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Principios de novela
Jueves 5 de Enero de 2006
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Viernes 24 de mayo 1867, a las 3 de la tarde, en el gran salón del Club Femenino; bajo el control del notario firmante, se procederá al sorteo de la lotería organizada por cuenta de Miss Annie Clayfert, llamada "La Soberana del Campo de Oro", que por su hermosura no tiene igual entre todas las jóvenes de San Francisco de California.
Por deseo expreso de la señorita Clayfert el vencedor podrá rematar el premio al precio de veinte mil dólares.
¡El viernes 24 de mayo, a las 3 de la tarde todo el mundo deberá concurrir al salón del Club Femenino, donde la señorita Annie, se presentará al público con toda su radiante belleza!
John Davis
"Notario de San Francisco"
Este extraño aviso, fijo en las paredes de todas las casas de la Reina del Océano Pacífico y clavado en los troncos de los árboles de los principales paseos públicos, no había dejado de producir cierto efecto, pese a que no era algo muy nuevo el caso de jovencitas sin familia que se remataban para casarse con el mejor postor como si fueran simples objetos del Montepío.
A decir verdad, con el correr del tiempo semejantes episodios fueron tornándose más raros en las grandes y populosas ciudades de América del Norte, pero en aquel año de 1867 se veían a menudo, y muchos matrimonios eran realizados en aquella forma.
No era pues raro en aquella época el caso de señoritas sin un centavo, e inclusive de algún joven, que pensasen en hacerse rematar para librarse de la miseria material y mejorar su posición.
Aquellas loterías o remates, resultaban siempre fructíferas.
(Así empieza La soberana del campo de oro, de Emilio Salgari. La imagen proviene de este sitio.)
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Martes 20 de Diciembre de 2005
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De una clínica mental privada situada cerca de Providence, Rhode Island, desapareció recientemente una persona de características muy notables. Llevaba el nombre de Charles Dexter Ward y había sido recluida allí, a la fuerza, por un apenado padre que vio cómo la aberración iba convirtiéndose de la simple excentricidad en peligrosa manía, que implicaba a la vez una posibilidad de tendencias asesinas y un peculiar cambio en el aparente contenido de su mente. los médicos habían confesado su desconcierto ante aquel caso, dado que presentaba anomalías de carácter fisiológico y psicológico al mismo tiempo.
En primer lugar, el paciente parecía mucho más viejo de lo que sus veintiséis años permitían suponer. Es cierto que los trastornos mentales envejecen rápidamente; pero el rostro de aquel joven había adquirido la expresión que en circunstancias normales sólo poseen las personas de edad muy avanzada. En segundo lugar, sus procesos orgánicos mostraban un extraño desequilibrio, sin precedente en la ciencia médica. El sistema respiratorio y el corazón actuaban con desconcertante falta de simetría, la voz no pasaba de ser un susurro apenas audible, la digestión era increíblemente prolongada, y las reacciones nerviosas a los estímulos corrientes no guardaban ninguna relación con nada registrado hasta entonces, ni normal ni patológico. La piel tenía una morbosa sequedad, y la estructura celular de los tejidos parecía exageradamente áspera y desunida. Incluso un gran lunar oliváceo que tenía en la cadera derecha había desaparecido, en tanto que en su pecho se había formado una extraña mancha negruzca. En general, todos los médicos coincidían en que los procesos del metabolismo habían sufrido en Ward una recesión de alcance incalculable.
También psicológicamente Charles Ward era único. Su locura no tenía la menor afinidad con ninguna de las formas registradas en los tratados más recientes y exhaustivos, y se acompañaba de una energía mental tal que hubieran hecho de él un genio o un caudillo de no haber asumido una forma retorcida y grotesca. El doctor Wilett, que era el médico de la familia Ward, afirmaba que la capacidad mental del paciente, a juzgar por su respuesta a temas ajenos a la esfera de su demencia, había aumentado realmente desde su reclusión. Ward, es cierto, fue siempre un erudito en el campo de las antigüedades; pero ni el más brillante de sus trabajos anteriores revelaba la prodigiosa inteligencia desplegada en el curso de los exámenesa que le sometieron los alienistas. En realidad, la mente del joven parecía tan lúcida que resultó muy difícil obtener un mandamiento legal para su reclusión; y únicamente el testimonio de otros, y la existencia de muchas lagunas anormales en su fluida corriente intelectiva permitieron su internamiento. Hasta el momento de su desaparición fue un voraz lector y un gran conversador, en la medida en que se lo permitía la pérdida progresiva de la voz; y perspicaces observadores, sin prever la posibilidad de su fuga, predecían que no tardaría en salir de la clínica, curado.
Únicamente el doctor Willett, que había asistido a la madre de Charles Ward cuando éste vino al mundo, y le había visto crecer física y espiritualmente desde entonces, parecía asustado ante la idea de su futura libertad. Había tenido una terrible experiencia y había hecho un terrible descubrimiento que no se atrevió a revelar a sus escépticos colegas.
(Así empieza El caso de Charles Dexter Ward, de H. P. Lovecraft. La imagen proviene de este sitio en inglés.)
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Lunes 28 de Noviembre de 2005
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La mañana filtraba su luz a través del cielo, prestándole el tono agrisado de la tierra.
La sembradora terminó de arar la superficie de los tres mil acres. Cuando hubo trazado el último surco, trepó a la carretera para contemplar su labor. Había hecho un buen trabajo. Pero la tierra era mala. Como todo el suelo del planeta, estaba viciada por la siembra intensiva. Habría debido quedar en barbecho por un tiempo, pero la sembradora tenía otras órdenes.
Bajó lentamente por la ruta, sin apresurarse. Era lo bastante inteligente como para apreciar el esmero de su fabricación. Nada fallaba, salvo un ánodo de inspección que estaba flojo, encima de las pilas nucleares; habría que ajustarlo. Sus nueve metros de altura eran tan compactos que la luz mortecina no hallaba en ellos resquicio donde filtrarse.
Camino a la Estación de Agricultura, la sembradora no se cruzó con ninguna máquina. Lo notó sin comentarios. Al llegar al patio de la estación se encontró con otras varias. A esas horas, muchas de ellas debían estar en actividad. En cambio, algunas permanecían inactivas, y otras recorrían el patio de un modo extraño, entre gritos o bocinazos.
La sembradora maniobró con cuidado entre ellas y se dirigió al Depósito Tres, para hablar con la distribuidora de semillas, que permanecía ociosa en la puerta.
—Tengo un pedido de patatas de semilla —le dijo a la distribuidora.
Con veloces movimientos internos, perforó una tarjeta de pedido, especificando cantidad, números de terreno y otros varios detalles, y la entregó a la distribuidora. Ésta aproximó la tarjeta a su ojo y luego dijo:
—El pedido está en orden, pero el depósito aún no ha sido abierto. Las patatas de semillas requeridas están en el depósito. Por lo tanto, no puedo entregar el pedido.
Últimamente venían produciéndose fallas cada vez más frecuentes en el complejo sistema del trabajo mecánico, pero nunca había surgido una dificultad semejante. La sembradora, tras meditar un momento, preguntó:
—¿Por qué no ha sido abierto el depósito?
—Porque la operadora de Suministros Tipo P no ha venido esta mañana. La operadora de Suministros Tipo P es la cerrajera.
La sembradora miró a la distribuidora de semillas, cuyas tolvas, balanzas y cubetas exteriores eran tan diferentes de sus propios miembros.
—¿Qué clase de cerebro tienes, distribuidora de semillas?—preguntó.
—Tengo un cerebro Clase Cinco.
—Yo tengo un cerebro Clase Tres. Por lo tanto, soy superior a tí. Iré a ver entonces por qué no ha venido esta mañana la cerrajera.
(Así empieza La estrella imposible, de Brian Aldiss.)
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Viernes 31 de Diciembre de 2004
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Coleman decía:
–No tenía hermanos ni hermanas. Mi única hija. Supongo que eso hace las cosas un poco más fáciles.
Ray caminaba con la cabeza descubierta y agachada, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. Se estremeció. El aire nocturno de Roma era cortante, el invierno se avecinaba. Ray pensó que las cosas no eran más fáciles por el hecho de que Peggy fuera hija única. Ciertamente no parecían más fáciles para Coleman. La calle por donde caminaban estaba oscura. Ray alzó la cabeza en busca de algún rótulo con el nombre de la calle y no lo encontró.
–¿Sabes adónde vamos? –preguntó.
–Allá abajo habrá taxis –contestó Coleman, señalando con la cabeza.
La calzada se inclinaba hacia abajo. El sonido de sus pisadas se hacía más agudo cuando los zapatos resbalaban un poco. Ray apenas daba más de un paso por cada dos que daba Coleman. Coleman era bajo y tenía una forma de andar rápida y brusca, balanceándose. De vez en cuando el humo del cigarro, amargo y negro, que sujetaba entre los dientes llegaba a las fosas nasales de Ray.
(Así empieza El juego del escondite, de Patricia Highsmith.)
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Jueves 30 de Diciembre de 2004
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Finalmente, volvía después de una ausencia de dos semanas. Los nuestros llevaban ya tres días en Ruletenburg. Yo pensaba que sólo ellos y Dios sabían con qué ansia me estaban esperando, pero me equivocaba. El general se mostró muy displicente, habló conmigo con altanería y me remitió a su hermana. Estaba claro que habían conseguido dinero. Me pareció, incluso, que sentía cierto reparo en mirarme. María Filíppovna estaba ocupadísima y habló conmigo muy superficialmente; tomó, sin embargo, el dinero, lo contó y escuchó todo mi informe. Aguardaban para la comida a Mezentsov, a un francés y a cierto inglés; era su costumbre en cuanto tenían dinero: inmediatamente daban una comida de gala, a la manera moscovita. Polina Alexándrovna me preguntó al verme por qué me había retrasado tanto, y sin aguardar respuesta se fue no sé adónde. Se comprende que lo hizo a propósito. No obstante, entre nosotros dos era necesaria una explicación. Se habían reunido muchas cosas.
(Así empieza El jugador, de Fedor Dostoievski.)
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Miércoles 29 de Diciembre de 2004
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La doctora Sarah Blakeney se detuvo junto a la bañera y se preguntó cómo la muerte podría ser descrita como una victoria. Aquí no había ningún triunfo, ninguna sensación persistente de que Mathilda hubiese abandonado su cuerpo terrenal a cambio de algo mejor, ni siquiera un indicio de que hubiera hallado la paz.
—¿Quiere mi sincera opinión? —dijo con lentitud, para responder a la pregunta del policía—. En ese caso, no, Mathilda Gillespie es la última persona que yo hubiese esperado que se suicidara.
(Así empieza La mordaza de la chismosa, de Minette Walters. El link te lleva al sitio oficial de la autora, en inglés.)
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Martes 28 de Diciembre de 2004
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Cinco horas de jet lag, y Cayce Pollard se despierta en Camden Town para hacer frente a los temibles predadores de sus trastocados ritmos circadianos dando vueltas y más vueltas.
Es esa antihora apagada y espectral, anegada de mareas límbicas, en la que el tronco cerebral se agita caprichosamente, trasmitiendo inadecuadas exigencias reptilianas de sexo, comida, sedación, todo lo anterior, y nada de lo cual es ahora una opción posible.
Ni siquiera la comida, porque la cocina nueva de Damien está tan desprovista de contenido comestible como sus escaparates de diseñador en Camden High Street. Muy hermosa: los armarios superiores revestidos con contrachapado amarillo canario, los inferiores de impoluto color manzana lacado. Muy limpios y casi totalmente vacíos, excepto por un envase de cartón que contiene dos pellas resecas de Weetabix y algunos paquetes sueltos de infusiones de hierbas. Nada en absoluto en la nevera alemana, tan nueva q su interior sólo huele a frío y a monómeros de cadena larga.
Ahora sabe, sin lugar a dudas, mientras oye el ruido constante que es Londres, que la teoría del jet lag de Demien es correcta: que su alma mortal se encuentra a leguas detrás de ella y está siendo recogida por algún fantasmal cordón umbilical desde la estela desvanecida del avión que la ha traído aquí, a decenas de miles de metros por encima del Atlántico. Las almas no pueden moverse con tanta rapidez, se quedan rezagadas y hay que esperarlas, al llegar a destino, como maletas perdidas.
(Así empieza Mundo espejo, de William Gibson.)
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Lunes 27 de Diciembre de 2004
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El hombre que acaba de entrar en la tienda para alquilar la película tiene en su documento de identidad un nombre nada corriente, de cierto sabor clásico que el tiempo ha transformado en vetusto, nada menos que Tertuliano Máximo Afonso. El Máximo y el Afonso, de uso más común, todavía consigue admitirlos, siempre dependiendo de la disposición de espíritu en que se encuentre, pero el Tertuliano le pesa como una losa desde el primer día en que comprendió que el maldito nombre podía ser pronunciado con una ironía casi ofensiva. Es profesor de Historia en un instituto de enseñanza secundaria, y la película se la ha sugerido un colega de trabajo, aunque previniéndole, No es ninguna obra maestra del cine, pero te entretendrá durante hora y media. Verdaderamente Tertuliano Máximo Afonso anda muy necesitado de estímulos que lo distraigan, vive solo y se aburre, o hablando con la exactitud clínica que la actualidad requiere, se ha rendido a esa temporal debilidad de ánimo que suele conocerse como depresión.
(Así empieza El hombre duplicado, de José Saramago.)
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Domingo 26 de Diciembre de 2004
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—Son perros.
—Mi príncipe...
—Son menos que perros. Míralos, se arrastran sobre el vientre como gusanos.
—Príncipe Nactor, son hombres que lucharon con valentía contra nosotros.
—...y a quienes vencimos, teniente Kire. —El príncipe deslizó los largos dedos por los rombos de los alambres cruzados de la valla y cerró la mano—. Eso me da derecho a hacer lo que quiera con ellos. —Con la mano libre, sin quitarse el gusnte de cuero, sacó el fusil de energía—. Lo que quiera.
—Mi príncipe, ¡vuestro también es el derecho a ser clemente...!
(Así empieza En Çiron vuelan, de Samuel R. Delany.)
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Sábado 25 de Diciembre de 2004
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A principios del otoño del año pasado se celebró ante el juzgado municipal de Birglar la vista de una causa de cuyo desarrollo apenas se enteró la opinión pública. Los tres periódicos que circulaban en la comarca de Birglar —el "Rheinische Rundschau", el "Rheinische Tagblatt" y el "Duhrtalbote"— y que con ocasión de algunos hurtos de ganado, de grandes accidentes de tráfico o de reyertas de feria acostumbraban apublicar extensos reportajes en sus secciones "Desde la sala de audiencia", "En la sala de audiencia" y "Noticias de la sala de audiencia", se limitaron a publicar una breve reseña del caso, que, cosa rara, era la misma en los tres periódicos:
"El señor Gruhl y su hijo tuvieron un juez benévolo. Una d elas personalidades más queridas de la vida pública de nuestra cabeza de partido, el juez municipal doctor Stollfuss, que será honrado como merece en estas columnas, presidió —fue su última actuación antes del retiro— el proceso contra Johann y George Gruhl de Huskirchen, cuya incomprensible fechoría había inquietado a algunas personas en el pasado mes de junio. Tras la vista de la causa, que duró un día, los dos Gruhl fueron condenados al pago de daños y perjuicios y a seis semas de prisión menor. Después de una breve consulta con su abogado defensor, el doctor Hermes de Birglar, aceptaron la benevolente condena que se les impuso. Como se les computó el tiempo de prisión preventiva, quedaron inmediatamente en libertad."
(Así empieza Acto de servicio, de Heinrich Böll.)
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Viernes 24 de Diciembre de 2004
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Aquel zumbido resultaba insoportable. Intenté aplastarla con la mano una y otra vez, pero sin éxito. La oreja, la nariz, la boca..., atacaba por todos lados, implacable. Me di la vuelta para esquivarla, volví a la postura inicial. No había manera. Era horrible.
Al fin abrí los ojos y localicé a la maldita mosca, gorda y negra, sobre la colcha blanca. Atiné y me levanté para ir a lavarme la mano. Evité el espejo. Me metí en la cocina, puse agua a calentar y busqué los filtros para el café. Así seguí hasta encontrarme ante un café caliente y humeante. Era el once de agosto de mil novecientos ochenta y tres, mi cumpleaños.
(Así empieza ¡Happy birthday, turco!, de Jakob Arjouni.)
Jakob Arjouni: info en inglés, info en alemán.
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Jueves 23 de Diciembre de 2004
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Se estaba produciendo una revolución, tan modesta y educada que casi nadie había reparado en ella. Como quien visita un plató abandonado, me detuve junto a la entrada de Chelsea Marina y escuché el tráfico matutino de King's Road, una tranquilizadora mezcla de radios de coches y sirenas de ambulancias. Más allá de la casa del guarda se extendían las calles de la urbanización desierta, una visión apocalíptica desprovista de la banda sonora. De los balcones colgaban pancartas de protesta, y conté una docena de coches volcados y al menos dos casas quemadas.
Sin embargo, ninguno de los compradores que pasaban a mi lado mostraban la menor preocupación. Otra fiesta de Chelsea se había salido de madre, aunque los invitados estaban demasiado borrachos para notarlo. Y, en cierto modo, eso era verdad. La mayoría de los rebeldes, y hasta algunos de los cabecillas no comprendieron nunca lo que ocurría en ese cómodo enclave. Pero esos revolucionarios agradables y excesivamente cultos se rebelaban contra ellos mismos.
(Así empieza Milenio negro, de J. G. Ballard.)
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Miércoles 22 de Diciembre de 2004
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Briony escribió la obra —para la que ella misma había diseñado los carteles, los programas y las entradas, construido la taquilla con una cartulina doblada por un lado, y forrado la caja de recaudación con papel crepé rojo— en una tormenta compositiva que duró dos días y que le hizo saltarse un desayuno y un almuerzo. Cuando los preparativos hubieron terminado, no le quedó nada más por hacer que contemplar el borrador acabado y aguardar la aparición de sus primos del lejano norte. Sólo habría un día para ensayar antes de que llegara su hermano. Por momentos gélida, a ratos tristísima, la obra refería la historia de un alma cuyo mensaje, transmitido en un prólogo en verso, era que el amor que no asentaba sus cimientos en la sensatez estaba condenado. La temeraria pasión de la heroína, Arabella, por un malvado conde extranjero es catigada con el infortunio cuando ella contrae el cólera durante un avance impetuoso hacia una ciudad costera con su prometido. Abandonada por él y por casi todo el mundo, postrada en cama en una buhardilla, descubre que posee sentido del humor. La fortuna le ofrece una segunda oportunidad en forma de médico empobrecido: en verdad, se trata de un príncipe disfrazado que ha elegido ocuparse de los necesitados. Curada por él, esta vez Arabella elige sensatamente y obtiene la recompensa de la reconciliación con su familia y una boda con el príncipe médico, "un día ventoso y soleado de primavera".
(Así empieza Expiación, de Ian McEwan.)
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Martes 21 de Diciembre de 2004
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Nunca se sabe lo que a un irlandés borracho puede ocurrírsele. Solamente cabe aventurar suposiciones, en cuyo caso el márgen para éstas es infinito.
Usted puede enumerarlas por el orden de sus probabilidades. Las más susceptibles de producirse son fáciles de enumerar. Por ejemplo: es posible que el irlandés se tome una copa más, que riña con alguien, que pronuncie un discurso, o que emprenda un viaje en tren... Desde este punto, anote usted en orden ascendente la lista de probabilidades de menor importancia: que el irlandés compre un bote de pintura verde, derribe a hachazos un árbol, baile la danza del abanico, cante el himno inglés "Dios salve al Rey..." o robe un instrumento musical... Y así tiene usted la probabilidad de continuar enumerando, de mayor a menor, todas las extravagancias que el irlandés beodo sea capaz de realizar, y eventualmente podrá llegar al fondo rocoso de lo improbable que consiste en esto: que el irlandés tome una resolución y la cumpla.
(Así empieza La estatua del terror, de Fredric Brown.)
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Lunes 20 de Diciembre de 2004
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Era la última tarde del año y había oscurecido demasiado pronto. Nubes negras habían entenebrecido el cielo, y una tempestad de nieve azotaba desde hacía horas el Parque Muerto.
En el interior de Villa Pesadilla no se movía nada, excepto el tembloroso resplandor del fuego que ardía con las llamas verdes en la chimenea abierta y sumergía el laboratorio mágico en una luz espectral.
El reloj de péndulo que había sobre la cornisa de la chimenea puso en marcha sus engranajes rechinando. Se trataba de una especie de reloj de cuco, pero su ingenioso mecanismo presentaba un pulgar dolorido sobre el que descargaba sus golpes un martillo.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! —gritó.
Así pues, eran las cinco.
(Así empieza El ponche de los deseos, de Michael Ende.)
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Domingo 19 de Diciembre de 2004
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Me recordó a la hija que a veces he deseado tener. Ojos despiertos, una boca que ríe gustosamente, mejillas altas y rizos espesos y castaños hasta los hombros. Que fuera pequeña o alta, gorda o delgada, encorvada o esbelta no lo mostraba la imagen. Sólo era una fotografía de pasaporte.
Su padre me había telefoneado, el subdirector general Salger de Bonn. Desde hacía meses, al parecer, la familia estaba sin noticias de Leonore. Primero se mantuvieron sin más a la espera, luego empezaron a llamar a los amigos, al final informaron a la policiía.
—Leo es una muchacha independiente y sigue su camino. Pero siempre ha mantenido el contacto con nosotros, nos visitaba y nos llamaba. Al final siempre teníamos la esperanza de que reapareciera con el semestre académico. Estudia francés e inglés en el Instituto de Intérpretes de Heidelberg. Pero el semestre empezó hace ya dos semanas.
—¿No ha vuelto a matricularse su hija en la universidad?
Contestó irritado:
—Señor Selb, me dirijo a un investigador privado para que investigue él, y no yo. No sé si Leo se ha matriculado de nuevo.
(Así empieza El engaño de Selb, de Bernhard Schlink.)
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Sábado 18 de Diciembre de 2004
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Una alegre y suave oleada eléctrica silbada por el despertador automático del órgano de ánimos que tenía junto a la cama despertó a Rick Deckard. Sorprendido —siempre le sorprendía encontrarse despierto sin aviso previo— emergió de la cama, se puso en pie con su pijama multicolor, y se desperezó. En el lecho, su esposa Iran abrió sus ojos grises nada alegres, parpadeó, gimió y volvió a cerrarlos.
—Has puesto tu Penfield demasiado bajo —le dijo él—. Lo ajustaré y cuando te despiertes...
—No toques mis controles —su voz tenía amarga dureza—. No quiero estar despierta.
Él se sentó a su lado, se inclinó sobre ella y le explicó suavemente:
—Precisamente de eso se trata. Si le das bastante volumen te sentirás contenta de estar despierta. En C sobrepasa el umbral que apaga la conciencia.
Amistosamente, porque estaba bien dispuesto hacia todo el mundo —su dial estaba en D— acarició el hombro pálido y desnudo de Iran.
(Así empieza ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick.)
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Viernes 17 de Diciembre de 2004
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En aquellos días nublados, Robert Neville no podía saber cuándo se ponía el sol, y a veces ellos ya estaban en las calles antes que él regresara. La hora del crepúsculo estaba unida para él, por los hábitos de toda una vida, al aspecto del cielo, y prefería entonces no alejarse demasiado.
Caminó lentamente alrededor de la casa, en la luz grisácea y débil, con un cigarrillo colgándole de la boca, y arrastrando por encima del hombro un hilo de humo. Revisó las ventanas en busca de alguna madera floja. Los ataques más violentos dejaban tablones rotos o arrancados en parte, y debía reemplazarlos. Odiaba esa tarea. Hoy, asombrosamente, sólo faltaba un tablón.
En el patio examinó el invernadero y el tanque de agua. A veces los hierros que protegían el tanque se habían aflojado, y los caños estaban retorcidos o rotos. A veces, en el invernadero, las piedras arrojadas por encima del muro habían agujereado la red protectora, y tenía que cambiar algunos vidrios.
Pero el tanque y el invernadero estaban hoy intactos.
(Así empieza Soy leyenda, de Richard Matheson.)
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Jueves 16 de Diciembre de 2004
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Hace un frío espantoso —18 °C bajo cero—, y está nevando. En el idioma que ya ha dejado de ser el mío, este tipo de nieve se llama qanik: grandes cristales, casi ingrávidos, que caen en forma de copos cubriendo el suelo con una blanca capa de escarcha en polvo.
La oscuridad de diciembre sale de la tumba y se eleva en el aire. Parece ser tan ilimitada como el cielo sobre nuestras cabezas. En esta oscuridad, nuestros rostros no son más que simples esferas que respandecen con luz pálida, pero, aún así, percibo la reprobación del pastor y del sacristán dirigida a mis medias negras de rejilla y a los gemidos de Juliana, agravados por el hecho de que ha tomado disulfiram esta mañana y tiene que afrontar el dolor casi sobria. Piensan que ni ella ni yo hemos respetado el tiempo, ni tampoco sus trágicas circunstancias. Y, en realidad, tanto mis medias de nailon como las pastillas son, cada cosa a su manera, un tributo al frío y a Isaías.
Tanto las mujeres que rodean a Juliana como el pastor y el sacristán son groenlandeses, y cuando entonamos el Guutiga, illimi, "¡Oh, Señor!", las piernas de Juliana ya no la sostienen. Y cuando inicia un llanto cuyo volumen lentamente va ascendiendo, y cuando el pastor empieza a hablar en groenlandés occidental, tomando como punto de partida el pasaje de san Pablo preferido de los Hermanos moravos sobre la redención por la sangre, entonces, a poco que te descuides, puedes llegar a sentirte transportada hasta Upernarvik o hasta Holsteinsborg o hasta Qaanaaq, en Groenlandia.
Pero fuera, en la oscuridad, como la proa de un barco, emergen los muros de la prisión de Vestre. Estamos en Copenhague
(Así empieza La señorita Smila y su especial percepción de la nieve, de Peter Høeg.)
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Miércoles 15 de Diciembre de 2004
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Mirad, quería decir Simeon Krug, hace mil millones de años no había siquiera un hombre, sólo un pez. Una cosa resbaladiza con agallas, escamas y ojillos redondos. Vivía en el océano, y el océano era como una cárcel, y el aire era como un tejado encima de la cárcel. Nadie podía atravesar el tejado. "Si lo atraviesas morirás", decía todo el mundo. Y llegó este pez, que lo atravesó, y murió. Y luego llegó aquel otro pez, que lo atravesó, y murió. Pero hubo otro pez, que lo atravesó, y fue como si su cerebro ardiera, y las agallas estallaran, y el aire le ahogaba, y el sol era una antorcha en sus ojos, y estaba allí, tendido en el barro, deseando morir, pero no murió. Se arrastró playa abajo, volvió al agua y dijo: "Eh, ahí arriba hay todo un mundo nuevo". Y volvió a subir, y se quedó tal vez dos días, y luego murió. Y otros peces se hicieron preguntas sobre ese mundo. Y se arrastraron hacia la orilla lodosa. Y se quedaron. Y aprendieron a respirar aire. Y aprendieron a erguirse, a caminar, a vivir con la luz del sol en los ojos. Y se convirtieron en lagartos, en dinosaurios, en otras cosas, y caminaron durante millones de años, y empezaron a erguirse sobre las patas traseras, y utilizaron las manos para agarrar cosas, y se convirtieron en monos, y los monos se fueron haciendo más inteligentes, y se convirtieron en hombres. En todo momento, algunos de ellos, al menos unos pocos, siguieron buscando nuevos mundos. Les dices: "Volvamos al océano, seamos peces de nuevo, así es más fácil." Y quizá la mitad de ellos están dispuestos a hacerlo, quizá más de la mitad, pero siempre hay alguno que dice: "No seáis locos. No podemos volver a ser peces. Somos hombres." Así que no regresan al mar. Siguen subiendo.
(Así empieza La torre de cristal, de Robert Silverberg.)
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Martes 14 de Diciembre de 2004
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Los ojos recorren furtivamente la evidencia del rótulo: "Laboratorio de experimentación conducta animal. Nueva Argentinidad". El hombre camina con el ritual del sigilo. Ratas y alambiques, pero en la pared el capricho de desmesurados carteles. Una vaca y ante ella una hermosísima muchacha que la enseña orgullosa:
"ARGENTINA VOLVERÁ A SER LA MADRE VACA
FUNDACIÓN: NUEVA ARGENTINIDAD"
Los ojos se detienen ante el cartel. Pertenecen a un rostro desencajado, colérico retenido. Musita con ayuda de los dientes:
—Nueva Argentinidad.
De pronto al hombre se le escapa la cólera, arremete contra todo. derriba los alambiques, las probetas, abre las jaulas de las ratas, que amplían su cárcel a toda la sala. Luego contempla fascinado los resultados de su poder desencadenado. Una rata parece buscar su presencia y él la recoge con cuidado, casi cariñosamente.
—Hermana rata.
(Así empieza Quinteto de Buenos Aires, de Manuel Vázquez Montalbán.)
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Lunes 13 de Diciembre de 2004
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A las diecinueve horas, tiempo de a bordo, me encaminé al área de lanzamiento. Alrededor del foso los hombres se apartaron para dejarme pasar; descendí por la escala y entré en la cápsula.
En el estrecho habitáculo casi no podía separar los codos del cuerpo. Conecté el tubo de la bomba a la válvula de mi escafandra, que se infló rápidamente. A partir de ese instante ya no podría hacer ningún
movimiento; yo estaba allí, de pie, o más bien suspendido, enfundado en mi traje neumático, incorporado al caparazón de metal.
Alcé la vista; por encima del globo transparente vi una pared lisa, y allá, en lo alto, la cabeza de Moddard asomado por la abertura del foso. Moddard desapareció, y de pronto fue de noche. Acababan de bajar el pesado cono protector.
Oí repetido ocho veces el zumbido de los motores eléctricos que ajustaban las tuercas, y luego el siseo del aire comprimido en los amortiguadores. Mis ojos se habituaban a la oscuridad; distinguÍ el cuadrante fosforescente del contador.
Una voz resonó en los auriculares.
–¿Listo, Kelvin?
–Listo, Moddard –respondí.
–No te preocupes por nada –dijo Moddard–. La Estación te recogerá en vuelo. ¡Buen viaje!
Se oyó un chirrido, y la cápsula osciló. Casi involuntariamente apreté los músculos. No hubo ningún otro ruido, ningún otro movimiento.
(Así empieza Solaris, de Stanislaw Lem.)
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Domingo 12 de Diciembre de 2004
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El desconocido llegó un día huracanado de primeros de febrero, abriéndose paso a través de un viento cortante y de una densa nevada, la última del año. El desconocido llegó a pie desde la estación del ferrocarril de Bramblehurst. Llevaba en la mano bien enguantada una pequeña maleta negra. Iba envuelto de los pies a la cabeza, el ala del sombrero de fieltro le tapaba todo el rostro y sólo dejaba al descubierto la punta de su nariz. La nieve se había ido acumulando sobre sus hombros y sobre la pechera de su atuendo y había formado una capa blanca en la parte superior de su carga. Más muerto que vivo, entró tambaleándose en la fonda Coach and Horses y, después de soltar su maleta, gritó: "¡Un fuego, por caridad! ¡Una habitación con un fuego!" Dio unos golpes en el suelo y se sacudió la nieve junto a la barra. Después siguió a la señora Hall hasta el salón para concertar el precio. Sin más presentaciones, una rápida conformidad y un par de soberanos sobre la mesa, se alojó en la posada.
(Así empieza El hombre invisible, de H. G. Wells.)
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Sábado 11 de Diciembre de 2004
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El cielo sin nubes era de un azul nomeolvides. Muy alta en el cenit, apareció una pincelada de gas incandescente que se convirtió en una lengua de puro fuego a medida que la astronave penetraba en las capas atmosféricas mas densas. El trueno rodó sobre las lomas y las praderas, interrumpiendo de momento los festejos de los humanos y de las bestias. El torpedo reluciente bajaba poco a poco, hasta que desplegó sus patas articuladas provistas de delicadas antenas, y ellos se preguntaron si no sería un chapitel que bajaba metamorfoseado del Empíreo, aunque expulsara por su cloaca los fuegos del Infierno. Las llamas calcinaron un par de trasgos voladores que se habían aventurado demasiado cerca...
Desde el otero que era su punto de observación, un hombre desnudo contemplaba el aterrizaje de la astronave en el prado. Las llamas desaparecieron entre vaharadas de humo como si la propia hierba se las hubiera tragado. Al fin, la niebla se despejó. Y todo quedó en silencio.
(Así empieza El jardín de las delicias, de Ian Watson.)
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Viernes 10 de Diciembre de 2004
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Henri-Maximilien Ligre proseguía, a pequeñas etapas, su camino hacia París.
De las contiendas que oponían al Rey y al Emperador, lo ignoraba todo. Únicamente sabía que la paz, que databa tan sólo de unos meses, empezaba ya a deshilacharse como un traje usado durante mucho tiempo. Para nadie era un secreto que François de Valois seguía echándole el ojo al Milanesado, como un amante desafortunado a su hermosa; se sabía de buena tinta que trabajaba calladamente para equipar y reunir, en las fronteras del duque de Saboya, un ejército flamante, encargado de ir a Pavía para recoger sus espuelas perdidas. Mezclando retazos de Virgilio con las escuetas narraciones de viajes de su padre el banquero, Henri-Maximilien imaginaba, más allá de los montes acorazados de hielo, filas de caballeros que bajaban hacia unas extensas y fértiles tierras, tan hermosas como un sueño: llanuras rojizas, fuentes borbotantes en donde beben blancos rebaños, ciudades cinceladas como arquetas, rebosantes de oro, de especias y de cuero repujado, ricas como almacenes, solemnes como iglesias; jardines llenos de estatuas, salas repletas de valiosos manuscritos; mujeres vestidas de seda, amables con el gran capitán; toda clase de refinamientos en la pitanza y la orgía, y encima de mesas de plata maciza, dentro de frasquitos de cristal de Venecia, el aterciopelado brillo de la malvasía.
(Así empieza Opus Nigrum, de Marguerite Yourcenar.)
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Jueves 9 de Diciembre de 2004
Miércoles 8 de Diciembre de 2004
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