Prometieron encontrarse en el monte. Nicolás no podía esperar para volver a verla. Se sentía solo en el medio del mundo, como si no supiera dónde ir, como si el regreso a su casa le llevara media vida. Pero no fue así, al contrario. Estuvo allí en menos tiempo del que siempre le ponía. Lo poseía una extraña fuerza de esas que pasan fugazmente por el cuerpo cuando uno parece estar enamorado. Esos momentos en que la más leve brisa del viento al atardecer pueden hacerte volar tan lejos que llegarías hasta los confines del universo.
Faltaban muchas horas para la próxima noche a las once, cuando emprenderían un mítico viaje al montón de árboles que estaban en las afueras de la ciudad.
Nicolás llegó a casa y casi no comió. Quizá el revoloteo de mariposas que había dentro de su estómago no hicieron posible que entrara bocado alguno.
Sofía si comió, ella no estaba tan ansiosa, o probablemente no lo demostraba.
Nicolás miró el reloj el día entero hasta que escuchó las once campanadas que dio la torre de iglesia a lo lejos. Entonces fue al lugar acordado, y ahí estaba ella. Con el pelo bien liso y brilloso, la cara más pálida que nunca y los ojos tan vacíos que casi daban miedo. Así le gustaba a él.
Sofía agarró la mano de Nicolás y le dijo que estaba fría.
—La tuya también —murmuró el joven, mirando el camino de tierra como símbolo de extrema timidez.
Ambos parecían flotar a pocos centímetros del suelo. Iban lento, tomados de la mano y con la luz de la luna sobre la piel (lo que le daba un brillo sobrenatural, ya que eran casi albinos).
Trataban de que nadie los viera, querían preservar el misterio de su hermoso romance a escondidas.
Decidieron tomar un camino que no les era habitual, como agregado extra a la aventura. Fueron por una tranquila calle medio oscura (esas de ripio donde casi nadie transita). Aunque por casualidad, en ese momento, un hombre de unos 50 años los vio pasar y esconderse entre las ramas de un frondoso sauce.
El reflejo de las luces del coche sobre los ojos oscuros de los adolecentes le dio tanto pánico que llamó a la policía dando anuncio de tal escalofriante hecho —aparentemente— sobrenatural.
Nicolás y Sofía corrieron fuerte hasta que no aguantaron más y creyeron que estarían a salvo justo en el medio del monte, sobre un tronco grueso de algarrobo.
Vieron las luces rojas y azules que traen los autos de los policías y les dio miedo. Se acercaron uno al otro (como fusionándose) y sintieron bajar a muchos hombres con perros y linternas, lo que los horrorizó aún más.
Ya estaban cerca, si corrían seguramente los iban a oir. Si se quedaban, los encontrarían sin ninguna duda.
Ahora los oficiales de la policía del pueblo se situaban a sólo unos pocos pasos, lo que hizo que Sofía se sintiera muy mal. A tal punto que rompió en un corto —pero profundo— llanto.
Los hombres escucharon un grito cerca, un tenue sollozo que no iba más allá de sus espaldas.
Se dieron vuelta. No vieron a nadie.