—Pero entonces, ¿no vas? —preguntó Ana.
—No.
—Pará, ¿me podés explicar bien por qué?
—Es sencillo: no me dejan.
Ana abrió los ojos aún más, de la sorpresa. Había dos opciones: o estaba escuchando mal, o le estaban gastando una broma, y había marcado el número equivocado.
—Fer, es tu fiesta de egresados —explicó, como si la otra no lo supiera—. ¿Cómo no te van a dejar ir?
Pareció como si la comunicación se pausara durante unos segundos, porque ninguna de las dos amigas habló. Al fin, Fernanda contestó.
—No sé, bolú. No sé. No me cierra. No entiendo qué les pasó, de repente no me dejan salir. ¿Sabés cuál fue la excusa?
En la cara de Ana se dibujó una sonrisa comprometida. Su amiga había comenzado a levantar la voz, a hablar en un tono violento. Por lo visto, estaba realmente furiosa.
—No, Fer, no sé. Pero bajá el tono, porque me estás aturdiendo. Contame, ¿qué excusa te dieron, esta vez?
—¿Esta vez, qué? —aulló Fernanda—. ¡Me decís esta vez como si nunca me dejaran salir! ¡Acá la que siempre tiene problemas sos vos, a mí me dejan siempre!
—Bueno, ¡perdón! Se me escapó, se me escapó —Ana no sabía donde meterse—. Dale, contame.
—Me dijeron que no podía porque lo hacían en un boliche en vez de en un salón.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Yo les pregunté lo mismo. Me dijeron que en los boliches vendían alcohol.
—¡Pero si vos nunca tomás nada!
—Eso también se los dije, pero igual no me dejaron. Igual ya fue, no voy y listo. Lo peor es que si la hubiésemos hecho antes de que empezaran las clases, me dejaban.
—Pero nos fuimos de viaje, ¡no podíamos hacer todo junto!
—Explicáselo a ellos.
—¿Y qué vas a hacer?
—Ya te dije, no voy a ir.
—¡Pero es tu fiesta! Si querés puedo hablar con los organizadores…
—No, ya se pospuso tres meses porque nuestro curso se fue de viaje, y después el D. Ana, somos cuatro primeros en total, no se puede posponer más.
—¿Me dejás terminar? Si querés puedo hablar con los organizadores, para que traten de convencer a tus viejos.
La fiesta de egresados de noveno año se había atrasado por varias razones. En primer lugar, en diciembre, el mes en el que se iba a realizar originalmente, no habían alcanzado los fondos. Más tarde, en enero, la mayoría de los alumnos habían aprovechado para viajar con sus respectivas familias. Febrero y marzo habían sido los meses de viajes de egresados, de noveno A y noveno D; imposible hacerla en esos dos. Los organizadores no sabían qué hacer. Los salones ya no les aceptaban más postergaciones, y optaron por un boliche bastante conocido.
Al final, la fiesta se haría el quince de abril.
—¿Vos decís que podrán? —preguntó, un tanto insegura, Fernanda.
—No sé. Pero por intentar no perdemos nada…
—No, dejá. Ya fue, mejor no metamos más mano.
—Bueno, pero, ¿qué vas a hacer, vos?
—Ochenta mil veces, te dije, Ana. No voy, y punto. Además, no va a estar tan buena.
—Gracias por tu optimismo, che. Sos re copada.
—¡Pero ya me tenés podrida! Lo único que falta es que me preguntes otra vez.
—Bueno, ¡qué querés! Me resulta raro que no vayas a ir. Vos siempre estás conmigo en los boliches…
—Estás gastando un montón de plata.
—¿Qué, hace mucho que llamé?
—Casi media hora.
—¡Boluda! ¿Por qué no me avisaste antes?
—¡Me olvidé! ¡No es lo único que tengo que la cabeza!
—Bueno, corto. ¡Me van a matar!
—Mañana no me llames, y recuperás lo gastado. O comprate una tarjeta.
—¿Dónde venden?
—En cualquier quiosco, creo.
—Pero no las sé usar. ¿Me explicás?
—¿Ahora?
—No, chau.
—Chau.
Ni bien cortó, Ana fue hasta el quiosco más cercano y compró una tarjeta para hablar sin usar pulsaciones de la línea. Cuando llegó a su casa, volvió al teléfono. Siguió paso a paso las instrucciones que, afortunadamente, las tarjetas tienen en el reverso, y marcó el número de Hernán.
—¿Hola? —atendió alguien.
—¿Hernán?
—Sí, ¿quién habla?
—Ana.
—¡Ah, hola Ana! ¿Qué decís?
—Que Fernanda no va a la fiesta.
—¿Eh?
—Eso, que no va.
—No, si ya entendí. Pero, ¿cómo que no va?
—No la dejan.
—¡¿No la dejan?! ¿Quién no la deja?
—¿Sos tarado? ¡Los viejos, no la dejan!
—¿Por?
Ana puso los ojos en blanco y empezó a contar. Hernán era el encargado de las entradas, y tenía más contacto con los organizadores. Por más que Fernanda dijera que no, no se perdía nada con intentar convencer a sus padres, y en una de esas lo lograban.
—Está bien, yo hablo con los organizadores, a ver qué dicen —aceptó Hernán.
—Genial, ¿y yo qué hago?
—Nada.
—¡Pero me siento una inútil!
—No seas pesada, Ana.
—Bueno, yo intento que Fer no se desanime. La invito al centro, a tomar helado, qué se yo. Algo hago, así colaboro un poco.
—Si eso te hace feliz…
—¡Andá a... ya sabés qué!
—No puedo, estoy hablando por teléfono.
—Bueno, chau.
—Chau.
Ana guardó la tarjeta en el cajón de su mesa de luz, entre dos discos, para que nadie la viera. Salió de su habitación y fue directo a la cocina. Ya iban a ser las diez, y todavía no había puesto el agua para los fideos.
Daba igual, al fin y al cabo iba a cenar sola, porque sus papás estaban en un asado de despedida de un compañero que se jubilaba, o algo así. Pero después de comer tenía que bañarse, estudiar Biología, que rendía en tres días, y conectarse un rato al Messenger.
Y encima quería ver el capítulo de Mujeres Asesinas, porque la propaganda estaba muy interesante. No, no iba a poder con todo. Bueno, no se conectaría.
Puso agua en la olla, y puso la olla al fuego. Se quedó mirando el agua, esperando a que empezara a hervir.
¿Y si esa noche, justo esa noche, se conectaba Lucho?
Las primeras burbujas comenzaban a aparecer. Buscó la sal en la alacena y le echó un poco al agua. Ahora sólo era cuestión de esperar.
Si, era martes, seguro se conectaba. Todos los martes, se conectaba. ¿Qué hacía?
Revolvió un poco con un tenedor, de una manera un poco tonta, y puso los fideos.
Terminaba de comer y se iba a bañar. Nada de cantar en la ducha, porque si no se quedaba ahí y perdía tiempo. Una ducha rápida y eficaz, como decía siempre Hernán.
"Me voy a dar una ducha rápida y eficaz y vuelvo". Decía siempre, por Chat.
Terminaba de ducharse, y estudiaba. Y a las once y media veía Mujeres Asesinas, aunque a veces empezaba más tarde. Hasta la una menos cuarto, más o menos, duraba.
Después tenía que seguir estudiando, porque con el tiempo que le dedicaba entre ducha y televisión no le iba a alcanzar. No tenía ni idea de lo que era el retículo, o como se dijera. Y eso era sólo una parte de la célula.
Empezó a poner la mesa: un plato, un cuchillo, un tenedor, un vaso…
No, no le iba a alcanzar el tiempo para chatear con Lucho, que encima estaba re poco tiempo porque iba a un cyber.
Se sirvió los fideos y les puso un poco de crema, para que no fueran tan empalagosos. ¡La servilleta! ¡Siempre se olvidaba de la servilleta!
Ya sabía qué hacer: dejaba la computadora prendida, y cuando se conectara Lucho iba y chateaba con él.
Les faltaba un poco de sal. Al final, siempre se quedaba corta con la sal. Tomó un trago de agua y se levantó a buscar el salero.
No, si prendía la computadora iba a preferir chatear a estudiar, eso lo sabía. Siempre le pasaba lo mismo.
Le echó sal a los fideos y siguió comiendo. Ahora estaban mucho mejor.
Bueno, no estudiaba nada. Total, al día siguiente había perfeccionamiento docente, y podía levantarse temprano especialmente para eso.
Le hubiera gustado comer fideos con tuco. Pero bueno, al menos, tenían sal suficiente y no estaban pegajosos.
Por suerte, esta vez no se le habían pasado.
(La imagen es un fragmento de una foto de "Syb-ill" en Flickr, publicada bajo una licencia de Creative Commons.)