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Residentes: Ezequiel Pérez
Domingo 15 de Enero de 2006
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Una hora antes sofrenaba su chatarra convertida en Dodge. Había negado ceder al infortunio las piezas derruidas que conformaban el coche. Frente al pórtico de su amigo miró el reloj. Hacía tiempo; hacía mas que unos años sucediéndose, ineludibles, en la apartada finca heredada en el sur pampeano. Hábitos que solía aborrecer con sus entrañas, eran ahora ademanes rutinarios que lo desconcertaban. Era un provinciano, era un chacarero. Una finca inhóspita, en un paraje inhóspito, en una existencia del mismo talante. Destino infranqueable de días y días.
Andrés devino en escarcha los pensamientos. Sin embargo si recordaba que el portillo mañero lo irritaba sobremanera. Quizá por el contraste lamentable que conferían las fresias marchitas del vergel y la desatención doméstica de su amigo. El portillo chilló y un insulto seco, pero sin malicia se coló entre los labios. Un solo golpe bastaba. Un solo golpe seco en la puerta para oír los pasos acercándose y la figura de Ernesto asomando a su halo de resucitador de arrabales. Lo abrazó sin sentimentalismo, como el puñal que labra en silencio la penumbra.
—Estás igual —mintió Ernesto.
—Estamos viejos —retrucó el otro.
Andrés se acurrucó en el amplio sofá de pana verde. “Suave”, se dijo, “muy suave; para dejar dormir los huesos y la carne”. Ernesto se acomodó frente a él escrutando, o intentando escrutar, los ojos de can astuto de antaño. Nada había en una piel surcada y curtida. No era Andrés.
—No sos vos —admitió.
Adivinó el parecer de su amigo. Andrés entornó sus ojos de otrora. Era él. Pero no encuadraba con el que la memoria se negaba a desfigurar. Ciertas manías nuevas, no sabía qué, pero no, no podía. Una chacra, una noche al sereno, una tierna gramilla, un mate cimarrón, los cardos, los pruritos adolescentes. Era él y no era. Hacía tiempo y, ante todo, hacía olvido.
Después que Ernesto escanciara un elixir mundano en vasos de culata ancha, Andrés sintió que esa escena la estaba repitiendo. Sorbieron sin pronunciar una dicción, en un mutis humilde. Sendos vasos chocaban con los dientes y los dientes dolían hasta que el líquido quemaba. Se está bien así, pensó Andrés, acostumbrando su cuerpo de nuevo a la civilidad. Volvió a acurrucar el cansancio. Un sorbo de letargo y de absurdidad en medio de sucesiones monótonas de tardes en la finca. Andrés deseó morir, para cambiar el calendario.
—Pero me habían dicho que no se la pasaba tan mal en la finca —inquirió Ernesto.
—No creas —dijo en un susurro incómodo.
—Estabas tranquilo ¿no? —coligió el otro.
—Tranquilo si. Aburrido también. Muerto quizá.
Andrés pedía una tregua discreta, no quería rememorar el campo, no quería volver siquiera a saber de la cosecha y de las pariciones noctámbulas de vacas. Ernesto concedió esa tregua y los delirios anacrónicos resurgieron. Andrés bebía del líquido y quemaba y se estaba bien así.
Fue cuando Ernesto propuso un desatino, una paradoja de ese encuentro anacrónico. Un universo cíclico, ida y vuelta de la tortilla empapándose en aceite. Andrés sostuvo que era una incoherencia, que mejor hablaran de fútbol como gente normal. Pero Ernesto rehusaba, ellos no eran normales. Quería repetir lo que fue, volver a estar cerca de la verdad, aprender era recordar en cierta manera. Quería la luz de una vela en una noche de verano, en los infinitos montes que Andrés detestaba. Quería reanimar el hierro candente del ayer. Tal vez para volver a ser.
—Decime que te acordás del juego —dijo Ernesto exaltado.
Andrés pensó que la negación era una de las representaciones del olvido.
—No —murmuró.
—¡Sí que te acordás, bribón! —gritó jovialmente y riendo su amigo-. Pero en fin: una palabra. Una palabra sin esencia, vacía, malparida, huérfana, como quieras llamarla. Te acordás, ¿eh? Esa palabra sin contenido es llenada, como una cubeta, por este servidor, y viceversa. ¿Entendimos, Andresito?
No necesitaba el recetario. Él sabía, recordaba ese juego harto peligroso. No para Ernesto que lo miraba ahora con un dejo de locura contenida y aliento a alcohol y sobacos transpirados por el aire denso y pegajoso de la sala. Las gotas de sudor avanzaban y el rostro fulgurante esperaba respuesta con un anhelo que auguraba pecado. Andrés asintió. Andrés encendió un cigarrillo. Andrés aspiró el humo y volvió a la finca del mundo inteligible; el mundo figurativo de la imaginación. Andrés bebió sorbo a sorbo pensando sin pensar o, peor aún, pensando inconscientemente.
—¿Y? —preguntó Ernesto—, ¿para cuando la “guacha”?
—Esperá, viejo, no me apures ahora; encima que estás mamado y me insistís con esta ridiculez.
Andrés entornó de nuevo los ojos de perro astuto. Era él, si. Pero aquel can era vetusto y locuaz, anidado por el placer del empirismo temporal.
La tenía. Tenía el significante derritiéndose. No era nada. No decía nada aquel fonema incólume. Y lo escupió a un Ernesto que se rebatía entre el mareo etílico y el placer del juego.
—Mostarastra —pronunció Andrés—. Mos-ta-ras-tra.
Y fue como una ráfaga, como un silbido, como una predicción.
Cuando Ernesto cogió, bamboleándose por el pedo, el teléfono, Andrés vomitaba un líquido espeso. Tenía la consistencia del brebaje que le había dado su amigo. Ernesto marcó los tres dígitos del Hospital, números que mantenían en vilo la atmósfera. Andrés vomitaba sangre y empurpuraba el tapiz prusiano. Ernesto se lamentó por aquel imprevisto azote a la tela finísima y onerosa. Andrés tosía sin dolor. Sangre ajena escapándose. Ambos oyeron el desliz de la muerte y era un sonido como a desamparo, como de filo invisible, como de tono ocupado en el teléfono y maldiciones y susurros álgidos. Volvió a escupir y a vomitar lo que quedaba en su cuerpo harapiento que libraba su última agonía. Cedía, y había un resignado rencor en entregar. Un murmullo cada vez mas cercano a grillos, un susurro sacrílego que resonaba en los oídos de Andrés: “¿Y por qué ahora?”, se preguntaba. “Porque ahora jugamos en serio”, se respondía.
Porque unos minutos antes sintieron el rechinar de cacerolas en la cocina. Y Ernesto simulándose un Moreira y con el Solinger en mano había auscultado el recinto. El resultado era predecible: nada. Soledad absoluta, pero sabían qué era y saberlo impedía ver, dejaba un gusto salobre elevándose desde las tripas. Andrés sonrió en ese momento y se dijo que jugaba en serio y que era la forma que reclamaba su posada, su catre conceptual.
No recordaba en cambio cuándo decidió esa morfología espectral, ni cuándo vomitó la primera bocanada de sangre escarlata, ni cuándo había manchado el tapiz prusiano. Mos-ta-ras-tra; Mostarastra. Ernesto pensó en un contexto para salvar a su amigo: “La Mostarastra de tu hermana”, ”Juan Mostarastra”, “Todos los Mostarastra se fueron a bañar...”
Mostarastra real. Mostarastra en la pálida facción de Andrés y un eco de fin y de ocaso. Mostarastra en los últimos espasmos. Exigía su esencia y el teléfono ocupado. No era una abstracción, era lo que Andrés imaginó al concebirla. Andrés escupió la sangre que no era suya. “Ahora jugamos en serio”, esbozó en el frío del recuerdo.
Y Mostarastra, suavemente, cerró los ojos de Andrés, que se preguntaba por qué había adquirido la forma de la finca amaneciendo.
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Jueves 31 de Marzo de 2005
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A ver. Si Aguirre me hubiera escupido entre las cejas me habría asombrado menos que esto. Porque un “buen día” acompañado por una sonrisa (perceptiblemente falaz) y seguido por un “cómo está la calle” son inconexos con lo que Aguirre denomina trato cordial. Me permito pensar que son consecuencias de su prematura senilidad, aunque las conjeturas son inútiles con el portero/administrador y más vano sería carcomerse el pensamiento. Miro en torno buscando un problema: nada que objetar y eso es mas extraño aún. Le devuelvo la sonrisa (perceptiblemente falaz) y atino al cuarto. Después de horas vagando en la estación en busca de un mango merezco una siesta y un café caliente. Probablemente café no haya. Al pie de la escalera escucho que el viejo me llama con un chasquido de labios. “¿Va a subir?”, me pregunta con su eterna sonrisita. Definitivamente el hombre está mamado. Tal vez lo dejó su mujer por un infeliz, de esos que abundan en el barrio. ¡Claro que voy a subir! Sin embargo tomo aliento y le respondo un tibio “sí”. “¿No quiere que lo convide con un café?” Desconfío, mejor le digo que no. “No, gracias Aguirre, estoy cansado. Mejor para la próxima.” Ladeo la cabeza como bosquejo de saludo amable y me encamino a la habitación. En eso sale la mujer rechoncha de su infinita duermevela y se me hace la sensual. No puedo evitar un gesto de desagrado y la esquivo. La arpía me detiene y me abraza. Me libero rápidamente de sus brazos.
Ahora la elección diaria: ascensor o escalera. Si subo en ascensor mi destino es incierto y con altas probabilidades de muerte dolorosa. Prefiero las escaleras, así hago ejercicio. Primer paso, pie arriba y el peldaño cruje. Los peldaños son de madera y el edificio de cuarta. La única posibilidad para un módico reo es esta porquería. El “vasto” personal se compone del viejo, la esposa y una especie de “botones mucamo” que tiene la desgracia de ser vástago de la pareja. Dos, tres escalones hasta el primer piso, llegar y ver a Andrea echada en la cama: Andrea me fastidia y sin embargo no puedo replicarle ni hacerme el duro con ella. Me lleva de las narices. Quizá sepa lo que le pasa al viejo, sólo sirve para eso, para el chusmerío. Debo cocinar, levantar la mesa, limpiar los platos, los pisos y cuanto quilombo se cruce.
Segundo piso y sensación de pesadumbre. Debí tomar el ascensor y quedarme dentro, aislarme y morir como murieron aquellos en la novela de Sábato. Comerme despacito, comerme un dedo sin tener que ordenar nada ni aguantar al viejo. Veo la escoba del muchacho pero no a él. Lástima, me hubiera gustado cruzármelo y saber que el tipo es mas imbécil que yo. Las paredes húmedas e impregnadas de colonias de hongos blancos. Mejor es no tocarlas. El muchacho mira mucho a Andrea y la desea, no lo culpo, Andrea es hermosa y lo que tiene de hermosa lo iguala en traicionera. Es gracioso cuando se ruboriza con Andrea en falda y ella lo sabe y aprovecha esa ventaja. Le saca unos pesos y algo para comer, alguna que otra entrada para el cine.
Tercer piso, ¿y si el pibe está con Andrea? Es posible, por eso me explico el afán por retenerme abajo. ¡Viejos especuladores! Yo “laburando” y “mi” Andrea en la cama con el pequeño. Me figuro su rostro cubierto de acné, sus labios inmundos en los labios de mi mujer. Bien, mejor es tranquilizarse y conservar la calma. Respirar hondo. Exhalar. Mis sospechas tienen fundamento. Paciencia, paciencia, ¿para qué correr y malgastar fuerzas? Las escaleras me atraen cual polo opuesto y me agarro de la balaustrada para no caer.
¡Andrea que la parió!¡Hacerme esto a mi! Si me quedara un pizco de orgullo y una centésima de amor cogería el arma. Si, eso, el arma. Aunque podría ser. Entro y con el espanto quedan petrificados, tomo el arma y le encajo un balazo en la frente a cada uno, bajo y le meto uno al viejo atorrante (¡bien que cuando cobra tiene cara de asesino serial!) y la gorda que osa llamarse mujer.
Cuarto piso y me tiembla la mano. Los vestigios de la adrenalina y la inminente situación. Luego el toque final, un proyectil en la sien y soy hijo de las circunstancias. Además de darme el gusto me justifican. Sin sufrimiento, y aunque lo hubiera, el sufrir ulterior al placer tiene dulce aroma. Subo. Matar es crear y ese arma es mi pincel. Andrea desnuda. Andrea ensangrentada. Un cuadro tétrico pero el horror es el arte de los valientes. Uno dos tres cuatro, cinco pisos. El viejo me mira desorientado. Más estúpido, más hipotético y más cobarde que nunca balbuceo un saludo. La calle me espera con cierta incertidumbre de si Andrea o si el muchacho.
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Sábado 19 de Marzo de 2005
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El hombre oyó que golpeaban a la puerta y se estremeció por el frío de invierno. Abrió y un ángel entró cual si fuera el dueño de la cabaña. Iluminó a su paso toda la sala y avivó el fuego que ardía en el hogar, no se piense que el fuego es sólo arte de Lucifer. Se sentó en el sillón, cansado de recorrer infinitas rutas. El hombre le dio la bienvenida con un gracioso acento montañés:
—Buenas noches querida divinidad. ¿A qué debo tan grandilocuente visita?
El ángel posó sus ojos refulgentes sobre los del montañés y se irguió solemnemente.
—He venido a mostraros, a vosotros los humanos, el inmenso poder del Padre —dijo—, he venido a traeros la salvación y la belleza del Paraíso, he venido a entonar cantos de aleluya y a dar una nueva buena noticia, he venido del cielo y el infierno, he venido a llenaros de alegría, mi querido señor.
—Y cómo lo hará, si se puede saber —preguntó el hombre, impasible ante tanta perorata.
El ángel desplegó sus alas con plumas de todos colores, empezando por los primarios hacia el centro y continuando con sus variaciones hacia los extremos. Las agitó y un aura magnánima rodeó su cuerpo. El hombre seguía indiferente ante tanto esplendor.
—Sí —dijo el humano un tanto decepcionado—, impresionante, aunque no creo que la humanidad lo estreche con demasiado fervor.
El ángel lo miró sorprendido, sin entender cómo la gente ignoraría tanta belleza. Entonces el hombre explicó:
—Sepa usted, mi querida divinidad, que hoy los ángeles han pasado de moda.
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Jueves 10 de Marzo de 2005
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Sentado en un banco mohoso, cerró el libro y lo guardó en su zurrón. Observó en el arenero a un niño de tez blanca y fulguroso semblante. Le recordaba su infancia, cómo sus juegos lo abstraían del mismo modo. El pequeño sostenía en las manos objetos indescifrables que iban y venían continuamente. Los arrojaba sobre la arena y medía los resultados. Pensó que aquel infante era un sabio; un sabio inconsciente o en potencia (tal vez porque él de niño había comprendido el significado del tiempo). El niño jugaba y sus ojos se empañaron y recordaron.
Se levantó y anduvo por el pasto húmedo hasta llegar al lado del pequeño; este parecía ignorarlo, atento a la tarea de lanzar y recoger.
—A qué jugás —le preguntó. El niño blandió unos cubos con puntos negros en cada una de sus caras.
—Usted sabe —respondió sin siquiera mirarlo. Los puntos iluminados por el sol refulgían peligrosamente.
El niño lo miró derrochando inocencia y le dijo con voz tranquilizadora:
—No se preocupe, quizá en la próxima tirada usted vuelva a ser yo.
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Sábado 5 de Marzo de 2005
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He visto paisajes sin nombres
Y otros innombrables.
He visto los muros de Troya
En mi muro interno;
La beldad de Helena
En desiertas calles,
Al valiente Aquiles,
Al sabio de Ulises
Y al poeta incierto.
He visto el llano infinito,
Un rocino hambriento,
Un loco jinete español,
Su fiel escudero.
El sol declinando,
Murmurando historias:
Historias de hombres
Que hicieron la historia
Y también mi marcha.
He visto los ojos de un ciego,
Fui un cronopio inquieto,
Fui hermano de un cura sajón.
Tomé los puñales
Que otros olvidaron,
Fui además la espalda
De un reo pampeano,
Como él: traicionado
Una y otras mas.
He visto en mi sala un espejo,
Pupilas moradas,
Hombros cansados por la cruz,
La sonrisa amarga,
Alguna esperanza,
Dos o tres monedas,
Una tenue luz.
Y observé el espejo,
ya no estaba en él.
Ezequiel Pérez
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Sábado 19 de Febrero de 2005
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Extendió las piernas hasta tocar el borde de la cama. La lasitud de sus músculos se vio aplacada por aquel movimiento. Cerró los párpados y esa ceguera acarreó un empujón que de lleno lo trasladó a la espera del sueño. Aquel crepúsculo silencioso lo colmó de ascetismo y olvido. Desmemoriado, halló la forma de omitir el accidente en su cerebro, de dejar a un lado la carretera y el camión. Afuera la calle serpenteaba hasta el infinito esparciendo el aroma a tierra mojada, desierta y caricaturesca. Mas allá el maizal; luego: quién sabe. Escuchó los primeros truenos mientras la habitación se iluminaba por los relámpagos, la naturaleza aullaba presagiando la tormenta. Le complacía dormir con lluvia, abrazarse a ella y desechar el día, los suplicios del trabajo y la invariabilidad. El decaer del sentido, pensó, el estar yéndose e imaginar el mundo, un universo ridículo que paradójicamente era tan real como el otro. Al fin y al cabo los sentidos nos alejan de la verdadera percepción del cosmos, convino. Sentir el calor de su mujer, llenarse con su aroma a crema quizá fuera una falacia, un engaño. Llevó la sábana hasta sus hombros y dejó de pensar.
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Miércoles 2 de Febrero de 2005
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El Oficial de rolliza complexión y bigotes estrafalarios me pide que recuerde. Busco en mis bolsillos algo intangible, tal vez una respuesta. Recordar, tan fácil su pronunciación y tan complicada su empresa. Me queda sumirme en el silencio, reflexionar acaso, entrecerrar los ojos, observar el reloj que sigue su curso sin reparar en los sucesos preliminares. Quizá sea demasiado pronto. Han pasado unos días, pero la fatalidad se encarga de convertirlos en horas. Sí, es demasiado pronto aún. Recordar, esta vez modulo la palabra y el policía asiente. Sí, dice, haga un esfuerzo, viejo. Intento figurar el rostro de Helena pero se mezcla con situaciones, con lugares, su cuerpo con otro rostro, otros cuerpos con su faz; en esa miscelánea de confusiones atrapo algunos segundos verdaderos. Permanezco ajeno a la comisaría. ¿Y?, pregunta desdeñosamente el Oficial con un dejo de impaciencia. Sólo veo sangre, sangre en el jarrón, sangre en la escalera, en los muebles, en el piso, en las cortinas. Una lágrima cosquillea mi labio. Es probable, aprueba el nervudo, fueron veinte puñaladas, la sangre debió ser apreciable. Me conmueve y molesta la displicencia del Oficial; al fin y al cabo yo era su amigo, o más. Mucho más.
La casa en penumbras, el gato en el living sobresaltado y mirándome con sus ojos inquisidores y fulgurantes, figuras abrazando los objetos y deformándolos, el miedo, el sudor en mi espalda. El sonido de mis pasos, yo vagando por la sala, temeroso. Callo. Me tomo la cabeza ante esa visión. Entra la secretaria con un vaso de agua y una aspirina. Los deja en la mesa, me mira como si fuera un espécimen extraño. Se va, cerrando suavemente la puerta.
El Oficial se sienta frente a mi. Puedo sentir su aliento a tabaco y a desayuno ligero. No quita sus ojos de los míos. Estoy odiando su cuerpo voluminoso, sus labios curtidos por el ocio y el cigarrillo, sus anteojos vulgares. Quizá crea que los sentimientos son instrumentos triviales ante la substancial realidad y el dolor de las imágenes un mero obstáculo. Me resisto a recordar, pero al fin cedo. El gato en el living y..., dice mientras limpia los vidrios de sus anteojos.
Y un reloj en la pared marcando las diez y veinte, una ventana abierta dejando que el viento juegue con las cortinas. Los cuadros inmóviles y expectantes, la sonrisa de Helena en una foto de Mar del Plata. Lloro. ¿Lloro?, hace tiempo que no lo hago. Tomo agua entre la convulsión, trago la aspirina que recorre mi cuerpo y llega al estómago, pido que alivie la puntada en mi sien. Muchas cosas me han pasado.
Las pisadas contorneadas por el rojo, un charco de sangre coagulándose en la madera, mi rostro pálido. Los gemidos de Helena en la sala, yo corriendo desesperado. Estoy llorando carajo. La impotencia Oficial, usted no comprende, los sentimientos no son una cuestión baladí. Me duele el recuerdo, es una puñalada en mi sien. Y lloro, usted me ve como estoy llorando y conmocionado, me desangro, Helena desangrándose. Helena bañada en sangre, pintada de escarlata, vomitando y escupiendo. Oficial, usted es una mierda, déjeme en paz, adelgace, córtese ese ridículo bigote. Helena también lloraba, se arrastraba, me rogaba auxilio. Sí Oficial, me pedía auxilio y me llamaba hijo de puta y yo con el puñal en la mano e inconsciente penetrándola por vigésima vez.
El gato en el living y..., repite el Oficial. Nada, no recuerdo nada más.
(La imagen reproduce el óleo sobre tela "El asesinato", de Angelos Spartalis.)
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Lunes 10 de Enero de 2005
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Un suspiro, el último rastro de mineral en el Palo Santo. Porque mi afición va mas allá de toda dulzura, es una amargura entrañable justificando el paso de la yerba.
Y si la acidez, y si el bajo potencial de hidrógeno y el menos logaritmo de... ¿para qué?, si el mate es inexplicable. Si el zumbido que se asemeja a lamento vale mas que un peachímetro en la verde solución.
Pero es la expiración de la cordura, es la sola ausencia de agua caliente en la pava lo que me hace pensar, y pensar a veces me hace daño. Por lo perdido en una hora, el desengaño, los libros sin leer de la biblioteca y los escurridizos volúmenes que se fugan en los bolsillos no registrados.
También surge el dolor de la conciencia, pues el mate está presente, pero vacío como un sapo en clase de anatomía, despojado de su vida y su materia.
El destino, viejo, a pesar de negarlo y descreerlo. La espesa bruma de un rito noctámbulo y melancólico (aunque la melancolía es post rito, luego del año cero de la Era del mate acabado), mi trágica era de pensador y crepusculario, de insomnio y soledad (recordar que la pava sigue en penumbras y priva la compañía del compañero mate).
Es posible entonces que una soga me resulte estética en este marco tragicómico (pero no se piense que un mate es cosa de risas y comicidad), que me vea hermosamente colgado por la sola presencia de lo inexplicable.
Sí, ya no me resulta cómodo un mundo real sin amigos de madera. Si, esta soga ajustará un poco mas la pena de su ausencia...
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Viernes 31 de Diciembre de 2004
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Te vas extinguiendo compañero
Con el plausible aire que mereces.
Fuiste compasivo en tu andar,
En tus jornadas ineluctables,
En tus cuatro adolescencias,
En tus doce miradas.
Lamento la separación
Pues el tiempo (tu condena)
Y la lontananza te confundirán
Con enmarañados historiales
O loables sucesores.
¡Dura condena la del caminante,
Vagando por diversos rostros y rastros!
Te vas yendo taciturno, amigo:
Receptor de elogios y blasfemias,
De ruegos y desdenes.
Sin embargo el silencio
Me acaricia con tu entrañable sonrisa,
Con tu saludo de hermano sin fin.
Sólo me aguarda tu ausencia
Que se fragua impertinente
Con ambiguos pensamientos.
Te estas yendo compañero,
Y estos versos brumosos
Son mi simple panegírico,
Mi delirante evocación,
Mi laudable despedida.
Ezequiel Pérez
(En la imagen, fragmento de un calendario azteca. Se puede ver entero aquí.)
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Miércoles 22 de Diciembre de 2004
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Irrumpí en la casa cuando el lamento del día caducaba. En el horizonte se divisaba una miscelánea de colores que se escurrían por las hendijas musgosas y por los desapercibidos agujeros del techo. En realidad, me es imposible figurar el panorama exacto del interior, ya que, como un murciélago, me guiaba por el chirriar de mis pasos cadenciosos; aquellos estruendos invadían súbitamente el ensordecedor silencio de la casa y alarmaban con esa misma brusquedad las inertes vasijas. El suelo, hecho de una madera estrepitosa, contribuía al misterio y al temor, aunque quizá el temor provenía de una flaqueza ajena a mi entendimiento. ¡Dios sabe cuán difícil es auto reñirse!
Avancé sigilosamente por la galería cuyas paredes de vidrio permitían vislumbrar un patio interno bastante descuidado y lúgubre como el mundo de un poeta abandonado. Un jarrón zoomorfo observaba a todo el que osara penetrar aquel paraíso de antaño, que se atreviera a alterar la soledad de la casa, esa estructura luctuosa y desapacible. Las luces naturales que manaban del vergel me posibilitaron reparar en algunos adornos que engalanaban las paredes, en floreros taciturnos de incierta procedencia, en una escalera con barandillas labradas por una mano y un cincel invisible y olvidado. Todo este reconocimiento lo hice en la ceguera propia del brumoso ambiente en que estaba sumergido, palpando todo cuanto se disponía a mi alrededor.
Proseguí mi marcha lentamente para no perder ningún pasaje. Qué buscaba, no lo sé. Llegué a un pasillo cuyo final se encontraba a una dudosa distancia, ya que me era imposible ver una pared concreta sin recurrir a un inevitable espejismo. Igualmente, paso a paso, me aventuré hasta el punto cúlmine de aquel laberinto rectilíneo.
Tal fue mi sorpresa cuando encontré una puerta en aquel sitio donde yo había imaginado una pared de ladrillos. Contuve la respiración por un tiempo incalculable, pues el tiempo se mide en respiraciones. Una puerta levantándose impasible motivaba las mas lóbregas suposiciones. Tal vez fuera una simple habitación en donde las enredaderas abrazaran los añejos muebles, acaso la salida ansiada, una biblioteca con ejemplares únicos, una recámara con cama de tapado rosa, un baño o quizá el recinto donde aquel emperador Shi Huangdi fue hallado por la muerte. Posiblemente fuera todo a la vez.
Me dispuse a abrirla en un instante de temeraria inconsciencia, en realidad todo acto de imprudencia se comete en ausencia de la razón. Sostuve el álgido picaporte de hierro, lo noté oxidado como el aroma que circundaba. Me aterró la idea de sorprender a la parca, pero bajé discretamente el silencioso metal: la puerta estaba cerrada.
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Lunes 13 de Diciembre de 2004
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"Un acto como este se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra"
Albert Camus (1913-1960)
Usted rememoró, sin duda, las glorias de antaño. Esa visión resultaba ambiguamente crédula e inverosímil. La credibilidad la profería el recuerdo y la falacia, seguramente, la lejania y el olvido, pues el descuido amnésico confiere a la reminiscencia una vaga incertidumbre.
Sin embargo confió en las sorpresas que deparan las cirscunstancias mundanas y, con un ánimo extraño en su habitual conducta, sonrió frente al espejo que devolvía su risueña y nítida faz. Inmediatamente supuso que sus anhelos eran vanos, que nada cambiaría este mundo de actos predispuestos por un sarcásico y gracioso ser. Usted pensó en lo absurdo del universo y en lo estúpido que resultaba reparar en estas ideas.
Acto seguido dibujó en el aire un círculo infinito y dudó, como era su costumbre, en la existencia de una divinidad interminable. Le entristecia, en este último tiempo, la inmensidad de las cosas o, mejor dicho, la insignificancia del burdo hombre en esta tierra de gigantes. Lloró en silencio.
Después de llorar usted buscó asilo en las imagenes que su memoria devolvía repletas de tristes matices. Cada persona que figuraba allí estaba impregnada de despedidas y situaciones poco gratas. Prefirió, y usted cerró los ojos para ello, dejar su mente en blanco como si nada se moviese. Pero la voz de Galileo repetía en su cabeza "Eppur si muove". Todo se movía, y sin embargo se movia.
De repente (frase de suspenso bastante desagradable pero imprescindible), entró el otro y se sentó a su lado. Usted sentía que la culpa de su padecimiento se limitaba a la inconciente irresponsabilidad de aquel mequetrefe. Odió que lo mirara con sus tristes pupilas, que le acariciara la melena en señal de compadecimiento. ¡Yo no necesito confesores o viles vocingleros!, pensó usted. El otro callaba y ese silencio era peor que una puñalada o una tortura de reproches.
Usted se levantó sin siquiera mirarlo, lo aturdían esos ojos inquisidores y dolorosamente falsos. Sin pensarlo y pese a su meticulosa racionalidad antes de emprender cualquier acto acarició dulcemente el álgido caño del revolver. Unos disparos bastarían.
Por primera vez le buscó la mirada, sin miedo ni arrepentimiento. Obvió las inútiles palabras predecibles, la muerte debía presentarse sin preámbulos. Pero detuvo el momento para comprobar el inmutable rostro del otro.
Apuntó convencido en la sien del imperturbable hombre, dejó de odiarlo en ese momento. Usted oyó el diparo, el estallido estremecedor y el fuego que se abría en la penumbra de la habitación. Los años, el olvido, el recuerdo, la culpa de aquel desgraciado, la atonía cotidiana, el recelo justificado por el abandono y la soledad... sobre todo eso.
Él lo supo, usted también. Bastó una simple mirada para que él lo encontrara a usted confundido por la pólvora, y sus ojos pera verse ensangrentado y solitario y muerto.
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Lunes 6 de Diciembre de 2004
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Somos imperfectos epiritualmente,
porque cuando te veo a los ojos
no logro encontrar tu existencia
sino la material retina y carcaza
que personifican, parcialmente,
la inconcreta abstracción del alma.
Si pudiera absorberte sin carne,
sin huesos, sin pestañas, sin piel,
es seguro que la pureza sería eterna
y se dispersaría en el tiempo
cual sentimiento indivisible,
irrepetible y auténtico.
Si me vieras el pensamiento
y no me estimaras por mi bohemia,
por mis pantalones agujereados y gigantes
o la mirada perdida en cualquier parte,
seríamos una sola materia
semejante a un trágica muerte.
Pero el miedo es el culpable
que no nos deja hacernos ver,
para que persistamos en el mundo
con un rostro discreto y confuso,
o en los objetos circundantes,
o en esta palabra, sencillamente.
Ezequiel Pérez
(La imagen reproduce una obra de René Magritte.)
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Sábado 27 de Noviembre de 2004
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Las paredes conformadas de arbusto simulan un caracol gigante, cuyo centro refulgente contiene las respuestas a todas las preguntas. Este laberinto, extenso y también inmerso en su propia atmósfera cambiante, es uno de esos secretos inciertos.
La única forma de llegar al centro fulgurante es estar en ese centro para saber cómo llegar. Es decir, quien no comprenda los secretos del Universo es incapaz de atravesar ese sinfín de matas. Es posible que algún hombre aficionado a la filosofía o, en su defecto, a la buena suerte, haya encontrado los misterios que mantienen los dioses y la historia mundial. En ese caso, resultaría estúpido e inservible querer recorrer el laberinto, pues ya se tiene el premio de concretar esa empresa.
Otra cuestión, que por secundaria no es menos importante, es que una vez que se ingresa por las dos puertas enhiestas de un lado y de otro, es inasequible regresar con vida. La única manera de alterar este destino mortal es, claro está, vislumbrar el punto cúlmine del laberinto.
Ahora, esta pregunta que resuena insoportablemente en mi cabeza: ¿por qué arriesgarme si ya conozco mi trágico final? Quizá sea la curiosidad que infunden estas puertas opuestas, este caracol interminable y el desafío que proponen las ondulantes paredes verdosas.
Marchar con la incertidumbre, es otra virtud del laberinto para asegurarse de que nadie, nunca, sabrá la realidad del tiempo ni del futuro. Así me voy a ese mundo impenetrable, así me despido de la incrédula resignación del hombre sentado.
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Miércoles 17 de Noviembre de 2004
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Se levantó pausadamente buscando las maderas de la cama para erguirse. Lo hizo con una destreza que sugirió varios interrogantes en su razón, pues en los últimos dias no habia podido siquiera mover una pierna.
Despacio, tanteando el piso con inseguridad, marchó al lavatorio en donde se afeitó la barba y se lavó la cara rejuvenecida. Lo motivó el hecho de que su vetusta faz experimentara esos cambios sospechosos. Una tregua de la vida, pensó con desconfianza, o de la muerte.
Se vistió con un ímpetu envidiable, sus vivas manos llevaron el pantalón a la cintura, ajustaron el cinto y abotonaron la camisa color crema. Ese día era su día, un renacimiento de su alba, de su propia existencia. Justo cuando el estío florecía hermoso afuera, los pájaros trinaban con astucia y coordinación, como un coro eclesiástico.
Se sintió naufragar en un mundo cordial, lejos del zafio, grosero lugar en donde se habia dormido. "¿Estaré soñando?", se preguntó.
Todo era bello y fue a caminar por aquel Edén, provisto de la ingenuidad de quien había olvidado su carcaza tendida en la cama.
(La foto es de Stock.xchng.)
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Martes 9 de Noviembre de 2004
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Cuando los ojos me engañan y se nublan impidiéndome la lectura, cuando no hay amigos disponibles por causas imprevistas, cuando no siento ganas de escribir, me entrego a la calle. Vago por las veredas, pensativo o sin pensar siquiera. Viajo a paso lento mientras la ciudad acompaña mi marcha.
De esas simplezas nacieron estos relatos, de esas modestas actividades que sólo requieren extremidades inferiores. Sostengo que son certezas, pero quizá sean una falacia de mis pasos engañosos. Basta detenerse un minuto y observar a quienes nos rodean para invadir sus psiques y adentrarse en situaciones curiosas e intrigantes.
1. Cambio de roles
Me agrada caminar de noche, solitario. En esa hora en que las persianas imitan a al sol y realizan paralelamente su ocaso. Me detengo y observo los estragos que ha hecho la tormenta en la plaza. Un dulce aroma a verde, a arbusto se esparce en la atmósfera. Las ramas quebradas dibujan siluetas infieles en el pasto, manos con sus respectivos dedos y una sombra que avanza desde una distancia considerable. No me doy vuelta, tampoco es cuestión de delirio el hecho normal de otra persona caminando.
Sigo una cuadra y doblo en la esquina con cierta desconfianza. Unas gotas frías de sudor recorren mi espalda, me siento desprotegido y vulnerable. El ente sigue detrás con paso aligerado, desprovisto de toda caracterización.
En fin, no debo preocuparme demasiado, seria ilógico pensar que este ser que me acompaña en la noche no sea más que un reacio caminante o un simple bromista que trata de encolerizarme con sus persecuciones. Y aunque su respirar se haga mas nitido y su macabra figura de espectro, de tenebrosa amenaza me entrecorte el suspiro, si hubiera deseado un hecho infortuito ya lo estaria efectuando, pues la situación es mas que propicia para algún maleante.
Ya este momento se hace gravoso, considero seriamente detenerme y enfrentarlo, sorprenderlo y hasta aplicarle una técnica de defensa personal. Pero resultaría estúpido si el pobre ente (hombre o mujer) fuera un simple palurdo que se encuentra en el lugar con fines ajenos a mi esquizofrénico entendimiento.
Busco una evasiva a la persecución, alguna acción que me excuse de la tortuosa marcha. Si tan sólo pudiera cambiar las piezas, si pudiera hacer un "enroque" y trasladarme a la espalda del persecutor mis penas se verian aplacadas por la tranquilidad de quien vislumbra su objetivo. Sin embargo se acerca con zancadas de a metro, como si estuviera midiendo la distancia que hay de sus pies a los mios.
Pienso aceleradamente y decido con resignación cambiar los roles.
Me paro en un árbol escuálido y simulo, con grandes dotes teatrales, amarrarme los cordones del zapato. Transcurre una eternidad hasta que la figura fantasmagórica, que termina siendo de mujer, pasa la línea que trazo imaginariamente. ¡Enroque!, pienso ya con tranquilidad. La mujer quizá presiente mis pensamientos pero igual sigue con su marcha.
Ahora recobro el ánimo y la serenidad. Distingo la espalda de quien antes me hacía estremecer y me siento estúpido por mi flaqueza.
Ya vuelvo a caminar placenteramente, con la seguridad de quien persigue a una dama en una noche de errantes.
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2. Ciertos desconocidos
Tal vez porque las urgencias cotidianas se hacen cada día mas abrumadoras, o porque las simplezas son insignificantes para la ciudad y su continuo movimiento, quizá por eso es que uno no puede incidir en el destino de quien camina a su lado, en una vereda repleta de gente o en las ensordecedoras calles de un lunes por la mañana.
Tampoco es posible saber que quien se dirige con uno a la parada del colectivo se llama Ernesto Cárdenas, que goza de sus treinta y pico de años y que tiene una familia encantadora. Que es, o que fue, jugador de ajedrez o simplemente que se trata de una persona.
Me encontraba ese lunes vagando bohemiamente por la avenida, recordando cosas que es inútil incrustar en este papel, pensando en el dinamismo con que nacen y viven los hombres para terminar en una estaticidad categórica. Este señor, Ernesto, venía con apurado paso a mi par.
Quiso la desdicha que sucediera un hecho imprevisto y abrumador en ese momento. Ernesto caminaba con andar idéntico al mío, los dos juntos como en una reñida carrera. Quien nos observara hubiera pensado que nos unían lazos o que éramos dos conocidos en el gentío. Así avanzamos hasta llegar al semáforo.
La luz verde que iluminaba el hombrecillo peatón nos incitaba a seguir con nuestro andar, pero yo, que tengo una adusta personalidad, me conmoví con una flor que asomaba en una grieta. No era una flor impresionante, pero me contuvo durante unos segundos mientras Ernesto seguía con su peregrinar. Celeste fue el auto que lo embistió, celeste como el mar celeste o como una muerte celeste.
La pena, la congoja de ver a este hombre sorprendido por la eternidad hizo que yo, abatido por la culpa de no reconocer a quien había estado a mi lado, me acercara a su antigua vida.
A Ernesto le tocó la escabrosa sensación del funeral, no digo de la muerte ya que nadie puede comprobar su aspereza. A mí, a mí me condenó una flor en una grieta, un instante de abstracción, un semisegundo de desencuentro con el conglomerado.
Cuando le hablo a Ernesto de mi metafísica existencia él se limita a sonreír melancólicamente, mientras se pregunta por qué no vivió para conocer esa flor.
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Miércoles 3 de Noviembre de 2004
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"Si tratamos de resumirlo verificamos que algo precioso se ha perdido."(Jorge Luis Borges)
"Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias." (Gabriel García Márquez)
Julio asomó sus negras crestas,
venía cansado de algún exilio
con la grata noticia del invierno.
Su mirada perdida en el sol,
en la rememoración del olvido,
en los sueños congelados.
Y venía Julio con largos pasos,
y contaba historias de la luna
en las frías noches de insomnio.
Sabía de los prados americanos,
de los recovecos parisinos,
de selvas impenetrables,
regalaba flores y hermanos,
cual primavera urgente
en peligro de extinción.
Como cuando Julio se fue a otros cuentos,
dejándonos sonriente su estrella elegida.
Ezequiel Pérez
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Domingo 31 de Octubre de 2004
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Hola Diario:
Te cuento que los parásitos dan tregua por las noches, pero es demasiado tarde como para jugar con Mariana. Durante el día carcomen mi estómago y debo olvidarme de las distracciones, de las muñecas y de las horas alegres confeccionando vestiditos de seda mediocre. Las telas las conseguíamos por medio de la hermana de Mariana que trabaja en el taller textil.
Pero esos momentos forman parte de un grato recuerdo, hace mucho que no puedo jugar con Mariana. Sobre todo despues del decaimiento que sufrí hace unos meses, cuando los bichitos arremetieron contra mi intestino delgado provocándome una puntada insoportable. Comenzaron a sobresalirme los huesos por sobre la carne y perdí muchos kilos, me revolcaba en la cama presa de la fiebre y el dolor.
Ahí dejé de ver a Mariana y dejé de saltar, caminar, correr por el pastizal del ferrocarril, arrojar piedritas al sol, a los trenes y carteles. En fin, tuve que abandonar mis tareas de infante.
Durante unos días padecí la desaparición completa de mi apéndice, aunque no sirve para nada me dolió muchisimo cuando los parásitos mordían la carne con sus finas fimbrias. La morfología de estos seres diminutos es desconocida, por lo menos eso es lo que alega el doctor cuando mi madre pide la extirpación de los bichitos.
Gracias a Dios que a estas horas descansan, casi puedo oír sus ronquidos glucogenados. Seguramente mañana seguirán con su empecinada tarea de comerme y me da miedo, miedo porque soy chiquita e indefensa, porque no quiero morirme vacía y porque extraño el jugar con Mariana a las muñecas.
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Lunes 25 de Octubre de 2004
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A veces, en la reminiscencia,
entre las figuras de la infancia,
las cosas se vuelven gigantes
en los ojos del soñador,
y juegan juntos
felizmente.
También en la posteridad,
en un pensar del futuro
como un destino incierto,
incierto de amigos y recuerdos,
y se llora
entre sonrisas;
mientras se yace inmovil,
ensimismado con la razón,
augurando un tiempo maduro
agonizante en la dulzura,
o simplemente
melancolía.
Ezequiel Pérez
La imagen, títulada "Melancholy", es obra de Howard DesChenes y Paul Hamilton, y forma parte de su colección Magic Mirror.
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Martes 19 de Octubre de 2004
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La luz de los faroles de calle se esparce como puntitos por toda la mesa, con ellos dibujo constelaciones absurdas, inconscientemente, mientras arañan la puerta. Sí, son estas horas las que los atraen a mi casa, yo sigo sentado, levanto la vista y ubico el picaporte que baja lentamente.
Hace tiempo hubiera sentido un escalofrío intenso recorriendo mis extremidades, esas sensaciones que produce el temor en la noche y en la soledad. Pero desapareció ese estado cuando comprendí que no eran fantasmas, pues los fantasmas no bailan con esa destreza.
Van entrando como lo hacen siempre, cotidianamente diría, pasan con sus desaires a la sala y se sientan en el sillón algunos, otros buscan sillas y pasean a mi alrededor. "Hola", digo al grandulón que me espía con sus ojazos negros. El hombre inclina la cabeza saludando, porque hay que notar su cortesía. En cambio, uno de los más bajitos del grupo se adentra insolente en mi cocina y prepara café, sin pedirme permiso. Seguir
leyendo "Encuentro"
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Domingo 10 de Octubre de 2004
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Primero nos sentíamos exhaustos sin haber hecho nada, luego venían las náuseas, los mareos y las sensacones extrañas que transferían las nubes. Nos preocupábamos por los niños, tan indefensos en sus pequeños cuerpecitos, delicados, expuestos a la humedad del gas.
Últimamente esta primavera se hace intolerable, ya abandonó su condición de "estación del amor" para mostrar su verdadera entraña, su espesa bruma sobre la casa. Aunque Ana se empeñe en convencerse de que es la contaminación o el calentamiento global, mi presentimiento va mas allá de todo conformismo. Las nubes saben, no son tontas, invaden conscientemente las habitaciones, suben las escaleras en un instante de baja densidad y se instalan en la biblioteca, mojando los libros, ahogando con furia a quien se encuentre leyendo.
Cuando llegan silenciosas todo se hace blanco, nos confundimos en ese sueño desconcertante, ese aire blanquecino de oscuras intenciones, porque ellas saben, y lo único que nos queda es tratar de no movernos hasta que se aseguren de que dejaremos el libro en la mesita. Son malvadas, acechantes, abrazan con sus deformidades nuestra existencia, especialmente a los pequeños cuando intentan incursionar en Sandokán o Saint Exupéry.
La presencia dura unos pocos minutos. Después de eso uno se siente desfallecer y lo único que desea veradaderamente es dormir. Así nos entristece esta primavera llevandonos a un futuro de desacostumbramiento colectivo, porque no es este un caso aislado.
Por eso nos resignamos a no leer en estos meses. Ana me dijo que lo haga por los niños que tienen un sistema inmunológico precario debido a la edad y a sus pulmones atareados por causa de las nubes.
Alguna vez Ana me insinuó la emigración, solo una insinuación ya que abundan los seres queridos, los libros abandonados y esa ingenua esperanza de que alguna vez se acabe la primavera.
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