Figúrese una ciudad estancada en la penumbra de un Río, los quejidos sordos que se relamen en la costa de eso que fue y que nos gusta recordar como real, como presente. Lo admito, nos gusta, me gusta recordar hoy el hoy que no es. Y una vereda se convierte en revelación de un procedimiento divino, secreto, trágico, como todo lo que atañe al ser creador que crea lo que cree y muere por su ficción: una mañana, una imagen fortuita basta para volver de sopetón a las costas vacías que se relamen en silencio.
Esto que intenté esbozar en los renglones corregidos que preceden es el anhelo de una lengua. Si eso no es una lengua ¿qué es una lengua? Estímulo costa-silencio-recuerdo, que produce un estado, un caminar cansado por las calles de Buenos Aires. Darse cuenta con cada paso que ser feliz es posible, pero que no nos está concedido serlo. Y soy feliz porque nunca lo seré. El idioma de la ciudad es una piedra, que es una y es múltiple, que es todas las cosas, que es nada y es multiplicidad. ¿Podré acaso hallar una pauta que me guíe a ese centro?
Sorbo el café frío mientras camino, los automóviles son una masa uniforme que se desplaza, el viento deja entrever el verdadero rostro de la ciudad. Sortear un charco o no, caer en el lodo-aceite de cuatro días, en el excremento de los perros que pasean a sus dueños por las noches. Los rostros ensimismados de los transeúntes y una sonrisa, alguien que me vio y me cataloga de estúpido o de pobre ingenuo. Se ríe de mí, el pantalón con las manchas que no saldrán nunca y sin embargo otra persona que es un “él” y es un niño se ríe de mí. Yo logro producir una sonrisa pequeña en alguien, yo soy alguien porque ese otro-alguien-él recordará al estúpido que pisó un charco y se ensució los pantalones. ¡Eso es una lengua! ¡Esa es la ciudad! ¿Cómo? Muy fácil, pero inefable.
La pierna húmeda empieza a picar por el barro, por la suciedad, por instinto. Me detengo en una esquina a esperar que un hombrecito de color rojo se torne en blanco y me permita seguir. Antes no, antes estoy atado a este lugar del que no puedo huir. La esquina alberga a los que esperan ese milagro de convertir los rojos en los blancos, somos una hermosa congregación, esperamos esa demostración de magia en la que el prestidigitador está sospechosamente ausente. Busco a quien muta los colores y por dentro, mentalmente, entono el “Toalla Mojada” de Rivero. A mi lado una muchacha con sus auriculares (elemento infaltable para el ciudadano modelo), acompaña el compás de una melodía con el pie. Lo conozco, sí, lo conozco. Y de repente sale de sus labios y acribilla el aire tenso de esa espera, un sonido de autos y silencio, de ciudad y soledad, de montes desiertos... “que le fajó hasta el nombre al Chantecler/ con su toalla mojada”. La entonación permite que de esa conjunción de instante blanquirojo Rivero resuene un grito, un quejido inaudible reventando los tímpanos y la razón, chorreando ciudad y puertos. ¡Eso es una lengua! ¡Así se habla en la ciudad!
Al fin el peatón se puso blanco y permite el retorno a la condición de transeúnte. He recogido algunas palabras de un idioma que no tiene hablantes sino situaciones. De esos contextos surge el rumor que se escucha por las noches en esta pensión barata, en los mates infinitos hasta que la sombra (como los muñequitos) se convierte en alba, y el alba en ruido y el ruido en calma, y la calma en una mirada vacía que se pierde en la pared no menos vacía. Si pudiera hablar ese idioma secreto, si pudiera disponer las piezas de tal manera que la ciudad pronunciara en las costas vacías: ¡Silencio! Y se produjera un silencio discreto.
Ezequiel Pérez
(La imagen fue publicada por Federico Giraldo en Flickr, bajo una licencia de Creative Commons.)