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El niño pequeño nos habla de sí mismo… a su manera
Mari Carmen Díez Navarro*
El niño está hecho de cien.
El niño posee cien lenguas,
cien manos,
cien pensamientos,
cien modos de pensar, de jugar y de hablar.
Cien, siempre cien
maneras de escuchar, de sorprender y de amar.
Cien alegrías
para cantar y entender.
Cien mundos para descubrir,
cien mundos para inventar,
cien mundos para soñar...
Loris Malaguzzi |
El entramado educativo empieza desde muy temprano. Antes de nacer un niño ya hay unas ilusiones puestas en él, una opción hacia el modo en que será educado, un surco, un hueco, un cobijo lleno de afecto, de ley, de cultura, de recibimiento, de historia. Y cuando el niño llega, se ponen en acción todos los mecanismos familiares y sociales que van a apadrinarlo para que pueda ser incluido en el lugar y momento histórico que le ha tocado vivir.
Para lograr crecer y desarrollarse saludablemente el niño necesitará encontrar un efectivo modo de comunicarse con el mundo exterior. Sus tanteos, alentados desde afuera y urgidos desde adentro, empezarán desde el mismo momento en que nace y se llevarán a cabo a partir de todos los canales expresivos posibles. De hecho, el niño pequeño nos habla de sí mismo con los lenguajes que conoce mejor. Con su cuerpo, con sus movimientos, con sus juegos, con sus lágrimas, con sus enfermedades, con sus sonrisas...
Cuando nace es sobre todo su llanto el que dice por él. Su piel, su boca, su digestión, o las desobedientes burbujas de aire que le pasean las tripas. Después son sus expresivos ojos los que nos cuentan cómo se siente. Su sueño, su hambre, sus repentinas risas. Más adelante empieza a gorjear como si fuera un pajarillo y sus balbuceos acompañan los giros de su cuello y de sus manos, el chuparse el dedo gordo del pie, “los cinco lobitos”, o las “palmas palmitas”. Aquí vienen también los gritos, las carcajadas, las toses, el jugar a esconderse, el tirar el chupete o los peluches una y mil veces para oír cómo suenan… y para hacerse ver. Y seguir mirando cada vez con más ahínco y más intencionalidad. Y los tirones de pelo, los manotazos, el reclamar a voces, el manipuleo generalizado, el empezar a sentarse, a gatear, a meter los dedos en todos los agujeros, o los dientes en todo lo que se preste a las mordidas. Y las palabritas, que se le vuelven triunfos nada más intentarlas: mamamama, papapapa, agua, pan, ven...
El niño también nos habla a través de la observación y el conocimiento que adquiere de los sonidos y los rituales de su casa, de las caras de cada miembro de la familia, de sus voces, de sus manos, de sus maneras de jugar… Porque estos saberes le dan la seguridad y el desparpajo de quien se siente mirado, conocido, interpretado y entendido sin haber dicho apenas nada.
Así, poco a poco, él instala su propio estilo comunicativo desde el que nos hace saber que está contento, que está enfadado, que quiere que le cojan, que tiene hambre, que tiene sueño, que extraña… Utiliza todo un repertorio de gestos y sonidos, de movimientos de calma o de desazón, de señales cargadas de significado para quienes lo cuidan. Signos y demandas que, curiosamente, se van haciendo cada vez más claros y entendibles, pudiendo ser captados e interpretados también por otras personas.
Puede mostrar satisfacción, plenitud y “contento muscular”.
Puede mostrar inquietud, nerviosismo, angustia, emoción.
Puede mostrar curiosidad, apatía, cansancio, dolor, tensión…
Y ganas de vivir, o desganas.
Y es que desde los primeros momentos el niño expresa. Cuenta sus sensaciones, reclama sus placeres, exige sus necesidades. Y aunque lo hace de esas maneras tan primitivas, suele obtener la escucha y la conexión que precisa, porque hay un vínculo amoroso que tiene “las entendederas” predispuestas al entendimiento. Así que cuando el niño dice “ta”, y le alarga el peluche a su madre o a la persona que lo cuida, suele recibir como respuesta otro “ta” que le retorna el muñeco, el gesto y una sonrisa que le animará a seguir comunicando.
El adulto al cargo pone mucho de sí en la creación de este vínculo nuevo que engarzará al niño primero consigo y después con los otros y con el mundo exterior, pero el niño también pone todo su esfuerzo y su ímpetu de vida, como si intuyera que, efectivamente, le va la vida en ello. Y así es.
Cuando hay una buena situación de apego, de estos intercambios surgen el “decir de sí”, el expresarse, el abrirse al afuera, a los demás, a lo nuevo… Es decir, se instala la posibilidad de expresar lo que se siente, de airear el mundo interior, de “salir”. Pero cuando hay situaciones difíciles en las que falta la disponibilidad de las figuras de apego y referencia por estar en situación de depresión, crisis, enfermedad o ausencia, el niño se encuentra sin ese fundamental “interlocutor válido” que le tendría que facilitar la entrada al mundo de los otros.
Y entonces, al no encontrar quien lo reciba y aliente, su fluir comunicativo se va deteniendo, hasta quedar rodando sobre si mismo y envolviendo los mensajes hasta ahogarlos. Incluso puede dejar de haber mensajes, ya que el movimiento hacia el afuera deja de tener sentido. Y el niño queda atrapado adentro, sin contacto, sin otro en quien confiar, solo.
Pensemos en los niños que tardan en sonreír, o no llegan a hacerlo, porque no han tenido sonrisas alrededor, o porque nadie les ha celebrado o correspondido a la sonrisa que ellos esbozaban.
En los niños que no hablan, por no saber a quién dirigirse, por no tener claro a quien regalar con sus palabras. En los que no lloran porque no sienten que sus lágrimas pudieran conmover a nadie...
En resumidas cuentas, que en la infancia temprana no todo son paraísos. Que hay niños comunicados y en marcha, y niños incomunicados y en barbecho. Niños que evolucionan bien, y niños que se mantienen “en hibernación”, esperando algún momento propicio para despegar y crecer saludablemente.
Cuando son un poco más mayores, además de estas maneras de expresarse, vemos otras. Se expresan al dibujar, al moverse, al hablar, al jugar, al relacionarse, al soñar, al imaginar, al escribir, al pelear… Y es que los niños se expresan en cada gesto, en cada actuación, en cada estado de ánimo…
Sin embargo, los adultos que les rodeamos, ya seamos los padres y familiares, como los maestros, tendemos a focalizar nuestra atención en los mensajes verbales casi en exclusiva, olvidándonos de “leer”, captar y tratar de comprender lo que nos tratan de decir de muchos otros modos.
Hay veces que nos encontramos con niños que no juegan (o repiten siempre el mismo juego), que no comen (salvo determinadas comidas), que no dibujan (salvo si rellenan una forma ya hecha), que no explican lo que piensan, desean o imaginan. Niños que se caen, se chocan, se accidentan, o se enferman con demasiada frecuencia. Niños que lloran por todo, que no pueden estarse quietos, que se saltan toda regla a su alcance, que pegan, que no toleran la más mínima frustración. Niños que no pueden leer, escribir, memorizar, relacionarse con los demás, o disfrutar.
Es decir, niños que nos están queriendo decir algo de sí mismos utilizando vías alternativas. Utilizando otros lenguajes que tendríamos que aprender a “leer” un poco al menos para no dejarlos en la estacada, para ayudarlos a salir de su detenimiento, para acompañarlos en su búsqueda de canales de salida más ligeros, saludables y a “su favor”.
Desde nuestra función de maestros será útil intuir por donde pueden ir las dificultades, porque si acertamos en nuestras hipótesis, podemos trabajar en esa dirección con el niño, con el grupo y con la familia. Pero si no acertamos a saber qué puede estarle pasando al niño, también partiremos de algo, es decir, de esa ignorancia que, probablemente, nos llevará a indicar la conveniencia de consultar a algún especialista.
Todo menos ignorar que algo le está ocurriendo al niño.
Lo importante será tener en cuenta que el niño tendrá una evolución más sana y placentera en la medida en que pueda comunicarse fluidamente con los demás. Por tanto, intentemos hacer lo posible por estar a la escucha de todos sus modos de expresión… y no sólo de sus palabras.
El niño nos habla de sí mismo cuando se mueve
Desde un principio el niño se va moviendo de una u otra manera. Manoteando y gritando con energía brava, balanceándose suavemente entre quejiditos, chupándose manos y pies, durmiendo sin parar, comiendo con glotonería... y siempre, cómo no, mirándolo todo con atención y avidez.
Mira, toca, balbucea, refunfuña, explora... Hace incursiones en el aire, en el pelo, en las gafas o en las caras de los que se acercan. Se acomoda con suavidad al cuerpo que lo alimenta, lo acuna y lo transporta, o se retuerce sin encontrar la postura de calma, conexión y vínculo.
Nerviosismo, relajación, actividad, quietud, llanto, sonrisa, apatía, curiosidad... Manifestaciones primeras de un cuerpo que empieza a mostrarse y a conocerse, a ensayar movimientos, y a darse a conocer. Ritmos lentos o rápidos, sonidos o silencios, carcajadas tempranas o adormecimientos, fuerzas, debilidades, energía, temblores... Un niño que va haciéndose presente, tomando su lugar, apropiándose el espacio, el tiempo y el afecto que le rodean.
Y según sean los padres, la familia, la casa, y el estilo de crianza, así va adquiriendo el niño su lenguaje corporal. Según se le toque más o menos, según se le cante, se le hable, se le mire, se le tome en brazos... Según sean de cercanas, de cariñosas, de distantes, o de tímidas las personas que tiene alrededor el niño, así va tomando posibles modelos de actuación.

Y lo que él trae en su carga genética, más lo que el entorno le ofrece se va mezclando y conformando un modo de estar “plantado” en el mundo, que unido a las maneras de ocupar el tiempo de los familiares, a sus estilos de relación, a sus oficios, a sus aficiones y a sus ritmos de vida, van haciendo unas posturas, unos gestos, un tono corporal y todo un lenguaje no-verbal que le servirán de alfabeto comunicativo.
Y de ahí en adelante, a medida que va aprendiendo a hablar, a jugar, a conectarse y a desconectarse del mundo exterior, vamos sabiendo de él cada día un poco más. La madre, el padre y las personas que lo crían conocen su vocabulario gestual y corporal, además de entenderle el momento y el genio, y le responden a sus necesidades de tal manera que el niño capta que tiene escucha, que hay quienes están pendientes de él, y eso le abre el apetito a seguir avanzando en la relación y en la comunicación, a ser más claro, a decir y a decirse.
Así, despacito, llegamos a la escuela, en donde hay otros empezares.
Habrá que darse a conocer a la maestra, a otros adultos, a los niños de la clase, a los demás niños del centro... Cuánta tarea. Cuando la persona de referencia va conociendo al niño, él ya se siente seguro y contento, y se dedica a aprender chupando, explorando, mirando y recorriéndolo todo. Sus investigaciones están en relación con la comida, con el espacio, con el cuerpo de los demás, con su propio cuerpo que crece, con los objetos, con las palabras y con el movimiento. Recopila datos del entorno y de sí mismo, en relación siempre al placer o displacer que le proporciona cada experiencia, cada persona, cada sensación o cada inseguridad o frustración. Y va creciendo.
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Se pueden ver niños de movimiento pausado, apacible, coordinado, flexible, eficaz, armonioso... Niños rápidos, inquietos, nerviosos, o descoordinados, con poco sentido aún del equilibrio, con miedo a arriesgarse, a saltar, a correr con cierta velocidad, a sortear obstáculos, a trepar... Niños sedentarios o excesivamente activos. Niños con tendencia a moverse bruscamente, a tropezar, a caerse, a tirar objetos. Niños que se mueven comedidamente, o con inseguridad. Niños que se arriesgan y se lanzan con gusto a retos corporales. Niños meticulosos en su motricidad fina. Niños que “tiemblan”, que se mueven sin parar, que tienen “tics”, que hacen ruidos, que balancean la cabeza o el cuerpo, que se accidentan o se enferman en exceso, que no quieren comer, comen sólo unos cuantos alimentos, o que devoran sin poderse parar.
Y se puede ver que según el estilo de movimiento de los adultos al cargo, de su edad, o de sus preferencias, se valorizan o premian más un tipo de movimientos u otro. Señalo que esto ocurre para hacerlo más consciente y que no lo manejemos de un modo implícito y sin control.
En realidad el niño se mueve de la mejor (y única) manera que sabe y puede. Y no se mueve así en contra de nadie, como podría parecer a veces por cómo reaccionamos. El niño sencillamente está ejercitando su lenguaje corporal particular, el que ha logrado adquirir, el que tiene, el que conoce. Y ése es un lenguaje no sólo tan respetable como el de cualquiera, sino aún más, por estar en fase de crecimiento y necesitar cuidado, confianza y valoración.
Lo que el niño expresa a través de su cuerpo y de su manera de moverse es un lenguaje en realidad muy importante, un lenguaje de los inicios, un lenguaje primitivo. Pero es potente, claro y casi universal (al menos en cada cultura).
Habla sin palabras, pero tiene matices y connotaciones. Por medio de él podemos saber si el niño está bien o si tiene alguna dificultad. Si hay que animarlo a abrirse a más riesgos o habilidades, o habría que contenerlo en su expansión. Si le convendría trabajar la coordinación con juegos o ejercicios, o necesitaría relajarse y no exigirse tanta minuciosidad ante detenimientos, o movimientos compulsivos, accidentes o enfermedades frecuentes, o se desarrolla convenientemente para su edad.
Si nos fijamos un poco en la manera de moverse y de “poner el cuerpo” de un niño, vemos más aspectos de él, que a veces en sus expresiones verbales.
Incluso personas que no son docentes, comentan con naturalidad: -Qué fuerte está este niño, se mueve con una flexibilidad que da gusto.
O bien: -Parece que a este niño le pasa algo, va encorvado, como si estuviera flojo o tuviera miedo a mirar de frente...
Es decir, que el niño nos habla de sí mismo con su cuerpo y su movimiento y precisa una escucha una mirada, un respeto y un entendimiento.
Todo lo cual habrá de quedar lo más libre que se pueda de nuestras proyecciones, y de nuestras identificaciones.
El niño nos habla de si mismo cuando juega
Se puede jugar, y se juega, de mil maneras diferentes. Mediante el movimiento, las sensaciones, la imitación, el cuerpo, los objetos, los lugares, el simbolismo, la naturaleza, las palabras, la imaginación, el azar, las reglas, la habilidad, la relación con los demás, los juguetes...
Se puede jugar, y se juega, en mil lugares diferentes. En el suelo, en el parque, en el campo, en la playa, en el monte, en la bañera, en la cama, por la calle, en la casa, en el médico, en las tiendas, en el autobús, en la escuela...
Se puede jugar, y se juega, solo o en compañía, con o sin acuerdos, inventando o repitiendo, dirigiendo o siguiendo a otros, hablando o sin hablar...
Se puede jugar, y se juega, si se es niño y las circunstancias han querido otorgar un buen comienzo.
También se puede jugar, aunque no siempre lo hacemos, si se es mayor y se han mantenido vivas las ganas de divertirnos y recrearnos con algún deporte, afición, lectura, juego de azar, teatro, baile u otras actividades artísticas.
En la escuela, si queremos ser coherentes y responder, al momento evolutivo de los niños, tendremos que dar espacio y tiempo al juego, sabiendo como sabemos cuánto lo necesitan y cuánto les sirve para disfrutar, relacionarse, aprender y ensayar la vida, porque jugar no es una pérdida de tiempo, como podría parecer y alguien nos ha hecho creer en esta sociedad de la eficacia y el pragmatismo, sino al revés, en el juego todo son ganancias.
Tampoco es una actividad banal, jugar es una cosa muy seria para un niño. El tiempo dedicado al juego se llena de contenido y de placer en cada ocasión, y nos permite además conocer más a fondo cómo es cada niño, cómo se relaciona, cómo está viviendo el momento actual, qué juguete o juego elige, cómo organiza y ordena sus escenas de juego, cómo reacciona ante las dificultades que le surgen, qué papeles escoge...
Cuando en mi clase toca juego libre, tanto los niños como yo sabemos que lo que ocurrirá en la hora dedicada a esta actividad, será algo importante para todos. Algo del orden del placer, del mostrar identidades, del conocerse unos a otros, del hacer presentes los intereses o conflictos del momento y los intentos de resolución, así como las estrategias de funcionamiento de cada uno de los niños.
Cada cual se dirige al rincón, juguete, o compañero que mejor se adecuan a su situación, a sus elaboraciones particulares, a su necesidad de ensayar, resolver, o disfrutar.
Juegan a borbotones, sin premeditación, sin compromisos.
Juegan sus deseos, sus malentendidos, sus placeres.
Y lo hacen con todo lo que tienen, con todo lo que saben, con todo lo que son.
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Así puedo ver a Mabel dando de mamar amorosamente a su bebé, haciéndolo eructar, tapándolo en la cuna...y de vez en cuando, dándole golpes por haber llorado, por haberse hecho caca, o por “portarse mal”.
A Marisa, que es una gran aficionada a los caballos, reuniendo todos los que tenemos en la caja de animales y organizándolos por colores, por “familias”, o por tamaños.
A Samuel construyendo palacios en medio de peleas y discusiones porque les quita piezas a los compañeros, les tira “sin querer” lo que hacen, les dice que sus trabajos “no están bien”...
Puedo ver a Luís disfrazándose con sus ropas preferidas.
A Julio enfadándose a cada momento y apartándose del juego a todo llorar.
A Anselmo mirando melancólicamente cómo juegan otros.
A José que me habla a mí en vez de ponerse a jugar.
A un grupo de cuatro niñas rivalizando por mandar en los juegos.
Al grupo de amantes del fútbol en plena discusión sobre el partido de esta mañana.
A tres niños cocinando para “una visita”...
Y me veo a mí misma mirándolos jugar, impregnándome del aroma de ese día, de ese rato, de esas vivencias. Anotando algunas cosas, frenando algunos desmanes, aceptando una taza de café... y disfrutando del espectáculo.
* Es Maestra y Psicopedagoga. Coordinadora pedagógica de la Escuela Infantil “Aire Libre” de Alicante (España)
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