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  Myrtha Hebe Chokler

Niveles de atención

 
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Niveles de atención1
¿De quién es el déficit atencional?

Myrtha Hebe Chokler

La atención dirigida hacia el entorno es la primera manifestación de un Yo, aún precario o incipiente.
El niño sano, en cálida y reaseguradora relación con su ambiente, está abierto desde el nacimiento al contacto e inmediata exploración activa de su medio.
El motor de esta exploración, eje organizador del desarrollo2, es la imperiosa necesidad de adaptación y de comprensión del funcionamiento del mundo externo y la búsqueda, así mismo imperiosa, de satisfacción de esa necesidad.

Tiene como vector, como fuerza, la pulsión cognoscente, que las últimas investigaciones de la psicología cognitivista han confirmado como de existencia muy precoz. Investigadores como Liz Spelke3 inclusive postulan programas innatos al respecto como equipamiento de base.
De hecho, los estudios acerca de los fenómenos de habituación/deshabituación y de preferencias visuales, realizados con bebés desde el nacimiento en adelante, han permitido concluir acerca de la capacidad de reconocimiento perceptual de diferencias de los objetos, particularmente a partir de su movimiento, que implican la utilización de estructuras, funciones y dinámicas del psiquismo insospechados hasta hace poco.

Indudablemente la intensidad, la concentración de la atención y sus fluctuaciones constituyen la función de base que permite la organización de la puesta en marcha y procesamiento de la percepción y de sus huellas, que se expresan en los fenómenos de habituación, dando lugar a protorrepresentaciones de diverso carácter4.
Una de las investigaciones llevadas a cabo por Anna Tardos5 y el equipo del Instituto Pikler de Budapest tuvo que ver con el análisis de las variaciones de los niveles de atención, de concentración, de los bebés en la vida cotidiana.
El seguimiento minucioso y longitudinal realizado por Tardos del período entre los nueve y dieciocho meses le permitió captar, reconocer y estudiar para identificar y caracterizar las variaciones de la atención, los momentos de focalización y su intensidad durante la actividad espontánea, al tanto que su periodicidad y duración, a medida que el niño va creciendo y varían las condiciones personales y de su entorno.

El niño, en esa etapa, pasa frecuentemente de cambios esencialmente posturales y de locomoción a movimientos centrados en la manipulación.
Esto pareciera no producirse al azar, sino, por el contrario, responder a una necesidad psicobiológica de alternancia de grandes movimientos y de gestos más finos.
La alternancia podría ser la expresión de una ley que autorregula la organización de la acción del niño. Pero esta autorregulación sólo resulta posible cuando, por las condiciones de su entorno y de su crianza, goza habitualmente de suficiente libertad para autorganizarse postural y práxicamente al iniciar, proseguir y/o detener su actividad.
A continuación veremos en una serie de fotos a Lucas de 3 meses: mira primero los objetos y luego trata de organizar su mano todavía como objeto de conocimiento para llegar en un futuro a ser instrumento para tomar el objeto juguete, aunque todavía no llegue a hacerlo.

Tardos y su equipo plantean que en la etapa de descubrimiento e intento de algo novedoso aparecen generalmente entre un 10 y un 20% de acciones nuevas.
Son movimientos, desplazamientos, posturas o formas de manipular, que irá ejercitando progresivamente, experimentando, comprobando y comparando con el 80 o 90% ya conocido, para poder comprenderlo y dominarlo.

Así luego de internalizarlo, tal vez de automatizarlo, lo utilizará instrumentalmente, como una nueva adquisición integrado al propio repertorio de actitudes, conductas o conocimientos. Por ejemplo, poco a poco ensaya ponerse de pie, pero se desplaza gateando, en cuadrupedia.

Muchas veces a pesar de que ya sepa sentarse solo, juega sin embargo cómodamente acostado porque esta postura no le crea ninguna dificultad para concentrarse en lo que atrae su interés.
Es decir que a lo largo de sus acciones cotidanas el protoinfante 6 usa y repite gestos bien conocidos -ese 80 o 90% al que nos referimos antes- y por momentos intenta algo nuevo.

Esta organización de su actividad, pareciera también constituir una ley que le permite experimentar un cierto continuum, una percepción de pemanencia de sí mismo ante las fluctuaciones y cambios.
Desde el reaseguramiento de la continuidad de lo ya constituido en sí mismo y por lo tanto conocido, poder así abordar, la exploración e integración de lo nuevo o diferente recién descubierto.

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Referencias:

1) Chokler, M. Extraído de la Tesis doctoral: Subjetividad y comunicación: La ontogénesis de la significación en la actividad autónoma del protoinfante. UMSA, 1999

2) Chokler, M. “Teoría de los Organizadores del Desarrollo”. En Los Organizadores del Desarrollo Psicomotor, del mecanicismo a la psicomotricidad operativa. Buenos Aires, Ediciones Cinco, 1988.

3) Citado por A. Karmiloff-Smith en Más allá de la Modularidad. Madrid, Alianza, 1994. pág. 93.

4) Protorrepresentaciones, pictogramas, imágenes icónicas, etc.

5) Tardos, A. y David, M.: “Quelques résultats de recherches sur le contenu et la structuration de l’activité spontanée de l’enfant au cours des dix-huit premiers mois”. Extraits des Journées Scientifiques organisées en 1986/1987 et publiés par l’Association Pikler-Lóczy de France.

6) El término propuesto, protoinfancia, exige una precisión. Proto es un prefijo que proviene del griego. Su sentido denota lo primero, prioritario o preeminente. Lo encontramos, por ejemplo, en protoplasma: cuerpo celular como unidad básica funcional. Sería entonces lo primerísimo, entendido como unidad básica y fundamental que da origen.
Infancia, (Etimol. In-fans = no hablante. En biología y psicología). Aunque puede decirse que la infancia, en sentido estricto, no se inicia hasta los tres-cuatro años, tradicionalmente se considera como infancia el primer período de la vida humana, que se extiende desde el nacimiento hasta la adolescencia. A veces se distingue entre la niñez, como fase del desarrollo biológico, y la infancia, como concepto más amplio que incluye tanto aspectos fisiológicos como psicológicos.
El término protoinfancia designa entonces el período previo a los tres años, en el que se operan cambios vertiginosos, y en el que, mismo tiempo, se constituyen los cimientos de la personalidad presente y futura. Mirtha Chokler

 

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