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De aquí, de allá

Lunes 26 de Diciembre de 2005

Feliz año

feliz-anio.jpg“El ciclo se repite”, habrá dicho alguno hace mucho, pero mucho tiempo.

Después de determinado tiempo, llegaban las lluvias. Luego, la sequía. Había un momento clave para sembrar y otro para cosechar lo sembrado. A veces hacía frío y a veces calor, y en general, cuando hacía frío, no hacía calor. Un día, los hombres se dieron cuenta de que el ciclo se repetía y decidieron comenzar a medir el tiempo. Cada pueblo, en cada rincón del mundo, fue encontrando el modo más práctico de hacerlo.

Mayas, celtas e incas miraban el cielo, contaban soles y lunas. Tanto Napoleón como el Papa Gregorio XIII y Julio César quisieron imponer, a su debido tiempo, diseños originales, exclusivos y fríamente calculados. Gregorio se impuso en la mayoría de los países occidentales.

El comienzo de un nuevo año parece ser el momento para recargar energías, para reflexionar acerca del año que pasó y celebrar el comienzo de un año nuevo. Aunque en la actualidad, globalización mediante, una inmensa cantidad de habitantes del globo elige el 1º de enero como el día oficial del comienzo del año, los distintos pueblos tienen fechas y costumbres propias.

¿Un vistazo? Brevemente, los festejos en algunos rincones y épocas:

Los Babilonios, inventores oficiales de esto de festejar el año nuevo, festejaban durante más de una semana en la época primaveral decorando los famosos jardines. En cambio, los egipcios, cuando notaban que el caudal del imponente Nilo crecía, se ponían a trabajar la tierra inmediatamente. Nada de descanso ni ocio: la época más propicia para las cosechas comenzaba y ellos, ni lentos ni perezosos, no pensaban desperdiciar un día.

Para las comunidades mapuche y quechua, cada nuevo año comienza con la caída de las hojas de los árboles que coincide con el fin del otoño y el comienzo del invierno. La naturaleza y el hombre vuelven a equilibrarse.

En Rumania, las solteras se ponen un poco ansiosas y no es para menos. La noche anterior al comienzo del año, las muchachas que quieran casarse colocan una rama de albahaca debajo de la almohada. El hombre que esa noche aparezca en sus sueños, será su futuro esposo.

Los alemanes arrancan el nuevo año patinando. Sí, patinando, porque la expresión “feliz año nuevo” traducida al alemán, significa algo así como “feliz patinada en el nuevo año”. ¿El porqué de esta curiosa expresión? La mayor parte de Alemania está cubierta de nieve en esta época, y entonces uno, como si anduviera en trineo o patines, entra en el nuevo año patinando sobre la nieve.

En Escocia se celebra encendiendo un barril de madera y dejándolo rodar por las calles. Pero apenas es medianoche, los escoceses se quedan bien quietitos en sus casas mirando la puerta. Y es que están esperando impacientes para ver quién es la primera persona en ingresar a su hogar. Los rasgos de esta persona determinan los augurios del año. ¿Y si entra una vecina medio flacucha? ¿Y si entra un señor de anteojos? ¿O un hombre con dos cabezas?

Para los romanos, el comienzo de año era estresante: el emperador, bastante caprichoso, esperaba recibir regalos de todos los habitantes. Así que todos se esmeraban para conseguir las mejores nueces y las ramas más sagradas de los árboles más sagrados. Los sacerdotes celtas eran más generosos: repartían entre los habitantes ramas de muérdago para todos.

Los países del Caribe comparten una tradición muy antigua respecto del año nuevo y los augurios. Los primeros doce días de cada nuevo año equivalen a los doce meses del año, por lo tanto, lo que suceda cada uno de esos días será una pequeña introducción de la historia. Está claro que, entonces, los caribeños ponen esmero en disfrutar de esos días y se cuidan de no tener experiencias desagradables para augurarse un año completo de felicidad.

El menú de la cena del 31 de diciembre, en Japón, es siempre el mismo: los “toshi-koshi-soba”. ¿Qué es esto? Unos fideos largos que simbolizan una larga vida. Además, los japoneses procuran quedarse despiertos para no perderse el amanecer del nuevo año.

Distintas costumbres, un mismo deseo: un nuevo año de felicidad, salud, amor y trabajo para todos, todos, toditos los habitantes de esta tierra.

Lucía Alfonso

Lunes 19 de Diciembre de 2005

Jo, jo, jo

jojojo.jpgLlegó diciembre y con él, el calor agobiante y la humedad porteña. Los negocios se llenan de adornos rojos y dorados, los balcones aparecen iluminados con lucecitas intermitentes. Se acerca Navidad y el espíritu festivo se contagia. Es tiempo de reflexión y de algunas tradiciones importadas como los pinos nevados, los Papás Noeles abrigadísimos y de barba tupida totalmente fuera de las últimas tendencias. El yinglbels yinglbels abunda en la televisión y las publicidades de shoppings que aprovechan la fecha para hacer descuentos y obsequiar el “dos por uno” tan provechoso para aquellos para los cuales la Navidad es sinónimo de regalos.

La noche del 24 muchos niños miran el cielo atentamente para ver si encuentran al Señor Noel en trineo. Otros cuestionan cómo es posible que el hombre llegue de la China hasta la Argentina en diez minutos, a lo que la mayoría de los adultos contesta irracionalmente sin responder “porque es Papá Noel” o “es que los renos vuelan muy rápido”. Todo sea por conservar la magia de esta fiesta que es una de las que cosechan más adeptos alrededor del mundo. Los festejos difieren aquí y allá: del pavo navideño al melón con jamón. De las galletitas de mazapán a la ensalada de frutas. La Nochebuena logra colapsar las líneas de celulares; las cadenas de mails pueblan la Web, los hackers amenazan con el fin del mundo para las computadoras.

¿Algunos otros clásicos de la época navideña? ¿Qu¡én arma el arbolito? O mejor dicho, ¿dónde quedó guardado el arbolito? ¿Festejamos en tu casa o en la mia? Y la eterna discusión acerca de quién tiene el reloj más precisamente calculado para marcar la hora del brindis y decidirse finalmente por llamar al 113, que tiene la “hora oficial”. ¿Cañitas voladoras, estrellitas, “chasquim¡bums”? “No, mejor no que el perro les tiene miedo.” Algunos salen a mirar los fuegos artificiales a la vereda, otros miran por televisión como se festeja en Nueva York. Pan dulce, turrones y el cascanueces. Las abuelas se abanican. Los más jóvenes ya están casi seguros del boliche al que van a ir a bailar más tarde. Los bebés se durmieron hace rato. Que si hay que comerse doce uvas o doce pasas de uvas para pedir deseos, que si Papá Noel viene antes o después de las doce. Que el helado se derrite, que un aplauso para el asador y el combo salud, trabajo y amor.

¡Epa! ¡Ya me estaba olvidando de las famosas tarjetas de Navidad! Decenas de tarjetas con motivos diferentes para los parientes que viven lejos o los amigos que siempre llaman para saludar. Esta vieja tradición, al igual que las otras, tiene su historia. ¿Desde cuándo es que se envían estos saludos en papel y brillantina adelantándose a las fiestas?

En el siglo XIX, en la ciudad de Londres, vivía un artista llamado Boerner, que se dedicaba al arte del grabado. Este tipo era muy talentoso y admirado, y además, al igual que muchos artistas, disfrutaba enormemente de la soledad. No sé si era de vago nomás, pero eso de andar visitando familiares por ahí con la excusa de las fiestas no le causaba mucha gracia. Haciendo caso omiso, sus parientes lo invitaban todos los años. Hasta el que primer día de 1812, en lugar de su ansiada visita recibieron un sobre con una imagen muy particular: sobre un papel había un dibujo caricaturizado de Boerner saliendo de su casa con el abrigo atorado en la puerta; debajo, la leyenda “esta es la razón por la que no puedo visitarlos este año”. Esta inteligente excusa se puso de moda casi medio siglo después, y es desde 1848 que se estila enviar a los seres queridos tarjetas navideñas con los mejores deseos para las fiestas de fin de año.

(Feliz Navidad, mi querido lector.)

Lucía Alfonso

Lunes 12 de Diciembre de 2005

El ceibo

ceibo.jpgAnahí era una de las más jóvenes de aquella tribu guaraní. Sus padres eran nada más y nada menos que los caciques, así que su popularidad no era poca. Pero Anahí se sentía algo acomplejada, y es que no era dueña de una belleza excepcional y sentía que no pertenecía a ningún lugar. No tenía marido, ni mucho novio. Pero Anahí, eso sí, tenía una voz maravillosa. Hasta los mismos pájaros la envidiaban. Ella, como casi cualquier adolescente, sin embargo, se lamentaba por su falta de belleza y poco veía sus virtudes y aquel talento para el canto que la distinguía entre todos. Casi no emitía palabra, más bien hacía gestos con la cabeza. Miraba siempre hacia abajo, entre la timidez y la tristeza; entre las dudas y la inseguridad. Se sentía perdida, y aunque era feliz en la tribu, tenía la sensación de que ese no era su lugar. Que había algo más. Que había un mundo por descubrir. Que su pequeña tribu le quedaba chica.

Así las cosas hasta que un día, zácate. Llegaron los españoles. Lo que sigue, es historia conocida. Destrozos, violencia y espejitos de colores. Anahí, al igual que otras muchachas guaraníes, fue llevada cautiva con un grupo de soldados. Allí permaneció largas noches, desprotegida, sin entender una palabra de lo que se decía a su alrededor, lejos de sus padres, sola y maltratada. El sufrimiento era tal, que un día, Anahí, tan introvertida y temerosa, tomó un puñal, y lo hundió sin miedo en el corazón de su carcelero. Luego empezó a correr entre los árboles. No veía, sentía miedo, pero siguió corriendo sin parar, a toda velocidad entre las hojas. Corrió durante horas durante toda la noche, hasta que cayó agotada al suelo. A la mañana siguiente, uno de los soldados la encontró y la llevó nuevamente al campamento.

Anahí fue condenada a la hoguera. La ataron a un árbol al que prendieron fuego. Anahí ardía entre las llamas, sin quejas, sin murmullos, sólo un canto suave y dulce salía de su garganta. Frente a los ojos pasmados de sus captores, el cuerpo de la jovencita desapareció, y el fuego comenzó a trepar el árbol hasta llegar a una de sus ramas, donde de repente se extinguió. En esa rama apareció una flor nunca antes vista, roja y aterciopelada.

La flor de ceibo fue adoptada como flor nacional. No por su belleza, ni su delicadeza; tampoco por su perfume, ya que no tiene. El ceibo florece sin dificultad en cualquier rincón de nuestro país, al igual que Anahí que también buscaba su lugar en el mundo.

(La foto fue tomada de este sitio.)

Lucía Alfonso

Lunes 5 de Diciembre de 2005

De amor y arquitectura

kavanagh.jpgDos familias enfrentadas. Dinero, propiedades y venganza.

La de Romeo y Julieta no es la única historia de amor donde los suegros se oponen y las suegras sufren un ataque de nervios, donde primos y hermanos ofician de traidores o de héroes por encargo. Al igual que la de Romeo y Julieta, esta historia porteña no tuvo un final feliz.

Como en una telenovela de la tarde, con galanes que hablan mientras suspiran (haciendo uso de una técnica poco práctica pero televisivamente efectiva) y heroínas inocentes de lágrima fácil, la historia de dos jóvenes enamorados quedó inmortalizada en el barrio de Retiro. Buenos Aires, con el misterio y el romanticismo en sus calles, era el escenario perfecto.

Fue a principios del siglo pasado cuando el amor llamó a la puerta de uno de los jóvenes más ricos de la ciudad. (Se escucha un toc toc.) Aunque un poco acartonado en sus modales pero con el espíritu vivo y salvaje, el joven Anchorena, de pelo moreno y un jopo algo artificial, atendió el llamado. Vivía en el actual Palacio San Martín, con escaleras de mármol y fuentes con forma de angelitos. En la vereda, jacarandás y palos borrachos de flores rosadas se disputaban el lugar y es que todos querían disfrutar de la hermosa vista desde allí, producto de la calle que baja empinada hasta Avenida Libertador.

El joven Anchorena se había enamorado y rogaba encontrarse por la calle con una de las hijas de los Kavanagh, otra de las familias ricas de la zona, lo cual era prácticamente imposible, porque las señoritas adineradas y paquetas no caminaban solas por calle. Corina Kavanagh también le había echado el ojo al muchacho de la calle Arenales, pero, como buena heroína de esta telenovela, ella, de mejillas rosadas y sonrisa poco estridente y muy estudiada, hacía como si nada. Y es que en estas historias siempre hay algún novio en el medio que dificulta un poco más el romance que espera la audiencia.

Hasta que un día, los caminos se cruzaron y cuando finalmente se miraron a los ojos, el mundo se detuvo porque en un instante los dos supieron que eran el uno para el otro. Los dos jóvenes se encontraban a escondidas en las fiestas de los ricos y poderosos y cada vez que podían se daban uno de esos besos que tan bien salen en cámara.

Por esas épocas, los Anchorena, que contaban con varios miembros en la familia y unos cuantos extras que oficiaban de servidumbre pero que nunca pronunciaban una línea, habían construido un imponente sepulcro familiar, la Basílica del Santísimo Sacramento en la calle San Martín al 1000, así que el señor Anchorena estaba algo estresado por el proyecto y su esposa se lo pasaba pidiendo que no lo molestaran.

Pero el amor es más fuerte. Entonces un día, el muchacho, sin pensarlo dos veces, confesó:

"Padre; madre, estoy enamorado."

Su mamá, que entraba en escena vestida de color crema y con una copa en la mano, abrazó a su hijo emocionada pero sin lágrimas. Su padre, en cambió le hizo esa pregunta tan temida: “¿Quién es la afortunada?”

“La señorita Kavanagh, padre, y voy a pedirle que se case conmigo.”

En ese momento subió la música de fondo, mientras la madre se desmayaba, la sirvienta limpiaba el piso de mármol, el padre fruncía el entrecejo y en primerísimo primer plano aparecía la cara del joven A respirando aceleradamente mientras una gota de sudor caía en el suelo que estaba limpiando la sirvienta.

Padre: "¡Jamás! Jamás te casarás con ella." Su vozarrón se escuchó en toda la casa y como el decorado no era del todo bueno, algún que otro jarrón se tambaleó.

El joven A quería gritarle de todo, pero a diferencia de las novelas actuales donde las discusiones se prolongan por bloques, se quedó callado, el pobre. Esas palabras bastaban para que el muchacho sintiera que el corazón se le rompía en mil pedazos.

Cuando Corina se enteró las lágrimas no alcanzaron para descargar su rabia hacia la familia Anchorena, entonces, ella, que parecía tan inocente y buenita, se transformó en pocos capítulos en la mala de la película y mandó a construir el edificio más alto de la ciudad, justo, justito en el lugar indicado, para impedir que desde el hogar de los Anchorena, pudiera verse la Basílica del Santísimo Sacramento.

Y como sucede en las novelas, hay historias que culminan y algunas, que por cuestiones de libreto y rating se esfuman. Esto mismo sucedió con la historia de estos jóvenes adinerados que bien podría haberse convertido en una telenovela. Sin embargo, y seguramente para que el furor del romance durara más de una temporada, esta historia de amor se convirtió en una de las leyendas urbanas que quedó inmortalizada en las calles de Retiro.

Lucía Alfonso

(La foto proviene de esta página de arquitectura en Buenos Aires.)


Lunes 21 de Noviembre de 2005

De chiquilín

de-chiquilin.jpgCuando era pibe, José soñaba con ser cantante de tangos. Gardel era furor, patria y un querido Buenos Aires.

La ciudad respiraba tango; y éste contribuía y le daba a Buenos Aires misterio y elegancia, y la dotaba de una seducción imperceptible. Es difícil evitar preguntarse qué ha existido antes, si el tango o Buenos Aires. El tango se transformó y trasformó a su gente. Fue la forma en que se expresaban y se pensaban las sensaciones, fue un estilo de vida.

Eran esas épocas donde la radio siempre estaba encendida, y José tomaba el café con leche con la voz del zorzal criollo de fondo. Tarareaba camino a la escuela, con los libros en los brazos y cientos de sueños en el alma. Los vecinos lo saludaban y es que Josecito, como lo llamaban en ese entonces, se paraba en una de las esquinas del barrio a repetir una y otra vez las letras de esos temas que todos deberíamos sabernos de memoria. Más de uno se detenía a escucharlo. Su voz era fenomenal. No sé si objetivamente perfecta, pero lograba transmitir el tango de una forma muy particular. De pantalones cortos y pelo engominado, Josecito y su mamá iban de compras al almacén. Don Tito siempre le regalaba chocolatines. Su abuela aseguraba a quien le preguntase, que el pequeño no tardaría en cumplir sus sueños y que en un par de años más, el mundo se deleitaría con su voz. José sonreía e imaginaba. Sus interpretaciones mejoraban día tras día. Y es que él escuchaba y absorbía el tango de la calle y de la vida, de la radio y sobre todo de Manuel, un gallego amigo de la familia, que era devoto del mate y la milonga.

Pasaron muchos años y Buenos Aires mutó, y con ella, la vida de José.

Los bares ahora son cybercafés; los teatros, locales de ropa deportiva y las pocas pensiones que quedan no son lo de antes. La vida de José se mezcló en la neblina de la ciudad, en la desocupación y se tambaleó con unos gobiernos más que con los otros. Quizás haya trabajado en una de las fábricas cercanas al Riachuelo o comprado un negocio en alguna calle del barrio que nunca dejó. (Qué habrá sido de su vida, me pregunto, seguramente, al igual que él.)

Me subí al tren una mañana demasiado temprano. Y entre la muchedumbre apretada, escuché en su voz una versión maravillosa de un tema que no recuerdo. Cuando terminó de cantar, se abrió paso sacudiendo su mano un vasito con monedas esperando una pequeña colaboración de los viajantes.

Cuando terminó de recorrer el vagón, pasó al contiguo. Y así hasta el final del largo tren. Siempre cantando la misma canción.

Con unos pocos cabellos blancos, esas arrugas suaves que trae la vejez, con la mirada un poco más triste que hace setenta años, pero con la misma voz que transmite el tango de esa forma tan particular, José seguramente se siente Gardel, y es que no existe alguien que lo haya escuchado en el tren que se atreva a contradecir que, como decían en el barrio, Josecito cada día canta mejor.

Lucía Alfonso

Lunes 14 de Noviembre de 2005

El basilisco

el-basilisco.jpg“María entró agitada a la cocina. Tenía el delantal embarrado y las botas con heno y alfalfa. No le alcanzaba el aire. Miraba a su alrededor, pero no había nadie en la cocina. Estaba aterrorizada. Aterrorizada como nunca antes. Se dio cuenta de que estaba sola. Tenía que advertirle a alguien lo que estaba pasando. Escuchaba un ruido agudo que no la dejaba pensar. La perseguían. Tenía la vista nublada. Miraba las paredes y el suelo pero tenía la vista nublada. Tomó la escoba y comenzó a moverla sin dirección a su alrededor. Gritaba tan fuerte como podía, con desesperación. Sentía miles de miradas sobre sí, miles de hormigas que caminaban por su cuerpo. No podía distinguir si estaba dormida o despierta. Las paredes se volvieron barro. El suelo, arena que se la tragaba mientras ella gritaba sin emitir ningún sonido. Los vecinos supieron lo sucedido meses después. Él había regresado.”

Ésta bien podría ser la escena de una película sobre la leyenda que voy a contarte.

Las historias sobre criaturas extrañas, seres monstruosos y animales mitológicos abundan en todas las culturas. No deja de sorprender la cantidad de bichos sueltos convertidos en leyenda. Una de las historias que más se repite en suelo latinoamericano es la del basilisco. Al igual que en todos los relatos orales, no hay una versión oficial. Los guaraníes tienen una, los mapuches otra y en Chile se escucha una nueva adaptación. Que tiene alas, que canta, que es totalmente mudo, que tiene un solo ojo, o que no tiene párpados, que tiene piel de reptil, que es colorado, verde o amarillo, que succiona la flema, que contagia la tos, que irrita la piel. No se ponen de acuerdo. Pero hay algo en lo que coinciden. Nadie (pero nadie, ¿eh?) sonríe cuando oye hablar del basilisco, lo que lo convierte en una de las criaturas más espeluznantes y temidas del bestiario universal.

Se dice que el basilisco nace del huevo de una gallina vieja. Este huevo es notablemente más pequeño que los demás. Algunas horas más tarde, se rompe el cascarón y sale un gusano colorado que se esconde en algún rincón de la casa, generalmente bajo el suelo. Cuando el gusano crece, adquiere forma de serpiente con cresta de gallo o de lagartija pequeña.

A pesar de su tamaño diminuto, este bicho es extremadamente peligroso. Es un monstruo silencioso que cuando es visto, mata con la mirada. Si alguien lo descubre arrastrándose por el suelo, inmediatamente se desencadenarán males incontrolables, como la locura y las alucinaciones.

Algunas versiones dicen que cuando se escucha el canto suave de un gallo es que el basilisco ronda por la casa y que ya poco queda por hacer. Una de las formas de ahuyentarlo es colocar espejos en todas las habitaciones. Es que cuando el basilisco se ve en el espejo, se derrite transformándose en un líquido pegajoso y verde. Pero como dicen que esto pocas veces da resultado, lo mejor es eliminar el gusano antes de que rompa el cascarón. Y si no lo descubren a tiempo, no queda otra que ser cuidadoso a la hora de echar vistazos.

Lucía Alfonso

Lunes 7 de Noviembre de 2005

Sin fronteras

medicos-sin-fronteras.jpgTsunamis, huracanes, heladas, inundaciones, sequías, epidemias que arrasan poblaciones enteras. Miseria, hambre, guerras, pobreza extrema. Campos de refugiados, masacres, tierras de nadie, bombas antipersonales, discriminación de las peores. Desesperanza, injusticia y mucho, demasiado sufrimiento.

En medio de todo eso, ellos. Seres humanos que sufren, que están solos, que han sido olvidados por los gobiernos, por otros seres humanos.

Y en medio de todo eso, también ellos. No importa si es de este o del otro lado del océano. Ni la religión, el color o las culturas disímiles. Sólo importa una profunda vocación y la certeza de que somos todos iguales y tenemos los mismos derechos, aunque la mayoría de las veces pareciera que no es así. Importan las ganas de ayudar, la conciencia y la solidaridad.

Médicos sin Fronteras (MSF) es una Organización No Gubernamental que nació en Francia a principios de los setenta, de la mano de un grupo de médicos que no quiso quedarse al margen de las terribles situaciones que se daban en el mundo. MSF no tardó en expandirse, formando una red con cientos de miles de voluntarios de todos los rincones del planeta. Tan significativa es su obra que en el año 1999 recibió el Premio Nobel de la Paz.

Hombres y mujeres de todas las edades son eslabones de esta cada vez más larga cadena, y es que día a día nuevos voluntarios se unen en una misión que pretende llevar soluciones a aquellos lugares desprotegidos. Mientras se esperan soluciones a largo plazo, los médicos sin frontera logran llevar asistencia, y aunque no pretenden revertir situaciones que requieren soluciones a largo plazo, intentan aliviar aquello que no puede esperar. Proveer de abrigo indispensable, devolver un poco de luz a las pieles que dan cuenta de una profunda deshidratación. Alcanzar un plato de comida. Suministrar medicamentos. Brindar asistencia psicológica.

Lo lograron. Empezaron por algún lado. Por el principio, por donde sea. En algún lugar del mapa, viviendo la guerra o con el agua hasta la cintura, allí están los médicos sin fronteras. No se trata de héroes (o tal vez sí), sino de hombres y mujeres que con una firme voluntad y aferrados a su vocación llevan ayuda a quienes lo han perdido todo.

Lucía Alfonso

(La imagen fue tomada de la fotogalería del sitio de Médicos sin Fronteras en francés.)


Lunes 31 de Octubre de 2005

La mujer de piedra

mujer-de-piedra.jpgMe contaron que escondida entre la vegetación de un monte, un mujer de piedra le da la espalda a la ciudad de Tarma, en Perú. Creo necesario aclarar que son pocos los que la han visto. Menos, los que conocen su origen. Yo no me pregunto si será una pieza de arte perdida en la selva o la historia de una mujer desobediente. Seguramente ya sepas con cuál me quedo.

Tarma era un pequeño poblado cuando todo esto sucedió. No eran muchas las familias que habitaban la zona y todas se conocían entre sí. Solían reunirse por las noches en una posada en medio del monte. Hablaban de dinero y lo ostentaban durante toda la noche, mientras las mujeres se envidiaban entre ellas y alardeaban acerca de sus joyas.

A pesar de que la posada estaba en un sitio alejado, una noche llegó hasta allí un anciano descanso y vestido con harapos. Rogó por un vaso de agua. Cuando se descubrió la cabeza, dejó ver su rostro despellejado y su cabellera por la cintura. Posiblemente había estado perdido en la selva durante años. Inmediatamente, todos aquellos que se encontraban en el lugar se hicieron a un lado horrorizados y sin la menor compasión lo arrojaron afuera.

El anciano se arrastró hasta una pequeña casa en las cercanías. Llamó a la puerta. Una humilde señora se asomó y no dudó en ofrecerle su hospitalidad. Invitó al anciano a pasar y le sirvió un vaso de agua. El hombre le agradeció y le aconsejó que escapara. La mujer lo miró desconfiada. Él tomó sus manos y mirándola a los ojos, le pidió firmemente que no lo ignorara. Que huyera; que tomara sus pocas pertenencias y que escapara sin mirar hacia atrás porque el pueblo sería castigado por su falta de solidaridad.

Horas después, rayos y fuertes tormentas cayeron hasta destruirlo por completo. La mujer ya estaba lo suficientemente lejos del lugar cuando giró sobre sí misma para ver los restos del pueblo. Sus pies se clavaron en la tierra, sus piernas y brazos se endurecieron. La tela de su vestido comenzó a pesarle y ella recordó, mientras daba vuelta la cabeza, que no debía mirar atrás. Allí quedó. En medio del bosque, dándole la espalda a Tarma.

Lucía Alfonso

Lunes 24 de Octubre de 2005

Instantánea

instantanea-de-aqui.jpgDebo confesar que no me acuerdo si es que alguna vez conocí a los personajes de esta historia o han sido un producto surgido durante el tiempo que paso arriba del tren. El caso es que este sencillo episodio podría ser relatado en dos líneas, sin embargo, pienso que de esa forma se pierde todo aquello que lo hace valioso.

Era viernes por la noche y ella, aplicada estudiante, estaba ansiosa. Después de una semana cargada de actividades, sólo le restaba ir a cumplir con su rutina de ejercicios y luego alquilar una película. La sola idea la hacía sonreír. Era una de sus actividades favoritas. Sacó cinco pesos para alquilar el video. Dos billetes de dos y una moneda. No sabía bien donde guardarlos, porque eso de llevar un bolso sólo para guardar el dinero le resultaba poco práctico. Así que los llevó en la mano. Tampoco era muy cómodo, a decir verdad. Estaba retrasada. Iba trotando por la vereda cuando se acordó de ella: una señora mayor que se paraba frente al bingo a pedir monedas. Ya la había visto una vez. Le había agarrado una tristeza inmensa. No podía evitar preguntarse por qué la mujer estaría tan sola. De noche. En invierno.

La vio desde lejos. Estaba ahí como la otra vez. Elegante, con zapatos de taco y cartera. Murmurando lo de siempre, supongo.

Mientras se acercaba a ella, la atacó esa vocecita que es tan difícil ignorar y que le decía que debía darle la moneda a la mujer. Pero, ¿debía darle la moneda a la mujer? Ella había planeado aquel día durante toda la semana. No era un chica egoísta, pero no. Ese día no. La próxima vez traería una moneda exclusivamente para la señora. Además, muchos otros la habrían ayudado ese día, así que un peso más no haría la diferencia. No veía la hora de entrar al videoclub.

Pasó frente a la mujer con la cabeza gacha, quizá para no ponerse en contacto con eso que tanto la entristecía. Cruzó la calle y entró al club. Completó su rutina de ejercicios de una hora. Salió. Pensó en seguir por esa vereda hasta el videoclub, así no tendría que pasar frente al bingo otra vez. Caminó una cuadra.

De repente se detuvo en seco. Dio media vuelta. Se sentía tan estúpida. Tan estúpida y egoísta. Entonces cruzó la calle con la moneda en la mano. Y a medida que avanzaba hacia la mujer, se sentía feliz de saber que estaba haciendo lo que sentía que debía hacer. Y cuando estaba a dos metros, la miró. La mujer dejó de ser una sombra. Percibió más que sus tacos y su cartera. “Tenga, señora.” “Qué Dios te bendiga, querida.” “A usted, señora; a usted.” Siguió su camino después de dejarle un apretón de manos, una sonrisa y sus cinco pesos. Sin embargo, le pareció poco.

Lucía Alfonso

Lunes 17 de Octubre de 2005

Me lo contó un pajarito II

me-lo-conto-un-pajarito-2.jpgEn esta oportunidad, querido lector, meto nuevamente la mano en la olla de las frases hechas. Es que cada dos por tres me encuentro utilizando expresiones del tiempo de Mariacastaña. ¿Seguimos? Sigamos.

Te habrás dado cuenta de que para referirnos a algunas cosas casi todos usamos palabras en inglés, no? Oquei. Decimos “oquei” (“O.K.”, en realidad) en muchísimas oportunidades. Es una forma sintética que nos permite sin gastar nada de saliva ni esfuerzo en modulación decir que está todo en orden, todo bien, todo pipí cucú. En las guerras de secesión, los soldados norteamericanos anotaban luego de cada batalla “0 killed” (“ninguna baja”) en una pizarra. Luego, como gastaban bastante tinta, lo acortaron un poco a “0k”. Después alguien habrá confundido el cero con la letra “o”.

Se dice que alguien da la nota cuando queda fuera de lugar o como se dice comúnmente, desubicado. En la jerga musical, dar (en) la nota es cuando la voz alcanza el tono adecuado o preciso. Por el contrario, cuando alguien desafina, se dice que “da la nota discordante”. A la frase “dar la nota discordante”, le sacaron la última palabra, es decir el “discordante”, es decir que solamente quedó “dar la nota”, es decir que en realidad, la frase que tenia un significado positivo se volvió negativa por esas curiosidades que tiene el lenguaje oral.

Es tiempo de autocrítica y sinceridad. ¿Has estado alguna vez en babia? Decís que sí, pero yo lo dudo. ¿Por qué? Porque en la Edad Media, Babia era una región paradisíaca de la comarca de León, donde iban a descansar los reyes y los príncipes. Era un lugar tan hermoso que uno quedaba como obnubilado, hipnotizado, maravillado, como en las nubes. Similar a cuando uno se distrae y deja de prestar atención.

Cuando se había puesto de moda aquello de ir en busca de nuevas tierras, y a más de uno le obsesionaba llegar al borde de la Tierra (que era cuadrada, claro), se reclutaban marinos sin tener en cuenta si sabían nadar o no. Había una gran demanda así que no se ponían muy exquisitos con las búsquedas. En una oportunidad, uno de los capitanes del barco ordenó a todos sus marineros que raparan sus cabezas (por cuestiones de higiene o de moda, vaya uno a saber...). Los marineros armaron un revuelo terrible. Y no es que les gustara el look pelilargo, sino que más de uno, cuando había caído al agua, se había salvado cuando era agarrado de los pelos por uno de sus compañeros. Sí, se salvaban por un pelito.

Lucía Alfonso

Lunes 10 de Octubre de 2005

Los Libros Libres

libros-libres.jpgHabrán notado que los seres humanos nos dividimos en dos grupos: están los que siempre encuentran cosas en la calle (por ejemplo, dinero o broches para el pelo) y aquellos que las pierden. Está claro que no existe el uno sin el otro. Pertenezco al segundo grupo. Soy de las que se olvidan objetos por la ciudad. Eso sí, exclusivamente paraguas. No debe ser casualidad. Nunca me acostumbré a usarlos. Me resultan incómodos y además siempre disfruté mojarme con la lluvia mientras camino por la calle. Pero cuando uno crece un poco, algunas cosas cambian. Y así como ya no estoy tan entusiasmada con la idea de zambullirme de cabeza en el mar cuando estoy en la playa, llegar empapada al trabajo también dejó de parecerme divertido, porque, créanme, no a todos los jefes se les escapa una sonrisa al verme llegar en ese estado. Yo diría que todo lo contrario. Pero no es momento de reflexionar acerca del por qué de mi olvido casi compulsivo de paraguas y de mi debilidad por las lluvias de primavera. Es momento de hablar de objetos olvidados intencionalmente.

Sucedió en Buenos Aires por primera vez hace algunas semanas. En México D.F., los días siete de cada mes. El Libro Libre es un movimiento apoyado por lectores, autores y editoriales que pretende incentivar la lectura, las reflexiones literarias y el análisis grupal de las más variadas obras. ¿En qué consiste? Sencillísimo.

Todo aquel que desee formar parte de este movimiento sólo tiene que olvidar intencionalmente en algún lugar de la ciudad (por ejemplo, el subte, el tren o alguna mesa de un bar) un libro que simplemente haya disfrutado o que, por equis motivo, tenga un valor especial para él. Aquel que pase por allí lo encontrará y puede llevárselo a casa, pero una vez que termine de leerlo, debe olvidarlo nuevamente en otro lugar. ¡Momento! ¿Cómo saber si el libro es efectivamente un libro libre y no pertenece al muchacho que fue a pagar su café y lo dejó en el banco de la facultad? El dueño del libro libre debe escribir en la primer hoja por qué decidió desprenderse de él y, si quiere, dejar su dirección de e-mail para contactarse con aquellos que sucesivamente lo vayan encontrando por el camino, y es que después de leerlo, el libro debe volver a quedar esperando a un nuevo lector en otro lugar de la ciudad. Poco a poco, se irá constituyendo una red de lectores que enriquecerán su propia lectura al ponerse en contacto, si lo desean, con todos los otros que han tenido la suerte de encontrarlo. Imaginen la emoción de descubrir en el asiento de al lado una edición de Rayuela, El Quijote, un antiquísimo clásico de Lorca, poemas de Benedetti. Regalar y recibir la posibilidad de leer algo que quizá nunca hubiéramos elegido, pero que de repente tenemos en nuestras manos.

No sólo me pareció una idea muy original sino que, además, me hará sentir más tranquila con respecto a pertenecer al segundo grupo del que hablé antes. La próxima vez dejo el paraguas en casa y me llevo Como agua para chocolate en el bolso. Si llueve, tendré que aprender a caminar estratégicamente bajo los balcones de Buenos Aires.

Lucía Alfonso

Lunes 26 de Septiembre de 2005

Donde hubo fuego

donde-hubo-fuego.jpgEl amor es un motor fundamental de los hombres. Dudo que alguien lo discuta; dudo que alguien discrepe. Y ojo que no lo digo yo, ¿eh? Lo han dicho distintos pensadores, poetas, cantores, historiadores, soldados, matemáticos, físicos y los más variados personajes a lo largo de la historia de la humanidad. Tan importante y tan fuerte puede ser, que una vez más, el amor entre dos personas dio origen, según la mitología azteca, a una de las maravillas naturales del estado de Puebla. ¿La historia? Aquí va.

Popocatépetl era un valiente guerrero que estaba enamorado de Iztaccíhuatl, una hermosa doncella. Bajo las órdenes del padre de la joven, Popocatépetl fue enviado a la guerra en Oaxaca. Este le prometió que si regresaba con vida, se casaría con su hija. Las posibilidades, claro, eran pocas. Sin embargo, aferrado a la esperanza de un futuro junto a su amada, el guerrero partió. Popocatépelt luchó con todas sus fuerzas contra los enemigos. Sólo pensaba regresar y casarse con Iztaccíhuatl.

Mientras tanto, por aquellos recurrentes malos entendidos del boca a boca, la jovencita recibió la noticia que más temía: Popocatépetl había fallecido en la batalla. Un vacío inigualable colmó su corazón, tanto, que a los pocos días, ella murió de pena. Al poco tiempo el muchacho regresó triunfante y feliz, pero al enterarse de lo que le había ocurrido a Iztaccíhuatl, se dejó morir. Los dioses se conmovieron tanto con la historia de amor de estos jóvenes, que decidieron inmortalizarlos, cubriendo sus cuerpos de nieve, y convirtiéndolos en imponentes montañas que decoraran la región.

Iztaccíhuatl se transformó en una enorme colina que conserva la forma de su cuerpo recostado que recibe el nombre de “La mujer durmiente”, mientras que Popocatépetl, es hoy un volcán activo conocido como Popo, que arroja fuego sobre la tierra, demostrándoles a los vecinos de la zona, aún siglos después, la rabia que siente por haber perdido a su amada.

Lucía Alfonso

Lunes 19 de Septiembre de 2005

Bochica, el maestro de los chibchas

bochica.jpgUna de las primeras historias que leí cuando empezaba, fue la de Bochica. Suena extraño haber comenzado mis primeras lecturas con una leyenda colombiana, pero una colorida colección de libros que me regalaron mis padres cuando me interesé por las letras y sus combinaciones, incluía su historia. En ese momento, debo confesar, me interesaba más por los dibujos y los colores que por el contenido en sí mismo. Quizá, justamente, sea por los colores (y el arco iris que aparece al final), que jamás me olvidé de esta historia.

Hace cientos de años, la numerosa comunidad aborigen de los chibchas habitaba la región de la actual Colombia. Las tierras en las que vivían eran extremadamente fértiles, por lo que los chibchas, pese a que poco se ocupaban, recibían sus innumerables beneficios y jamás les faltaba alimento. Tan sencilla resultaba la vida para los chibchas, que pronto olvidaron a sus dioses. Pasaban el día entero disfrutando del sol, descansando y dándose la buena vida. Cuando no, se enfrentaban entre ellos por cuestiones menores y poco relevantes.

Los dioses decidieron que era preciso llevar algunas enseñanzas a este pueblo. Enviaron, entonces, a Bochica, quien se transformó en un dios civilizador entre los chibchas. Bochica, cuyo nombre significa “hijo del cielo”, era un anciano de ojos azules, sonrisa simpática y mejillas rosadas. Su barba llegaba casi hasta el suelo y vestía una túnica blanca. De su mano traía una joven mujer de piel blanca.

Bochica procuró enseñar a los chibchas algunos los valores fundamentales: a no mentir, ni a robar, ni a matar, y a ser solidarios los unos con los otros. Les enseñó a labrar la tierra y a cuidarla, a construir viviendas, a tejer mantas de algodón, a fabricar ollas y utensilios de barro. En poco tiempo, los chibchas y Bochica establecieron una cálida amistad, basada en la admiración y el respeto mutuo y es que Bochica y los chibchas siempre se trataron como pares.

La mujer que apareció del brazo de Bochica no tenía ningún amor por esa comunidad, y haciendo uso de su magia, inundó el territorio, destrozando las cosechas y las casas de los chibchas. Abrumados y desconsolados, los chibchas vieron aparecer entre la bruma a Bochica, quien castigo a la mujer transformándola en lechuza. Luego abrió las rocas dando origen al salto del Tequendama. La aparición del maestro renovó en la comunidad la esperanza y, con alguna que otra ayudita de los dioses, rápidamente los chibchas vencieron las dificultades.

Una tarde, Bochica desapareció caminando sobre el arco iris, pero los chibchas jamás olvidaron sus bondades y enseñanzas.

Lucía Alfonso

Lunes 12 de Septiembre de 2005

Me lo contó un pajarito (o “Del hecho al dicho...”)

me-lo-conto-un-pajarito.jpgVarias veces me descubrí a mí misma contestando con frases hechas. Y eso que me resisto. Lo que pasa es que suenan tan bien, tan exactas, tan precisas, tan perfectas que, en lugar de hacer uso de mi creatividad y amplio vocabulario, me aprovecho un poco de la gran oferta y tomo de la olla de dichos populares el que mejor se adapta a mi objetivo. Pura practicidad, que le dicen.

Cuando alguien anda “como Pedro por su casa”, quiere decir que una persona se mueve, como quien dice, lo más “campante” por un lugar que no le pertenece. O como me dijo mi amigo que dice su abuelo Manuel, “mais vale unha feira que sete mercados”; que quiere decir algo así como que la unión hace la fuerza (es que en las ferias gallegas uno siempre encuentra de todo y todo en un mismo lugar). “Dar en el clavo”, por ejemplo, es acertar la solución de un problema complejo.

¿Por qué será que estas frases se han hecho tan famosas y tan aplicables a los más variados casos? ¿Porque aquel que la pronunció por primera vez era de esas personas que siempre tienen algo que decir en cada situación? ¿De las que describen perfectamente situaciones haciendo uso de metáforas? No. Te diré que en realidad, la mayoría de estas frases tienen un significado literal.

Así es que, ta-te-ti-suerte-para-mí mediante, tomé un par (de la gran olla, claro) para contarte su origen.

¡La semana próxima hay festejo! “¡Tiremos la casa por la ventana!” Menos mal que ya no se estila tomarse esta frase el pie de la letra, y es que en el siglo XIX, cuando alguien ganaba la lotería nacional, amigos y familiares tiraban todos los muebles y utensilios del ganador por la ventana. (Queda más que claro que al pobre suertudo no le quedaba otra que reamoblar todo y revolver el té con el dedo hasta encontrar un juego de cucharitas de plata que le gustara a su esposa.)

Los Emperadores o generales que ganaban batallas eran coronados con guirnaldas de laureles como símbolo de reconocimiento y de gloria. Por eso, cuando alguno de los galardonados, digamos, se achanchaba un poco, se decía que se dormía en los laureles. En la actualidad, la usamos en las mismas situaciones... salvo por la coqueta corona.

En las antiguas posadas, esas en las que dada la mala calidad y apariencia de la comida, los viajantes tenían dudas acerca de qué se les había servido para la cena, decían frente al plato una frase muy curiosa: “Si eres cabrito, mantente frito; si eres gato, salta del plato.” De tanto especular con la comida, que si eran croquetas de verdura o cucarachas con pan rallado, que si eran fideos o gusanitos con engrudo de colores, la frase “gato por liebre” se incorporó al lenguaje popular como sinónimo de un engaño bien encubierto.

¿Por qué será que cuando se interpreta mal alguna consigna se estila decir “se fue para el lado de los tomates”? ¿Por qué no de las frutillas? ¿O de los duraznos? Lo que pasa es que la planta de tomates es tan propensa a contraer pestes que siempre son plantadas en sectores alejados y además, como si fuera poco, el tallo de la planta crece para cualquier lado si no se le coloca un palito de madera que oficie de guía.

Cuando no se quieren dar demasiadas explicaciones acerca de por qué algún asunto no salió como estaba planeado, se utiliza la expresión “por h o por b”. ¿De donde surge? Cuando los niños aprenden a escribir y también cuando son más grandes, la letra “h” y la letra “b” son las que traen más dificultades. Por eso se estila decir que “por h o por b” alguna palabra, por ejemplo, estaba escrita incorrectamente.

“¡Viva la Pepa!”: mi favorita. Será porque mi abuela la decía o porque de chica me daba risa, o por las dos cosas. ¿Sabés el por qué de esta frase? Cuando se promulgó la Constitución de Cádiz en 1812 los ciudadanos la vitoreaban al grito de “¡Viva La Pepa!”, cuando los absolutistas lograron imponerse. Hoy, sin embargo, ha perdido todo contenido político.

Pro meu amigo Fran, con agarimo.

Lucía Alfonso


Lunes 5 de Septiembre de 2005

La flor más bella

flores-de-aqui-de-alla.jpgUn episodio que sucedió el otro día en la oficina, me da el puntapié inicial para escribir esta columna. Una de mis compañeras llegó y saludó muy educadamente. Después de besar a un muchacho en la mejilla, éste le dijo en voz alta (les aseguro que sin pretender ningún acto de galantería): “¿Por qué todas las mujeres huelen bien?” “Porque somos como flores”, le respondió ella, a mí me pareció, galanteando un poco.

¿Las mujeres somos realmente como flores? O será que en realidad... ¿es al revés?

En una aldea de la Península de Yucatán vivían dos jovencitas. Una de ella se llamaba Xtabay. Además de ser dueña de una extraordinaria belleza, sus vecinos comentaban que era una experta en enamorar hombres, que irradiaba pasión, que conquistaba a su paso a todo aquel que se le cruzaba por delante, que tenía amoríos que duraban un suspiro y que, para colmo, no sentía ni la más mínima vergüenza. Al contrario, ella estaba orgullosa de su poder de seducción.

Alguna que otra lo diría de envidiosa nomás, pero sus vecinos tenían algo de razón... a Xtabay se le iba un poco la mano. En otra casita de por ahí vivía Utz-Colel. Tan bella como Xtabay, Utz-Colel era casi su opuesto. Casi una santa. Pura, laboriosa, ordenada, limpia, bienhablada, racional, discreta. Jamás había tenido un filo. Ni siquiera alguien a quien mirar de reojo mientras caminaba por la playa. Utz-Colel era el claro ejemplo de una chica seria y respetable, y en el pueblo hablaban de ella con orgullo.

Las apariencias, se sabe, engañan. El corazón de Utz-Colel era frío y oscuro. Se burlaba de los demás y era egoísta. Pero, como dicen, “hazte fama y échate a dormir”. Nadie jamás sospechó acerca de su verdadero rostro. Sin embargo, Xtabay era sumamente bondadosa y humilde y así como repartía amor, repartía todo lo poco que tenía entre aquellos que más lo necesitaban.

De un día para el otro, la figura de Xtabay desapareció de la aldea. Los vecinos estaban seguros de que habría dejado todo siguiendo a algún amor pasajero, de los que tenía decenas. Pero no. Poco más tarde descubrieron que había muerto en la soledad de su casa y que de su cuerpo, emanaba un perfume delicioso. La enterraron sin pena alguna. De su tumba continuó brotando ese dulce aroma. A los pocos días, entre la tierra seca, nacieron unas florcitas finas y delicadas.

Años más tarde, Utz-Colel falleció. Todos lo lamentaron, la lloraron durante semanas enteras. La aldea entera se vio envuelta en una profunda congoja... y un aroma hediondo que brotaba de los restos de Utz-Colel. ¿Cómo podía ser que de ese cuerpo tan puro emergiera un olor semejante? Los vecinos se miraban asombrados (mientras se tapaban delicadamente la nariz).

Las flores que brotaron de la tumba de Xtabay reciben el nombre de Xtabentún. Con el néctar de esas pequeñas flores silvestres, que crecen solitarias en las cercas, los habitantes de la Península hacen un fino licor. Y no es necesario tomar grades cantidades, con apenas un traguito se tiene la sensación de estar embriagado por el amor de Xtabay.

Lucía Alfonso

Lunes 29 de Agosto de 2005

Una de ciudades perdidas

ciudades-perdidas.jpgEstoy segura de que alguna vez escuchaste nombrar a la Atlántida. Que si se hundió, que si unía América con Europa, que si sus habitantes eran el modelo perfecto de la civilización, que si fue sólo una bella utopía. Idas, vueltas y muchas suposiciones. Sin embargo, la mítica Atlántida no fue la única ciudad perdida.

En la época en la que los navegantes españoles pasaban más tiempo arriba de los barcos buscando nuevos mundos que en sus hogares, se corrió la bola de que existían siete ciudades misteriosas. Cuenta la historia que todo empezó en 1150 cuando los moros conquistaron la ciudad de Mérida. La población permaneció cautiva en su propio territorio y debió someterse a sus nuevos ocupantes. Pero siete pudieron escapar. Siete obispos de la ciudad huyeron llevándose consigo las reliquias y riquezas de Mérida para mantenerlas a salvo.

Poco después ya se escuchaba el rumor de la existencia de siete ciudades misteriosas, cada una fundada por uno de los obispos escapistas. Estas ciudades, decían, era verdaderos paraísos de piedras y metales preciosos. A los gobernantes y exploradores españoles se les hacía, como quien dice, agua la boca. ¿Una tierra lejana llena de riquezas?, ¿rubíes, esmeraldas y zafiros por doquier?, ¿casas de oro? Parecía que sólo era cuestión de levar anclas, tener paciencia y dejarse llevar por las aguas hasta ver las ciudades brillar.

Numerosas expediciones hacia el nuevo mundo se llevaron a cabo. Aquellos que regresaban con las manos vacías contaban, sin embargo, que distintos grupos de nativos habían confirmado su hipótesis: tales ciudades existían y eran conocidas como el reino de Cíbola y Quivira.

En una oportunidad, un fraile llamado Marcos de Niza partió nuevamente en busca de ese mundo repleto de riquezas ilimitadas en compañía de Estebanico, un esclavo. Cuanto más avanzaban, más cerca se sentían de su objetivo. Si bien algunos lugareños los alentaban en su búsqueda y les describían con lujo de detalles las casas doradas y los atuendos con piedras preciosas, otros se enfrentaron a los visitantes y les impidieron avanzar. Los que lograron sobrevivir caminaron durante días. Jamás encontraron lo que buscaban. Pero no todas eran malas noticias, ya que cuando el fraile regresó a España, dijo haber visto a lo lejos una ciudad colorida e inmensa y se lamentó por no haber podido llegar hasta allí por culpa de los nativos. Lejos de darse por vencidos, un nuevo grupo de marineros pretendió regresar al lugar del que de Niza había hablado. Armados hasta los dientes, se embarcaron hacia lo desconocido.

Aquel reino desbordante de oro jamás fue encontrado. Y si bien, quizá para sentir que no fracasaron del todo, una antigua reserva indígena en el sur de los Estados Unidos fue bautizada con el nombre de Quivira, algunos creen que cabe preguntarse sobre el verdadero origen de este mito. Entonces, Cíbola y Quivira, ¿teléfono descompuesto o realidad?

Lucía Alfonso