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Residentes: Mariana Conti
Sábado 29 de Septiembre de 2007
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Es de noche, el frío congela las vidrieras de la ciudad. Un Juan Pérez se asoma a la acera más próxima, precavido, miedoso quizás. Mira, busca algo, avanza tercamente por las calles solitarias. Y empieza entonces el juego. Un escondite seguro de la seguridad, un apartarse del todo para encontrar luego otro lado. Hace un dibujo en la pared. Por un momento el silencio se quiebra y el temor aumenta. Aún así continúa en su tarea, como un capricho cuyo interés va más allá de todo lo que pueda pasar. Se acerca al graffiti… o el graffiti se acerca a él. Se miran, se tocan, se toman, y finalmente se hallan. Se atribuyen como propios, en lo oscuro de la noche. Y entonces Juan Pérez se da cuenta, ve lo que es o lo que era. El tal Juan Pérez se encuentra y se va a su dibujo, se va de la ciudad.
(Imagen por Andrés Fernández Cordón, publicada con permiso del autor. Encontrada en Coso de Ilustradores.)
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Sábado 22 de Septiembre de 2007
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Una y cuarto de la tarde. Salgo a las apuradas de casa, con los ojos clavados en el horizontes, expectantes ante algo azul. Veo el A10 o A3, no sé cuál pero da lo mismo. Está cruzando la vía de tren. Acelero el paso: si lo llego a perder voy a llegar muy tarde. Empiezo a correr, lo alcanzo justo y me trepo. Está "ese" colectivero. El de pelo blanco. Ritual de cospeles y busco asiento. Me interesa ese de adelante. Desde acá puedo observar detenidamente la nuca del chofer, y por el espejito sus ojos. Tiene una mirada muy expresiva y llamativa. Lo noto totalmente acelerado, pero como si así fuera su vida en general. Está intensamente sumergido en la rutina. Se concentra en la calle y los semáforos, pero lo hace con toda la naturalidad del mundo. De pronto me parece escuchar que habla solo, se queja por algo.
Parada en Santa Fé y Colón.
—¿Pasa por General Paz?
—Sí
Cospel, boleto, asiento.
—¿Pasa por la General Paz?
—Sí —se nota cierta tensión en su voz.
Cospel, boleto, asiento.
—¿Este va por General Paz?
—¡Pero sí! ¡Cuántas veces quieren que lo diga!
Cospel, boleto, asiento (no hay más asientos, se agarra del caño).
Nadie pregunta más nada.
Seguimos viaje. Me detengo a mirar por la ventana cómo camina la gente. Algunos revolotean los brazos como si bailaran.
De golpe el colectivo se para. Estamos en General Paz y Colón. El chofer se levanta del asiento, amenazante. Su mano derecha se agita nerviosa. Clava sus ojos misteriosos en los pasajeros. Esos ojos extraños, nada profundos. Un mechón algo enrulado le cae en la cara. Se lo acomoda con la mano. Tose.
—Muy bien —su voz suena fuerte y decidida—. Si observan a su izquierda verán en la esquina un cartelito que dice "Avenida General Paz". Levanten la mano los que se interesaban por esta calle.
Nada. Los pasajeros mudos. Me dan ganas de levantar la mano para quebrar la tensión, pero a cambio de eso chusmeo el reloj para ver si estoy bien de tiempo.
El chofer no se inmuta. Espera con calma, con una calma disimulada, ficticia quizás. Una chica se anima. Fue la primera que habría preguntado. Levanta la mano con precaución.
—Muy bien. Baje por favor.
—Pero todavía no llegó mi parada.
—Pero estamos en la General Paz.
La chica se levanta y amaga salir por la puerta de adelante. Gran error.
—El descenso es por atrás —advierte el chofer, apretando los dientes—. ¿Alguien más?
Una mujer se para y se va rápida, mientras murmulla broncas. La siguen otros pasajeros. El señor de al lado mío se incorpora arreglándose el saco y se le acerca al colectivero. Empieza a proferir un discurso interminable sobre los derechos de los pasajeros y cómo hay que tratar a la gente, y que lo va a denunciar, y que cómo puede ser. Inesperadamente nadie lo apoya y el canoso no arruga. Sigue firme helándolo con la mirada. Gana el chofer, con su silencio de piedra y su locura chispeante. El otro baja la cabeza y sale. Nadie más se anima a enfrentarlo. Uno a uno, algunos con decisión, otros con timidez, dos o tres con miedo, se van, por atrás por supuesto y sin decir nada.
No sé por qué me voy quedando, y al final estamos solos, el chofer y yo. Por unos instantes el hombre sigue mirando fijamente el vidrio trasero del vehículo. Yo ya me olvidé de lo que pasa afuera y realmente me interesa poco como caminan las personas. Hay algo en este sujeto que no me cierra. Me mira.
—¿Y vos?
—Tengo que ir a la facultad —ni parpadea—. Y estoy llegando tarde —agrego.
—¿No te interesa la General Paz?
—No.
—¿Por qué?
—Porque tengo que ir a la facultad que no queda sobre General Paz.
—Ah.
Lo noto poco convencido. Me sigue mirando, pero ahora está tranquilo y pensativo.
—¿Vos no me preguntaste si el colectivo iba a General Paz?
—No. Yo me subí en Fragueiro y Bedoya. Además no quiero ir a la General Paz.
—Pero a todo el mundo le interesa la calle, no entiendo que no quieras bajar acá.
No contesto, ya me cansó con sus preguntas. El silencio sigue.
—¿Me lleva hasta la facultad? —pregunto con un vistazo de confianza.
Me mira de arriba abajo. Piensa. Bah, no sé bien si piensa o qué. Su mano finalmente se tranquiliza. Tose de nuevo. Mira hacia el techo, vuelve a mirarme.
—Bueno —responde, y seguimos viaje.
(La imagen fue publicada por Jonathan Lewis en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)
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Sábado 4 de Agosto de 2007
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Hoy Diciembre parece muy frío. Todo es azul. Un humo extraño y terrorífico cubre la Plaza de Mayo. La gente corre y todo es silencio, son imágenes lejanas y sólo se escucha un sonido repetido y profundo, el sonido de las balas, del horror. No parece real, visto del otro lado de la pantalla, donde todavía hay colores, luces y ruidos. Es ilógico, pero lo que veo en la televisión es lo real; esto de acá, mi casa tranquila y con sol, es lo fantástico. Golpes, llanto, sangre, gritos. Una confusión de caballos, uniformes, pañuelos, zapatillas. Las imágenes de la desesperación. Es mucho, demasiado para mí. Apago el aparato, que queda inmóvil en un negro inusual y alarmante. Una sensación rara quedó oscilando entre el televisor y yo. Cierro los ojos. Quiero pensar en otra cosa, porque esto no lo soporto. Un viento azul me mueve el cabello, ahora de tan solo siete años. Es de noche y mamá anuncia que vamos al centro a visitar al tío Diego. Con Ariel vamos en el baúl, para jugar un juego que inventamos, nos acostamos y ya cómodos sentimos el ruido del motor. Otra vez una pantalla, del otro lado es negro y comienzan a aparecer estrellitas a lo lejos. Jugamos que estamos en el espacio, en otro mundo. Aparecen cables y ramas que son los monstruos del espacio, pero no nos tocan porque viajamos en una nave segura. El coche frena. "¡Llegamos!" y se abre la puerta. De un salto bajo a la realidad, y abro los ojos que ven azul y neblina. Los froto con mis manos (ahora) de adolescente. Me acuerdo de todo, de los monstruos azules de un mundo lejano, que manchan con rojo la vida, los colores, el silencio que se vuelve inquietante y frío, y todo parece explicarse en un azul-llovizna, de tranquilidad mentirosa, de nubes, frío y humedad, en un Diciembre con un hueco inmenso.
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Sábado 27 de Mayo de 2006
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La escena transcurre en los jardines de un hospital psiquiátrico. Los locos están reunidos bajo el sol, cantando y aplaudiendo. Una enfermera gritona los acompaña. El día es uno como todos los demás. Está despejado y no hace frío, un día perfecto para estar afuera. Hoy el tema es la música. Los visita una banda muy famosa que hace un mini recital acústico al aire libre. Todos están felices y el show continúa horas, incluso después de que los músicos terminan su repertorio. La enfermera imita a una estrella de rock. Canta, gira, salta. Uno de ellos observa el ir y venir de sus prominentes pechos que bailan descontrolados. El día es una fiesta y parece no tener fin. Pero entonces la sonrisa se corta. Entra un viejo a la escena, es del personal del hospital y el encargado de controlar que todo esté normalmente bien y que nada se salga del cronograma. Antes de que esto ocurra, decide concluir la reunión. Los hace ir adentro, en orden, a comer y luego dormir. Los músicos los ven marcharse con una profunda tristeza. Son como niños que sus madres mandan a la cama. Niños que quieren jugar eternamente bajo un sol también eterno. Un sol que no les diga “no”, que los deje seguir imitando estrellas de rock. Julián se separa del grupo. Es el mismo que observaba con especial atención a la enfermera, esa especie de mamá para todos, la amiga que los entiende y acompaña siempre. Se acerca con algo de timidez, pero también decidido, hacia el cantante. Le toma las manos, y le pide que se quede, que le haga compañía, que el día todavía no termine. “Sólo dame la mano”.
En el jardín de la locura el tiempo transcurre despacio. Nadie tiene ninguna prisa, todos quieren divertirse en esa burbuja de mundo aparte. La tristeza se siente en el aire, en el pecho, en la garganta, se huele y te inunda en lo más profundo. No se entiende nada. Esas risas, ese sol brillante, los gritos y aplausos… Muy despacito se asoma el otro lado, la soledad, la amarga tristeza, la necesidad. Muy despacito Andrés empieza a volar por ese abismo de risas y lágrimas, se mete en ese mundo de mentira, de juguetes, de nubes y pasto, y tan real. Muy despacito sostiene la mano que no lo deja ir, que le aprieta, que le ruega, que le pide por favor. Muy despacito el sol de infinita paciencia se oculta tras nubes negras e inevitablemente comienza a llover.
La escena se cubre de agua y nadie ve más.
(Este relato fue escrito a partir de la canción Muy despacito, de Los Piojos, que podés leer en el sitio de la banda.)
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Domingo 2 de Abril de 2006
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El dolor era el único sentimiento reinante en la calle. Las caras aplastadas, las lágrimas, los bolsillos vacíos. Y ahí enfrente; toda la incertidumbre, todo nuevo, ajeno. Le habían arrancado el país. Y ahora estaba allí, perdido en una nueva ciudad, llorando por dentro por un sueño perdido, por un sueño golpeado, apedreado. Su nombre: Pablo. Quizás antes del golpe hubiera tenido otro significado, ahora era algo tan frágil como todo en Argentina, tan frágil como la vida misma. ¿Cómo hacer para "volver a empezar"?
Todo tirado, un remolino, un huracán, un viento los había arrastrado a Brasil. María Julia era una chica de dieciséis años, ni siquiera había terminado el secundario. ¿Y ahora? Trabajar, despejar la cabeza, mirar entre la neblina la realidad, desde lejos, desde un lugar seguro. Trabajar para construir su propia historia.
Los días, los años, todo de repente pasó, el tiempo jamás se congela, aunque parezca mentira. Los grupos de amigos, los viajes, tantas cosas.
Ellos sabían que iba a pasar, sabían que iban a volver. Volver ahora que la tormenta parecía haberse ido, ahora que era seguro, que se podía pelear de nuevo, pedir justicia, aunque ésta fuera negada. Volver porque la vida es así, porque algo les pidió hacerlo. Volver a seguir escribiendo, viviendo.
Hoy sus caras cuentan la historia, reviven, palpitan con cada palabra. Y yo, desde mi ignorancia, desde mi escasa imaginación, no hago más que pensar. Sólo puedo pensar esa realidad. Ellos la vivieron, pero ahora, con cada nueva palabra, con cada lágrima que se esconde en sus cuerpos, que no quieren sacar, con todo eso yo también lo vivo, y no puede dejar de ser parte de mí, de mi historia, de mi autobiografía.
(La imagen está basada en una foto de Joel Bombardier publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)
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Martes 14 de Marzo de 2006
Domingo 5 de Febrero de 2006
Martes 10 de Enero de 2006
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Siempre hay un interceptor
aunque puedo ser
simplemente
yo.
Y es entonces
cuando siento la asfixia.
Estoy sometida
a mis miedos,
mis fronteras,
mi rapto personal.
Sin piedad
me sentencio
a cadena perpetua
Como un pirata
ladrón de mis propias libertades
bebo
obligada por un desquicio
litros de cianuro...
creyendo que el aislarme
es un quitapenas
creyendo que al censurarme
me vuelvo hierro.
¿Cuando entenderé
la libertad?
¿Cuándo seré músico
de mis propios arpegios?
¿Cuándo seré delfín
en el teatro de mi vida?
Ir como un piojo
saltando entre felicidades
desordenando la rutina
olvidándome de reyes
y de nuncas...
Sintiéndome independencia. Mariana Conti
(La imagen es un fragmento de una foto de John Hobson publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)
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Martes 27 de Diciembre de 2005
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Anteúltimo día de clases. El calor es tremendo. Se nota un ambiente de fiesta en la escuela. Yo estoy en el patio con mis amigas, comentando sobre una charla que había dado una profesora sobre la menstruación. Aparece una compañera con un helado. Mis ojos se quedan observándolo, probablemente con algo de deseo. Después del helado, no veo nada más. Todo se pone negro y escucho mis palabras desesperadas: "Chicas, no me siento bien"
En ese momento me voy volando. Desde arriba de la escuela veo todo el patio iluminado por el caliente sol de noviembre. Los chicos juegan y corren sobre el piso de baldosas. ¡Ah! ¡Ahí están mis compañeras! Pero qué calor hace. ¿Qué están haciendo? Parecen preocupadas. Están llevando a alguien... ¡Me están llevando a mí!
Negro de vuelta, y en el medio se abre un hueco más nítido por el que espío. Me río porque me recuerda a las películas antiguas. Ahí está mi mamá y pregunta qué está pasando. Me acuerdo que ella está ahí porque teníamos que hacerle algún tipo de despedida a los de 6°. Es divertido ver así, y raro, sólo un círculo rodeado de negro.
Ufa. Se puso oscuro otra vez, ya no los escucho más. Me siento muy liviana y diminuta. Ahora soy una mosca que da vueltas por el pasillo de la escuela. ¡Cuánta gente! Se nota que se están terminando las clases. Ahí está la puerta de mi aula de quinto grado. Me asomo y veo que están mis amigas. ¿Qué les pasa? Están calladitas y se miran con cara de susto. También hay algunas maestras. Todos miran hacia abajo. ¿Qué habrá en el piso? ¡Oh! ¡Ahí está mi mamá! Ahora me acuerdo que ella estaba en la escuela. Me meto entre la gente y veo a alguien acostado. Soy yo y estoy pálida.
Me río. Abro los ojos y, tal como me imaginé, ahí está mi mamá repitiendo "Mariana, Mariana, ¡¿estás bien?!" ¿Por qué estará tan preocupada? No puedo aguantar sonreír. Me ponen algo bajo la cabeza. Escucho que alguien dice que tengo los labios blancos. Veo por la ventana que los de cuarto están en el patio, debe ser que tienen gimnasia o algo así. Aparece un médico y me pincha el dedo con una lapicera... Bah, se ve que no es una lapicera. Ya estoy mejor. Me paro y la cocinera me trae un té y algo para comer. Alguien dice que tengo que comer azúcar. Los adultos se ponen a charlar sobre las causas del desmayo. Yo me quedo en el aula con mis amigas, conversando de vacaciones, menstruaciones y algunas cosas más. Todo vuelve a la normalidad. Miro hacia la puerta, una mosca sale del aula.
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Desde hoy tenemos en TamTam una nueva artista residente, Mariana Conti. A continuación dejamos que se presente con sus propias palabras:
Mi nombre es Mariana y vivo en una casi ciudad en las sierras cordobesas. Tengo 18 años y un cariño enorme a lo que se refiere a la literatura. Siempre me gustaron los libros y los cuadernos, actualmente tengo etapas en las que me fascino con un libro y no paro o pasan los días sin leer nada. Lo mismo me pasa con la escritura. Necesito un pequeño empujoncito, ya sea una palabra, una idea, o un simplemente sentarme con una lapicera en la mano, y entonces saco todo lo que tengo adentro. Las cosas que escribo me cuesta apreciarlas, las leo una y mil veces y en cada lectura me gustan y no me gustan, hasta que las empiezo a mostrar, cosa que me gusta hacer, y entonces es cuando miro el texto de otra forma. Muchas veces me sorprendo cuando a alguien le gusta lo que escribo, y eso me ayuda mucho a que a mi también me guste y también es una forma de levantar un poco la autoestima, que en general en mi caso, recibe varios cachetazos.
Acabo de terminar el secundario y estoy ingresando en la vida universitaria, vida que sé que me va a encantar. Tengo muchas ganas de tener mi espacio, mis cosas, de ir armando mi vida. Me encantan los viajes y conocer todo tipo de cosas. Siempre trato de tomarme todo con calma, sin darle más importancia de la que tiene, pero mi mente me gana y simplemente no puedo...
También soy bastante soñadora y quisiera que lo que haga en un futuro (o ahora, por qué no), ayude a mejorar lo que veo y no me gusta. No tengo enemigos y me cuesta odiar a alguien, pero hay personas que me dan miedo por el terrible poder que hay en sus manos y en sus palabras.
Podría seguir hablando mucho más, pero mejor los dejo que me conozcan a través de las cosas que escribo.
Nos leemos,
--Mariana--
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