Estaba sufriendo el verdadero SICdT: Síndrome del Inconformismo Climático de Turno.

Ahora que el cielo está gris, me agarra una cosa de heroína termidora. Añoro el sol, el bronceado, comer helado, las ensaladas y que anochezca tarde. Y como el otoño se hace sentir y a mí nada logra conformarme, le dedicaré la columna de hoy a un objeto muy particular.

Toda la atmósfera es propicia para que me decida y haga una gran confesión: soy fanática de la moda. Las texturas, los colores, las combinaciones, el revival de los ochenta, los zapatos (qué gran debilidad), los bolsos, los collares, los tapaditos, las polainas, los estampados y las revistas de moda me parecen deslumbrantes. Pero hay una característica que no me hace target de las marcas: consumo ropa sólo en cantidad necesaria.

Dadas, entonces, mi pasión pasiva por la indumentaria y mi nostalgia veraniega, el tema de hoy será nada más y nada menos que el bikini.

Allá por los años cuarenta, un ingeniero mecánico muy serio y trabajador se encontró a sí mismo en un estado bastante incómodo: el del aburrimiento. Será por eso que se metió en la mercería que dirigía su madre a investigar un poco de qué se trataba todo este asunto femenino de la costura. Exploró un largo tiempo hasta que se dio cuenta de que el dedal le calzaba perfecto, así que dejó de lado las herramientas y se metió de lleno en el arte del hilo y la aguja. Luego de diseñar algunos modelos nada desmerecedores de admiración, una de sus creaciones causó furor en toda Europa y luego, se extendió a América.

Se trataba de un traje de baño en dos piezas (cosa totalmente impensable hasta aquel momento) que dejaba al descubierto el abdomen y (¡Ave María Purísima!) parte de los glúteos.

Esto, tanto a vos como a mí, criaturas posmodernas, puede parecernos una curiosidad prehistórica, dado que aunque no lo notemos en forma consciente, las imágenes de modelos, actrices e ignotas semidesnudas aparecen constantemente en los medios de comunicación, tanto o más que mujeres vestidas.

Pero volvamos al tema. Corría la década del cincuenta, y el bikini y su creador, fueron acusados de inmorales, antiestéticos, antiéticos y escandalosos. Años más tarde, la gente comenzó a darse cuenta de que un traje de baño que cubriera menos superficie corporal que el tradicional, tampoco era motivo de tanta revolución. Y como la ley del péndulo lo indica, de un día para otro, todas vestían el bikini con total naturalidad. Así, sucesivamente, hasta nuestros días.

¿El por qué del nombre “bikini” para esta nueva prenda? La historia es poco feliz. Por aquella época se realizaban las primeras pruebas de bombardeos atómicos. El lugar elegido fueron unas diminutas islas del Pacífico llamadas Bikini. El gran estallido que provocó la aparición del bikini, era comparable, según su creador, con las fuertes explosiones atómicas realizadas en las islas.

Lucía Alfonso

Lunes 9 de Abril de 2007

Jema-el-Fna

Jema-el-Fna, foto por KaliFire

La columna de hoy te trasladará hasta el norte de África, más precisamente a Marruecos. Algunos datos para ubicarte rápidamente: Marruecos está en la costa oeste del continente. La mayoría de sus habitantes son de religión islámica; se habla el idioma árabe aunque muchos dominan también el español, el inglés y el francés. El clima tiende a ser cálido de día y algo frío por las noches. La cocina marroquí es simplemente deliciosa y entre sus platos de destaca el cous-cous.

Luego de esta breve introducción, anclaré (sobre tierra) en una de las ciudades más importantes del país. El destino de hoy es Marrakech (pido disculpas al romántico empedernido que creía que se iba a leer un textito sobre la “romántica” Casablanca.

Marrakech es una ciudad, en el sentido más fino del término (es decir, nada de rubias curvilíneas), absolutamente despampanante. Las tradiciones y costumbres se filtran por todos lados y la cultura está siempre presente, aún en aquellos hoteles de cinco mil estrellas donde los falsos turistas se alojan pretendiendo, la mayoría de las veces, pasar las vacaciones “como en casa”, cenar en el horario de siempre, la comida de siempre y ver televisión en el idioma materno. Marrakech es un destino a evitar si el plan de descanso es el antes mencionado.

La cultura marroquí toda parece confluir en un mismo punto: la plaza Jema-el-Fna. Esta se fue armando de a poquito, a través de los años, pero podemos decir que existe como tal desde el año 1000 d.C. Basta imaginarse la más plena Edad Media para comprender de qué se trata Jema-el-Fna. Gente caminando por las callejuelas, animales sueltos escapando del encierro, vino, música, risa, ropas coloridas, espectáculos de lo más variados. Básicamente, así se mantiene hoy en día la plaza. Claro, habría que agregarle la luz eléctrica.

Jema-el Fna es el centro de Marrakech. Es el lugar donde todo ocurre. No sólo los turistas visitan este lugar, sino que para los habitantes de la ciudad la plaza sigue siendo, como quien dice, el plan más divertido para una salida nocturna. Cuando anochece, el lugar se transforma y se llena de puestos de comida de lo más variada, de músicos y actores, de faquires con turbante, encantadores de serpientes, brujos, curanderos, tarotistas, supermodelos, políticos en bermudas, fanáticos del té de menta, beduinos en búsqueda desesperada de un agente inmobiliario con principios, dibujantes con y sin talento, vendedores cargados de platería y artículos de cuero y mujeres regateadoras que pelean por el mejor precio.

Sin embargo y muy a pesar de todo el colorido y las numerosas alternativas con las que cuenta este atractivo lugar, hay un detalle que lo hace, a mí entender, aún más interesante.

Jema-el-Fna es, por excelencia, el lugar donde la gente se reune para escuchar y contar cuentos. Es en este lugar, desde hace siglos y hasta el día de hoy, donde las historias de la tradición oral van pasando de generación en generación. Y es por eso que, en 2001, la UNESCO ha declarado a esta plaza Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

Lucía Alfonso

(Foto publicada por KaliFire en Flickr, bajo una licencia de Creative Commons.)


Lunes 2 de Abril de 2007

De la sencilla relación entre el conejo y los huevos

conejopascua.jpgHace ya varias semanas que la mayoría de los comercios nos dicen que la Pascua está llegando. Lo hacen de forma muy sutil, con promociones tentadoras, chocolate de todos los colores y conejitos dispersos por todo el supermercado. Y como soy extremadamente vulnerable a los mensajes subliminales, he aquí la columna de hoy.

Todos los domingos de Pascua, durante años, sucedió lo mismo. Mis padres me despertaban sosteniendo con seguridad, que un conejo había escondido los huevos por toda la casa. Durante mucho tiempo esto causó tal emoción que pasaba horas buscando los tesoros de chocolate. Pero cuando me llegó la edad de los cuestionamientos (que abarcaba preguntas básicas, tanto acerca de los movimientos de rotación y traslación hasta algunas mucho más complejas, casi existenciales, acerca de todas las razones (nunca suficientes) por las que debía usar ortodoncia) empecé a preguntarme por la veracidad de la visita del conejo pascual. Me sentí vilmente engañada al descubrir que, desde el vamos, un conejo jamás podría transportar huevos por sus propios medios. Mucho menos esconderlos. Mucho menos, esconderlos sobre los roperos de mi casa. De esta forma, mi relación con el conejo terminó para siempre. Lo mismo sucedió con Pérez (nunca supe su nombre de pila), el ratón de los dientes.

Una nueva etapa de cuestionamientos llegó a mi vida. Me preguntaba algunas cosas bastante lógicas, como qué carrera universitaria debía seguir y otras de interés general, como quién (cuernos) era el villano que había impuesto la tendencia de usar el poco sentador jean elastizado en los noventa; pero por sobre todas las cosas, por qué yo gustaba tanto de usarlos, arruinando así todas mis fotos de esa época. Pero también me preguntaba, claro, el por qué de la relación triádica entre conejo, huevo y domingo de Pascuas.

La cuestión es más o menos así. Los primeros cristianos pasaban los días previos a la Pascua sin comer huevos. Era algo así como un sacrificio para recordar el sufrimiento de Jesús. Pero el día de Pascuas se autorecompensaban por el esfuerzo, comían huevos, y se los regalaban mutuamente a modo de celebración. Como verás, es una práctica que lleva muchísimos años. ¿Por qué los que se comen ahora son de chocolate? Supongo que, entre otras cuestiones de elaboración y de logística, porque son mucho más deliciosos.

El conejo hace su aparición mucho después, más que nada por una cuestión de superposición en las fechas del calendario. Este animal ha simbolizado durante años la fertilidad. Sabido es de la facilidad que tienen para reproducirse. En el territorio europeo se le solía rendir pleitesía durante el mes de abril. Claro, tanta fiesta junta traía confusión, así que mezclaron la celebración del conejo con la Pascua. Quedaba tan linda la imagen del roedor cargando los huevos, que fue adoptaba rápidamente por diversos pueblos. Así de sencilla es la relación entre el conejo y los huevos de chocolate.

Ahora me encuentro en un momento algo extraño. Ya no (me) hago tantos cuestionamientos. Y no sé si tendrá que ver con una regresión o el exceso de estudio, pero el otro día me pareció ver un conejito vivito y coleando en la sección de congelados, aunque claro, no puedo asegurarlo.

¡Felices Pascuas!

Lucía Alfonso

Lunes 26 de Marzo de 2007

Jazmín

jazmin.jpgPuedo, con toda humildad, afirmar que el jardín de mi casa es de ensueño. No sólo porque el sol y la lluvia hacen maravillas en la flora y la fauna, sino también por la mano agraciada, dedicada, noble y cariñosa de mi madre. Estoy segura de que el jardín de mi casa es el favorito de los pajaritos del barrio. Lo confirmo cada mañana, cuando decenas de pájaros de todos los tamaños se pasean por el pasto, o se duchan con las gotitas que dispara aleatoriamente el regador. Una pareja de zorzales armó un nidito sobre la ligustrina y mi familia ha visto nacer pichones durante meses.

El jardín de mi casa es colorido durante todo el año. En otoño el piso se convierte en un colchón de hojas amarronadas que crujen cuando uno camina sobre ellas. No es necesario ampliar mucho más: cualquiera que lo haya experimentado sabe que es una sensación muy placentera.

El jardín es el lugar favorito de mi mamá. Creo que ha descubierto una nueva vocación en su relación con las flores, las plantas, los vegetales y los paisajes. Vocación que surgió, quizá, de una forma bastante inesperada: combatiendo hormigas. Mi madre está muy lejos de ser una obsesiva. Pero las hormigas, creo yo, la atormentaban seriamente. Me parece que de tanto combatirlas, de tanto buscar el caminito hasta dar con el hormiguero, se dio cuenta de su amor por las plantas y las flores. Así que, de un día para el otro, mi jardín estuvo repleto de árboles, enredaderas, flores amarillas, blancas, rojas, alegrías del hogar, pasando por el limonero, el tilo y el laurel y las controvertidas hortensias. Un verdadero mix de olores y colores. Pero mis favoritos, y los de mi mamá, son los jazmines.

El jazmín es una flor bastante popular en nuestro país, y los pequeños ramos se venden en cualquier puesto de flores. Son pequeños, generalmente blancos, y su aroma es cautivador. Es la única flor que puede lograr que me detenga para disfrutar de su perfume. ¿Por qué el jazmín es tan popular? La respuesta, como siempre, en una leyenda.

En el desierto del actual territorio árabe, una joven vagaba en busca de agua. Cubría su rostro con un velo y su cuerpo con una larguísima túnica. Tras dejarse engañar por espejismos, encontró un grupo de hombres que se refrescaban en el oasis. Se arrojó de rodillas y bebió hasta el cansancio. Dio la casualidad de que en ese grupo de hombres se encontrara un apuesto príncipe. Rápidamente (o por efectos del calor del desierto o porque el espacio en la web generalmente es tirano) los jóvenes se enamoraron y en el renglón siguiente se casaron. El matrimonio iba viento en popa, a pesar de que la joven se rehusaba a mostrarle el rostro a su marido (cada pareja, con su tema). Pero eso era un detalle menor, porque eran felices y eso siempre es lo importante. Hasta que un día, el encierro y el glamour del palacio entristecieron a la beduina. A pesar de las comodidades, extrañaba vagar sin rumbo, conocer nuevos lugares, disfrutar del sol. Una noche, la princesa escapó del palacio. Caminó incansablemente hasta llegar al oasis donde había conocido a su esposo. Allí, rompió en llanto. Estaba desconsolada. Sabía que no había forma de resolver la situación. Cuando el príncipe descubriera su ausencia, saldría a buscarla para llevarla de regreso al palacio. Tan desconsolada estaba, que por primera vez, se quitó el velo y descubrió su rostro. Dios, deslumbrado por tanta belleza, decidió que debía compartirla con el mundo. Es así que transformó a la princesa en la flor del jazmín, que actualmente crece en distintos lugares del planeta, siempre y cuando sean cálidos y no falte el agua.

(A mi mamá, por su mano noble, dedicada y cariñosa).

Lucía Alfonso

Lunes 19 de Marzo de 2007

Invasión en NYC

DADA_cocodrilo.jpg“¡Extra, extra! Miles de cocodrilos habitan en los desagües de Nueva York”

Fue una mañana algo revuelta, aquella de marzo de 1930 y tantos. Ese día no sólo compraron el periódico los que siempre lo hacían, sino casi todo el mundo. Los ejemplares se agotaron, y en los cafés, el que no lo había conseguido, relojeaba al de al lado. Claro, el pánico no tardó en apoderarse de los habitantes de Nueva York. La idea de que una gran colonia de cocodrilos viviese cómodamente en las alcantarillas, resultaba todo, menos divertido.

Por aquellas épocas, cuestionarse lo que los medios de comunicación transmitían no era una práctica común (algo que por suerte se ha revertido un poco en la actualidad); es así que lo que decían los diarios y programas radiales, siempre era verdad. Imaginá el pavor desparramado por las coquetas calles neoyorkinas, cuando un trabajador del sistema cloacal salió a asegurar por todos lados que él mismo había visto un cocodrilo enorme, y que éste lo había perseguido desde no sé donde hasta la Quinta Avenida.

Y sucedió algo gracioso, pero perfectamente comprensible. La gente empezó a temer que algún bichito subiera por el desagüe hasta el inodoro. El baño ya no era un lugar seguro. Es decir que la noticia de los cocos paseando bajo tierra, modifico la conducta dentro de los hogares. Las peleas familiares se trasladaron a las reuniones de consorcio, luego a las escuelas, a la Iglesia, y al club de campo.

Las autoridades de Nueva York decidieron intervenir. La población entera se quejaba, y los mandatarios querían apaciguar las aguas y salvar el propio trasero (de los cocodrilos).

Esta historia es aterradora. Como siempre te digo, no es mi trabajo andar derribando mitos, sino solo contarte historias. Así que te voy a dar dos opciones para que vos elijas la que más te guste o la que, e