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Situación de la Educación Inicial en América Latina
 

 

Infancia y pobreza




La pobreza infantil

Teniendo en cuenta las estadísticas, resulta preocupante comprobar que “de todos los pobres, los más pobres son los niños”…

La incidencia de la pobreza extrema afecta en mayor proporción a la infancia que a cualquier otro grupo de la población. Según las cifras correspondientes al año 2002, existen en América Latina 41 millones de niños de entre 0 y 12 años de edad en situación de indigencia. Por su parte, 15 millones de indigentes tienen entre 13 y 19 años de edad, mientras que aquellos de 20 años y más totalizan un número similar al de los niños. Por tanto, aproximadamente 2 de cada 5 pobres extremos son niños.

Por otra parte, el alto número de niños en las familias constituye un factor altamente relacionado con su condición de indigencia. Uno de los ejemplos más notables del vínculo entre niñez y pobreza del hogar se presenta en Uruguay, donde el porcentaje de hogares pobres con niños excede más de dos veces al que se observa en los demás hogares.

Este flagelo se manifiesta de manera relativamente homogénea entre los menores de 5 años y los que tienen entre 6 y 12 años, ya que la incidencia de la pobreza extrema en ambos grupos de edad es de alrededor de un 30%, cifra bastante superior a la que se observa entre las personas de mayor edad. Por otra parte, dicho porcentaje es mucho más alto en las áreas rurales que en las urbanas; en estas la pobreza extrema afecta a cerca de un 22% de los niños, en tanto que en las áreas rurales el porcentaje aumenta hasta casi un 50%.

La magnitud de la pobreza extrema infantil varía ampliamente de un país a otro, tal como ocurre con la indigencia al nivel de toda la población. Según datos para el 2002, en más de la mitad de los países la proporción de niños indigentes iguala o supera el 30%, siendo Bolivia, Honduras y Nicaragua los casos en los que sobrepasa el 45%. Por otra parte, Chile, Costa Rica y Uruguay (áreas urbanas) registran cifras inferiores al 12%. Cabe señalar que al interior de cada país, la relación entre áreas urbanas y rurales en cuanto a la presencia de la pobreza infantil confirma lo señalado al nivel regional sin excepciones, es decir, que la incidencia en las áreas rurales supera a la de las áreas urbanas.

Sin embargo, son precisamente algunos de los países con menores niveles de indigencia los que presentan las mayores disparidades en desmedro de los niños de 0 a 12 años. En efecto, en Argentina (áreas urbanas), Brasil y Uruguay (áreas urbanas), la tasa de indigencia de dicho grupo duplica con creces la del resto de la población. En casi la totalidad de países, la indigencia infantil es al menos 1,5 veces superior a la de los demás grupos de edad, lo que revela que este problema afecta a la región de manera generalizada. Cabe advertir que las menores brechas que presentan Bolivia, Honduras y Nicaragua se deben a las altas tasas de indigencia que sufre la población en su conjunto y no a que la infancia se encuentre en una situación relativamente más favorable que en otros países, ya que, como se indicó, estos son precisamente los países con mayores niveles de indigencia infantil.

Sitios consultados:

www.unicef.org/spanish/index.html
www.cepal.org/mexico/publicaciones/sinsigla
/www.cepal.org/mexico/publicaciones/sinsigla/xml
www.eclac.cl/publicaciones/SecretariaEjecutiva
www.cepal.org/mexico/publicaciones/sinsigla/xml

¿Pobreza infantil o pobrezas infantiles?

La pobreza amenaza todos los derechos, y priva a los niños y las niñas de las capacidades que necesitan para sobrevivir, desarrollarse y prosperar. Los niños y niñas que viven en los países latinoamericanos se enfrentan a las peores privaciones de bienes y servicios esenciales: desnutrición, carencia de inmunización básica, deficientes condiciones de vida, incapacidad de acceso a los servicios de salud.

Pero también carecen de la satisfacción de otras necesidades, a simple vista poco reconocibles como básicas pero igualmente necesarias para el desarrollo pleno e integral de la infancia, tales como la contención emocional, la disponibilidad de tiempo y espacio para el esparcimiento y la recreación, la provisión de los estímulos necesarios para su desarrollo de sus potencialidades.

Por tanto es especialmente importante ampliar la definición de pobreza infantil más allá de conceptos tradicionales como escasos ingresos de las familias o bajos niveles de consumo y reconocer sus múltiples dimensiones e implicancias mutuas.

La pobreza material –por ejemplo, comenzar el día sin un alimento nutritivo o verse obligado a realizar trabajos peligrosos– dificulta la capacidad cognoscitiva y el crecimiento físico. Vivir en un entorno que ofrece pocos estímulos o un apoyo emocional deficiente a la infancia, por otra parte, puede eliminar gran parte de los efectos positivos que se derivan de crecer en un hogar acomodado desde el punto de vista material…

La pobreza representa la naturaleza multidimensional de las amenazas a la infancia: cada privación agrava los efectos de las otras y cuando coinciden dos o más, las repercusiones sobre la niñez pueden ser catastróficas. Los niños y las niñas que tienen que caminar largas distancias para conseguir agua tienen menos tiempo para asistir a la escuela, problema que afecta especialmente a las niñas. Los niños y las niñas que no han recibido vacunas o que están desnutridos son más susceptibles a las enfermedades que se propagan cuando las condiciones sanitarias en las que vive son deficientes. Estas y otras privaciones, como la falta de una vivienda adecuada o de acceso a los servicios sociales, inhiben la capacidad de los niños y las niñas de alcanzar su pleno potencial. Hasta que todos, niños y niñas, logren su derecho a la educación, la nutrición y la atención de la salud, la infancia seguirá estando amenazada.

Sitios consultados:

www.unicef.org/spanish/index.html
www.cepal.org/mexico/publicaciones/sinsigla/xml