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Postales de la vida en el Jardín
 
Recupera las anécdotas y recuerdos de algunos momentos o circunstancias por los que atravesamos en nuestro quehacer diario en la escuela. Esos hitos que por algún motivo se recortan del resto…
Una posibilidad de compartir estas “postales” de la vida personal de cada uno dentro del jardín como modo de acceder a los diversos sentidos del ser maestros.
 
 

Portarse bien

Esta anécdota la recuerdo por las "hermosas frases hechas que tenemos las maestras jardineras", dice Andrea, maestra de Buenos Aires:

"En una merienda, Nicolás de sala de dos años que en esos días había cumplido tres años, agarra su taza de leche y la revolea arrojando toda la leche al piso y parte sobre su ropa.
Cuando salimos de la sala, en búsqueda de un trapo de piso, le digo:

Nicolás, no es la primera vez que tirás la leche, y no se volcó sin querer... no puede pasar esto, ya cumpliste tres años, tenés que tomar la leche como un nene de tres

Ante mi sorpresa, Nicolás me respondió:
¿Y cómo toma la leche un nene de tres?

Cuando escuché su respuesta no pude evitar primero tentarme de risa y después pensar cuantas frases sin demasiado sentido les decimos a los niños".



Guardar la taza en la mochila

Andrea, de Buenos Aires, nos cuenta:

"Tenía unos cuantos años de experiencia en sala de cinco, pero siempre con grupos de niños que ya habían asistido al jardín. Un año me ofrecieron una sala de niños de cinco años sin experiencia en jardín. ¡Un gran desafío!
En el período de inicio, el primer día de clase cuando comenzaron a desayunar, les dije

"el que terminó puede guardar su taza en la mochila".

A los pocos minutos veo que de varias bolsitas colgadas en el perchero goteaban leche... ¡Habían guardado las tazas con su contenido!

Errores que uno comente por dar cosas por sobreentendidas. Ese día me dí cuenta que era necesario explicitar muchas de las cosas que daba por sobreentendidas. Muchas acciones y tareas que se desarrollan exclusivamente en el jardín y que los niños, aunque "fueran grandes" y tuvieran cinco años, no las conocían porque nunca habían participado de ellas.



¿Cómo se portó Julián?

Los momentos de despedida suelen ser caóticos. Recoger todo lo usado, guardar las cosas en su lugar para que estén listas para el turno de la tarde, no olvidarse nada, abandonar un trabajo a mediohacer...
Finalmente logramos salir de la sala y dejarla "presentable". En la puerta, los padres esperan. Un beso y hasta mañana.

Recuerdo un año en que el grupo era particularmente complejo y entre todos los niños, sobresalía Julián. Cualquier cosa que pasara en la sala, siempre lo tenía como protagonista, tanto las buenas como las no tan agradables... y sus padres lo sabían.

En estos momentos de salida, llegó a pasar que la persona que lo retiraba del Jardín, inevitablemente preguntaba ¿Cómo se portó Julián?
Algunas veces respondía. Otras, simplemente lo miraba y en esa mirada "acordábamos" la respuesta. Los dos sabíamos que lo mejor era decir "Muy bien" aún cuando hubiera volcado la leche, roto la hoja donde dibujaba, tirado al suelo sin querer a un compañero en el patio...

Habíamos conversado mucho y llegado a un acuerdo: mañana será otro día y seguramente podría hacerlo mejor. Era nuestro acuerdo tácito... Un acuerdo construido pacientemente y junto con sus compañeros.

Llegó fin de año y todos pudimos ver cómo Julián había cambiado. Un día, sonriendo su mamá vino a buscarlo y apareció la misma pregunta: ¿cómo se portó Julián? Ante mi sorpresa, esta vez, Julián secundado por varios de sus compañeros respondió: "Muy bien"

Todos nos reímos... ¡era cierto!

Patricia



Compartiendo...

Cuenta Patricia:

Es mediamañana y como todos los días nos disponemos a tomar la colación. Las mochilas y las bolsitas se abren y comienzan a aparecer diferentes tesoros: las galletitas con el sticker favorito; un pancito con dulce; las "deseadas" papas fritas - siempre prohibidas para el desayuno en la escuela pero que llegaron a la mesa en un descuido -, un nuevo pote con cereales dentro... Los manteles individuales están preparados y los vasos esperan ansiosos que el encargado del día sirva la leche de las jarras sin volcarla.

Como todos los días, una vez todos sentados, elijo una mesa donde compartir este momento con ellos. Trato de esperar que se ubiquen e ir rotando para que en la semana, la mayoría de los chicos hayan podido compartir este momento junto a la "maestra". Sentarse a mi lado, continúa siendo un premio que aunque trato de evitar, genera forcejeos y algún que otro empujón.
Cantamos la canción para tomar el te y la vida cotidiana se sumerje en el murmullo de este momento breve pero esperado.

Simplemente conversamos: que las galletitas están ricas, que mi mamá me trajo..., que hoy tengo que visitar a mi abuela. Junto a mi taza de te, se van a montonando "trofeos" diversos. Pilas de galletitas de diferente tipo, una papa frita partida, la mitad de un caramelo largo...

La mesa donde estoy sentada suele convertirse en el puerto donde se busca refugio frente a alguien que no comparte, una servilleta perdida o simplemente venir a dar un abrazo.

Son sólo quince minutos que quiebran la tarea y nos disponen para seguir. Minutos que se repiten todos los días y que siempre son diferentes. Un momento de pausa para simplemente estar juntos y compartir.
¿acaso se necesita algo más?