En cuanto abrió las persianas del dormitorio, el comisario Salvo Montalbano comprendió que el día no iba a ser gran cosa. Era todavía de noche y faltaba por lo menos una hora para el amanecer, pero la oscuridad ya parecía menos espesa, lo suficiente para dejar ver el cielo cubierto por unas densas nubes de lluvia y, más allá de la franja clara de la playa, un mar con aspecto de perro pequinés. Desde el día en que un minúsculo perro de aquella raza, todo lleno de adornos y lacitos, tras soltarle un enfurecido gargajeo a modo de ladrido, le había propinado una dolorosa dentellada en la pantorrilla, Montalbano llamaba así al mar cada vez que lo veía agitado por breves y frías ventoleras que provocaban miríadas de pequeñas olas rematadas por ridículos penachos de espuma. Se puso de peor humor al recordar la desagradable tarea que tenía por delante aquella mañana: ir a un entierro.
(Así empieza La voz del violín, de Andrea Camilleri.)