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Espacio creativo para personas de 13 a 18 años
 

Residentes: Mariana Avalos

Sábado 12 de Agosto de 2006

El cuadro

1208_elcuadro.jpgEstaba semioscuro y se concentraba en la pregunta. Cada vez que lo visitaba se perdía en ese cuadro y la mujer le atravesaba los pensamientos. Entonces... viajaba a otra época, se arropaba lentamente con el inmenso vestido amarillo y los ojos se le llenaban de margaritas al sol. Hasta que él cortaba repentinamente la canción y la traía, atraía hacia el sillón del living, el cuadro se alejaba de su vista pero siempre con el retorno abrupto cuando ella sintiera de nuevo en su cuerpo la música y pensara en coreografías grupales y otra vez surgiera la pregunta.

"Tres salen de la izquierda caminando de espaldas, giran y buscan llegar al foco de luz del otro lado del escenario (claro que no todos iguales, uno con movimientos densos y pegajosos, otro metiéndosele por entre las piernas como un gusano apelmazado contra el suelo, y el otro..."

—Escuchá esta parte.

—¿Qué? Ah... sí...

Qué casualidad, ¿no?, encontrarlo esa noche que nada indicaba que pasaría algo, o en el fondo lo había intuido y por eso se animó a caminar por esa calle, a esa hora, entrar a ese lugar, hablar con ese hombre, y así...

Inevitablemente las margaritas se le iban hundiendo, transformándose en pequeños tubitos vegetales con muchos colores que cuando ella fuera a decirle eso se le escaparían por las orejas, bailando y saliendo de a tres por el lado izquierdo.

Pero el cuadro, la pregunta, cómo concentrarse con un ambiente que inducía a que uno viajara para adentro, para afuera, para él. Un arte de teletransportación a otras entrañas, en las que nadaba sin ahogarse y buscando la respuesta.

—Apoyá la cabeza en la guitarra. ¿No sentís que el sonido te entra en la cabeza?

—Es como una procesión que se escucha desde lejos y se acerca atropelladamente como por un tubo.

Y de repente se miró y tenía puesto un vestido amarillo. ¿En qué momento había entrado?

—¡Basta! ¡Dejá de molestarme!

Todo el tiempo la pregunta atormentándole los viajes.

Se le ocurrió que tal vez estaba destinada a ser perturbada por ella cada día que entrara a ese living para abrazarse con él. Aquellas margaritas parecían cínicas si se tomaba como persecución. Aquella mujer mirando el libro en el cuadro y la pregunta, la maldita pregunta...

¿Qué leía la mujer del cuadro?


Domingo 9 de Octubre de 2005

Tu percusión en mí

tu-percusion-en-mi.jpg

Y explota la cabeza
con la percusión de tus manos,
el vacío se llena de silencios,
miradas musicales.

El ritmo se acelera
llega a atolondrar el estómago,
el tiempo se vuelve perpetuamente violento
un abrazo que comienza el final.

Y tu voz se desvanece
pero resuena en los espacios,
y partes donde dejaste fluir
tu boca en mí.

Nadie entiende las causas,
las estaciones se inmovilizan,
falta poco
el tren hace temblar los cuerpos.

La caricia parece melodía
y sin embargo,
nunca nos dijimos
absolutamente nada.

No existen canciones
sólo un pulso constante
tuyo
que me persigue.

El último aviso, último día
tenías que partir.
Las bocas se humedecen, se enmudecen
la música persiste
y explota la cabeza.

Mariana Avalos


Martes 20 de Septiembre de 2005

La clase de música

Foto por Eduardo Abel Gimenez¿Y si abrieras tu ventana? Y me espiaras en cada clase de música, mientras miro por el vidrio en dirección a tu edificio con el bostezo atragantado en las marcas de los dedos.

Las agujas eternas en el aire que lloran por partir, acelerar ese pulso, pasar del pie binario a un ternario.

Incansablemente mi cabeza gira para buscar un frente abierto, unas persianas escurridas, chorreando curiosidad por las hendijas.

Ella toma lista. ¿Emilia? Presente.

Se siente el olor a bebé en su hombro. Un perfume de observación. Unas rayas que apresaban su cuerpo en aquel sitio. Pero los ojos, rodaban por el simétrico cuadrado, inspeccionando los rincones. Entonces, busca complicidad para esas horas y me escribe en una hoja los datos exactos para irnos, tocando apenas el hilito que cuelga del foco de luz.

No importa, lo único que quiero es que deje de explicar lo que Emilia seguramente entiende y le desarma los resortes de la cabeza. Deseaba saltar al edificio que la encapsula.

El tiempo eterno, la mirada perdida, pareciera arrollar las alumnas como un matambre lleno de mostaza.

¿Emilia? Ausente. Hoy faltó a la clase de música.


Martes 9 de Agosto de 2005

Insomnio

galletita.jpg
La taza tenía restos de galletita, de insomnio, ansiedad. Y la cucharita perfectamente perpendicular a ésta reposaba cansada de exorcismo. Olió perfume de hombre en su hombro izquierdo, restos de galletita.

Miró fijo el paquete vacío, completamente vacío. La noche anterior le parecía ahora un acto que mezclaba damas con escondida. Se movía con gracia, sin duda el fuego estaba lo suficientemente alto y pronto iba a hervir.

Dos manos distintas pero con el rasgo en común de volverse instantáneamente migajas de aire se apoderaron de la taza blanca, pura. La tocaron e intentaron separarla agresivamente. Se tiró para atrás sobresaltada por las presencias. ¿De qué se trataba si esto no era la mancha? El saquito se cayó sobre el pantalón blanco y lo manchó levemente.

Todo era perplejidad gris o sería el recuerdo que no dejaba dormir... besó el borde de su boca como si fuera porcelana. Besó esa otra taza que no existía pero presente en la confusión. Se había ido de día de la casa, el tiempo de juego era limitado pero la idea era cruzar esos cuadraditos rojos y negros, caminar 5 cuadras precisas, tocar un timbre y que nadie respondiera.

Las manos se miraban como si fueran a pellizcarse y ella no elegía porque lo único que le interesaba era el resto de la galletita.

Apagó el grabador que incansablemente hablaba de ella, de todas maneras el perfume era otro.

Un susurro resonó en el oído izquierdo pero el pelo tapaba la puerta y ella no atinó a correr finas notas.

Cerró el ascensor y se miró en el filo del anillo de ese otro. ¿Cuántos terrones de azúcar cabrían allí?

El té estaba listo. La galletita rodó por otras líneas de cerámicos, o cuadrados, o tibios escrúpulos o un saquito que mancha.

Ninguno jugaba a nada. Era la hora del té.


Martes 26 de Julio de 2005

Presentación (2)

kirsanov-en-flickr.com.jpg(A casi un año de convertirse en la primera artista residente de TamTam, le propusimos a Mariana que actualizara su presentación. Nos envió este texto.)

Soy La Maga y soy Emilia y soy Mariana y soy Glenda...

Es mucho más fácil que me conozcan por mis delirios y no que les escriba la interminable historia de "mis familias", las actividades que hice durante mi vida, los lugares en los que viví. Pero La Maga, por ejemplo, estuvo en París, en un cuarto con un hombre que se empeñaba en buscar terrones de azúcar y al mismo tiempo estuvo en el río, en la playa mirando el cielo oscuro creyendo "qué buena esta imagen para un corto, ¿no?".

Emilia es mucho más fácil de describir, simplemente aparece y desaparece cuando se le da la gana (es bastante caprichosita), y se relaciona con ese otro lado al que uno entra por el espacio entre líneas.

La ciudad se revoluciona, el tren frena estremecido, el monstruo sacó sus pequeñas cabezas al sol, una empanada salpicó el juguito de la carne y manchó a un chico de rastas, un padre perdido y una chica con pollerita corta. Sin duda, hemos llegado a la parte más complicada... Mariana... Hace tiempo que no se sabe de su paradero, tal vez escape (¿escapa de qué?), tal vez esté escondida detrás de Glenda, tal vez escriba, tal vez te escriba y se presente.

¡Silencio!

Alguien les quiere decir algo importante, pero no lo escuchen, sean parte del corto.

(Foto publicada por Kirsanov en Flickr.)


Sábado 23 de Julio de 2005

"Estoy esperando el tren que nunca llega"

Foto por Eduardo Abel GimenezEstoy esperando el tren que nunca llega, el ómnibus que nunca sale. Y la bocina suena constantemente y retumba en mi cabeza y la estación está llena de gente que viene a despedirme, abrazarme, a pedirme que comparta la vida.

Pero todo es tan ajeno a mí. Llegan tantas líneas de trenes a tantos lugares pero ninguno es el que yo espero. Estoy en la encrucijada de vías hacia el tirante del vacío insoluble.

El tren es una tenue canción en las noches, de día se comporta como un objeto material que solo viene y va sin sentido.

Miró hacia el espacio donde tenía que aparecer lo que nunca dejará de ser predicción o frase hecha.

El tirante corre riesgo de quebrarse, el cerebro se llena de gusanos que se deslizan por el humo de las neuronas como máquinas. No hay ratas, hay cuerpos viscosos reformando laberintos, tiempos eternos de duda.

Pero el tren no llega. Mi idea no se va de viaje, persiste a pesar de los comentarios sucios de tu imagen, que se embarra con charcos de mentira progresiva.

¿Qué tren es el que espero? ¿Qué especie de tierra húmeda esconde esos gusanos?

El boleto se tritura.

Tun tun tun.

Un puente de razones para dejar de intentarlo. Un cerebro ofuscado de ausencia con la presencia de ojos que atraviesan rutas.

Un tren se bifurca por el miedo a secretos prematuros.

Hoy, nuevamente, no llegó.


Martes 12 de Julio de 2005

Falta carne picada

falta-carne-picada.jpgTengo aceitunas en los oídos
Pasas de uva en la boca
Carozos en los ojos.

Se expande un recíproco
Espamento de histeria
Que exige cuadraditos
De jugo gástrico.

Tengo palitos entre los dedos del pie
Bien marrones, bien finitos
Bien nauseabundos.
Los hechos maduran o se pudren.

Se reclama caminar derechito,
Mirando para abajo,
Como si encerraran el brillo
De las pestañas muy limpias.

Una línea corrugada pero horizontal,
Unos agujeros de costumbre
De pasatiempo rutinario.

Una vincha apretando el vómito de vos.
Pestañas pulcras,
Una ácida respuesta.

Y la bolsita se desinfla en el piso
La bolsita masticada
La bolsita que cruje en el oído.

Los dedos como repulgues
Esperando un cambio de suerte,
Unas manos tocan la oscuridad
Enclaustrada en empanadas.

Entonces pongo la bolsa en tu cabeza
Y se salpica de carozos,
Aceitunas, pasas de uva.

Y el vómito denso del miedo
Se desliza por el plástico
Y te veo como sos.

Mariana Avalos

Sábado 11 de Junio de 2005

Autocrearse

autocrearse.jpgJavier tenía más de 5 años y entró al pasillo negro predominante en la calle donde los murgueros solían tocar por las mañanas. Es decir que escuchó el surdo y dio un saltito justo en la puerta de la indefinible vía.

Las manitos estaban ásperas. En el jardín de su casa el pasto tenía
vacaciones constantes, la tierra era un okupa. Tocó la pared con agujeritos y se acordó del helado granizado, de los paseos por el circo con Emilia y Mariano, de las "Pepitos". Llegó a meter su dedo índice tan profundamente en el cemento roído con el miedo que sintió cómo del otro lado ya no había música.

Del otro lado, donde existía su casita llena de cunas, un vientre estrujado intentando escapar.

Javier, por ese magnífico instante, estuvo solito, arrastrando la mugre de su mochila por un pasillo rojo. Estaba acostumbrado al ruido, al baile, todo su cuerpo era creado con coreografías de posibles encuentros, posibles funciones.

Por inercia abrazó bien fuerte a su oso blanco y negro, y casi a punto de llorar se dio cuenta del tiempo que faltaba para ir del otro lado.

-¿Cómo que estás embarazada? ¿no era que nunca había pasado nada entre ustedes?

-No, pero presiento que tantas veces prometimos hacernos el desayuno que supongo que alguna vez se nos escapó la frase a la historia palpable para el resto.

-No tiene sentido, ¿te escuchás? Claro, claro ¿me vas a decir que ahora los bebés pueden autocrearse por sensaciones internas nuestras?

-No, pero es posible que no distinga entre ella y yo, es posible que sea una psicótica, ¿entendés?

-Emilia estas delirando... como siempre.

-¡Es ella!

Javier no entendía qué eran esas voces, esas teclas que le retumbaban en la pancita.

El pasillo estaba seco. Normalmente nadie se atrevía a atravesarlo por completo porque las paredes se achicaban hasta volverse cordones y uno se distraía, se ponía a caminar minuciosamente sobre ellos. Era una especie de congregación de payasos en filita india invitando al público a un espectáculo totalmente distinto, ordenado, pulcro y asqueroso.

Pero el pasillo, por supuesto en eso estábamos, el pasillo no tenía techo, porque en la historia siempre había que mirar las estrellas o buscarlas por lo menos. Olía a escondite de chicos revoltosos, que nunca aceptarían las cosas como fueran dadas. Esos típicos nenes que no se quedan en el ¿por qué?, sino que dan la vuelta manzana hurgando en los hormigueros las respuestas precisas.

El pasillo era rojo, sensible y elástico.

-La presiento en cada paso que me hace dar.

-Dejá de inventar universos paralelos, la vida no es ficción.

-No, pero hay que estar muy atento, esto puede no ser la vida, puede ser un pasillo a ella.

-El cielo esta rojo, ¿lo ves?

Javier empujó la última reja, sonaba a llanto y todo parecía resquebrajarse.

Las baldosas de pronto salpicadas con verdín comenzaban a partirse. Se irían a otro pasillo.

Javier no tenía ahora más de 5 años, tenía un día.

-¿Ahora hay que llorar?

-Puede ser...

-¿Así se hace?

-Ella no llora cuando escribe pero sugestiona nuestras cabezas.

-El cielo está rojo, parece un trillado pasillo de cuento.

-Es la idea, es la idea.


Domingo 29 de Mayo de 2005

Instrucciones para estudiar

instrucciones-para-estudiar.jpg(A partir de un análisis teórico de "Instrucciones para llorar" de Cortázar, pero basándose en qué tipo de discurso utilizaba, etc., y en medio del estudio de la materia Introducción a la Literatura.)

Empiece por recolectar todos aquellos papeles llenos de profesores y maestros que probablemente usted no quiera recordar pero termine resignándose a ellos.

Una vez logrado esto (por cierto no es tarea sencilla cuando la habitación está llena de cajones con fotocopias de canciones, poesías, otras materias, etc., u otros lugares como arriba del escritorio repleto de indefinibles objetos o caídos por el costadito de la cama y destinados a no ser encontrado jamás ya que al costadito de la cama de la pared nadie lo tiene en cuenta), olvídese completamente de aquello que lo rodea o no lo rodea.

Se entiende así la pena atravesada en su faringe sin dejarlo respirar (procure que esta quede estancada en otro sitio porque la cara puede volverse de un tono púrpura) o acelerándole constantemente el pulso. Deseche ese estorbo porque en un futuro puede aparecer en medio de una definición de gran valor.

El entorno incluye a personas especiales o sencillamente molestas. No sugiero agarrar la pata de la silla para partírsela en la cabeza (se conocen casos extremos en que la histeria llevó a una reacción inconsciente semejante), pero sería importante que trate de encerrar las emociones en un párrafo o texto para poder proseguir con el "estudio". Se verán claramente figuras humanas estampadas en las fotocopias de Todorov, Freud, etc. Se aconseja pasarles una plancha para evitar pérdidas.

Lea detenidamente "todo" porque posiblemente le tomen lo que pensó que jamás le tomarían. Incluso puede crear canciones rítmicas estilo "El payaso Plim Plim" para recordar definiciones. No exagere en las creaciones, nadie pretende convertirlo en un gran músico (a menos que sea el propósito del estudio).

Si fuma le avisamos que el humo no contiene figuras que encierren contenidos académicos.

Tampoco el sonido de la canilla que gotea y no tiene ganas de ir a cerrar.

Haga un esfuerzo, o dos, o tres, alguno de ellos conseguirá que mueva sus piernas dormidas y se dirija a cerrar el grifo.

Una vez alcanzado todo esto, lo dejamos llorar de felicidad y graduarse tranquilo en el arte de estudiar. Pero recuerde que el reloj debería encontrarse en otro número como mínimo, nadie aprueba un parcial con cinco minutos de despeje cerebral.

Es posible que por un rato se sienta así como "vacío" (nos reservamos las instrucciones para personas suicidas o depresivas), para esto existe la música o despegue las calco-personas de la fotocopia y vuelva a la vida real.

Me olvidaba, nunca pero nunca se detenga por ninguna razón a escribir instrucciones para estudiar. Acaba por darse cuenta de que perdió al menos media hora haciendo el recreo innecesario.


Jueves 26 de Mayo de 2005

Rebelión

Foto por KWood570El grupo tenía un trabajo especial que realizar. El cuerpo absorbería una noticia fresca.

Emilia se imaginó observada de un avión, como si ella misma fuera la naturaleza estampillada. Algo que se caía, alguien que ahorcaba, y el piso convirtiéndose en lo más hermoso digno de ser besado y tocado.

Todo eso pasó cuando el espacio se dejó llenar por ella.

Había que repetirlo, asentarlo en la cabeza.

Estaba rodeada de imágenes vivientes que conversaban, que tenían esas caravanas de significados en sus pupilas. Un gran ojo que todo lo veía desde arriba, esa persona dominante de la situación, el avión o quizás el paracaidista. Nadie dura mucho en semejante poder.

Pero el trabajo era la narración de muchas fotos canonizadas. A Emilia le pareció intangible aquel texto. Había mucho por sentir. Ellas calcaron cuerpos ajenos sospechando el error, era iluso ver idéntico un brote interno, aéreo. Pero construyeron la famosa narración.

Abstraída, las percibió, otras dos con extravío de concentración o ganas.

Fue el momento ideal para la rebelión.

El espíritu de bronca por los límites impuestos se embriagaba con los personajes reptando. Olían a noticia fresca. Los cuerpos turbulentos se aquietaron de espaldas al público. Mucha imagen, poca línea aclarativa.

Apenas pestañeaban para cobrar miedo de la escena. Apenas cerraban sus costillas para no perder posiciones exactas.

La rebelión era quietud, mucho silencio.

Un ojo que se ahogaba, un espanto general por la exposición de las desorbitadas. Ninguna pertenecía al mismo grupo, ninguna quería ser un conejillo de Indias.

Explotó un avión, cayeron ideas a un piso hermoso.

La sala se movilizó en medio de la inercia.

Bancarrota al poder supremo, al dictador de consignas.

Ahora el mundo bailaba.

(Foto de KWood570, bajo una licencia de Creative Commons.)


Jueves 5 de Mayo de 2005

"... Soy la mentira de todas las cosas reales, la realidad de todas las ficciones"

Foto por DeathWingMe envuelvo en los sueños
Hechos funciones callejeras,
Como un ojo de vidrio
Que estalla un llanto de cuentos.

Soy "Madame Bovary" para el desconocido
Y una especie de ángel
Para el que espera una ficción nocturna,
Una fuga al jardín de manzaneros.

Me escondo en la música,
En la realidad que brota por los pasillos,
Que se esparce como hongos,
Que te acorrala en la demencia.

Soy el disparate del que hablas
Sin pronunciar la mentira de mi visita,
El tormento de tus textos,
El desnudo en lo esotérico.

Pertenezco al sol que se exhibe de noche,
Una expropiación de tu cordura
O tu intento de ser concreto.

Soy el extremo de la germinación,
Del génesis de tu exceso,
Lo fidedigno de tu organismo
Y lo sofístico de tus inventos.

Te pertenezco, pero implico
La metamorfosis del miedo,
El precipicio del evangelio,
La inseguridad de tu deseo.

Soy el preámbulo del cuento,
La inmutable abstracción de la vida,
El público en tu concierto
Y el director de tu obra.

Mariana Avalos

(Imagen publicada por "DeathWing" en Flickr, bajo una licencia de Creative Commons.)


Martes 19 de Abril de 2005

La vida real

Foto de MorgueFile.comDespertó aturdida. Había saltado en medio de un campo lleno de flores blancas tras una inmensa pelota de colores. El juguete era de su hermano menor, que en todo el transcurso de la tarde había intentado recuperarlo. La madre gritó, pataleó pero el cielo lleno de olor a yogur de frutilla evitaría que ella cambiara de opinión.

Se escondió bajo el tallo de la margarita, se preguntó cuál era el tiempo que le quedaba hasta volver a escucharlo.

Entonces mágicamente los tallos se disolvieron en medio de un pote de yogur como desayuno. Sintió haber vivido adentro de una canción que exhalaba frases en retorno a otra canción de otra música. Así una cadena fija donde las notas iban y venían sin sorpresa por los mismos CDs auto programados en su cabeza y ella despertaba constantemente. ¿Cuál era la vida real? Aquellas flores al sol con zapatillitas de danza, el desayuno, la canción dentro de ella o ella dentro de la canción, o una llamada telefónica que la hizo llorar porque estaba enfermita, extrañaba y no tenía pelotas grandes de colores.

—Hola... Llamaste en el momento oportuno, estaba pensando en vos.

—¿Sí?

—Sí, pensé que te habías olvidado de mi cumpleaños.

—No, es que recién me despierto, estoy enferma y te extraño, escucharte me hace imaginar que me cuidás.

—No lo imagines, yo siempre te estoy cuidando.

Entonces salió, compró unas pastillas para dormir sensaciones y llegó con la tristeza en el bolsillo izquierdo del pantalón.

—Mamá... ¿Dónde te fuiste? Haceme sopita, tomame la fiebre... Mamá...

Entró a la habitación y en medio de la almohada se acostaba una pelota de colores.

Ella lloró un rato, ¿cuál era su nombre?

Emilia.


Martes 5 de Abril de 2005

Elegir

elegir.jpgÉl cerró los ojos, porque le daba mucho miedo elegir y lo único que se le ocurría era dar un mandoble con sus palabras.

Se alejó de la empatía que tenía con ella para establecer una situación luctuosa y fúnebre.

El papel se deslizó despacio por los dedos adormecidos de evocaciones y comenzó a ser tan volátil, tan disconforme con sus escritos... el papel fino y corrugado se llenó de émbolos a punto de accionar una bomba. Saltaban basuritas que incansablemente trataban de tapar la pugna, o el disentimiento, o el miedo de él.

Sin duda, ese chico se estaba volviendo misógino por un descuido. La baranda estaba a unos pasos, daba vergüenza que siguiera en el mismo punto con la revolución que la ciencia aspiraba a explicar cada día de cómo trabajan el corazón, el sistema nervioso para componer tales sentimientos. La efeméride más grande que yo he visto.

El papel proyectó las palabras abstrusas, se deslizó por entre los dedos adormecidos.

Pero las respuestas, tanto las de ella como las él eran univocas. Sin darse cuenta estaban llegando al mismo punto final que no era ningún final.

Sin embargo él, con sus vueltas alrededor de lo que le pasaba y no. De una muestra efusiva que lo descalificaba para siempre de la carrera a la baranda.

La baranda... tan solitaria ella, tan persistida. Mirándolo de reojo como por una grilla de bichitos de luz, escudriñando esa sombra que se veía cerca.

Los cuerpos constantemente se quedaban quietos, inmutables, paralizados por el amor. Continuamente parecían una filita de dominós que caían para atrás, nunca hacia delante.

Y el tiempo, nunca infaltable. Siempre atento y vitalicio, proclamaba la incertidumbre. Él calculaba los días, las horas y las llamadas que podrían aparecer. ¿Cómo iba a escaparse entonces? Cuando su núcleo seguramente ya no lo iba a dejar, sería demasiado tarde.

El papel, sordo por la inmensa patochada de inentendibles recetas. Silencioso, dejaba de actuar y comenzaba a doblarse poco a poco hasta formar un borde, una baranda.

Él caminó, por fin se acercó a ella. Pero no explicó nada de lo que podía pasarle en su discernimiento.

La baranda cae, el tiempo vuela, el papel se condensa.

Ella se siente asediada, y se escurre hacia otro cuento.


Lunes 21 de Marzo de 2005

Un viaje en tren

Foto por Eduardo Abel GimenezEmilia divisó la estación llena de caras amarillas, blancas, negras,
violetas. Una chica con pollerita corta y zapatos chiquitos; un chico de rastas y pantalones bajos; una mujer coqueta; un hombre enjuto, vagabundo, cansado.

Emilia los observaba con una sonrisa amplia y casi perfecta, aspirando el olor a podredumbre, repugnancia, mugre, a pies descalzos llenos de charco, a agua contaminada por gente no contaminada. Todo eso respiró en la estación, y se sintió contenta de estar entre los sujetos apurados y abstraídos. Hacía mucho que la basura no se disfrazaba de musa.

La chica con pollerita corta venía de desayunar medialunas y café con leche, de pensar en su novio y no poder darle un besito de "buenos días". Llegaba tarde al trabajo, y nunca se levantaba de buen humor. Pero cuando pasó por uno de los bancos de la estación escuchó (con la intención de no percibir nada de nadie) respirar a alguien y se le ocurrió que podria encontrar a esa persona en el tren o en alguna parada.

El chico de rastas se llamaba Fernando, tenía 17 años y volvía muy dormido de la casa de uno de los amigos. Se sentía incómodo, pero desgraciadamente Emilia no sabía la causa de la incomodidad evidente en el rostro opaco. Fernando caminaba apresurado pero la vió, se mojó la boca, y le tiró un beso a la chica de zapatos chiquitos. Se imaginó todos los "piropos" que dirían sus amigos en esa ocasión y se rio para adentro.

Alguien en un banco de una estación se veía radiante porque un chico de pantalones bajos había olvidado una incomodidad incierta.

Una mujer coqueta pasó al lado de Emilia y no hizo nada más que eso, pasar. Inundar y desorbitar el aroma de inmundicia con su perfume de tan dulce ácido.

El hombre enjuto se dirigía a buscar a su hija y explicarle por medio de un regalo prodigioso por qué la había abandonado unos años atrás. Lo que él desconocía era que su hija se había mudado y principalmente comprado unos zapatos chiquitos para ver a su novio.

Una chica con una preocupación y un efecto de maldad oculta se enteró del hecho y a escondidas advirtió el desencuentro en una estación de tren.

Emilia se subió con la locomotora a punto de arrancar. No le salía decir una palabra pero en el fondo se fundían y surtían toda clase de presencias.

Extrañaba Buenos Aires.

La vio bajar y con una canción para la ocasión en los auriculares escribió el momento justo en que dos zapatitos se ponían rectos y abrazaban a dos zapatillas conocidas. El dueño tenía dudosamente 17 años y una incomodidad fugada.

Entonces el novio del que nadie se ocupaba de presentar la cara o la
historia pero había sido nombrado por Emilia o por quien la inventaba de vez en cuando, se quedó impactado. Salió a escena el padre, del que la gente conocía su cansancio y hasta alguna explicación, y abrió los ojos grandes que siempre eran chiquitos.

Normalmente en Buenos Aires cuando pasan estas cosas, la gente se pelea y el tren se descontrola, llega el de seguridad, todos intentan calmar los ánimos sin conseguirlo. Una chica baja en cualquier lado llorando. Un chico de rastas con bronca y un ojo hinchado se queda con ganas de pegarle otra piña a ese metido que justo llegó en el mejor momento. Un padre no hace ni dice nada por las dudas que el regalo-explicación se desmantele (pero afuera llueve y de cualquier forma el regalo se arruina) y un novio simplemente quiere agarrar a su novia y arrojarla por la ventanilla del tren con ese sucio de rastas del que se va a encargar personalmente de pisarlo con otro
tren.

Pero este cuento lo escribe Emilia y ella no es muy normal que digamos. Es decir que los personajes se miraron pero el novio no era el novio de la de pollerita corta, era el novio del de rastas, y ofendido, incrédulo, se sentó para charlar indignadamente con un hombre enjuto que no registraba a su hija.

El vagón se llenó, porque entró al acto un payaso que Emilia quería
encontrar hacía mucho, pero que todavía desconocía y no reparaba en la cosquilla que produciría su esencia en el lapso de unos días. El payaso se daría cuenta de que los vagones y los subtes tenían la pestilencia de la congoja impregnada en los asientos, el piso, y resultaba arduo lidiar con eso para sacarle regocijo a la gente. En medio de ese pleito interno, vio todo el cuento, la chica de pollera corta, el chico incómodo, el hombre cansado, y pasó una mujer coqueta.

Se revolucionó la historia, porque todos querían soltar el trapo y
desentenderse del oficio en las letras.

La sonrisa que perduraba, la persona del banco de la estación, la chica preocupada y escondida, adelantó el tiempo, abrazó al payaso y disfrutó del final del que tenía ganas.

Lo siento señores, Emilia es así y los trenes dan para eso.


Lunes 28 de Febrero de 2005

Laura va

(Lo que surge de escuchar "Laura va", de Almendra.)

laura-va.jpgLaura va... Lentamente guarda en su valija gris el final de toda una vida llena de retazos, retazos de risas, y llantos guardados tras sus ojos de brillante ingenuidad, retazos de bailes tintineantes.

Se aleja del pueblo donde conoció el poder de volar en las plazas, entró en la tierra del tibio arte de ser uno mismo, arrastró a gente a conocerla, y allá a lo lejos, en su pasado se cayó en un amor único sin querer...

La valija pesa de recuerdos que besan, y extrañan las gotas resbalando por el vidrio inclinado, los juegos nocturnos sobre la alfombra.

Se sube al tren y pinta adioses en las ventanillas, corre por los vagones empujando esa molesta sensación de que abandona eternamente un lugar. A Laura se le inunda el alma de nudos atados con fuerza, tal vez porque no quiso barrer las cosas de abajo de la cama, tal vez porque simplemente quiere quedarse un ratito más, hasta otro amanecer en nidos de comienzos solares.

La valija pesa, con sus rayones dormidos por la lluvia del partir y llora, llora, llora porque esta cerrada con tanto que quiere brotar de adentro.

La boca se calla, los dedos se aprietan, el centro del cuerpo se estruja como pelusa contra el escobillón, y la boca nuevamente reseca, y los dedos que escriben lo que ella no dice.

Laura toma el tren, despierta con el incienso de un suelo acuoso, pastoso, rocíado de grillos cantando un desenlace.

Laura se fue de su casa, se fue a buscar arriba del tren su futuro en cada uno de los entre-vagones. Soñó que había un lugar que la esperaba y que jamás despierta iba a encontrar. Pero era terca y no dejaba escapar las pequeñas señales que su valija le anotaba en las solapas de la almohada.

Laura va a desatar el ovillo de lo que quiere para ella misma. Uno a uno los hilitos que le rodean la panza. La luna espia por la cerradura de un equipaje y con sus delicadas manitos le esparce noche en su vientre. Las cosquillas suben por la garganta y parece un líquido espumoso que moja hilitos.

Laura va para entender lo que pasó.

Laura va.


Domingo 20 de Febrero de 2005

Remedio

Foto de MorgueFile.comY te tengo ahí, y no puedo detenerme a tocarte y sentirte real. Tal vez sea tarde para alquilar mi vida, parar el cosmos y disfrutarte tan cerca.

Entonces, siento tus dedos sobre el brazo, escondidamente. Huelo una campera que está llena de vos y me deja conocer más allá que lo que te viste puede mostrar.

Puedo intentar mil veces alejarme del rostro que insiste, pero en el fondo, la gente a nuestro alrededor sabe en lo que los sentidos terminarán. Cada uno de ellos bajando por un tobogán de nubes, con barandas de cabezas bloqueadas y una elástica cama de alivio en vez de arenero al final.

Puedo intentarlo y no correr para evitar que pase. Pero no quiero, y es hermoso, y es así. Vos sos así, y yo soy así.

Soberano, y libre en el amor.

La gente observa el final predecible.

Ella toma esa pastilla y baja por el tobogán. Olvida a quién pertenece y a quién no. Se olvida de ella.

Toma a su amor y se va.


Sábado 12 de Febrero de 2005

La función del payaso

Foto por Elijah van der GiessenEmilia fue a ver una función de circo y acrobacia. Entro en el ficticio mundo de esos payasos que jugaban a con la realidad de todos y de nadie. Se envolvió en una cinta naranja de danzas y la ternura brotó para escuchar la guitarra que sonaba, o tal vez, al payaso que la tocaba. Cerró los ojos por un instante y apareció dentro del show, giró en el aire, dibujó situaciones graciosas...

Hasta que la función se fue literalmente a dormir, y los aplausos le
devolvieron el entusiasmo por la verdad.

Abrió la boca y estaba hablando con uno de ellos, con el más encantador y delicado de ellos. La hizo reirse, sonrojarse, animarse y regalar estrellas. El lugar ya no era una confitería llena de luces amarillas y gente ilusionada con narices rojas, había cambiado por completo.

Emilia y Mariano se abrazaban, se conocían, y descubrían. Una oscuridad llena de ríos y árboles reflejados en él, de aroma a amor cayendo de las galaxias o de los circos. Existía un puente iluminado que daba conexión entre el ayer y el ahora, los deseos, los simples y diminutos futuros cercanos.

Emilia se desentendió de gente que la trataba casi mal, empezó a sentirse como debía sentirse, esa personita especial que tenía las ilusiones en la espalda y volaba con sus alitas por las noches, o las tardes nubladas, o las mañanas de frío y sueño. En realidad, era Mariano que le susurraba al oído mensajes hechos con lapislázulis.

Y cuando volvieron al lugar repleto de gente, se encontraba casi vacío pero hacía falta quedarse hasta que el cielo fuera claro para no dejar el encanto por ninguna parte.

Se encontraron al día siguiente en otra nueva función. Pero era distinto, porque Emilia estaba exclusivamente ahí para Mariano y no solo para insertarse en medio de la multitud.

De repente, las burbujas estallaron y una especie de anfiteatro exigió una conexión. Nadie pudo dejar de mirarse y seguir bañándose en el río como si nada hubiese pasado. "Porque a veces pasa que la fiebre sube misteriosamente." Y subió, subió, las caras se pusieron rojas y calientes hasta que se encontraron rozando apenas las bocas hechizadas.

Llegó la noche, y era peligrosa con las burbujas sin paredes, con el olor a esencia de vainilla y clown. Volvió densamente la oscuridad del río a punto de desbordar. Estaban completamente solos una vez más, solo una vez más.

Podría ser la última mirada o beso. Entonces, quizá por la presión de que no hubiera despedida, el detergente explotó de adentro y todo se puso sediento, apetitoso, formable a las manos. Un cuerpo era moldeable al otro.

Emilia se sintió embriagada de delirio y quiso controlar la situación.

Mariano, sin duda, aplicaba la chispa adecuada para que todo burbujeara. Le dedicó los pensamientos de todas las horas juntos. Le regaló su nariz de payaso, le restituyó vida al corazón apagado.

Y así, un día después, la hora se hizo presente en medio de un nuevo encuentro frustrado. Mariano se iba a despegar de la fantasía del amor.

Corrió hasta la terminal, buscando entre todos. Hasta que lo vio parado en medio de instrumentos y ropa de colores. Era la hora.

Mariano retornó a su ciudad, dejando una risa impenetrable en Emilia.

(Imagen: fragmento de una foto de Elijah van der Giessen.)


Lunes 7 de Febrero de 2005

¡Basta!

Foto por Eduardo Abel GimenezEstoy cansada de pedirle deseos a las estrellas fugaces, de pensarte en cada lugar y no encontrarte en ninguno, ni siquiera en mi corazón. Estoy cansada de estrellarme contra vos cuando te hablo y me pedís que te olvide, que en el olvido siempre se pasa mejor. ¿Y qué importa? Quizá yo no quiero pasarla mejor sin todas esas inmensas pero diminutas cosas con las que me comprás.

Estoy cansada de extrañarte, buscarte en cartas, horóscopos y números, de absorberte, dibujarte, escribirte, llamarte, balbucearte, aniquilarte y que no muera tu imagen.

Estoy muy cansada de que te vuelvas para mi un "mar", donde las olas (tus caricias) vayan y vuelvan. Cuando una cree que definitivamente no van a regresar, las encuentra desparramaditas sobre la arena mojada, brillantes como suplicando que alguien, en definitiva yo, las junte y las guarde en un frasquito de agua.

Estoy muy pero muy cansada.

Entonces, te imagino arriba de un escenario con esa carita de enamorado a punto de abandonar el amor y dejo de cansarme para casarme con la sensación, tu sensación. Casarme con los miles de caracoles pisados, o bocas muríendose de ganas, pedacitos de te quieros en las calles, parecitas blancas. Vuelo en tu abrazo girante y sin querer me olvido que estoy muy cansada. Y ganás, como siempre, porque yo entro al olvido donde me caso y descaso. Tal vez casi sea un empate, porque aún en ese maldito olvido yo sigo con vos.


Jueves 3 de Febrero de 2005

Él, magia

Foto de MorgueFile.comPidió un par de tragos y tocó mi puerta.

Se alejó en busca del permiso adecuado. De la misma forma con la que convencía a sus clientes, con las palabras exactas sin dejar de lado los porqués.

Entonces, despacito como buscando un fruto recién nacido, se sentó a su lado y la convenció de que era la magia, se llamaba magia, parecía una diversa magia y actuaba como tal.

Le regaló el trono de un hechizo propio y pudo sentir que no necesitaba más que ese tipo de regalos y esos tipos de “gracias”.

Por un lado le recitó sus incontables viajes y recorridos donde el sol era lo único que marcaba un mapa de llegadas, llegadas y más llegadas. Él nunca partía, no se trataba de eso, siempre quedaba la magia por cada estación.

Decidía impactar como un rayo al caer de un avión en medio de la gente.

Ella se dejó llenar de luz los ojos. Creerse a salvo detrás de un mar
compuesto por riesgo.

El sol les mostró abrazos dulces, claros. Parecía envolver entre pulseritas una persona y una magia.

Pero la cara ausente retornaba de aquel mar peligroso y desasía terciopelos.

La magia iba a irse para otros lados. Ella desplegaría sus antenitas afuera del caparazón.

La decisión estaba tomada. Había que caminar al sol y emerger en otros amaneceres. Porque él era la magia y actuaba como tal.


Jueves 30 de Diciembre de 2004

Hola

Foto de MorgueFile.comY se quedó quieto, y se quedó quieta, mirando y haciendo que no miraba.

Él trató de encontrarla sin buscarla, como si fuera a caer del cielo. Pero ella no era tan así como un ángel, no podía volar hasta aquella vereda donde juntos espiarían al resto, no podía volar sin estar segura que sobre esas enormes baldosas nadie estaría totalmente inmóvil.

Resopló, porque debía esconder en un lugar recóndito su cobardía, su petrificante corazón paralítico.

Él vió la muralla, cómo empujaba a la gente para que no existiera el cartel de "derribo". Los ladrillones sintieron frío, el cemento que caía en puntas arriba de sus espaldas. Intentaban tapar un encanto por las noches, una incertidumbre por los días.

Los dos se quedaron mudos, sin emitir un solo gesto de Hola. Tal vez, por pensar demasiado lo que significaban esas incontrolables ganas de besar, de dormir y vacilar en los brazos ajenos.

Ella miró asustada la ausencia, la muralla hizo que se percibieran como dos desconocidos, y lo perdiera en Nosedonde.

Cuando salió con esfuerzo, encontró una estatua. Quieta, muy quieta. La sopló despacito, sin hacer un minúsculo ruido. ¡Pero no! La noche había dibujado una luna demasiado inactiva e impávida.

Ella furiosa por la nada, durmió con la estatua. Se quedó quieta.


Martes 21 de Diciembre de 2004

Cómo escribirte

graffiti2.jpgQuiero escribir mil veces tu nombre
para que ningún sutil graffiti
se olvide de él,
y a la gente le ardan los ojos
por tanto aerosol desbordando espejismos.

Las letras se balancean solas
en las paredes, hojas, camas,
susurran el burbujeo fundamental,
la catarata de ansiedad
porque te me aparezcas.

Si mordiera para dibujarte,
si me lastimara por escribirte
no habría espacio en silencio,
y el mundo gritaría el nombre
que no escribo
por miedo a perder encanto.

Dejá que los timbres lleguen
y se garabateen caras de sorpresa,
así, pueda yo encontrar el
éxtasis justo
medido por tu llegada en nombres.

Recortemos rostros de apetito,
sonrojemos a las manos inhibidas,
escribámosnos y gritemos
todo lo que no se puede dsitinguir
sino en puntos suspendidos...

Quiero escribirte mil veces.

Mariana Avalos

Domingo 19 de Diciembre de 2004

Mala idea

campera.jpgA veces divagar con tu ternura
me haga más vulnerable,
a veces encontrarme con tu mirada
me deje sin hablar,
pero, sobre todo y sobre nada,
por tu culpa esté sin pensar,
sin soltar el alma de hada
sin duendes que buscar.

Entonces, a pesar de tu descuelgue
de tus rápidas respuestas
de tus besos de merengue,
de la sonrisa a cuestas,
no puedo quedarme sin tu beso
y despedirme
sin cómplices "nos vemos".

A veces me duermo en tu campera
y despierto con la mala idea
de verte para dormirme en vos,
porque con vos el amor se sortea.
Espero entonces, ser la primera
que reciba tus ganas de que
te cuide, te bese y te abrigue
con todas mis maneras.

Mariana Avalos

Viernes 17 de Diciembre de 2004

Un salvavidas para la lluvia

Foto de MorgueFile.comElla buscó su complicada diarrea de malas suertes. No encontraba
explicación a las coincidencias de un escape al olvido. Fuera donde fuera estaba en el lugar equivocado y a la hora imprecisa.

Existía una ruina de primaveras en los lugares de siempre: la heladería, el mar, el sillón, la ducha, la ducha y la ducha...

Se apreciaba una lluvia silenciosa, era más espamento que realidad, pero el olor a árboles caídos en la costanera, no encontraba a nadie que supiera volverlos a plantar.

Así, hasta que se vistió de búsqueda con encuentro en sus piernas y vió la sonrisa que le caminó los adentros por segundos. Entonces, abrazarse fue poco y todo era la agridulce sensación de ser libre, libre para él, para la sonrisa más linda de sus tardes y sus noches nuevas.

No dejaba de llover, cabe aclarar, pero aunque el cielo pudiera estar
furioso, el aroma a amor descomprometido y dulce era imposible de obviar.

Ella plantó los pies sobre la tierra mojada. Explotó en el barro, ensució parte de discursos pasados por agua. Lo cuidó como si fuera un bebé, aunque supiera que no lo era, y que él tenía la culpa de eso. Pero no existían culpas en l