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Notas urbanas

Sábado 29 de Diciembre de 2007

Navidad

Foto por Alejandro ColomboNavidad. Poco "espíritu navideño" pero navidad en Villa Ramallo. Los preparativos son escuetos, sobre todo en mi casa. Faltan unas horas pero yo saboreo de antemano una sidra berreta que encontré por ahí, olvidada en el freezer, junto al budín de pan del año pasado. Aclaro: no me gusta el maní con chocolate y menos en verano. Y si tengo que hablar de la navidad en Ramallo tendría también que evocar un paraje de sombras y de ausencias. Sobre todo de ausencia de sonidos, de calles normales pero desiertas. Ahora que soy un poco tourist en este pueblo puedo resaltar las falencias de esquinas no muy definidas.

Mi viejo está afuera renegando con unos pollos que no quieren tostarse siquiera. De vez en cuando lo asisto con algún consejito inútil, del tipo "¿cuánto falta che?, que me pica el bagre, viste". No responde, y es mejor así. Entonces noto que el viento se siente más en el campo. Parece una apreciación baladí, pero es de esas que uno cree descubrir en ese momento, pese a ser apreciaciones recurrentes.

Son las once y media y todavía no están los pollos. Parece que el viejo le calculó mal el tiempo de cocción. Lo apura un poco y compruebo inmediatamente el arrebato, lo crocante por fuera y lo crudo por dentro. Yo apuro la copa y escucho a los primeros Adelantados del pueblo. No se aguantan hasta las doce y prenden fuego a todo su arsenal. Sacrifican días de almuerzos y cenas para una súper cañita voladora. Está bien, qué sé yo.

La cuenta regresiva en casa es impensable. Brindamos unos minutos antes, para salir del paso y acabar de una vez por todas con los eventos burocráticos navideños. Brindis-pan dulce-regalos (¿regalos?, a veces)- sonrisas. Pero nos gusta la navidad, porque estrenamos mantel nuevo y servilletas con motivos rojos y blancos, algún muérdago descolgado, algunas luces en un árbol escuálido junto a la ventana. Navidad, decimos, otra vez navidad y el viento del campo que pega más fuerte, que hiela los huesos.

Por televisión recorro mi otra ciudad: Buenos Aires. Lástima que las noticias que llegan desde allá sean todas trágicas. La estadística de accidentes automovilísticos; los quemados que juran no volver a prender un fuego artificial nunca más (y juran besándose los dedos en cruz debajo de las vendas frescas en sangre y pólvora); el Papá Noel borracho que cruzó la 9 de Julio semidesnudo, ante la mirada atónita de cientos de niños que no pueden asociar al personaje adorable que posa en sus botellas de gaseosa con el tipo que escapa de la policía en zigzag. Esa no es Buenos Aires. Buenos Aires no es Buenos Aires en Navidad. Pero allá el viento pega menos, los edificios actúan como reparo y la gente se encuentra más abombada. No se puede respirar, ni siquiera por televisión. Cambio de canal.

En realidad no hay mucho más que contar. La navidad en el mundo, programación que suple la ausencia de periodistas en la televisión, es apenas soportable. Ya cuando aparece "La navidad de Rafael" decido apagar la tele y ver los pocos fuegos que los demás compraron y que yo disfruto lo mismo que ellos. Nos gusta navidad, con tanto frío y tanta comida. Después camino con las manos en los bolsillos hasta algún barcito del centro. Ahí todos son amigos y me abrazo y saludo con gente que no vi nunca.

Ramallo se duerme temprano.

Ezequiel Pérez

(Foto de Alejandro Colombo, publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)


Viernes 21 de Diciembre de 2007

Relaciones y sociedad

Imagen por Eduardo Abel Gimenez

Los ojos cerrados adentro. Un poco de sombra nocturna consumiendo mis últimas gotas de sudor. También se consume la velita (la única vela que encontré en la alacena), que atenúa la falta de luz después del apagón. Mucho consumo mucho. El señor que vive enfrente sale gritando por el pasillo; se queja de algo o de alguien. Mejor duermo con los ojos cerrados adentro y no velas, no pábilos como dinamita a punto de explotar.

¿De quién es Buenos Aires? Es cierto que esta ciudad se desprende del resto. Ramallo se parece a los pueblos vecinos, y a los no tanto. Pero Buenos Aires es una ciudad de otros. Más ahora que el calor le da un aire de ciudad exótica, de puerto encantado. La mitad de la población porteña, o más, es extranjera. ¿De qué porteños estamos hablando?

Por eso el mote "vecino porteño" me parece pretencioso. No tengo idea de lo que es un "vecino porteño", pero los millones de trajes que pasean por Corrientes a las dos de la tarde, las manos en los bolsos apretando para que no se vayan en otras manos, los insultos civilizados de las señoras bañadas en maquillaje, no creo que eso sea un "vecino porteño".

Los ojos abiertos la puerta. El hombre que vive enfrente golpea despacito. Sabe que estoy adentro, lo veo espiar por el ojo de la cerradura y las pantuflas debajo de la puerta. Igual espero, tal vez se arrepienta. Golpea más fuerte y ahora lo acompaña de un llamado imposible de eludir:

—Che, pibe, ya sé que estás acá.

—Voy, voy, no lo escuché.

Es la primera vez que lo miro a los ojos. Es mi "vecino porteño". El único. Las demás habitaciones se hallan desocupadas y las de arriba o abajo pertenecen a otra dimensión. Enseguida sonríe.

—Mirá flaquito, te la voy a hacer corta porque tenés cara de pocos amigos. Acá la culpa la tiene el Administrador. ¿Sabés qué queremos?

La primera persona del plural no me convence demasiado. No tengo espíritu corporativo, ni me calzo la camiseta de ninguna asociación.

—No tengo idea, ¿la cabeza?

—No te hagás el gracioso que se me pasa la hora de Susana. Vamos a hacer una notita y que nos descuenten de las expensas. Firmá acá.

Firmo.

—Gracias vecino.

Ya soy un "vecino porteño". Me lo dijo el tipo de enfrente. En realidad me importa poco. Escucho en los pasillos las amenazas de mi nuevo vecino y prefiero hundirme en el sillón con los auriculares, sin otros. Lo bueno de Ramallo es que tengo una casa sin vecinos, sin amenzas ni consorcios (que sería la institucionalización democrática y republicana del vecinaje).

Los ojos cerrados adentro y un campo. Hay un hombre en un camino de tierra. Una casa se hunde en medio del pueblo. Esa casa es el pueblo. Mañana me espera Ramallo para las vacaciones. Me va a costar abandonar a mis "vecinos porteños".

Ezequiel Pérez

Jueves 29 de Diciembre de 2005

Media vuelta

media-vuelta.jpgLos griegos tenían un modo muy curioso de explicar la gravedad. Creían que los objetos tendían a retornar al sitio del elemento que los conformaba en su mayoría. Así estas hojas que se van escribiendo buscarán su morada en el suelo al estar constituida por tierra y agua, así mis suspiros navegan por los cielos al crearse del aire que emanan mis pulmones. Todo desea volver a su lugar de origen; todo busca encontrarse con lo que alguna vez fue y por causa del destino fatal resulta el paisaje una vieja fotografía que insinúa añoranza o impotencia ante el tiempo. O tal vez el tiempo sea inconcebible.

Aquí labro estas notas, junto al miedo familiar de los altavoces anunciando arribos. Ahora sí estoy en Retiro para retirarme, por un tiempo, a labrar otras notas en el lugar que fue aire, tierra, fuego y agua de mi existencia. Otra vez el aroma genuino, otra vez los pasillos simétricos, los negocios infinitos, el placer del delirio casi rutinario de los transeúntes cargados con sus valijas. Es cierto que tengo las mismas prendas y la misma mochila. Si algo ha aumentado mi equipaje son algunos libros viejos.

Ya el altavoz anuncia mi partida y camino hacia el andén en el que partirá un colectivo hacia Villa Ramallo. No lo niego, estoy ansioso por ver de nuevo la llanura interminable, el ganado pastando el fruto tierno y esmeralda de la tierra, las calles desiertas, las mismas caras de siempre, la ausencia de semáforos... Nimiedades que uno anhela cuando se priva de ellas.

Repito los movimientos que repetía antes. Hoy hago lo que hice y haré lo que hago, quizá la piedra fundamental de los ciclos y de aquellas pequeñas variaciones de las que habló un sabio. Entrego el pasaje y subo al colectivo. Casi ni siento cuando la puerta golpea, un murmullo imperceptible de los neumáticos barriendo la acera. Imagino las caras sucediéndose afuera, las mismas caras anónimas que recorrí durante este año.

Intento no mirar hacia el otro lado para que las imágenes se conserven nítidas y no borrosas como una última mirada.

Leo un libro que extraigo de la mochila; acaso sea Tácito, no lo sé, porque las letras que sigo están en mi memoria y se labran con ansias y una súbita impaciencia. Pero el tiempo, pese a todas las refutaciones, fluye.

Aspiro cierto aire libre de aromas ciudadanos. Será que afuera se cumple el decreto del desierto.

“No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”, dijo el mismo viejo sabio. Este paraíso en cambio es recuperado. Otras notas que labraré entre la pradera y el alambre cercando la anchura. Otras historias y otro cartel anunciando “Villa Ramallo”. Otros atavíos augurando imitadores de Cruz y Fierro, pero un mismo silencio.

Un mismo silencio que callo discretamente.

Ezequiel Pérez

(Foto por Nicolás Miranda, publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)


Jueves 22 de Diciembre de 2005

Veredas

vereda.jpgBusco otra vez encontrar lo que antes fue sólo atributo de una sustancia infinita. Estoy aquí, andando y desandando unos tímidos pasos por la ciudad que contiene mi presencia, esa ciudad que amarra incansable mis pies al llano y me colma de historias y aventuras, procurando no saciar esa sed saludable.

Camino por una calle de esas que abundan en misterios y trato de recordar mi ya lejana ciudad desde donde partí cual Ulises de Ítaca. Recuerdo, imagen difusa, doctrinas que se mezclan con las de la vertiginosidad, ríos que no son ríos sino arena en un vidrio anunciando lo que sucederá. Y unos versos, casi fatales, quizá no tan barrocos o sumidos a una estética dogmática, pero que resuenan hermosamente en la voz de Julio Cortázar:

“De pibes la llamábamos la vedera
y a ella le gustó que la quisiéramos.
En su lomo sufrido dibujamos
tantas Rayuelas”

Rayuelas que sin duda yo también tracé sin decoro; rayuelas que hoy aquí, en esta ciudad magnánima, dibujan en las aceras manos infantiles y son atropelladas por miles de transeúntes.

Pero esta es otra simetría deliciosa con el pueblo y es esta la que quiero abordar no sin algo de perplejidad genuina de quien descubre tantas diferencias y tantas igualdades entre dos polos. Esa cuestión pudiera resultar ingenua, pero a mi me interesa el comportamiento inesperado, las acciones que encierran significados intrincados y los misterios baladíes del mundo. Porque, y he aquí el dilema: ¿a quién se le ocurre ponerse a lavar la vereda a las seis de la mañana?

Revuelvo en los atroces laberintos de la memoria y hallo una mañana de invierno; yo alistado con la indumentaria y preparado para asistir a clases. Recuerdo un pesar y los dedos congelados manejando la bicicleta que corría por una calle desierta. El rocío era escarcha y helaba el camperón que llevaba abrochado hasta el cuello, y la bufanda cubría lo sobrante.

Pero allí, desafiando todas las leyes de la lógica, de la racionalidad y del sentido común, las ancianas abandonaban sus camas mullidas, sus bolsas con agua caliente y tomaban la manguera y el balde de plástico. Muchas veces pensé en una Logia, o en una sociedad secreta.

Es irrisorio mencionar que esas ancianas despertaban en mi una honda consternación y que, aunque intentaba en mis ratos de meditación, nunca logré comprender qué mandamiento las motivaba a obrar de aquella manera, a mojarse con el agua helada cuando la menor brisa erizaba los cabellos: me daba hipotermia ajena.

Aquí en Buenos Aires me encuentro con episodios similares. Las ancianas con cara de perro son en esta ciudad hombres musculosos... con cara de perro. Digamos que el miedo aumenta proporcionalmente. Estos hombres desenfundan sus escobas de uso matinal y rocían las veredas con el fruto de los manantiales.

Allí los dejo mientras alejo mis pasos. Que queden aquellas y aquellos en sus sitios. Los unos en la fría acera, los otros en la fría memoria. Así, vuelvo la cara hacia la voz de Julio que toca su verso cúlmine y veo retratada mi faz en la fotografía que emula:

“A mi me tocó un día irme muy lejos
pero no me olvidé de las vederas.
Aquí o allá las siento en los tamangos
Como la fiel caricia de mi tierra”

Y callo discretamente.

Ezequiel Pérez

Nota: el poema que he citado se encuentra en el libro Salvo el crepúsculo, de Julio Cortázar, y se llama “Veredas de Buenos Aires”.

(La foto es de "Sexy Pomarola", publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)


Jueves 15 de Diciembre de 2005

Historia de una paloma

Foto por maggellanUna paloma, acaso aquella que sobrevoló a Latinos y Troyanos durante los años del gran Eneas, acaso aquella que fue musa de marchas patrias. En todo caso qué importa. Es esta paloma aquí, solitaria y deglutiendo lo que le da la gente al pasar. Los automóviles la espantan, pero vuelven; extraño vicio de ser amigables el de las palomas porteñas, dejando que uno se acerque hasta casi tocarlas con el dedo. Y me hace recordar, de una manera absurda e inexplicable, aquel viejo cuaderno de notas que también se deja acariciar por la tinta, pero que siempre vuela, independiente del brazo que lo crea.

Hoy mi vista se fija en un prodigio de la imaginación, una obra magnánima que puede dejar boquiabierto hasta al mas insensible de los hombres, tanto por su dimensión como por la increíble arquitectura que ostenta. ¿Qué manos labraron sus estatuas? ¿Qué razón forjó los planos de esta estupenda obra? Nombres, nombres que suelen ser vanos ante los hechos.

El Congreso de la Nación es una especie de ágora griega, es decir, aquel lugar donde los representantes que el pueblo elige mediante el sufragio deliberan sobre temas que a éste atañen. Pero ese no es el punto que interesa a mis notas ya que poco o nada entiendo de política actual. La cuestión no es lo institucional, sino el edificio que contiene a esta institución tradicional.

Desde la Plaza Congreso, cubierta de esas palomas que ocultan su origen, busco trazar un croquis de la arquitectura del edificio y logro completar algunas sensaciones:

El color de los muros es de un blanco ceniciento, como derruido por el tiempo o quizá por el peso de la historia; en su frente se erigen columnas altísimas que recuerdan a los antiguos edificios romanos, portadores de leyes y descendientes de la estirpe de Ascanio; gárgolas en vilo descansan en la cima del gigante y unas hondas escalinatas constituyen el pie y acceso.

Imposible no impresionarse, imposible no recorrer ese frente en la memoria, abandonando todo intento de descripción, agotando adjetivos en vano. El Congreso es un punto interesante de esta ciudad que en algún tiempo sintió los furores renacentistas románticos.

Decido dejar de anotar estas vanidades, de marchar acaso con una nueva imagen surcando mi frente por siempre. Otra vez la ciudad, otra vez esta intriga continúa con una aventura que no quiere acabar.

La paloma solitaria se acerca a mi banco, inexpresiva. ¿Qué sucesos habrá presenciado frente a este edificio? Parece adolecer de la historia. Parece guardar, como yo, un silencio discreto.

Ezequiel Pérez

(Foto por "maggellan", publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)


Jueves 8 de Diciembre de 2005

De amarillo y negro

Foto por Eduardo Abel GimenezUn atardecer declinando lo poco que resta del día en Buenos Aires. Edificios, soles reflejados en otros reflejos, adoquines, suspiros secretos que rasgan la ciudad desde una punta a la otra. Un cielo ocre. Unos pasos asomando entre las aceras. Son mis pasos solitarios que avanzan tras tanta gente, pasos que anhelan rocinantes.

Silencio mi andar en una esquina inconclusa, ya no sé dónde ir y la noche se avecina con una rapidez tenebrosa. ¿Qué línea de colectivos andará por estos lugares? ¿En dónde escupe gente la boca de subte? Me queda sin embargo una última jugada con el alfil, una jugada imposible de esquivar. Decido el movimiento precipitadamente.

Levanto la mano y chiflo con los dedos. Eso basta. Eso sólo es necesario para que uno de los millones de coches bicolores se detenga a unos pasos de mi existencia y me haga señas el conductor para que entre.

He aquí mi nueva Eneida.

Desde que arribé a estas tierras urbanas, hace ya tantos soles de aquel día, me sorprendió la magnitud de las cosas, el número descabellado de veces que se repiten las mismas representaciones y actitudes. Como si una fuerza invisible, pero arraigada, atrajera todos los elementos análogos hacia un sitio común.

Así, miles de automóviles revestidos de negro y amarillo surcan las calles porteñas. Son los famosos Taxis. (Nótese que para referirse a ellos la fonética exige pronunciar "¡Taaxiii!"). Estos especímenes no existen en Villa Ramallo, quizá porque la gente no tiene muchas opciones para elegir dónde ir, y no es preciso hacer mucho recorrido para llegar a destino.

Me recibe dentro del coche un hombre sonriente. Breve descripción que supongo será arquetipo de muchos otros colegas: bigote ralo, pelo enmarañado de canas tirando a ceniciento, aspecto bonachón, jovial, dispuesto a la práctica del diálogo desde el primer momento en que uno apoya el pie dentro del auto. Y hay mas, claro, pero lo demás es trivial.

Le digo con frases entrecortadas la dirección de mi antro. No es necesario explicarle en qué barrio, en qué zona, en qué orientación. Él tiene la guía trazada en la memoria, es una parte mas de sus recuerdos. Conoce los atajos, los desvíos, las cuadras que mejor evitar, y eso algunas veces suele ser peligroso... Enciende el contador, que es una especie de caja dispuesta para establecer la tarifa, y arranca.

El conductor me observa por el espejo retrovisor y recuerdo libros e infinitas películas en las que el taxista es parte esencial de la trama. El hombre me habla del clima, de la locura de la gente, de los robos, etc. Charla animosamente y se interesa (o finge interesarse) en las respuestas escuetas y en las afirmaciones inconscientes que fraguo.

Además sirve como guía turístico: “Aquí murió Fulano, aquí este otro preparó tal traición, allí el monumento a Don X." Así el viaje avanza al vacío.

Vamos llegando a puerto de arribo. El hombre enfila el taxi hacia el punto exacto prescindiendo de indicaciones. Frena y cesa su perorata. Le pago lo que indica el aparato y no son justamente los ochenta centavos del colectivo, pero no tengo de qué quejarme. El hombre saluda y se retira.

Se pierde a lo lejos, junto al día, la silueta del automóvil. Busco las llaves en los bolsillos, en la camisa, en...¿dónde estarán?

Callo discretamente.

Ezequiel Pérez

Jueves 1 de Diciembre de 2005

Plaza anacrónica

Foto por Eduardo Abel GimenezHay una perversa felicidad en pensar que la cercanía evoca una posible posición anacrónica. Dejar el hastío de los recodos de la inactividad e ir en busca de un manantial nuevo que surja del centro de la tierra. Del centro de la tierra o en su defecto del centro de esta ciudad que también tiene sus rutinas y regularidades, que no son carencias, sino un tinte peculiar del óleo que conforma.

Aquí, en la plaza mas significativa de todas las que rellenan el orbe, un banco es la cuna de estas notas. Llegué a plaza de Mayo después de una travesía en el subterráneo sin más anhelo que el de aplacar la curiosidad. Sabía de los sucesos imborrables que acontecieron frente a mis ojos; sabía, y lo sé, de aquella jornada lluviosa y gris de mayo en 1810, de las incitaciones revolucionarias que proferían French y Beruti, del Cabildo ahora acortado que observo con fervor de reminiscencia. La brizna de esta tarde incipiente es un mero pretexto de la realidad.

Una paloma, de las tantas que pueblan estos parajes, deglute indiferente los pedacitos de pan que una anciana le da con ternura. Quizá esta imagen se haya fraguado antaño pero con personajes insólitos que ocupan hoy los volúmenes de la Historia Argentina que descansan en los anaqueles de mi biblioteca. No lo sé, pero me contento con creer que es así y que de algún modo repito lo que aquellos hombres de traje y sombrero, hijos de la civilización europea, con sus armas y bastones y libros e ideales kantianos, hicieron en esa semana. Siempre supuse que los lugares nos trasladaban a las entrañas de la historia y que hoy, aquí, en la Plaza de Mayo, soy uno más de los que gritan, de los que piden que se deponga a Cisneros y de los que insinúan una nueva corona nacional.

En esta tarde que declina son más los que transitan por los caminitos de la plaza, otros sucesos acontecieron, otras madres con sus blasones gastaron sus pasos circulares. Pero perdura ese aire de esperanza ante la inmensidad de los edificios y ante el aspecto cansino de los transeúntes. La Plaza es un centro desde donde se vislumbran el antiguo Cabildo y la Casa Rosada. El ayer y el hoy de la nación.

Un trozo de tierra húmeda se desmigaja entre mis manos. Aspiro el sabor de la historia y del futuro, porque ideas como las que incitaron la Revolución de Mayo son un signo de eternidad.

Alejo mis pasos y mis notas, que poco tuvieron de descriptivas y mucho de subjetivas. Pero, en fin, somos sólo animales con percepciones. Así oscurezco estas notas agonizantes con un discreto silencio.

Ezequiel Pérez

Jueves 24 de Noviembre de 2005

Carpe diem

Foto por Eduardo Abel GimenezHay un punto del día en que es vano insistir con la lectura de Platón o intentar forjar pensamientos que no nos arrimen al borde del delirio: dejo el libro entre otros anónimos y prefiero observar un cuaderno que descansa en el suelo, junto a infinitos papeles. Es mi cuaderno de notas, aquel amigo que me acompaña durante mis aventuras urbanas.

Horacio esbozó estas palabras en una mágica lengua muerta; muerta para quienes desconocen las sutilezas, para quienes ignoran que carecen de ellas (yo las desconozco, pero no me atrevo a ignorarlas). Y dijo “Carpe Diem”, que significa básicamente vivir el día, gozarlo hasta en lo mas mínimo de su existencia. Y eso busco en esta nueva salida a la ciudad: esas formas que adquiere el placer de la cotidianeidad porteña, esos rebusques para escapar de la rutina.

Porque, entre esas horas sucediéndose incansables, una tras otra, esas horas de uniforme y sacón negro y corbata y oficina hay un instante de egoísmo... de necesario egoísmo.

Lo primero que atrae mi atención es una hermosa manía que guarda un misterio incomprensible para un desconocedor del tema: la fascinación por el deporte.

Desde muy temprano asoman sus crestas, junto con el despuntar del alba, hombres y mujeres de atléticas formas que estiran sus músculos en el tronco de algún árbol que se apreste a tal ejercicio. Ellos ganan toda mi envidia: yo, que soy un hueso erguido.

Inmediatamente hacen girar sus brazos en círculos, mueven las cabezas de un lado a otro, se agachan hasta tocar la punta de los pies con la punta de los dedos, realizan innumerables esfuerzos por contorsionarse, aprietan el botón de play en los reproductores, mientras la música los alienta sonando en sus oídos sus miradas se extienden al vasto horizonte controlando el cronómetro y el ritmo cardíaco, y por ahí, en esos momentos de furor rompen a... caminar.

Comienzan con pequeños pasos, tanteando el llano y respirando el aire incólume de humo de las plazas, luego apuran la marcha para sentir la vertiginosidad del tiempo y algunos, los más osados y valientes, trotan suavemente por los caminitos de piedra o por la generosa gramilla.

Las vueltas simulan leguas y leguas de recorrido.

Los veo atravesar con sus piernas y cada uno tiene su meta imaginaria, aquel arbolito que alcanzado colma las expectativas y los hace dormir bien y contar las hazañas y proezas del día. Pero los voy dejando con el trote y me animo también a dar una vueltita corriendo, para ver qué se siente... Sólo tengo que alcanzar al pelado que corre delante. Y callar discretamente.

Ezequiel Pérez

Jueves 17 de Noviembre de 2005

Simetrías

Foto por Eduardo Abel GimenezObservar ciertos patrones que regularmente se concretan en la ciudad es el placer nimio que hoy me atañe. Quizá el tedio que ensombrece esta habitación calurosa de un casi verano atípico, quizá la sorpresa que algunos sucesos me causan son los puntapiés iniciales que me arrojan a esta nueva aventura porteña.

A ver: establecer comportamientos que se demuestren generalizados, por decirlo así, en un pueblo como Villa Ramallo, es una tarea no tan complicada para quien posea una mirada perspicaz y sepa asociar conductas. ¡Pero aquí!, donde miles de almas suspiran sus existencias y son abandonadas al libre albedrío de la ciudad y sus caprichos, parece imposible... ¡completamente imposible!

Sin embargo camino por estas calles buscando, indagando en los quehaceres cotidianos y me encuentro con un hecho curioso.

Hay un deporte que yo creía regional de Villa Ramallo, que se practica casi naturalmente y, para estupefacción de mi ánima, se repite aquí pero a gran escala y con otras reglas: la famosa “careada”.

Este juego consiste en extender la cabeza cual si uno fuera a decapitarse en el intento y repasar las caras de los transeúntes, ver los rostros de aquellos que por la simple coincidencia de atravesar nuestras veredas, de entrar en territorio personal, son dignos de toda atención y suscitan los mas descabellados pensamientos.

No importa quienes sean aquellos, y sería ilógico preguntárselo, ya que lo relevante del juego es la pasividad. No hacer nada más que mirar.

Recuerdo que en el pueblo existía también este dulce deporte y supongo que todavía perdura en algunos hombres. Generalmente era ahondado por ancianos sentados en los pórticos de sus hogares, con faz de pocos amigos y enarbolando bastones que prometían descansar en el “marote” de algún párvulo osado.

Aquí los pórticos son balcones y son innecesarios los bastones que denoten una teleología humana, aunque nadie descarta un fin canino...

Me queda el tierno ensueño de quien descubre una patología hermosa que sabe a recuerdo, una paridad que corresponde a dos sitios dispares, a dos lugares asimétricos en los que distan kilómetros físicos y esenciales uno de otro. Pero esto simula un encuentro entre líneas paralelas.

Lento, pero muy lento me voy retirando. Lento, pero muy lento bajo las inquisidoras miradas de invisibles ojos posándose en mi anonimato y en mi cuaderno que sostiene estas notas difusas. Lento, pero muy lento como un susurro ahogándose en un silencio discreto.

Ezequiel Pérez

Jueves 10 de Noviembre de 2005

El mar dulce

Foto por Eduardo Abel GimenezVeo la crudeza del verano incipiente arrimar sus floridas huestes a estos páramos insulsos. El calor produce el efecto predecible de un agotamiento prematuro, que tiene su génesis antes de cualquier acto. Pero me levanto de la cama sudorosa y alejo con una brisa toda la modorra. Queda salir a la calle, al asfalto hirviente que descose las veredas y besar los prodigios de la aventura.

Labro estas notas desde un rincón paradigmático de la ciudad. El colectivo me escupió después de un largo viaje frente a uno de los sitios mas impresionantes que la geografía bonaerense ostenta. De nada sirvieron los mapas, la vana cartografía acumulándose en mi habitación, pues la visión adquiere dimensiones impensables. Aquí, mientras Febo me calienta las sienes, el anchuroso Río de La Plata avanza con una lenta inercia. No fue un mero capricho histórico conferir a este río el apelativo de “Mar dulce”.

Los hombres se agolpan junto a un muchacho que tira de una caña de pescar. Recuerdo mis días de pescador en el puerto de Ramallo, a orillas del generoso Paraná en las noches serenas del estío. Hoy el Paraná esta al alcance de mi vista, confundiéndose con las aguas de otros parajes que desembocan en el Plata.

El muchacho extrae un pez del agua y los demás aprueban la destreza con aplausos y palmadas. Alguien le alcanza un vaso de vino y un retazo de carne fría. Nada cambia, Buenos Aires es una diversidad de formas sucediéndose y armando una geografía genuina.

Oigo el murmullo de las pequeñas olas deslizándose, y la corriente me traslada a otros tiempos. Las aguas turbias tienen el matiz de la tierra, de los pájaros, de los veleros que se divisan a lo lejos. Son manchitas blancas que se pierden en la profundidad del horizonte. No me extraña, sin embargo, que la otra costa sea invisible. Acaso la imaginación es imprescindible en la ciudad: imaginar la gramilla, imaginar el aroma del viento, imaginar el fin de este río. Sé que del otro lado está el Uruguay de Artigas, pero prefiero impregnar de infinitud a esta agua turbulenta de melancolía. Tal vez lo infinito denote esperanza.

Más pescadores lanzan sus plomadas y los anzuelos refulgen con sus lombrices ensartadas. No supe nunca los secretos de la pesca, pero me relamía con los pensamientos de “El viejo y el mar” y los viajes de Simbad. Me gustaba imaginar que yo anidaba en un buque de alta mar. La pesca paciente (paciencia de que carezco), el esperar que el azar se torne en causalidad y un pez desdichado devore la presa maldita son ritos que me sorprenden.

Así, sucede un hecho inesperado; el sol se oculta. Lentamente enfilo mis pasos hacia la parada del 160 y escribo estas letras que pudieran y buscan no tener fin. No es mi deber ni intención conferirle alguno. Opto en cambio por recordar las imágenes, anotar las impresiones y echar una última mirada al Río de La Plata.

Y callar discretamente.

Ezequiel Pérez

Jueves 3 de Noviembre de 2005

El sur

Foto por Eduardo Abel GimenezDe los cuatro puntos que condenan la vasta geografía, elijo uno que me remonta al desamparo. El colectivo empina su cresta hacia el sur, en busca de una pretensión personal. Ya el traqueteo de las imperfecciones del terreno se vuelve un acompasado compañero de ruta. ¿Qué destinos y aventuras anidarán en estas hojas vírgenes? Bajo del colectivo y aspiro el aroma de la reminiscencia ciudadana.

Camino por calles harto mencionadas y oídas antaño. Son calles que recorrí en mis atisbos malevos, en mis noches de insomnio en Villa Ramallo y que hoy, ante la cruda materialización, no puedo mas que acatar y contrastar con esa imagen que fragüé en sueños.

Hasta que un tango resuena en las veredas, fruto amargo y cruel hijo de este barrio sureño:

“Caminito que el tiempo ha borrado
que juntos un día nos viste pasar,
he venido por última vez,
he venido a contarte mi mal.”
Porque aquí, en esta calle “Caminito amigo, compañero”, sucedo mis pasos rememorando recuerdos que nunca tuve, pero que, por ser falsos, no dejan de ser míos.

Vahos de melancolía surgen de la tierra confundiéndose con el murmullo ausente del Riachuelo. La Boca, el barrio colmado en su prístina mocedad de “tanos laburantes” y europeos soñadores, es el principio de muchas castas argentinas. Mis ojos recorren los recovecos aislados de este misterio. Imponiéndose, desde esta calle logro vislumbrar la cuna de infinitas pasiones que otros osan denominar “bombonera”. Se alza y resquebraja este cielo boquense que, más azul, más dorado, es mero reflejo del Olimpo.

Avanzo por el Caminito y encuentro pinturas, arte sobre el arte ciudadano, impresiones de artisrtas callejeros que intentan inmortalizar en óleo su barrio. Así, recuerdo a aquel que surgió cual saeta de estas calles disformes, el hijo pródigo de La Boca: Quinquela Martín. Sus obras conservadas hoy en estos lugares, en las paredes de la cancha xeneize, en los rostros lejanos de los habitantes; pues, y es imposible negarlo, La Boca parece el mejor cuadro del mejor pintor.

Las veredas angostas de tránsito absurdo me conducen hacia el sonido inconfundible de la música porteña. Bailarines diestros profesan la fe milonguera ante un público extranjero. Eso y el aroma a comida escurriéndose en la atmósfera me envuelven en un halo festivo de bailes y sentencias exclamatorias en italiano.

Este barrio me regala sus viviendas pintorescas, quizá el rasgo más impresionante de Buenos Aires. Concluyo que la cristalización más pura del espíritu de la capital se encuentra en estos antiguos conventillos pintados de extravagantes colores. Es un cuadro hermoso, imperdible.

Imagino las voces que colmaron los rincones de los edificios, casas antiquísimas que se remontan a la historia de la gran inmigración. Tal vez, algún día, logre desenmarañar los hilos de este barrio. Me contento ahora con unas migajas y el estruendo de las grúas en lontananza y el saber que allá, no muy lejos, hay un puente y un río que hoy tristemente luce sus aguas contaminadas. Pero hubo un tiempo en que fueron las aguas cristales del plata.

Ahora me voy, ahora dirijo mis pasos hacia el norte nuevamente. Me voy silbando y con las manos escudriñando los bolsillos, y hallo, en el fondo, unos versos que dejo escapar con pésima entonación:

“Una sombra ya pronto serás,
una sombra lo mismo que yo.”
Callo discretamente.

Ezequiel Pérez

Jueves 27 de Octubre de 2005

Nocturna

Foto por Eduardo Abel GimenezHoy me propuse desafiar a las absurdas fuerzas de la predicción que acechan desde esos rincones menos predecibles de la existencia. Despedí la caterva de libros insólitos que fueron amontonándose durante mi estrecha estadía en la ciudad y salí a la calle para beber del néctar de los dioses. Y así camino entre el aluvión de automóviles y afiches de campañas electorales que van despegándose de los muros. Todo es corrompible. Todo menos la noche.

Lentamente el cielo se tiñe de un púrpura genuino que nunca tuvo predecesor en la llanura. Ese cielo se muere de ocaso.

La noche porteña sostiene uno de los misterios ancestrales incognoscibles. Me encamino a una calle cerrada en adoquines de otrora y rieles donde alguna vez irrumpió el ferrocarril urbano. Los rieles se confunden con las piedras, las piedras con las paredes, y ya es imposible reconocer, o creer que se reconoce un objeto. Trato de imaginar las levitas, los trajes que pasearon por estos páramos. Páramos negros; negro como el matiz que adquiere esta cuadra, igual a todas las demás, que atravieso con sosiego melancólico. Llevo las manos en los bolsillos y silbo entre dientes algún lamento.

Buenos Aires parece en cada momento percatarse de lo que no fue. Se oye en cada esquina rosada, en los cafés rústicos y malevos, en las aceras hostigadas de calor, en los rostros ataviados. Es un dulce sonido de recuerdo. Esta ciudad que quiso ser alguna vez un extracto europeo, es un trozo en bruto de la América virgen y quizá esto la haga más interesante. Ahora comprendo por qué la conjunción de trazados disformes ha sido cuna de grandes elogios poéticos. Buenos Aires, en fin, tiene su esencia en la noche, como París, como la niebla londinense, como las ciudades que se niegan a ser ciudades.

Me siento en el cordón de la vereda. Observo como la penumbra deglute con pernicioso afán los recovecos. Si esta ciudad fuera colmada de luces en todas partes, si no existieran estos minúsculos antros, pasaría desapercibida por su vulgaridad. Penetrando en el profundo sendero de la nostalgia, la noche porteña demuestra una musa que elogia espectros e historias hirvientes. Casi puedo escuchar el aceite en los lomos ingleses de la reconquista, la sentencia de Dorrego y su chaquetilla, la pluma silenciosa de Esteban Echeverría labrando su propio exilio. Y más.

Me voy retirando hacia unos humildes aposentos. Todavía me parecen vigentes las palabras que se esbozaron en otros tiempos y con otros fines de la boca de Varela:

"¿Será que ese monstruo robártelos pueda
y de ti se diga que solo te queda
el mísero orgullo de un tiempo que fue?"
Callo, muy discretamente.

Ezequiel Pérez

Jueves 20 de Octubre de 2005

Rincones

libreria-sanchez.jpgCaminar es un arte secreto que convida a las más extraordinarias musas a fraguar loas impensables.

Camino y encierro el misterio de un propósito diverso. En una olvidada cuadra veo un local que ostenta un cartelito que dice “Libros usados”. Buscando explicaciones arremeto dentro del “sucucho” con la esperanza de hallar quizá, como una jugada del destino, aquella aventura que rememore el Cide Hamete Benengeli.

Me recibe un viejo de bigotes empinados que cubren su rostro y dejan entrever una graciosa morisqueta. Los personajes porteños parecen sacados de una ficción. Fuma un cigarrillo con boquilla de plata y sonriente me pregunta: “¿Qué busca, joven?”. Ante mi estupor debe suponer que ingresé al local por equivocación y entonces me dice que mire lo que quiera y lleve lo que pague (esto lo esboza soltando una sonrisita maliciosa que guarda una advertencia en el fondo).

Adentro mis pasos hacia un sitio oscuro y me encuentro con algo estupendo.

Cuando en el pueblo en que crecí veíamos que la camioneta blanca pasaba por la angosta avenida, corríamos a la par hasta desembocar en el almacén/kiosco/tienda de ropa y libros (era polifuncional). Aguardábamos a que desembalaran las cajas y veíamos los nuevos ejemplares de libros que traían de la ciudad. Rompíamos la cajita de los ahorros y comprábamos el néctar sacro.

Aquí, un aroma a otrora, a polvo milenario esparciéndose por el recinto, empapa los volúmenes que descansan por doquier. Están en anaqueles derruidos, en el suelo, en una mesita... Duermen el olvido.

Estos libros han pasado por otras manos, han sido soñados y recordados, palpados y bebidos por otros ojos curiosos y ávidos. Pensar que cada uno de ellos contiene un sello inextricable hace que los ejemplares infundan respeto; hacen que abra la tapa bordada por Cronos y que compruebe que estoy frente a un Juan Moreira amarillento y hojeado mil veces.

Así me topo con Sinhué el egipcio, con Kim de Kipling, Aldecoa, Fernando de Rojas y nombres y más nombres inmortalizados. Siempre creí que un libro encerraba el alma de su autor, o por lo menos una porción de ella. Un libro está colmado de esperanza, paciencia, intelecto y por sobre todo: tiempo, y el tiempo efímero hace que la esencia sortee la mortalidad con cada edición.

Entre las pilas de libros encuentro a otros como yo. Alguien me dijo “ratón de biblioteca”. Tal vez lo seamos.

Caído en el piso, un gran libro me llama la atención. Sale unos pocos pesos. Lo abro y descubro en pequeñas letras que Sherezade culmina otra noche.

Y calla discretamente.

Ezequiel Pérez

(La foto viene del sitio de la Librería Sánchez de Barcelona.)


Jueves 13 de Octubre de 2005

Palermo de Buenos Aires

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Ahora es cuando la primavera hermosea los pocos árboles y las fresias marchitas de los puestos de flores. Pero una flor arrancada de cuajo, de su esencia, de su espíritu; en fin, de la tierra su morada, es un alma muerta en un nylon. Pienso en esto y en el calor del asfalto y de la muchedumbre. Busco un lugar quizá incoherente en la ciudad que encierre el aura inmortal de lo rupestre y la flora silvestre del Edén y el Parnaso de los poetas.

Frente a la imposibilidad un amigo intenta convencerme de una alternativa que descreo inmediatamente. Me dice, con aire de despreocupación, que ese lugar ansiado existe en la Ciudad de Buenos Aires y que es el corazón de la urbe porteña. Un lugar en que el monte se traslada a la masa de automóviles y a los edificios interminables.

Sin precisar más explicaciones decido acometer la empresa. Una vez más Buenos Aires puede ser maná de este humilde manchego que juega a ser caballero andante.

Camino por un Palermo desconcertante de calles que sólo he visto impresas en los libros. Recuerdo el Palermo de Bioy en “El sueño de los héroes”, la de Evaristo Carriego, pero nada de esto contrasta con la imagen labrada en mi imaginación. Llego a un parque; llego a un bosque increíble.

El bosque de Palermo simula un desatino de la ciudad. Hay paz, hay tranquilidad en cada intersticio. Árboles sucediéndose unos a otros y césped pintando el suelo de matices dispares. Hay pájaros por doquier, piando cual si fuese este sitio la Pampa infinita y es que hay algo de aquellas tierras por aquí, algo que se coló en los planos de la magnanimidad urbana.

Pero lo mas relevante es el lago. Porque esto sí es una gloria de la naturaleza y ante ello, sobresale la impotencia del hombre por disponer un paisaje prefecto. Botecitos a pedal surcando las aguas quietas, aguas del color del barro y de la historia. Porque estas praderas fueron del Restaurador, de Don Juan Manuel de Rosas, héroe o tirano. Aunque poco importa eso.

Un puente con una glorieta cruza el lago y las aves revolotean continuamente derramando una melancolía porteña y un lejano orgullo pampeano. Subo al puente y observo aquel manantial de historias, de enamorados debajo de un árbol y parejas que van de la mano esparciendo suspiros.

Quisiera conocer cada minucia de bosque, cada imperfección del terreno, cada maleza, cada animal que vague por la profundidad del agua marrón y turbia. Pero tengo en cambio estas notas que encierran un propósito que ni siquiera yo logro comprender. Tengo eso y el silencio milenario de la discreción.

Ezequiel Pérez

Jueves 6 de Octubre de 2005

La Feria

Fotos por Eduardo Abel Gimenez“Las callecitas de Buenos Aires tienen ese... qué se yo, viste.”

Bien reza este proverbio apócrifo. A un lado se levanta el inacabable Cementerio de la Recoleta, donde comparten la eternidad poetas y héroes, desconocidos y personajes que ocupan páginas en las Enciclopedias Históricas. Pero más allá, ahondando la vista en una analogía de lince casi cómico de Barrios ancestrales, hallo un delirio mas de la ciudad. ¡Loca, loca ciudad! ¡Paradójica ciudad de desaciertos!

Estas notas se labran camino al absurdo, mientras me atiborro de un sol leve y afable, acostumbrándome a la aventura campante en medio de la esquina. Porque: ¿a quién se le ocurre estampar, así, como un parto del azar, una Feria en las puertas de sitio Sacro? Sin embargo, lejos de parecerme una inmoralidad y mas cercano a la curiosidad (que atrapa al gato y engatusa al hombre), me acerco y llevo conmigo los huesos y chirolas tintineantes. Una Feria ambulante de parecer sedentaria con matices que al instante me sitúan en la década incongruente de los anales populares.

Es decir, y es bueno que lo desembuche de una buena vez por todas, me encuentro en una feria hippie. Por eso el “ye, ye, ye” hirsuto de los fabulosos de Liverpool acompaña un halo somnoliento que descansa en premisas pretéritas de “Peace and Love” (“Paz y Amor”). En esta porteñísima ciudad de milongas y malevos, resulta que ha sido engendrada una raza de rampantes pelilargos y de barbas hasta las rodillas. Los muchachos cargan sus guitarras pintarrajeadas con florcitas. Buenos Aires, la de los arrabales, la que veía a "la luna rodando por Callao", me muestra hoy otra tangente.

La arquitectura de los sucuchos está montada en cimientos de caños cubiertos por lonas, carteles publicitarios, aparentando excelentemente un mostrador o una tienda de esas que se ven en la India. Los vendedores ofrecen los mas dispares y disparatados objetos: desde chales y gorros hasta radios AM-FM de bolsillo; desde cuadros con la efigie de Jorge Luís Borges y Ernesto Sábato hasta dulce de membrillo artesanal; y así, ad infinitum. Recorro cada uno de los muestrarios y el ingenio de los artesanos que labran sobre madera su sustento promueve una leve sonrisa y un ansia incurable de proveerme de todas las chucherías habidas. Mano al bolsillo: nada.

Unos muchachos bailan en ronda al son de Los Beatles. Buenos Aires es una conjunción de tiempos.

Lentamente termino el recorrido. Lentamente, como una guitarra en su rasguido final. Y de ese modo, en este colorido sitio de Casiopea dando vueltas, acallo las notas con un breve mutis, con un sueño de discreto silencio.

Ezequiel Pérez

Jueves 29 de Septiembre de 2005

La torre de Babel

Babelisco, collage por Eduardo Abel Gimenez

Hoy presiento el augurio del estío. Los rayos se cuelan entre las hendijas e iluminan el papelerío que descansa en mi cama. Abandono la frescura y el placer de esta pequeña habitación, en una Residencia absorta.

Debo a los libros de historia la visualización de mi anhelo. Pensar que nosotros (y en el abstracto nombre de la tercera persona del plural me incluyo en el último asiento) tenemos también una Torre de Babel, alienta mis ansia de aventurero. Cargo con la guía de mapas y me lanzo en busca de lo desconocido.

Los transeúntes abrazan camisas sueltas y mudan los trajes que lucieron cuando la helada. Buenos Aires tiende un laberinto de calles y desemboco (¡oh causalidad!) en la archiconocida Avenida 9 de Julio. Sé que avanzando por la acera hallaré lo deseado.

Algunos me han dicho que el obelisco es imponente. Yo he preferido ultrajar las incógnitas de la urbanidad y comprobar esas mentas con mis propios ojos, como si la materialidad sugiriera certeza. Un obelisco es un gran monolito que para el pueblo egipcio simbolizaba una alabanza a Ra, Dios del Sol. Creo entender que el obelisco porteño no persigue ese fin… Creo entender.

Veo una punta asomar en lontananza. Me acerco apurando el paso y no puedo evitar el llevarme por delante varias personas. El último tramo lo hago al trote. Erguido frente a mi, impasible, señorial, está el alma de esta ciudad.

Donde convergen cuatro esquinas, donde las nubes se vuelven nítidas al igual que el cielo, como la espada que hizo Rey a Arturo, se halla clavado este gigante blanco que recuerda alguna fecha imborrable. Las escrituras hablan de una torre que se erigió en la región de Senaar y que buscaba llegar a Dios y que fue destruida por querer llegar a Él, originando las diversas lenguas. Cuando este obelisco se levantó, tal vez ansiaba los fines de su antecesor y como castigo se dio a cada porteño un idioma distinto. Allí la posible explicación de la abstracción en que se encuentran muchos de los habitantes.

Alrededor del inmenso alfiler (así se me figura) está dibujado un círculo de césped mientras los autos avanzan a toda velocidad. Observo atónito aquel monumento y prefiero ahorrar adjetivos a enfrascarme en una descripción inocente. Sólo puedo asegurar que desde aquí surgen y mueren todas las líneas del universo.

Tal magnanimidad me hace reparar en el poderío de las manos y el ingenio. Me entero, por un muchacho que guía a un grupo de turistas orientales, que el obelisco por dentro es hueco y que una escalerita conduce a la punta.

Me siento más pequeño, más humilde, como deben sentirse aquellos que viven al pie de la montaña o ante la infinita pradera. Quizá el Obelisco represente un arma de unidad contra la soberbia, en un sitio donde no hay sierras ni llanos.

Alejo mis pasos suavemente. El obelisco desgarra la ciudad, como antaño los arrabales, la noche viene ensombreciendo el ocaso y los automóviles encienden sus cegadores faroles. Ya estoy en silencio, ya la inmensidad me ha dejado metafísico. Me queda la imagen, la imaginación, unas notas, una historia que contar y otro tipo de silencio. Un silencio mas discreto.

Ezequiel Pérez

Jueves 22 de Septiembre de 2005

Tango

tango-notas-urbanas.jpgBajo por una escalera a un mohíno antro. Últimamente frecuento los diversos suburbios de Buenos Aires con la vana esperaza de absorber el néctar porteño, esa esencia incongruente.

La mayoría de las veces me siento en una silla alejada del resto, pido un café y me enfrasco en la lectura de algún libro ignoto. Otras veces dejo de pensar.

Suena por los altoparlantes un tango, el son que acompaña la vertiginosidad ciudadana. El bandoneón siempre me pareció como un puñal: espectral, álgido, tajante. Soy inservible para rememorar nombres, ergo desconozco el título de la pieza. Hoy no leo. Hoy me desangro en estas notas oscuras.

Un hombre se levanta de la silla y produce al arrastrarla el signo del baile. Enseguida una mocita de ojos verdelagoprofundo (como diría Marechal) acomoda su falda corta y carmesí. Sus tacones resuenan y las medias en red siguen el paso del compadrito. Oí de este ritual en las calles y en los libros apócrifos. El hombre levanta el cuello de su camisa, achina los ojos y ladea los labios. Comienza la milonga.

Se toman del cuerpo. Las luces decaen y simulan una densa atmósfera. El hombre aferra a la muchacha por la cintura y se mueven al unísono. Primero lo hacen lentamente, luego realizan movimientos audaces que deleitan a los espectadores. El café está en penumbras, solo el moño chillón de la mujer resalta en la ceguera. Las piernas se deslizan y atacan a las de su contrincante y parecen enredaderas o serpientes que acechan en la noche.

El tango es quizá una ilusión, un anacronismo urbano.

Los enemigos entrelazados hasta la muerte van a un lado y otro, desenredando el misterio del dos por cuatro, indagando en las aguas turbias del malevaje. Son sólo ellos en la sala.

Cesa la canción con su pretérito “chán-chán” y los pocos que aquí quedamos, por el cansancio y la hora, aplaudimos con fervor. Ese es tal vez el papel que desempeñamos en este teatro cotidiano. El café se derrite en mis labios, como estas notas entre mis dedos. La pluma corre sobre la hoja incólume. Me gustaría ser diestro en el baile, pero es un don que me ha sido vedado desde antes de nacer.

Otras parejas cumplen con otros ritos, otros sones pasan por mis oídos. Tomo los papeles y atino a sellar estas notas breves con una marca irrefutable. Con un silencio melancólico y discreto.

Ezequiel Pérez

Imagen: fragmento de una foto de Luján publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.