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TEMA DE LA SEMANA
Los medios y el conflicto por las retenciones
Estamos acostumbrados a pensar a los diarios como un vehículo que nos transmite lo más relevante de todo lo que ocurre en la realidad que nos rodea, tanto cerca nuestro como en el mundo entero o incluso en el espacio, cuando se produce algún descubrimiento de importancia. Esa idea de un transmisor objetivo de noticias es precisamente la que subyace a la noción de “medio de comunicación”: el “medio” no produce ni altera, simplemente permite que “lo que pasa” llegue al “público”, para que éste pueda formarse una opinión fundada de la realidad y, tal vez, decida actuar en consecuencia.
En verdad, las cosas están lejos de ser tan simples o transparentes. El reciente conflicto que se produjo entre el gobierno y las entidades ruralistas por la suba de las retenciones a las exportaciones de granos llevó a que el gobierno mismo pusiera a los medios en el centro del debate. Esto ocurrió cuando se acusó a Clarín (el diario de mayor tirada en el país y parte de un multimedios que controla también radios, canales de aire y cable, y empresas proveedoras del servicio de videocable) de “mentir” y de formar parte de una hipotética “conspiración”. Varios periódicos, entre tanto, denunciaron al gobierno por un presunto manejo discrecional de fondos públicos en publicidad y una utilización inapropiada del sistema mediático estatal.
Por supuesto, entre los extremos que representan la pretendida objetividad de los diarios y las visiones conspirativas, hay otras formas de interpretar los contenidos que los “medios” producen. En esta entrega de Caleidoscopio proponemos analizar detalladamente dos notas, una publicada por La Nación y otra por Página/12 sobre el conflicto agrario para intentar descifrar cómo cada una de estas publicaciones generan, a veces intencionalmente, otras de manera automática y casi inconsciente, una construcción diferente de los actores en conflicto.
Los “monólogos” y el “movimiento campesino”
El 6 de junio, Joaquín Morales Solá publicó en el diario La Nación una nota titulada “La política se llenó de monólogos” . El argumento central del artículo es que los políticos en el gobierno abandonaron el diálogo, mecanismo esencial de la política, a favor del “monólogo”, y que ése es el camino incorrecto para resolver un conflicto que el propio gobierno generó, mientras los representantes del agro sólo respondieron ante una medida injusta y el resto de la sociedad no espera otra cosa que “paz social”. Puede estarse o no de acuerdo con la interpretación del conflicto que hace uno de los principales periodistas de La Nación, pero es muy interesante analizar los giros discursivos que utiliza para transmitir lo que quiere decir. En esa construcción retórica se combinan algunas definiciones deliberadas y otras expresiones que podemos suponer inconscientes que, juntas, producen una construcción particular de la escena política nacional.
Comencemos, por ejemplo, analizando la forma en la que Morales Solá construye al “gobierno”. Al principio mismo de la nota, el periodista transmite una afirmación de la presidenta Cristina Kirchner: “Mi opción será siempre por los pobres”. Pero no sólo transcribe la definición presidencial, sino que define el uso de esa “vieja idea de la religión católica” como algo que la primera mandataria “le hurtó a la Iglesia”. Líneas después, el autor sostiene que “lo que más le gusta hacer” al ex presidente Néstor Kirchner es “hablar solo, sin pedir la opinión de nadie, ante las estructuras sumisas del peronismo”. Más aún, poco después define al piquetero Luis D’Elía, una figura que despierta las más airadas reacciones entre los lectores de La Nación,como “el inconsciente de Néstor Kirchner”. Todas estas palabras contribuyen a conformar una idea peculiar de quienes integran el gobierno nacional y sus allegados.
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El artículo de La Nación construye, además, otros dos actores sociales del conflicto que analiza. Por un lado, la Iglesia aparece como el último guardián de la sociedad desprotegida. Por otra parte, los protagonistas de la protesta, que en esos días habían producido más de trescientos cortes de ruta en todo el país, son claramente distinguidos en dos grupos. Por un lado, están los camioneros, a su vez divididos en dos: los “bienintencionados” que “son buenos amigos de los productores rurales”, y los que no lo son tanto porque, tal vez, “hablan con Julio de Vido” (ministro de Planificación Federal) y buscan “el aislamiento” de los ruralistas. El otro grupo, que despierta las mayores simpatías del periodista, es precisamente el integrado por los agraristas, a los que define como “productores”, pero también como miembros del “movimiento campesino”. Estos epítetos implican que quienes se autodefinen como “el campo” son “los que hacen”, “los que producen”, frente a “el gobierno”, que “sólo habla” o, lo que es peor, “monologa”.
Finalmente, hay también en el artículo de Morales Solá lugar para definir lo que la política debería ser y de cuándo se acercó a serlo. Para el autor de la nota, “la democracia argentina ha sido renuente al diálogo, salvo en sus tiempos iniciales, en los años 80”, un “ejercicio” “que debería ser una gimnasia cotidiana de la política”. En esa noción de política, el conflicto está ausente y es reemplazado por el encuentro y la discusión de ideas. La responsabilidad de que ese ideal de política haya desaparecido es también definida claramente: “no hay diálogo porque el Gobierno cree que el campo es un enemigo a batir. En efecto, contra el enemigo se lucha, no se dialoga”.
La otra campana: “extorsión antidemocrática” y “violencia”
El 15 de junio, en el diario Página/12, apareció un artículo firmado por Edgardo Mocca, bajo el título “Entre la extorsión antidemocrática y el riesgo de la violencia”. En este caso, la idea principal defendida por el periodista es que existe un gobierno constitucional que se enfrenta a un desafío excepcional, aunque no carente de precedentes, por parte de uno de los “poderes fácticos”, de modo que lo que está en juego en las derivaciones del conflicto por las retenciones es la institucionalidad e, incluso, la democracia misma.
La construcción de los actores en conflicto es radicalmente distinta de la antes descripta para el artículo de Morales Solá. Mocca sostiene que “el gobierno constitucional tiene un punto débil: se ha autoimpuesto la obligación de no emplear la fuerza pública para resolver conflictos sociales”. Por otra parte, el gobierno es identificado con otros dos del pasado democrático argentino, los de Arturo Frondizi (presidente entre 1958 y 1962) y Raúl Alfonsín (que gobernó entre 1983 y 1989), puesto que “tomaron en serio la autonomía del Estado y desafiaron al establishment”, y sería de una naturaleza distinta de aquéllos que “se dispusieron desde el primer día a obedecer su voluntad”. Así, el gobierno no padece una “obstinación infantil”, sino que defiende la “democracia argentina”.
En el otro extremo del conflicto, quienes cortan las rutas no son camioneros, sino “dueños de camiones”, ni productores, sino uno de los “poderes fácticos (militares, industriales, agrarios o potencias extranjeras”, que transformaron al conflicto en un “diabólico ajedrez” y buscan “torcer el rumbo de un gobierno”. Para hacerlo, apelan a la “extorsión política” y “no ahorran recursos salvajes”, como usurpar potestades estatales e interrumpir el abastecimiento de alimentos. Los dirigentes ruralistas no son aquí parte del movimiento campesino” como quería Morales Solá, sino que son un grupo desestabilizador que tiene como objetivo el “vaciamiento de la autoridad política” y el “deterioro de la mediación institucional”, pues llegan a sostener que “si no vuelven atrás con las retenciones, se tienen que ir”. Se trata de “minorías intensas” que “tienden a confundir sus intereses con los de la sociedad toda” y que no están acompañadas por una Iglesia protectora, sino por una especie de caricatura: cierta oposición republicana, la de “la doctora Carrió, con su habitual impostura profética”.
Por lo demás, Mocca define las prioridades que, a su juicio, han de caracterizar a un gobierno constitucional. Debe “establecer a fondo la primacía del poder surgido de la soberanía popular sobre los poderes fácticos”, por lo que la cuestión del diálogo, que Morales Solá consideraba fundamental, debe considerarse “subordinada a lo esencial: la defensa de la autoridad del gobierno constitucional”. Por eso, el gobierno transita “un desfiladero flanqueado por el abismo de la violencia y por el de la prepotencia antidemocrática”, ante el cual sólo le queda un camino: “hacer cumplir la ley y la Constitución”. En la construcción del escenario que hace el artículo de Página/12, entonces, el gobierno no es el autoritario causante del conflicto, como lo era en la nota de Morales Solá, sino el último bastión de la democracia y la institucionalidad, mientras que los ruralistas aparecen como una corporación amenazante y la política es un ámbito conflictivo, cuyas coordenadas no están dadas por el diálogo, sino por la capacidad de “garantizar lo esencial” mediante el uso de las “instituciones del Estado”
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Cómo leer el diario
Ambas notas, por lo demás, están acompañadas de imágenes decisivas. La de Joaquín Morales Solá en La Nación, por una fotografía de un encrespado Luis D’Elía durante un discurso, con el dedo índice en alto y con un cartel detrás suyo en el que se lee “Hay que parar a los gorilas de la Sociedad Rural”. La de Edgardo Mocca en Página/12, por un retrato de una señora de lentes oscuros, ropas flamantes y aire señorial que golpea una cacerola reluciente con el fondo de la Casa Rosada.
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Analizado el problema en estos términos, no importa si los giros del lenguaje fueron elegidos cuidadosa y/o conspirativamente por Morales Solá y por Mocca o si surgieron automática e inadvertidamente de sus plumas. Lo que sí es fundamental es que tengamos en cuenta esas operaciones idiomáticas cada vez que nos enfrentamos a un texto “informativo”, para poder comprender integralmente una realidad de la que los medios sólo transmiten una parte, modelada según su conveniencia o según los patrones ideológicos y culturales bajo los que operan inexorablemente, aunque no sean conscientes de ello. Leer el diario no debe ser una tarea pasiva, por la cual dejamos que lleguen a nosotros a través de un “medio” imparcial las cosas que ocurren allí afuera. Debe ser, por el contrario, una tarea activa, en la que estamos obligados a desentrañar lo que se nos dice y cómo se lo dice, a desarmar los argumentos para descubrir las partes que los componen y entender el entramado que conforman.
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