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De aquí, de allá (desde 2006)
Lunes 21 de Mayo de 2007
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Las fiestas hablan mucho de cómo es uno. Hay personas que disfrutan enormemente de llenar su casa de gente conocida o desconocida (dicen a todos sus amigos, “¡invitá a la gente que quieras!”), subir la música a todo volumen, bailar hasta el amanecer y levantarse de la cama con restos de papel picado en la cabeza. En el otro extremo están aquellos que no gustan de festejar nada de nada. Y en el medio nos ubicamos los que con una merienda con té y torta y la gente más querida al lado nuestro estamos chochos. Cada nación alrededor del mundo tiene sus propias fiestas tradicionales. Y como es un tema amplísimo y vasto, qué mejor que empezar... por algún lado.
Creo en la importancia del método. A esta altura ya se han ideado métodos para casi cualquier cosa. Métodos para hacer una tarta, métodos para mantener un escritorio ordenado, métodos de lectura y métodos de estudio (puf, de estos hay tantísimos y algunos son increíbles), entre otros. Como soy una persona simple recurriré al abecedario. Y como la primera letra es la “a” (por favor si esto se ha modificado no dudes, lector, en hacérmelo saber) me remitiré directamente a... Alemania. (Sí, claro, hay muchos otros países que comienzan con “a”, pero esto no es el tutti-frutti).
Cada once de noviembre se celebra en Alemania y países aledaños la tradicional fiesta de San Martín, pero no el San Martín que conocemos nosotros, el de la Avenida Libertador, el del caballo blanco y todo eso, sino un santo llamado Martín, una persona humilde y solidaria. La particularidad de esta celebración es que todos participan del festejo sin importar las creencias religiosas. Es una fiesta de la comunidad.
Los niños de la escuela primaria son los protagonistas. Con algunas semanas de anticipación y la ayuda de sus padres o maestros, cada niño elabora artesanalmente un farolito de papel. Puede parecer dificultoso pero la realidad es que con un buen cartón, pegamento, papel barrilete, creatividad, paciencia, precisión, dedicación y muchísima habilidad, se puede crear un farolito de colores. Lo único que falta es colocar una velita en el centro, un palo de madera para sostener el farol con una mano y listo.
Cuando comienza a anochecer todos los niños se agrupan en un punto de la ciudad y realizan una caminata por el barrio en el que viven mientras cantan canciones folclóricas. Las calles están iluminadas por las tenues luces de colores y las vocecitas infantiles recrean un espacio digno de un cuento de hadas. El espectáculo es realmente emocionante. Generalmente los adultos obsequian a los niños golosinas y chocolates cuando estos pasan por delante de sus casas.
Como siempre te recuerdo, no es mi idea cuestionar esta hermosa tradición ni mucho menos derribar mitos. Y no es que me quiera poner minuciosa, pero si hay algo en lo que soy experta es en atar cabos. Noviembre en Alemania coincide con la llegada del otoño. Con el otoño suele anochecer a horas más tempranas y las ciudades prenden todas sus luces para dejarse ver. Ahora, ¿será sólo cuestión de fiesta popular esto de los faroles o tendrá algo que ver con economizar la electricidad?
Lucía Alfonso
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Lunes 14 de Mayo de 2007
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No, ya lo sé. No es época ni nada que se le parezca. Es más, ya hace frío y todo. Pero viste que los antojos justamente son antojos por aquel elemento que los hace imprevisibles e inoportunos. Digamos que, en general, lo antojos ya no son lo que eran. Me parece que los antojos eran todo un evento hace tiempo, cuando en el barrio había sólo un pequeño almacén. Los hombres cuyas esposas estaban embarazadas salín en chancletas y batón a buscar por todos lados las ansiadas frutillas, cuando no magdalenas con dulce de leche, vainillas, mermelada de tomate o salchichas con mostaza. Todo esto, de madrugada. Era un verdadero drama porque además de pasear en paños menores por el barrio, había que despertar al almacenero. Y cuando alguien despertaba al almacenero... ¡ay, cuando alguien despertaba al almacenero! Eso sí que era un problema. ¿Por qué digo que lo de ahora no es tan grave? Gracias a los maxiquioscos, cuando no, las farmacias-supermercado que están abiertas las veinticuatro horas. Pero basta de asociar los antojos a las mujeres embarazadas porque todo el mundo tiene algún antojo de vez en cuando.
Convengamos que algunos antojos son más sencillos de saciar que otros. Daré algunos ejemplos. Manzana asada: fácil (más ahora con la existencia del microondas). Torta de chocolate con cubierta de banana con dulce de leche: difícil. Kiwi: depende la estación. Jugo de naranja: fácil. Licuado de frambuesa, grosella, arándanos y demás frutos del bosque: difícil. Pan dulce en otoño: ¡imposible!
Ese es justamente mi pequeño problemita: un terrible antojo de pan dulce en pleno mayo. Tengo dos planes. El primero es recorrerme todas las panaderías del barrio y aledaños. Averiguar donde viven los dueños. Ir hasta el hogar de los dueños. Despertarlos. Pedirles que me vendan uno. Salir corriendo a toda velocidad mientras me gritan de todo. El otro es usar esto como espacio terapéutico para calmas mis ansias. Siempre que uno intenta reflexionar debe hacerse la pregunta crucial. En este caso, ¿por qué me gusta tanto el pan dulce?
En los próximos renglones, encontrarás la respuesta.
Milán siempre fue una ciudad muy paqueta, así que los banquetes de los reyes eran la paquetería más paqueta. El rey de turno había organizado una cena para nobles y clérigos. Los platos más deliciosos se servirían durante la velada; los platos más deliciosas y extravagantes. La vajilla brillaba, la alfombra olía a pétalos de rosa, los ochocientos sirvientes apartaban sillas de la mesa, otros prendían velas, otros traían los platos y otros miraban de reojo a las condesas (alguna que otra les devolvía la mirada). El ambiente era muy cálido y agradable. Todos reían cortésmente, los sirvientes servían vino, el pollo humeaba y las papas con crema sabían muy bien. El rey estaba contentísimo con el éxito de su reunión. Pero el clima que se vivía en la cocina del palacio era muy distinto.
Caos, gritos, alguna que otra mala palabra en italiano (que suenan muy graciosas), humo, corridas y un gran problema: el postre se había quemado y el jefe de cocineros estaba furioso. Aquel postre tan elaborado, su especialidad, aquel que llevaba el ingrediente secreto. Ese, ese mismo postre se había quemado. El gran chef miraba a todos sus ayudantes decidiendo a quien echarle la culpa. Mientras algunos temblaban, otros tiraban ideas muy poco realizables en aquel momento por falta de ingredientes. Nada podía superar en sabor y extravagancia al postre del jefe de los cocineros.
Del fondo de la cocina se asomó un muchacho flaquito llamado Toni, que era aprendiz. "Podemos hacer un pan", dijo. "¿Un pan? ¿Un simple pan?", gritaba el jefe de los cocineros que tenía un carácter simpatiquísimo. "Un pan no es un postre. Un postre es algo dulce", decía este buen hombre como queriendo explicarle el abecé de la cocina al nuevo aprendiz. "Podríamos agregarle azúcar y listo, quedaría dulce", dijo el aprendiz, como si lo estuviera cargando. La cosa se estaba poniendo buena para todos los demás cocineros que miraban la discusión entre el maestro y el novato, y de paso se lavaban las manos literalmente y no tanto también. El jefe de los cocineros se puso rojo de ira y varios de sus empleados lo tuvieron que agarrar para evitar que echara al pobre Toni a patadas.
“No queda más que harina, algo de azúcar y unas nueces”, dijo uno por ahí. El jefe de los cocineros estaba desesperado, su carrera culinaria estaba terminada, así que antes que pasar vergüenza, decidió dejar al palacio y dejar a todos los que tenía a su cargo con toda la responsabilidad.
La idea de Toni era la única solución viable. Lo cierto es que un pan endulzado era poco más que una cargada. El pan era el alimento más simple y menos elaborado de aquella época. Pero con la ayuda de sus compañeros, Toni amasó un pan, le agregó algunas nueces y un poco de azúcar. Tímidamente lo llevo hacia la mesa del rey y esperó en silencio el veredicto. "Pobre Toni", pensaban los cocineros desde la cocina.
"Es el mejor postre que he comido jamás", dijo el rey. "¿Cuál es tu nombre?". "Toni", dijo el chico. El rey dio luego al pan, el nombre de pan de Toni. Como ya sabés, los misterios de la oralidad tienen un gran poder de trasformación, así que al poco tiempo el pan de Toni derivó en panettone, que es una forma algo más sofisticada de llamar al pan dulce.
Ah. ¿Por qué me gusta tanto el pan dulce? No tengo ni la menor idea.
Lucía Alfonso
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Lunes 23 de Abril de 2007
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Tengo una manía desde hace años. Odio que revisen mi cartera. Y vale aclarar, esta fobia nada tiene que ver con el contenido (de turno) de la cartera (de turno). Aunque esté vacía, simplemente me molesta hasta la médula que alguien husmee. Esto sucede desde que iba al jardín con una bolsita cuadrillé que contenía un jugo de frutas en tetrabrick y un mini paquete de galletitas para la merienda a media mañana. ¿Vos creés que la maestra osaba siquiera acercarse a la bolsita, sólo distinguida de las demás por tener mi nombre cosido sobre ella? Claro que no. La tipa no se acercaba porque se ve que ya en los ojos veía mi ira. Y fue así que crecí.
Como para complicar la cosa, con el correr de mis años fui llenando mi placard con estos objetos que, además, me fascinan. Así que tengo varios modelos de varios colores: con cierre, sin cierre, con velcro, de cuero, de cuero que en realidad no es cuero, de cuero ecológico, de tela, tejidas por una amiga del alma y heredadas.
Ahí también hay todo un tema. No las presto. Sí, mi egoísmo se hace presente. Cualquiera que sea hermano mayor estará de acuerdo conmigo. Ocupar ese rol en la familia y permitirse ser egoísta es totalmente imposible. Porque nacemos con esto de que “hay que compartir”. En realidad, aquello de que “hay que compartir” nace cuando nace un hermano. Pero cuando se refiere a carteras es un tema delicado. Más bien, delicadísimo.
Un poco, entonces, acerca de las carteras, bolsos y bolsitas.
Los elementos para trasportar consigo otros elementos han existido desde que los nómades andaban sin rumbo claro en busca de un nuevo lugar para asentarse. Cada vez que se mudaban reconstruían su hogar en el nuevo territorio. Tiempo después notaron que era bastante más práctico mover las partes del hogar por separado y rearmarlas en el nuevo barrio.
Los romanos, que siempre tuvieron estilo y glamour, también las utilizaban para transportar algunas chucherías y además porque combinaban bárbaro con las túnicas.
En la Edad Media, los bolsos eran utilizados por los mensajeros que por esas épocas tenían muchísimo trabajo porque, claro, no había más competencia que las palomas. Las carteras y bolsos eran para unos pocos porque tampoco había qué llevar. Los reyes tenían sirvientes que cargaban con todo y los que no eran reyes, no tenían pertenencias. Pero más tarde un extraño movimiento empezó a sentirse en Europa. Habían aparecido los primeros comerciantes. Y con ellos, el afán de la acumulación y el gusto por el dinero. Una vez que el dinero empezó a circular era más que necesario algún elemento para cargarlo, pero sólo se utilizaban unas bolsitas atadas con un nudo.
Con el auge del trasporte, los viajeros también hicieron uso de los bolsos. La guerra, lamentablemente, es generadora de momentos de extrema creatividad (tanto negativa como positiva) y los bolsos con cierres y compartimientos hicieron su aparición.
Hasta ese momento las carteras eran para uso masculino porque las mujeres se quedaban en sus casas cocinando, bordando, tejiendo, mirando por la ventana aburridísimas. Hasta que un buen día decidieron salir a trabajar (no fue sólo una cuestión de elección, sino también de las circunstancias, que no voy a detallar en estas líneas). Y claro, las mujeres empezaron a hacer uso del famoso accesorio. Los pocos diseñadores que había en aquella época vieron un buen negocio y al poco tiempo había para todos los gustos.
Las carteras y los bolsos hablan mucho de uno. ¿O me vas a decir qué es lo mismo aquel que lleva la ropa hecha un bollo y aquel que ordena meticulosamente? ¿Y la que lleva pañuelos de papel y una birome en un bolso gigante es igual a la que en una riñonera intenta meter un elefante y algunas cosas más? Las carteras lejos están de ser un simple complemento para el vestuario. Pero eso, querido lector, quedará para otra entrega.
Lucía Alfonso
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Lunes 16 de Abril de 2007
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Se vino el fresquete a Buenos Aires, justo en el momento en que parecía que el verano iba a extenderse hasta junio. Cuando se produce el cambio de estación, a uno le agarra una suerte de nostalgia climática que da cuenta de que es cierto aquello de que uno siempre anda mirando el jardín de al lado, que se quiere lo que no se tiene y de la Gata Flora y toda su parentela. En pleno enero, sentada en la pelopincho familiar, vaso de gaseosa con todos los hielos de la cubetera en mano, respirando el desagradable olor del efectivo espiral ahuyenta mosquitos, añoraba mi bufanda rosa. Mi bufanda rosa es una bufanda de esas que realmente pican y abrigan. Pero no sólo extrañaba mi bufanda, sino las botas, el chocolate con almendras, las estufas y la sopa. Estaba sufriendo el verdadero SICdT: Síndrome del Inconformismo Climático de Turno.
Ahora que el cielo está gris, me agarra una cosa de heroína termidora. Añoro el sol, el bronceado, comer helado, las ensaladas y que anochezca tarde. Y como el otoño se hace sentir y a mí nada logra conformarme, le dedicaré la columna de hoy a un objeto muy particular.
Toda la atmósfera es propicia para que me decida y haga una gran confesión: soy fanática de la moda. Las texturas, los colores, las combinaciones, el revival de los ochenta, los zapatos (qué gran debilidad), los bolsos, los collares, los tapaditos, las polainas, los estampados y las revistas de moda me parecen deslumbrantes. Pero hay una característica que no me hace target de las marcas: consumo ropa sólo en cantidad necesaria.
Dadas, entonces, mi pasión pasiva por la indumentaria y mi nostalgia veraniega, el tema de hoy será nada más y nada menos que el bikini.
Allá por los años cuarenta, un ingeniero mecánico muy serio y trabajador se encontró a sí mismo en un estado bastante incómodo: el del aburrimiento. Será por eso que se metió en la mercería que dirigía su madre a investigar un poco de qué se trataba todo este asunto femenino de la costura. Exploró un largo tiempo hasta que se dio cuenta de que el dedal le calzaba perfecto, así que dejó de lado las herramientas y se metió de lleno en el arte del hilo y la aguja. Luego de diseñar algunos modelos nada desmerecedores de admiración, una de sus creaciones causó furor en toda Europa y luego, se extendió a América.
Se trataba de un traje de baño en dos piezas (cosa totalmente impensable hasta aquel momento) que dejaba al descubierto el abdomen y (¡Ave María Purísima!) parte de los glúteos.
Esto, tanto a vos como a mí, criaturas posmodernas, puede parecernos una curiosidad prehistórica, dado que aunque no lo notemos en forma consciente, las imágenes de modelos, actrices e ignotas semidesnudas aparecen constantemente en los medios de comunicación, tanto o más que mujeres vestidas.
Pero volvamos al tema. Corría la década del cincuenta, y el bikini y su creador, fueron acusados de inmorales, antiestéticos, antiéticos y escandalosos. Años más tarde, la gente comenzó a darse cuenta de que un traje de baño que cubriera menos superficie corporal que el tradicional, tampoco era motivo de tanta revolución. Y como la ley del péndulo lo indica, de un día para otro, todas vestían el bikini con total naturalidad. Así, sucesivamente, hasta nuestros días.
¿El por qué del nombre “bikini” para esta nueva prenda? La historia es poco feliz. Por aquella época se realizaban las primeras pruebas de bombardeos atómicos. El lugar elegido fueron unas diminutas islas del Pacífico llamadas Bikini. El gran estallido que provocó la aparición del bikini, era comparable, según su creador, con las fuertes explosiones atómicas realizadas en las islas.
Lucía Alfonso
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Lunes 9 de Abril de 2007
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La columna de hoy te trasladará hasta el norte de África, más precisamente a Marruecos. Algunos datos para ubicarte rápidamente: Marruecos está en la costa oeste del continente. La mayoría de sus habitantes son de religión islámica; se habla el idioma árabe aunque muchos dominan también el español, el inglés y el francés. El clima tiende a ser cálido de día y algo frío por las noches. La cocina marroquí es simplemente deliciosa y entre sus platos de destaca el cous-cous.
Luego de esta breve introducción, anclaré (sobre tierra) en una de las ciudades más importantes del país. El destino de hoy es Marrakech (pido disculpas al romántico empedernido que creía que se iba a leer un textito sobre la “romántica” Casablanca.
Marrakech es una ciudad, en el sentido más fino del término (es decir, nada de rubias curvilíneas), absolutamente despampanante. Las tradiciones y costumbres se filtran por todos lados y la cultura está siempre presente, aún en aquellos hoteles de cinco mil estrellas donde los falsos turistas se alojan pretendiendo, la mayoría de las veces, pasar las vacaciones “como en casa”, cenar en el horario de siempre, la comida de siempre y ver televisión en el idioma materno. Marrakech es un destino a evitar si el plan de descanso es el antes mencionado.
La cultura marroquí toda parece confluir en un mismo punto: la plaza Jema-el-Fna. Esta se fue armando de a poquito, a través de los años, pero podemos decir que existe como tal desde el año 1000 d.C. Basta imaginarse la más plena Edad Media para comprender de qué se trata Jema-el-Fna. Gente caminando por las callejuelas, animales sueltos escapando del encierro, vino, música, risa, ropas coloridas, espectáculos de lo más variados. Básicamente, así se mantiene hoy en día la plaza. Claro, habría que agregarle la luz eléctrica.
Jema-el Fna es el centro de Marrakech. Es el lugar donde todo ocurre. No sólo los turistas visitan este lugar, sino que para los habitantes de la ciudad la plaza sigue siendo, como quien dice, el plan más divertido para una salida nocturna. Cuando anochece, el lugar se transforma y se llena de puestos de comida de lo más variada, de músicos y actores, de faquires con turbante, encantadores de serpientes, brujos, curanderos, tarotistas, supermodelos, políticos en bermudas, fanáticos del té de menta, beduinos en búsqueda desesperada de un agente inmobiliario con principios, dibujantes con y sin talento, vendedores cargados de platería y artículos de cuero y mujeres regateadoras que pelean por el mejor precio.
Sin embargo y muy a pesar de todo el colorido y las numerosas alternativas con las que cuenta este atractivo lugar, hay un detalle que lo hace, a mí entender, aún más interesante.
Jema-el-Fna es, por excelencia, el lugar donde la gente se reune para escuchar y contar cuentos. Es en este lugar, desde hace siglos y hasta el día de hoy, donde las historias de la tradición oral van pasando de generación en generación. Y es por eso que, en 2001, la UNESCO ha declarado a esta plaza Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.
Lucía Alfonso
(Foto publicada por KaliFire en Flickr, bajo una licencia de Creative Commons.)
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Lunes 2 de Abril de 2007
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Hace ya varias semanas que la mayoría de los comercios nos dicen que la Pascua está llegando. Lo hacen de forma muy sutil, con promociones tentadoras, chocolate de todos los colores y conejitos dispersos por todo el supermercado. Y como soy extremadamente vulnerable a los mensajes subliminales, he aquí la columna de hoy.
Todos los domingos de Pascua, durante años, sucedió lo mismo. Mis padres me despertaban sosteniendo con seguridad, que un conejo había escondido los huevos por toda la casa. Durante mucho tiempo esto causó tal emoción que pasaba horas buscando los tesoros de chocolate. Pero cuando me llegó la edad de los cuestionamientos (que abarcaba preguntas básicas, tanto acerca de los movimientos de rotación y traslación hasta algunas mucho más complejas, casi existenciales, acerca de todas las razones (nunca suficientes) por las que debía usar ortodoncia) empecé a preguntarme por la veracidad de la visita del conejo pascual. Me sentí vilmente engañada al descubrir que, desde el vamos, un conejo jamás podría transportar huevos por sus propios medios. Mucho menos esconderlos. Mucho menos, esconderlos sobre los roperos de mi casa. De esta forma, mi relación con el conejo terminó para siempre. Lo mismo sucedió con Pérez (nunca supe su nombre de pila), el ratón de los dientes.
Una nueva etapa de cuestionamientos llegó a mi vida. Me preguntaba algunas cosas bastante lógicas, como qué carrera universitaria debía seguir y otras de interés general, como quién (cuernos) era el villano que había impuesto la tendencia de usar el poco sentador jean elastizado en los noventa; pero por sobre todas las cosas, por qué yo gustaba tanto de usarlos, arruinando así todas mis fotos de esa época. Pero también me preguntaba, claro, el por qué de la relación triádica entre conejo, huevo y domingo de Pascuas.
La cuestión es más o menos así. Los primeros cristianos pasaban los días previos a la Pascua sin comer huevos. Era algo así como un sacrificio para recordar el sufrimiento de Jesús. Pero el día de Pascuas se autorecompensaban por el esfuerzo, comían huevos, y se los regalaban mutuamente a modo de celebración. Como verás, es una práctica que lleva muchísimos años. ¿Por qué los que se comen ahora son de chocolate? Supongo que, entre otras cuestiones de elaboración y de logística, porque son mucho más deliciosos.
El conejo hace su aparición mucho después, más que nada por una cuestión de superposición en las fechas del calendario. Este animal ha simbolizado durante años la fertilidad. Sabido es de la facilidad que tienen para reproducirse. En el territorio europeo se le solía rendir pleitesía durante el mes de abril. Claro, tanta fiesta junta traía confusión, así que mezclaron la celebración del conejo con la Pascua. Quedaba tan linda la imagen del roedor cargando los huevos, que fue adoptaba rápidamente por diversos pueblos. Así de sencilla es la relación entre el conejo y los huevos de chocolate.
Ahora me encuentro en un momento algo extraño. Ya no (me) hago tantos cuestionamientos. Y no sé si tendrá que ver con una regresión o el exceso de estudio, pero el otro día me pareció ver un conejito vivito y coleando en la sección de congelados, aunque claro, no puedo asegurarlo.
¡Felices Pascuas!
Lucía Alfonso
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Lunes 26 de Marzo de 2007
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Puedo, con toda humildad, afirmar que el jardín de mi casa es de ensueño. No sólo porque el sol y la lluvia hacen maravillas en la flora y la fauna, sino también por la mano agraciada, dedicada, noble y cariñosa de mi madre. Estoy segura de que el jardín de mi casa es el favorito de los pajaritos del barrio. Lo confirmo cada mañana, cuando decenas de pájaros de todos los tamaños se pasean por el pasto, o se duchan con las gotitas que dispara aleatoriamente el regador. Una pareja de zorzales armó un nidito sobre la ligustrina y mi familia ha visto nacer pichones durante meses.
El jardín de mi casa es colorido durante todo el año. En otoño el piso se convierte en un colchón de hojas amarronadas que crujen cuando uno camina sobre ellas. No es necesario ampliar mucho más: cualquiera que lo haya experimentado sabe que es una sensación muy placentera.
El jardín es el lugar favorito de mi mamá. Creo que ha descubierto una nueva vocación en su relación con las flores, las plantas, los vegetales y los paisajes. Vocación que surgió, quizá, de una forma bastante inesperada: combatiendo hormigas. Mi madre está muy lejos de ser una obsesiva. Pero las hormigas, creo yo, la atormentaban seriamente. Me parece que de tanto combatirlas, de tanto buscar el caminito hasta dar con el hormiguero, se dio cuenta de su amor por las plantas y las flores. Así que, de un día para el otro, mi jardín estuvo repleto de árboles, enredaderas, flores amarillas, blancas, rojas, alegrías del hogar, pasando por el limonero, el tilo y el laurel y las controvertidas hortensias. Un verdadero mix de olores y colores. Pero mis favoritos, y los de mi mamá, son los jazmines.
El jazmín es una flor bastante popular en nuestro país, y los pequeños ramos se venden en cualquier puesto de flores. Son pequeños, generalmente blancos, y su aroma es cautivador. Es la única flor que puede lograr que me detenga para disfrutar de su perfume. ¿Por qué el jazmín es tan popular? La respuesta, como siempre, en una leyenda.
En el desierto del actual territorio árabe, una joven vagaba en busca de agua. Cubría su rostro con un velo y su cuerpo con una larguísima túnica. Tras dejarse engañar por espejismos, encontró un grupo de hombres que se refrescaban en el oasis. Se arrojó de rodillas y bebió hasta el cansancio. Dio la casualidad de que en ese grupo de hombres se encontrara un apuesto príncipe. Rápidamente (o por efectos del calor del desierto o porque el espacio en la web generalmente es tirano) los jóvenes se enamoraron y en el renglón siguiente se casaron. El matrimonio iba viento en popa, a pesar de que la joven se rehusaba a mostrarle el rostro a su marido (cada pareja, con su tema). Pero eso era un detalle menor, porque eran felices y eso siempre es lo importante. Hasta que un día, el encierro y el glamour del palacio entristecieron a la beduina. A pesar de las comodidades, extrañaba vagar sin rumbo, conocer nuevos lugares, disfrutar del sol. Una noche, la princesa escapó del palacio. Caminó incansablemente hasta llegar al oasis donde había conocido a su esposo. Allí, rompió en llanto. Estaba desconsolada. Sabía que no había forma de resolver la situación. Cuando el príncipe descubriera su ausencia, saldría a buscarla para llevarla de regreso al palacio. Tan desconsolada estaba, que por primera vez, se quitó el velo y descubrió su rostro. Dios, deslumbrado por tanta belleza, decidió que debía compartirla con el mundo. Es así que transformó a la princesa en la flor del jazmín, que actualmente crece en distintos lugares del planeta, siempre y cuando sean cálidos y no falte el agua.
(A mi mamá, por su mano noble, dedicada y cariñosa).
Lucía Alfonso
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Lunes 19 de Marzo de 2007
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“¡Extra, extra! Miles de cocodrilos habitan en los desagües de Nueva York”
Fue una mañana algo revuelta, aquella de marzo de 1930 y tantos. Ese día no sólo compraron el periódico los que siempre lo hacían, sino casi todo el mundo. Los ejemplares se agotaron, y en los cafés, el que no lo había conseguido, relojeaba al de al lado. Claro, el pánico no tardó en apoderarse de los habitantes de Nueva York. La idea de que una gran colonia de cocodrilos viviese cómodamente en las alcantarillas, resultaba todo, menos divertido.
Por aquellas épocas, cuestionarse lo que los medios de comunicación transmitían no era una práctica común (algo que por suerte se ha revertido un poco en la actualidad); es así que lo que decían los diarios y programas radiales, siempre era verdad. Imaginá el pavor desparramado por las coquetas calles neoyorkinas, cuando un trabajador del sistema cloacal salió a asegurar por todos lados que él mismo había visto un cocodrilo enorme, y que éste lo había perseguido desde no sé donde hasta la Quinta Avenida.
Y sucedió algo gracioso, pero perfectamente comprensible. La gente empezó a temer que algún bichito subiera por el desagüe hasta el inodoro. El baño ya no era un lugar seguro. Es decir que la noticia de los cocos paseando bajo tierra, modifico la conducta dentro de los hogares. Las peleas familiares se trasladaron a las reuniones de consorcio, luego a las escuelas, a la Iglesia, y al club de campo.
Las autoridades de Nueva York decidieron intervenir. La población entera se quejaba, y los mandatarios querían apaciguar las aguas y salvar el propio trasero (de los cocodrilos).
Esta historia es aterradora. Como siempre te digo, no es mi trabajo andar derribando mitos, sino solo contarte historias. Así que te voy a dar dos opciones para que vos elijas la que más te guste o la que, este lunes, te convenza más.
Una de las versiones, dice que esto efectivamente sucedió, y que las alcantarillas de Nueva York son ideales para criar reptiles de todo tipo, porque dados su humedad y espacio, se convierten en un ecosistema artificial perfecto para estos animales.
La otra, es que esta historia empezó a circular por la ciudad de boca de los primeros protectores de animales silvestres. Sucedía que era muy común comprar lagartijas en las tiendas de mascotas pero que, cuando la gente se aburría, no encontraba mejor forma de deshacerse de ellos que tirarlos por el inodoro. La falsa leyenda de que las lagartijas crecían hasta convertirse en cocodrilos gigantes, habría servido para revertir la situación.
Lucía Alfonso
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Lunes 12 de Marzo de 2007
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Buenos Aires esconde misterios de lo más diversos. Esto, como habrás visto en la presente sección, no es ninguna novedad. Es uno de los tantos ingredientes que hace de esta ciudad, una ciudad única en el mundo. Ya vimos que los edificios ocultan historias de amor, y que cada barrio tiene su pequeño secreto escondido.
Pero en esta oportunidad, te traigo algo verdaderamente enigmático. Algo que no se encuentra en la esquina de tu casa. Algo oculto, discreto, delirante.
Qué mejor que comenzar por el principio.
En el siglo XX nace en París un movimiento cultural. París estaba acostumbrada a las vanguardias, las revoluciones sociales y grupetes literarios varios. Pero jamás se había vivido en la ciudad algo semejante. Este nuevo movimiento se llamó Patafísica. ¿Qué es la patafísica? Se autodenomina “ciencia inútil de las soluciones imaginarias”. En la oración anterior hay tres conceptos que, para la mayoría de las personas, son totalmente contradictorios y directamente incompatibles: ciencia, inútil e imaginación. Esta desafiante contradicción es una de las caracterísiticas de la patafísica. Ella hace del absurdo y la parodia, todo un modo de comprender y explicar la realidad.
Ya con un par de seguidores, se funda el Colegio de Patafísica, donde todos sus miembros se reunían para descubrir las leyes que regulrían las excepciones. Años más tarde, la patafísica llega a Buenos Aires. Todo esto, claro, de forma muy silenciosa. No porque los patafísicos fuesen malos, asociales, amargados o les gustara esconderse. Nada más lejos de la realidad. Lo que sucede es que la discreción es una de las características primordiales del grupo. Muchos personajes de la literatura y las artes fueron miembros del Colegio. Se dice que el pintor Joan Miró fue un gran entusiasta, y que Rayuela, de Cortázar, es un texto totalmente patafísico.
Los patafísicos tienen sus propios lugares de encuentro en casonas de toda la ciudad (la sede central se encuentra en una tradicional calle del barrio de Palermo) donde se dedican a leer, pensar, reflexionar y divertirse. Uno puede imaginarse a los patafísicos vestidos con túnicas de colores y sombreros extravagantes. Reuniéndose en las alcantarillas o en sótanos escondidos. Otra vez, nada más lejano. Tienen sus propios blogs y publicaciones, visten de civil, van al supermercado y miran televisión. Son sumamente inteligentes, conversadores y suele gustarles encontrarse con curiosos como yo.
Una de las razones de ser de esta columna, es posibilitarte un camino de descubrimiento e investigación. Motivar tu curiosidad, tus ganas de conocer tu ciudad, nuevas historias o darle una vuelta de tuerca a las cuestiones cotidianas.
Puedo asegurarte que el universo patafísico es sumamente deslumbrante. Pero también, que la discreción es una de mis mayores virtudes.
Lucía Alfonso
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Lunes 26 de Febrero de 2007
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Sin ánimo alguno de ser reiterativa, y muy interesada en hacerte conocer delicias de esas tierras, el día de hoy me traje bajo el brazo otra historia de uno de mis lugares favoritos.
En la actual ciudad de A Coruña (sí, otra vez en tierras gallegas) existe una torre de casi setenta metros de altura conocida como la Torre de Hércules. Cuenta la leyenda que ese territorio era gobernado por un malhumorado gigante que maltrataba a los lugareños. Los aldeanos trabajaban durante todo el día y luego debían hacer entrega de la cosecha y otros bienes al malvado tirano sólo para no tener que soportar sus ataques de ira.
Un día llegó Hércules hasta ese lugar y los aldeanos le pidieron ayuda con total naturalidad, como quien le pide una tacita de azúcar al vecino de enfrente. El semidiós, con total humildad aunque algo sorprendido de que nadie le pidiera un autógrafo, aceptó ayudarlos. No tardó en correrse la bola: había desafiado al gigante a luchar desarmados sobre los acantilados. Luego de un violento enfrentamiento que incluyó hinchada y todo, Hércules logró vencer al gigante y sobre sus restos decidió construir un edificio imponente.
Los pobladores no se acercaban a ese lugar porque aún muerto, le temían al gigante. Pese a toda serie de grupos de autoayuda, la cosa parecía no funcionar. Entonces, Hércules convenció a los habitantes de que construyeran una pequeña aldea en la zona de los acantilados y anotaran el nombre de cada uno de los pobladores. Sin embargo, la gente no se acercaba.
Hasta que un día llegó hasta allí una joven mujer. La mujer cargaba una pequeña manta y venía descalza. Hércules, sentado en la puerta de la primera casita de la aldea, le preguntó su nombre. “Cruña”, dijo la mujer, dando nombre a la actual ciudad de A Coruña.
Lucía Alfonso
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Lunes 19 de Febrero de 2007
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La leyenda del lobizón es una de las más conocidas en nuestro país, además de haber versiones en cientos de países alrededor del mundo. Este no es el primer mito que distintas naciones tienen en común, pero lo verdaderamente llamativo es que la mayoría de sus elementos son comunes a todas.
Cuenta la leyenda que, durante las noches de luna llena, el séptimo hijo varón de un matrimonio que no tiene hijas mujeres se convierte en el lobizón, más conocido como el hombre lobo.
Coinciden las distintas versiones que para lograr esta transformación, es necesario que el muchacho unte sobre su cuerpo arena o excremento animal y que una vez realizado este proceso, se irá a vagar por el campo y a atrapar a cualquier presa que esté a su alcance, sea una pequeña liebre o un ser humano.
No es casualidad que los campesinos se nieguen a salir las noches de luna llena, y que si lo hacen sea en grupos. La mayoría de los habitantes del campo ha visto algún lobizón con sus propios ojos o sabido de alguna víctima de esta peculiar criatura nocturna. Cruzarse con este personaje es cualquier cosa menos una graciosa eventualidad, y aunque se esté armando hasta los dientes, puede ser peligroso. Si se logra herir al lobizón, y éste ve su propia sangre, el encantamiento desaparece automáticamente y el animalito vuelve a su forma humana. Sin embargo, el rostro de aquel que ha descubierto su secreto no será olvidado, y bastará otra noche de luna llena para que la criatura corra violentamente en busca de su agresor.
Además de atacar, el lobizón puede contagiar su condición pasando entre las piernas de otro hombre. Sin embargo, hay formas de prevenir al hijo menor de esta maldición de siglos y siglos de antigüedad. Una de ellas, es bautizar al pequeño en siete iglesias diferentes. Otra es algo curiosa: lograr que el presidente de turno de la nación sea su padrino.
Las leyendas son interesantísimas porque nos hablan de los pueblos, de sus costumbres y de las explicaciones que los distintos grupos humanos tienen para algunas eventualidades. Y con esto no quiero decir que los mitos y leyendas sean mentiras o cuentitos de miedo. La mayoría de ellas sigue circulando de boca en boca, fortaleciendo su veracidad hasta transformarse en una verdad indiscutible.
A gran parte de los citadinos, la historia del lobizón puede parecerles graciosa, hasta ridícula. Pero te advierto: hay que tomarla muy en serio. Si hasta el mismísimo Juan Domingo Perón decretó en 1973 que todos los séptimos hijos fuesen becados para sus estudios, y además obtuvieran el padrinazgo del presidente.
Por las dudas.
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Lunes 12 de Febrero de 2007
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Comer un buen asado es un argentinísimo placer que nadie debería dejar de probar. Hasta aquellos que coquetean con el vegetarianismo, han de extrañar las mollejas, los chinchulines, el vacío y la ensalada criolla. Aunque los argentinos nos consideremos los dueños, inventores y propietarios intelectuales del asado, los documentos históricos y el sentido común indican que carne cocida a las brasas no es una originalidad del sur de América, sino que desde épocas muy lejanas este delicioso manjar ha sabido contentar a los seres humanos.
Pero nuestro pueblo, modestia aparte, le ha dado algunos toques maestros que hacen de los asados de nuestra región, un recuerdo tangible y masticable en paladares paisanos y extranjeros. No es lo mismo cualquier corte de carne, ni la distancia a la que se encuentra del carbón, tampoco da igual en qué momento se coloca la sal, ni si es necesario quitar la grasa visible o dejarla. Ninguno de estos detalles es una cuestión menor, y puedo asegurarte que una simple modificación en la técnica puede causar desastres gastronómicos y la desilusión de los comensales. No es casual el tan famoso y vitoreado “aplauso para el asador”. No, señor. Hacer un asado no es lo mismo que hacer un huevo frito (que también tiene su dificultad).
Las ensaladas acompañantes tampoco son casualidad; al igual que el vino, el pan, la noche soleada y sin mosquitos, la soda y el postre. Hacer, comer y disfrutar de un asado es todo un ritual.
Otro clásico que acompaña toda esta ceremonia, es el tan popular, picante y de nombre simpático, chimichurri. Para la columna de hoy, me propuse investigar un poco acerca de este brebaje. Ajo, cebolla, aceite y perejil, son algunos de sus ingredientes. ¿Su origen? Visualizá un gaucho sentado con su mate sobre un tronco. Imaginate que el gaucho piensa. Piensa mucho. Llega la noche y el gaucho sigue pensando. Se aprieta la cabeza, se enreda los pelos y más tarde se los arranca. Y de repente exclama, "China, lo tengo!"
Este, aunque suene a lindo poema gauchesco, no es el origen de esta salsita. La realidad es otra. Parece que el chimichurri ya existía hace rato y no era ninguna cosa del otro mundo. Es más, era bastante común que la carne se acompañara con esta salsa, como para darle un sabor especial. El jugo este, no tenía nombre... más bien se llamaría algo así como “salsita con ajo y perejil” o “mezcolanza con ajo, perejil, aceite y demases que mancha la ropa”. Hasta que un día, un inglés que degustaba un asado en nuestra Pampa, vio que su gaucho amigo pasaba con la misteriosa salsita, y grito “Give me curry!”. Vaya uno a saber qué entendió el gaucho que dijo este buen hombre, pero gracias al poder constructor y deconstructor de la lengua, aquel “give me curry!” mutó y dio origen a una nueva palabra. Fue así, como el inglés al que se le chispotearon tres vocablos en su idioma nativo, dio el nombre de chimichurri a esta deliciosa salsa.
Nota de la autora: con la palabra “curry”, los ingleses designan a las mezclas de especias, fundamentalmente, aquellas que contienen ajo y perejil, y que acompañan las carnes, práctica muy común en los países europeos.
Lucía Alfonso
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Lunes 29 de Enero de 2007
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No son pocos aquellos que cuando escuchan la palabra “Hawai”, piensan inmediatamente en el hula-hula, el surf y Keanu Reeves (no está de más saberlo: el nombre del protagonista de la trilogía Matrix es hawaiano). Repasemos:
Hawai está formado por un conjunto de islas surgidas del fondo del mar. Las casi veinte islas del archipiélago se extienden a lo largo de casi dos mil quinientos kilómetros. El clima es algo extraño para una zona tropical. En esas pequeñas porciones de tierra, el clima oscila entre los treinta y cinco grados, y la nieve en invierno. Hawai es famosa por sus volcanes, ya que siguen activos hasta el día de hoy. El volcán Kilauea es considerado el más activo del mundo. Hace más de veinte años que está en constante erupción.
El volcán es el hogar de Pelé, la diosa hawaiana del fuego. Pelé se alojó en el volcán, luego de que la diosa del mar la persiguiera por toda la superficie terrestre para extinguirla.
Los hawaianos creen que ella es la responsable de los estallidos de lava y los caminos de fuego que llenan la isla cuando se pone de mal humor. Cuenta la leyenda que en una oportunidad, Pelé estaba tan furiosa por el comportamiento de los isleños, que arrojó lava con tanta fuerza que destruyó casi la totalidad de las casas de uno de los poblados, dejando en pie, en medio de ríos de magma hirviendo, el hogar del hombre más devoto de la isla.
Para rendirle tributo, los fieles suben por las laderas del Kilauea hasta llegar a la cima y arrojan allí unos pequeños frutos que crecen en la lava seca del volcán. Esos frutos que crecen en territorio infértil, son la muestra de que Pelé no sólo destruye, sino que crea la vida. La diosa agradece a los fieles su visita, haciendo crecer la isla algunos metros más, vomitando lava que luego se endurece.
A pesar del peligro que implican las constantes erupciones para habitantes de la zona y para los turistas, Pelé da forma a la isla, la destruye y la construye a su gusto, y es la que le da a Hawai ese toque particular que la distingue de todos los archipiélagos del mundo.
Lucía Alfonso
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Lunes 22 de Enero de 2007
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Las historias de amor siempre provocan cambios. Algunos transforman la vida de los protagonistas; otros, de muchos millones de personas.
Corría esa época donde los padres aún se entrometían en los romances de sus hijas (bueno, quiero decir, mucho pero muchísimo más que ahora). Zeus miraba desde el Monte del Olimpo a las lindas jovencitas griegas en busca de su próxima conquista. Un grupo de hermanas cretenses jugaba frente a la costa cuando Zeus decidió que ese sería el momento ideal para la galantería. Se peinó un poco los rulos griegos, se acomodó la túnica, observó que todo seguía tranquilo a su alrededor, y abandonó su puesto de trabajo como Dios de los Dioses para bajar a la tierra convertido en un toro. No era un toro común y corriente, sino uno increíblemente llamativo, blanco, con cuernos de oro puro.
Con paso firme, el toro se acercó a las hermanas y quedó deslumbrado con la belleza de una de ellas, llamada Europa. Luego de un rato de charla estudiada para la ocasión, el toro convenció a Europa para que se subiera sobre su lomo para ir a dar un paseo por las playas de la isla. Europa accedió, desobedeciendo a su padre que ya harto estaba de decirle que no hablara con extraños (y nada más extraño que un toro parlante).
Al principio parecía tratarse de un paseo cordial, pero de un momento a otro, Zeus comenzó a correr en cuatro patas a toda velocidad, tanto, que las hermanas de Europa la perdieron de vista y le avisaron a su padre del rapto. El padre de las muchachas subió inmediatamente a su bote y empezó a buscar a su hija. Bordeó costas durante meses, hasta que decidió pisar tierra firme y caminar hasta encontrarla.
El hombre golpeó puertas, habló con personas que hablaban diferentes lenguas, tenían distinto color de piel y distintas costumbres y a todos ellos avisó sobre su desesperada búsqueda. Pronto, el nombre Europa se popularizó en todo el extenso territorio, tanto, que los pobladores decidieron bautizar así a su tierra, dándole el nombre de la enamoradiza joven que desapareció montada sobre un toro con cuernos de oro.
Lucía Alfonso
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Lunes 1 de Enero de 2007
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El hombre no vive solo de pan. (Naturalmente hay una serie de alimentos que marca la pirámide para que los humanos estemos físicamente sanos.) El hombre también vive de sueños, esperanzas y deseos. Cuando un nuevo año se acerca, parece que todos somos contadores, y nos toca hacer el bendito balance y empezar a pensar qué es lo que queremos para el año entrante. Por suerte, la cultura popular y algunos lugares estratégicos, ofrecen una serie de alternativas para que pedir deseos no sea solo una ocasión para disfrutar el 31 de diciembre.
Cuando uno está en el campo y viene volando una panadero (¡no, no un panadero de esos, uno de estos!) hay que agarrarlo, pedir un deseo, soplar todas las pelusitas que le dan cuerpo y dejarlas esparcirse por el aire nuevamente.
Encontrar un trébol de cuatro hojas es señal de buena suerte, según la tradición irlandesa. Pero la versión criolla, dice que hay que aprovechar la ocasión para pensar en algo que nos gustaría para el futuro y dejar el trébol en su lugar, para que otro se haga acreedor de una dosis de buena vibra.
Ni hablar de mi forma favorita, de la que saco mucho provecho porque soy de esas personas que pierden pestañas por todos lados. Instrucciones para pedir deseos en caso de que una pestaña se desprenda de alguno de tus párpados. - Tomar la pestaña y colocarla sobre la yema de tu dedo pulgar
- Encontrar otro pulgar amigo
- Apoyar el pulgar contra el pulgar de tu compañero
- Presionar mientras ambos piden un deseo
- Cuando el paso anterior esté completo, hay que avisar al compañero que el deseo ya está pedido
- Alejar los pulgares
- Aquel que se haya quedado con la pestaña, será el afortunado cuyo deseo se hará realidad
Otra de las opciones es pasar justo por debajo de un puente en el momento en el que pasa el tren. (Pequeño detalle: no es apto para personas con dificultades de concentración, el ruido de la formación ferroviaria puede fácilmente distraerte.)
Cuando uno entra a la Catedral de Santiago de Compostela, en España, hay que hacer una pequeña fila para llegar hasta la estatua del Apóstol Santiago, Patrono de la ciudad. Una vez allí, hay que darle tres cabezazos (por favor, despacio, que Santiago es de piedra). Allí se puede pedir también un deseo. Lo que se tiene asegurado con el particular saludo al Apóstol, es el regreso a esta ciudad.
Algo parecido sucede en la Fontana de Trevi, en Roma. Solo basta ponerse de espaldas a la fuente, arrojar una moneda a la fuente (y embocarle a la fuente, claro) para poder volver a Roma. Eso, y algún que otro par de euros.
Sin embargo no es necesario irse tan lejos para tener esta oportunidad. En cualquier fuente de cualquier ciudad se puede hacer lo mismo y en pesos.
Quedan dos opciones. Y, sin intención de parecer descreída, desconfío mucho de una de ellas y la otra, me encanta. La primera es seguir las sencillas instrucciones de las cadenas de mails que, gratuita y desinteresadamente, te dan un espacio para reflexionar, desear y compartir la chance con cientos de otras personas con solo reenviar el mail. La otra es encontrar una lámpara mágina y frotarla como Aladino. Malas noticias: lo de los mails es solo un truco para conseguir direcciones y vender los contactos a empresas interesadas en reenviarte publicidad.
Cuando tengas muchas ganas de algo, trabajá para conseguirlo y poné mucha de tu energía en pos de ese deseo. Sin embargo, no está de más hacer uso de las opciones anteriores alguna que otra vez.
Mis mejores deseos, lector, para este nuevo año que comienza.
Lucía Alfonso
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Lunes 25 de Diciembre de 2006
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Mi familia está reunida en casa esperando a que el asado esté listo. Mientras tanto, día de reencuentros, mis primos y hermanas se ponen al día, las abuelas comentan qué lindas están las hortensias, los adultos hacen balance, las tías, guiadas por mi madre, ayudan con las ensaladas y el cachorro hace pozos por el jardín mientras relojea la parrilla, bien custodiada por mi padre, el asador.
¿Y yo? Yo estoy frente a la computadora pensando en la columna del día de mañana. Me encanta esta fecha. Cuando era más chica esperaba a Papá Noel ansiosa, mirando el techo, el jardín, revisando habitaciones para ver si lo encontraba. Nunca lo vi. Luego, cuando ya sabía el secreto, el objetivo navideño era buscar a “Papá Noel” con mis hermanas y primos menores. Ellos eran los que miraban el techo, el jardín y las habitaciones. Yo hacía de cuenta que miraba, pero sabía perfectamente dónde estaban los regalos. Mis primos y hermanas crecieron y debieron aceptar, también, la verdad. Así que ya no hay a quien hacerle creer que el trineo llega de Nueva Zelanda a Buenos Aires en diez minutos. Las cosas cambian. La gente crece. Las Navidades son distintas.
Pero la figura de Papá Noel es sinónimo de la Navidad. Desde que somos niños nos hablan de él, no nos explican casi nada, sólo que trae regalos en trineo el veinticuatro de diciembre a la noche y que sabe esconderse muy bien. Punto. Papá Noel, sin embargo, no es un invento de las tiendas de regalos. Papá Noel realmente existió y su labor merece ser conocida.
Nicolás nació en el año 310 d.C. en el seno de una familia adinerada. El pequeño era, por sobre todas las cosas, muy generoso. Era buen amigo de sus amigos y ayudaba a la gente necesitada. Nicolás vivía para ayudar a los otros. Espiaba por las ventanas, averiguaba las necesidades de cada uno de sus vecinos, y hacía todo lo posible por conseguir los que estaba faltando, fuese un pedazo de pan o monedas de oro. Pero a Nicolás le gustaba el anonimato. Entonces, muchas veces, tiraba el alimento o el dinero envuelto en pequeños paquetes por la chimenea de los hogares para no ser descubierto. Años más tarde, Nicolás se convirtió en obispo y continuó con sus obras de bien y su solidaridad. Además, se le adjudican varios milagros que lo transformaron en santo. En poco tiempo se corrió la bola de la existencia de San Nicolás y dada su obra de bien, empezó a ser considerado el patrono de todos los niños del mundo. Muchas personas comenzaron a imitarlo y a entregar regalos a los niños en Navidad para continuar con la tradición que Nicolás les había legado.
Sin embargo, tiempo después, su figura se fue perdiendo. La Navidad estaba asociada a la entrega de regalos, pero la figura de Nicolás había desaparecido. Hasta que a mitad del siglo veinte, una conocida marca de gaseosas, intentando por todos los medios imponer su marca en el mercado, rescató al personaje de las tinieblas y promocionó sus productos apoyada en esa imagen. Tan exitosa fue la idea, que la empresa alteró un poco el verdadero rostro de Nicolás. Empezó a representarlo con mejillas rosadas, cara simpaticona, una risa estruendosa y un atuendo abrigado que combinara con los colores de la marca de gaseosas. Gracias a la magia de la televisión, la figura de Nicolás se expandió por todo el mundo hasta transformarse en todo un símbolo de la Navidad.
Chin chín y salud para vos, querido lector.
Lucía Alfonso
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Lunes 11 de Diciembre de 2006
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Esta bien podría ser una historia de telenovela. Otra más, de esas que noche tras noche o tarde tras tarde, suman puntos y puntos de rating gracias al talento actoral y un guión de primerísimo nivel.
A fuerza de una producción muy ambiciosa y una gran inversión, varios barcos provenientes (en teoría, claro) de España llegan al puerto de Buenos Aires (gracias a la amable gente del puerto que prestó la locación para hacer la toma). Un grupo es españoles llega tras un largo viaje (para lograr la sensación de que el viaje duró varios meses se recurrió a técnicas de maquillaje y extensiones en el cabello de los actores) a Corrientes. Allí, por primera vez, la cámara toma en detalle el rostro de la protagonista: la hija de un colono que venía a instalarse al Nuevo Mundo. La joven tenía la piel clara y los ojos de color azul intenso (casting de por medio).
Un grupo de jesuitas se dedicaban a enseñar la palabra de Dios y las artes de la agricultura a los guaraníes de la zona, y rápidamente, ella, que era una chica adinerada pero valiente y desafiante, también empezó a enseñar catequesis a un grupito de niños guaraníes. Un día, mientras paseaba por ahí con sus nuevos alumnos, vio a un joven apuesto, bronceado, cuyo cuerpo estaba tonificado porque trabajaba arando la tierra y cargando pesados troncos. (Esto no es ningún secreto: siempre rinde más un actor fanático del gimnasio y los anabólicos, que un flacucho talentoso para esta clase de papeles). Cuando sus miradas se cruzaron, una lluvia mesopotámica cayó sobre sus rostros, sus cabellos, sus ropas de época y algún que otro equipo de iluminación que hizo que el director de fotografía protestara y la toma tuviera que grabarse de nuevo. El muchacho también clavó sus ojos en la jovencita española, mientras trababa un poco los abdominales.
Durante varios capítulos, ambos se recordarán mutuamente, soñarán el uno con el otro, intentarán encontrarse sin éxito, derramarán lágrimas y suplicarán volver a verse.
A pedido del público, los enamorados se encontrarán cerca del río. Y está vez, tiene lugar uno de los eventos más importantes y ansiados de toda telenovela: el primer beso entre los protagonistas. Con música guaraní de fondo, los jóvenes se miran a los ojos durante treinta segundos mientras cientos de mariposas los rodean.
Como el tiempo en televisión es tirano, en ese mismo capítulo, se dicen mutuamente cosas hermosas y cursis y decidirán fugarse juntos. Ella deja sus vestidos elegantes para vivir como una aborigen, mientras que él, aunque no resigna su taparrabos y torso desnudo ni aunque hiciera cuarenta grados, será el hombre proveedor.
Todo muy lindo, hasta que el padre de ella (sí, aquel que apareció en el primer capítulo) nota que su hija ha desaparecido. La busca por todos lados, hasta que en medio de la selva encuentra una casita muy modesta pero cálida (decorada con algunos toques guaraní-minimalistas) donde la feliz pareja vivía.
Al lado del río estaba el héroe de esta historia, cargando alguna cosa pesada mientras su amada recolectaba flores por ahí. En eso, se aparece el padre con un arma de fuego y apunta al joven guaraní. (La tensión funciona en materia de rating, así que la escena continuará en el próximo capítulo).
Cuando el padre está a punto de disparar, la jovencita se interpone entre la bala y el cuerpo de su amado y cae al suelo. Sin piedad alguna, su padre, le dispara al joven, quien cae sobre ella, mientras, nuevamente, lluvia mesopotámica moja los cuerpos de los protagonistas.
Días más tarde, el padre apenado, quiere ir a ver el cuerpo de su hija, que había quedado tirado a la vera del río. Sin embargo, se encuentra con un árbol conocido como Jacarandá. Los cuerpos de los jóvenes amantes se habían trasformado: el jovencito era el árbol firme y fuerte, mientras que las hojas azules, eran los ojos de su amada que lo observaban desde alrededor.
"Dos mundos distintos, un amor más fuerte que los vientos y un par de ojos azules", dice el título de la banda sonora que, como por suerte funcionó muy bien, ya se venderá en las mejores disquerías del país.
Lucía Alfonso
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Lunes 4 de Diciembre de 2006
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Los hombres medievales eran verdaderos fanáticos de los mitos. Por eso, no dudaron en resucitar viejas historietas del Mundo Antiguo a la hora de continuar con su tradición de los relatos orales (una vez que se les acabaron los de producción nacional). Una de las criaturas favoritas de los hombres de esta época, eran las gárgolas aparecidas en Grecia. Sobre ellas, circulan dos versiones.
Bicharracos voladores, grotescos y deformados, se decía que las gárgolas eran los guardianes de los hombres en aquellos momentos donde los hombres no podían defenderse solos.
La leyenda contaba que estas criaturas dormían de día, porque de noche trabajaban. Su tarea era cuidar de los hombres mientras estos dormían, custodiando sus casas y los alrededores. Claro está que nunca nadie había visto una, pero no eran pocos los que aseguraban que las oían volar sobre los tejados. Otros, aseguraban que habían desaparecido gallinas de sus corrales y que los árboles estaban marcados con rasguños.
Las gárgolas eran, al parecer, horrendas. Tenían cara de dragón, o de león, o de perro, o de serpiente... o directamente eran una mezcla de dragón, león, perro y serpiente. Sus colmillos eran enormes, al igual que sus ojos colorados o violetas. Las garras parecían dignas de una águila, de no ser porque en lugar de plumas, estaban cubiertas por pelos gruesos y agrisados. Algunos dicen, en cambio, que las garras parecían manos de niño y que poseían la misma habilidad y suavidad que los humanos para tomar objetos. El sonido que emitían no se parecía a ninguno conocido. No era un maullido ni un ladrido... más bien parecía el grito de una persona afónica pidiendo una taza de té caliente pero sin que se le entienda una palabra. Como su quejido era constante, al igual que su actitud aterradora, se decía que las gárgolas siempre tenían la boca abierta.
Descifrar de qué animal se trataba era, francamente, imposible. Será por eso que los artistas góticos se pusieron más que creativos cuando decidieron decorar las inmensas catedrales europeas. Bicho tan horrible, seguramente espantaría a los demonios, por eso, a modo de perro guardián, muchas de ellas fueron talladas en piedra y colocadas en lo alto de los templos.
La otra versión es, sin duda, más pragmática. Las gárgolas, simplemente, eran utilizadas como desagües decorados para expulsar el agua de lluvia que entraba a los edificios. No es casualidad, claro, que la palabra gárgola, derivada del francés, signifique “garganta” o “gran escupitajo”.
Lucía Alfonso
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Lunes 13 de Noviembre de 2006
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Te propongo un ejercicio: inventate tu propia ciudad. Eso sí, nada de rascacielos de cristal, autopistas a mil metros de altura, camas elásticas en las escuelas y vacaciones todo el año. Para armar tu propia ciudad es necesario que utilices los ingredientes que te propongo. Es como la receta de la abuela: la torta más deliciosa creada con la medida justa de los ingredientes más simples.
- Elegí con delicadeza un lugar en el mapa.
- Tomá millones de litros de agua y colocalos en una superficie algo profunda, creando un mar pequeño.
- Al costado, comenzarás a construir la ciudad.
- Agregá arena a gusto.
- Añadile murallones de piedra (no temas excederte, este ingrediente le aporta firmeza a la preparación).
- Tallá, ahora, la piedra creando edificios imponentes. Sé creativo.
- -Condimentá con personajes varios.
¡Y listo!
Así de fácil creaste una ciudad a piaccere. La experiencia debe haber sido gratificante porque, claro, inventarse toda una estructura con tan pocos materiales ha debido ser todo un desafío. Confío en que lograste resolver la cuestión con creatividad y que el resultado debe ser sorprendente... y único. Una ciudad enteramentede piedra en el siglo veintiuno es toda una originalidad... o no tanto.
Escondida en medio del desierto jordano, Petra es conocida como la ciudad de piedra. Si bien Jordania es una nación cuyo origen es reciente, el territorio que ocupa es antiquisimo, además de tener una gran riqueza histórica, arqueológica y religiosa.
A la ciudad de Petra se accede atravesando un pasadizo muy fino entre dos paredes rocosas. Tanto escondite secreto, se debe a que este lugar ha servido como refugio para algunos nómades que cruzaban el desierto y estas paredes tan altas oficiaban de muro protector.
Todas las edificaciones de Petra están talladas en roca. Desde tumbas hasta un anfiteatro, cada construcción tiene detalles estratégicamente pensados. Puertas, columnas, ventanas y esculturas están prolijamente talladas en la piedra virgen y rugosa. Es contraste, realmente, impresiona y transforma a esta ciudad en un monumentos sorprendente.
El edificio más imponente, seguramente sea lo que se conoce como El Tesoro, un edificio de más de cuarenta metros de alto que data del primer siglo antes de Cristo.
Petra fue hogar de los nabateos, un pueblo de origen árabe que, influenciado por persas y griegos, diseñó la ciudad a fuerza de tallado y esculpido.
Pero no sólo hay que imaginar a los nabateos como un grupo de arquitectos dedicados y creativos. Este pueblo desarrolló toda una obra de ingeniería que logró abastecer con agua a muchas de la ciudades de la zona, lo cual es todo un mérito, dado la sequía natural del lugar.
Petra es inagotable. Cada metro recorrido tiene siglos de historia, cultura y belleza. Y además, es una clara muestra de que el hombre es capaz de creaciones magníficas y acciones nobles.
(De todos modos, no me caben dudas: la ciudad que creaste, debe ser igual o aún más maravillosa.)
Lucía Alfonso
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