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18/12/2007

Cuentos, Lectores expertos

El gran espectáculo

Imagen por Manuel PurdíaTexto: Verónica Sukaczer
Imagen: Manuel Purdía

El caracol y el basilisco asombran a todo el mundo con su espectáculo, hasta que… Este cuento obtuvo un Segundo Premio en el Cuarto Concurso Internacional de Cuentos para Niños de EducaRed e Imaginaria.

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Imagen por Manuel Purdía

Nuestra amistad comenzó de un modo extraño. Yo presentaba mi acto en un claro de la selva, cerca de una laguna. Tal como lo venía haciendo desde hacía años, colocaba a mi alrededor todo tipo de objetos filosos, puntiagudos y cortantes que había recolectado en mis viajes, y esperaba a que se acercaran los curiosos.

El mundo a cinco centímetros de la tierra está verdaderamente poblado, y pronto me rodeaban una cantidad de bichos de todo tipo y calaña que me estudiaban con interés.
A veces se acercaban sin ningún cuidado a los pedazos de vidrios, tapas de latas, clavos, trozos de metal, y tenía que correrlos —¡como si yo pudiera correr!— para que no perdieran una pata, un ala, un ojo.

Nunca me voy a olvidar de aquél saltamontes que quiso emular mi acto y saltó sobre un alfiler. Se lo llevaron un par de cucarachas coleccionistas.

Por suerte eso no volvió a suceder. Soy muy responsable, y cada vez que me presento frente al público coloco un cartel que dice: “no intente esto en su casa”. Más no puedo hacer.

Yo presentaba mi acto en un claro de la selva, entonces, el día que conocí a Basil. Esperaba escondido en mi caparazón que el público se impacientara y comenzara a gritar mi nombre, y recién ahí salía y, sin prisa, me deslizaba por todos los filos y puntas que había acomodado a mi alrededor. Los bichos se quedaban así, con la boca abierta. No se escuchaba ni un aleteo, ni un cric, ni un zumbido. Por supuesto, yo nunca me cortaba por la mitad, ni me lastimaba, ni sangraba, ni me pinchaba. Me llamaban el caracol indestructible. Al terminar siempre me vitoreaban, me llevaban en andas, me invitaban a sus cuevas, nidos, grutas. Me presentaban a sus hijas, hermanas, primas. Así me ganaba la vida.

*

Basil, un lagarto basilisco de esos que meten miedo pero en realidad son más buenos que una vaquita de San Antonio, esperó aquella vez mezclado entre el público a que yo terminara la función. Luego se me presentó, muy respetuoso, para contarme que también él tenía un talento, un don. Que era especial, como yo, y que quería sumarse a mi espectáculo.

Yo dudé. Cantidad de bichos han tratado de subirse a mi éxito. Pero ninguno, hasta ahora, me había dicho que podía caminar sobre el agua. Y sin darme tiempo a mover una antena, el tipo se lanzó a la laguna que había a nuestra espalda. Yo sólo atiné a gritar ¡ahogado! ¡Ahogado!, como un poseído, y ni me dí cuenta de que Basil correteaba sobre la superficie transparente a una velocidad increíble. No se mojaba siquiera. No se hundía. A mí se me abrió la boca así. Nunca había visto un prodigio semejante. Era algo de otro mundo.

—Estoy listo para acompañarte —dijo Basil cuando volvió a tierra.

—Siempre hice mi acto solo —dije. —Y además, camino muy despacio.

—Yo puedo llevarte sobre mi lomo —insistió Basil.

Lo pensé.

A mí me llevaba tanto tiempo ir de un lugar a otro que con suerte presentaba mi acto una vez cada tres o cuatro meses. Si Basil me llevaba podría trabajar todas las semanas. Qué digo. Todos los días. Me haría millonario. Famoso.

—Está bien —le dije a Basil— pero yo soy el jefe.

Basil aceptó. Él podía andar sobre el agua pero yo era el que enfrentaba los mayores peligros.

Pronto el acto pasó a llamarse: “El caracol indestructible y su amigo el lagarto milagroso”.

Viajamos por todo el mundo. Nos hicimos grandes amigos. Le enseñé a Basil todo lo que sabía sobre el mundo del espectáculo, empezando por la regla de oro: nunca pero nunca debíamos presentarnos en tierras de caracoles. Él agregó la regla de oro número dos: nunca pero nunca debíamos presentarnos en tierras de lagartos basiliscos.

Ninguno hizo preguntas.

Tal como lo había soñado, nos hicimos famosos y millonarios. Pero también comenzamos a llevar un estilo de vida tan refinado y exquisito, que siempre necesitábamos más fortuna y deseábamos más fama. Ahora, por ejemplo, contábamos con un equipo de bichos fuertes y poco seso: tarántulas, escarabajos toritos, gatas peludas, que llevaban nuestro equipaje y se ocupaban de nuestras más mínimas necesidades. También nos protegían del cariño excesivo del público, armaban mi pista de cortantes (¡si habré perdido empleados en esa tarea!), y estaban atentos de que a Basil no le faltaran golosinas, porque en cuanto mi amigo tenía hambre podía atrapar con su lengua a cualquiera que anduviera a su alrededor, aunque trabajaran para él.

Fue aquella la época más feliz de nuestras vidas.

Hasta que la ambición nos jugó una mala pasada.

*

Nuestra regla número tres era nunca presentarnos cerca de ciudades humanas. No sé por qué, pero allí los bichos son diferentes. De otra cultura. Animales de mundo. Acostumbrados a ver seres gigantescos y peligrosos escupir fuego, caminar sobre dos piernas largas, hacer un gol de cabeza. No se impresionaban con cualquier cosa.

El contacto con los seres humanos cambia a cualquier criatura. Si lo sabíamos, ¿por qué decidimos actuar cerca de una ciudad? Porque buscábamos nuevos desafíos. Porque ya habíamos hecho todo lo que podíamos hacer: presentarnos ante serpientes venenosas, por ejemplo, y encantarlas con nuestros dones. Actuar frente a animales que nos doblaban o triplicaban en tamaño. Ante reyes y reinas. Salir a cenar con bichitas preciosas y ser adorados por la multitud allí a dónde fuéramos.

Nos faltaba, sin embargo, seducir al bicherío de la ciudad.

Ese fue nuestro error.

*

El acto comenzó como siempre, a la caída del sol. Primero Basil correteó sobre una laguna, y deleitó al público con una coreografía maravillosa, acompañado por una orquesta de veinte grillos y cigarras. Luego era mi turno. Salí de mi coraza mientras doce luciérnagas me iluminaban, y me paseé por el filo de un trozo de DVD multicolor, en honor a los citadinos. De allí subí y bajé por un clavo que daba miedo.

El público mantenía el aliento. Ahí volvía a aparecer Basil, para relajar el ambiente. Parecía patinar sobre el agua, esquiar, surfear.

El acto terminaba conmigo paseándome por un circuito que partiría en dos al piojo más pequeño, mientras un conjunto de insectos zapateadores hacían retumbar la noche.

Cuando Basil y yo saludamos, al final, los aplausos y vivas del bicherío de ciudad estallaron como fuegos artificiales.

Habíamos triunfado. A partir de ahora podríamos lograr cualquier cosa. Alcanzar cualquier sueño.

Eso creíamos.

*

La rata se acercó sin apuro, con ese aire de amargada que traía de la ciudad. Los bichos la dejaron pasar. Parecía que la conocían, que tenía cierta autoridad. Era gorda, gris y vieja.

Llegó al escenario sin que ninguna de nuestras tarántulas pudiera detenerla. Cuando estuvo a nuestro lado me dí cuenta de que tenía una mirada sabia y supe, no sé cómo, que en su vida no había lugar para la mentira ni el engaño.

—Los caracoles —dijo la rata con tono monocorde. Pero con qué atención la escuchaban todos— producen una baba incolora y pegajosa a su paso, que los preserva de los peligros y las heridas. La usan para evitar la fricción durante la locomoción, y también para reconstruir su caparazón cuando sufren heridas o roturas. Pueden caminar por el borde de una navaja sin cortarse.

Yo no entendí ni la mitad de las palabras que había dicho, pero vaya si entendí de qué hablaba.

—Los lagartos basiliscos —siguió la rata sin cambiar la expresión— poseen la habilidad de caminar sobre la superficie del agua. Sus patas posteriores están provistas de unos lóbulos dérmicos que funcionan como aletas. Pero si se detienen, se hunden, y deben nadar como cualquier lagarto.

Yo miré a Basil.

—¿Te hundís…? —fue lo único que se me ocurrió preguntar.

Basil se encogió de hombros, si es que un lagarto tiene hombros.

Cuando terminó de hablar, la rata desapareció sin dejar rastros. La muchedumbre nos miró una última vez, profundamente decepcionados. No gritaron, no nos tiraron con nada, no insultaron, simplemente se fueron en silencio, arrastrando las patas. Hasta nos abandonaron las tarántulas, los escarabajos toritos y las orquestas que hasta hacía unos minutos trabajaban para nosotros. No hace falta decir que se llevaron todas nuestras pertenencias. Supusieron, con justa razón, que no les pagaríamos lo que les correspondía por este último espectáculo. A todos les habíamos robado la ilusión.

Éramos unos fraudes.

La voz se regó por toda la Tierra.

Lo que hacía yo lo podía hacer cualquier caracol del mundo. Y todos los lagartos basiliscos podían correr sobre el agua. Era nuestra naturaleza.

*

—Era una rata de biblioteca —le conté a Basil que me habían contado— pero muy culta. Además de comerse las páginas de los libros, los leía. Lo sabía todo.

—¿Estamos en un libro? —me preguntó Basil sin ocultar cierto orgullo.

—Nunca tendríamos que habernos acercado a la ciudad —medité.

*

A pesar de haberlo perdido todo: fama, fortuna, dignidad, no hemos abandonado el mundo del espectáculo. Ahora realizamos otro tipo de acto. Basil lleva a los bichos sobre su lomo a corretear sobre el agua. Les encanta. Yo aprendí algunos trucos, y todos esperan el momento en que me escondo en mi caparazón y aparezco disfrazado. Lo hago diez, veinte veces seguidas, y siempre salgo con un disfraz diferente. Se vuelven locos. Eso sí: nada de cosas cortantes.

Debido a las circunstancias hemos tenido que cambiar nuestro nombre artístico.

Ahora somos: “Caracol y Basil, animamos tu fiestita”.


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Hay 20 comentarios sobre “El gran espectáculo”

  1. Ali escribe:

    Mi opinión es que está muy, muy bien!!!Y me llama la atención el blanco y negro!!

  2. Mariela Fioramonti escribe:

    Felicitaciones a la autora. En realidad ya había leído otros textos de ella. Con mis alumnos de un tercer año (secundario) vimos completo su libro “Nunca confíes en una computadora” y se engancharon muchísimo. Este cuento, genial!!!
    Mariela

  3. zandra escribe:

    Excelente el cuento. Te felicito, Verónica. Es un cuento estupendo.
    La ilustración en blanco y negro me ha gustado un montón.
    La historia es de actualidad y aunque no sea un cuento moralizador si habla de los efectos de la ambición desmedida.
    Muchos éxitos,
    zandra

  4. Olga escribe:

    ¡Qué maravilla de cuento! Me he divertido muchísimo con él, además de apreciar el excelente uso de los recursos del lenguaje y el humor. ¡Aplausos a la autora! Y unos cuantos más para el artista y su preciosa ilustración. Un dúo magnífico, sin duda.

  5. Verónica Sukaczer escribe:

    Mil gracias a todos. Todavía me sigue pareciendo mágico que alguien me conozca por otros cuentos. Disfruto muchísimo el acto de escribir y me alegra poder transmitirlo.
    Y quiero agradecerle especialmente a Manuel por la ilustración magnífica. No se me podría haber ocurrido idea mejor. Por supuesto la voy a imprimir y guardar. Me gustó sobre todo que no sea un dibujo en “estilo infantil”. Espero que sigamos en contacto y ojalá volvamos a encontrarnos en otro cuento.

  6. Ivana escribe:

    Vero!!!
    Genial, como siempre!!!
    Me encantó!!!
    Muy buena historia!!!
    Un beso!
    Ivana desde la Patagonia Argentina!!

  7. patricia escribe:

    hola Vero..
    me encantó..
    me hace pensar en eso de que muchos “especialistas en algo” buscan espacios en donde la gente desconoce la especialidad y alli venden buzones. La cosa es enfrentarse a los que saben lo que uno hace y valoran desde el conocimiento y no desde la ignorancia o la estupidez.

  8. irene escribe:

    Estos animales tan “humanos” nos hablan de los opuestos, razón-imaginación. No son mentirosos ni estafadores, usan sus habilidades naturales para crear ilusión y entretenimiento, que tanta falta hace en la selva o en la ciudad. Creo que puede ser leído como un homenaje a los artistas de todos los géneros. Felicitaciones por el premio!

  9. Ivette escribe:

    Igual que Sandra pienso que la historia responde plenamentos a esta era pos moderna, y grafica muy bien, en sus personjes, animales, algunas de las muchas fortalezas, que aunque la escondamos muy bien aún permanecen en nosotros: la veracidad, la honestidad, el descubrir y rescatar nuestras propias habilidades, para ayudarnos, y en consecuencia tambien ayudar a otros, a darnos permiso PARA SOÑAR Y SER.

    Que Dios te bengiga, y nos permita disfrutar de muchos otros cuentos

    Ivette Alarcón Fuentealba
    Región Del Bio Bio
    Chile

  10. Daisy escribe:

    Muy bueno, Vero! Me encantó. Lo voy a guardar para cuando Bianca sepa leer… Felicitaciones!

  11. monjebudista escribe:

    Daisy cuando Bianca sepa leer debe tener la precaución de no ser identificada como rata de biblioteca y menos aun ser confudida como la novia de Bernardo

  12. Pascual Ina escribe:

    No creo conveniente ni necesario, ir mas alla de la lectura por placer, porque insertar informacion, de cualquier manera creo que hubiera merecido el primer premio, bonito texto.
    Capitulo aparte, este rincon es el de la felicitacion facil o es para la critica verdadera, amigos, haganlo por otro medio.
    Pascual Donald Ina

  13. Pablo Otálora Berenguel escribe:

    Me gustó el cuento, sobre todo por el basilisco que me gusta mucho. Aunque le falta un poco de acción estaba chulo lo del caracol por la aguja y el basilisco por el agua.

  14. Jose Antonio Valverde Arnao escribe:

    Lo que mas me ha gustado es que un lagarto salva a un saltamontes y se tiene que enfrentar a una batalla y la gana.

  15. Alicia escribe:

    MUY BUENO PARECE SIMPLE PERO SI HILAMOS FINO PODEMOS DESCUBRIR COSAS PROFUNDAS. ME INTERESO PARA SER TRABAJADO CON MIS ALUMNOS.

  16. Lili Gómez escribe:

    Vero: acabo de tener el gusto de descubrirte gracias a la página de la Biblioteca Imaginaria, en EDucared. Excelente historia, aleccionadora , ingenua y tierna a la vez. Soy Profesora y narradora social y te cuento que la voy a incorporar a mi repertorio, para deleite de mis niños oyentes. Por favor, decime el nombre de tus libros, asi puedo comprarlos para leer más de tus historias.Te mando un beso y…..gracias por Escribir! Lili.-

  17. Verónica Sukaczer escribe:

    Lili: muchísimas gracias por tus palabras. Por supuesto me encantará saber que mi cuento anda por allí, de boca en boca. Te cuento que mis otros libros son en general para chicos más grandes. Buscando mi apellido en Imaginaria encontrarás una nota que me hicieron una vez en donde aparecen los títulos de mis libros. De todos modos creo que los únicos posibles de conseguir en las librerías hoy en día son dos: “Nunca confíes en una computadora” de Alfaguara, y “Alas para la Paloma” de Colihue. Otros se encuentran agotados. Muchas gracias por tu interés. Si querés seguir en contacto, me encontrás en verosuk68@yahoo.com.ar

  18. Daniel Sessarego escribe:

    Mis felicitaciones a Verónica, creo que es bueno que con textos simples y claros, se puedan expresar conceptos que si lo deseamos, tienen mucha profundidad. Te deseo éxito en tus próximos escritos.

  19. Carla escribe:

    Verónica!!
    Hace un tiempo que no sabía de ti… tuve la oportunidad de compartir unos “micro cuentos” contigo y me parecieron súper buenos tus comentarios.
    Una vez más te felicito por tu creación, siempre es bueno volver a aquellos seres pequeños y para muchos insignificantes… pero que nos entregan una gran enseñanza. (cada uno puede interpretarlo desde su propia experiencia) cariños, Carla

  20. Claudia escribe:

    Un lenguaje sencillo que de vez en cuando te arranca una sonrisa. Leí esta lectura y me sentí enternecida por el final. También pude rescatar el fuerte deseo por el poder, “pero yo soy el jefe” dice Caracol. Y el abuso de éste, “un equipo de bichos fuertes y poco seso” me parece una forma ligera de abordar una realidad social que esta vivita y colendo en el mundo competitivo actual.

    Me quedo con el interes de leer mas de ti, Muchas felicidades!

    Pido permiso para enviarte un correo a la dirección que dejaste a Lili…son dudas personales acerca del arte de escribir cuentos, garcias.

    Desde Mexico!

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